CAPÍTULO VI
El umbral
—Mi amor… ¿cómo estás? —susurró Martha.
Le acariciaba la sien con la punta de los dedos, con esa levedad suya que sabía exactamente cuánto peso aplicar y cuándo.
Carlos tardó en responder.
—¿Cómo crees? Después de lo que me dijiste, hay dos muertes aquí. La del cuerpo la entiendo. La otra no.
Ella no se defendió.
—No tenías que decírmelo —añadió él—. Querías decírmelo. Eso es distinto. Pudiste haberme protegido.
Martha se inclinó y le besó la frente.
—No quería mentirte al borde de lo irreversible. Si te callaba eso, todo lo demás era mentira también.
Él guardó silencio. Después preguntó, casi con timidez:
—¿Tengo miedo? No sé si eso es lo que tengo.
—¿Qué tienes?
No respondió.
Martha lo miró con una atención feroz.
—Miedo… eso no lo habías dicho nunca.
Él cerró los ojos un momento.
—Sabes, yo también tengo miedo. Desde el diagnóstico, he tenido que aprender a acompañarte sin que mi miedo ocupe toda la habitación.
—¿De verdad?
—Sí.
Mintió: el miedo se lo había comido todo desde el primer día.
Él asintió despacio. Eligió creerle.
—Déjame ir sabiendo que me has perdonado tú —murmuró—. No quiero llevar ese peso a donde sea que vaya.
—Ya te perdoné. Hace mucho. Lo que no logré fue dejar de añorarlo. Pero eso es mío. No tuyo.
La tos volvió. Violenta, total, el pecho resistiéndose con lo último que le quedaba.
Martha le sostuvo la cabeza con las dos manos.
—Perdóname… lo que no supe darte.
Las palabras salieron rotas.
Y, en el instante siguiente, el cuerpo soltó. La mandíbula cedió y los párpados se cerraron.
Martha lo llamó una y otra vez. Luego se arrojó sobre él. Respiración boca a boca, rabia, llanto, puro cuerpo desesperado negándose al hecho.
—¡No te vayas! Quédate un poco más.
Graciela entró. Betty, que llevaba desde el mediodía en el rincón sin moverse, no se movió tampoco.
—Señora… ya no está. Se fue.
—¡No! ¡Haz algo! ¡Llama al cyber-doctor!
—No hay nada que hacer, señora, ha muerto.
Pero Martha no la oyó. Siguió dándole aire. Siguió besándole los párpados. Siguió sosteniéndole la mano como si pudiera escribir sobre la piel: no todavía.
Cuando por fin el grito se le agotó y quedó solo el temblor, Graciela habló con mucho cuidado.
—Tenemos su material genético archivado. Podemos crear el holo-gen esta misma noche. Lo tendrá con la voz, el olor, la forma…
Martha levantó la cabeza, con la cara llena de lágrimas.
—No quiero su silueta. Lo quiero a él.
Como si rechazar la copia fuera, también, una forma de elegir el mundo antiguo.
Graciela bajó la mirada.
—Apaga las máquinas, Graciela, por favor —dijo Martha—. No quiero más luz falsa.
Las luces se fueron una por una. Y en la oscuridad real que quedó, Martha cantó porque ya no había otra cosa que hacer con lo que le quedaba en el cuerpo.
La canción sobre la que nunca se pusieron de acuerdo. Él decía: el cáncer, el diagnóstico, la biología. La misma lógica de siempre: el mundo es un sistema y los sistemas tienen causas.
Ella decía: al corazón no le da cáncer.
Él: eso no es un argumento, Martha.
Ella: es el único argumento que importa. Alfonsina caminó hacia el mar porque el amor le dejó el mundo vacío. Y el amor no tiene protocolo ni repuesto. No es como las rodillas.
Él, que tenía respuesta para todo, no tenía respuesta para eso. No resolvieron el desacuerdo nunca.
Y sin embargo la cantaban juntos.
Era la canción de la mujer, Alfonsina, la que se fue al mar y no volvió.
Y al final —como hacía siempre, como Carlos había aprendido a esperar— la cerró con el verso que más le dolía, cambiado a su manera, como lo cantaba siempre y como Carlos nunca le corrigió: «… di que no estoy, di que se ha ido…»
Y mientras cantaba, con las manos todavía sobre el pecho de Carlos, el dolor no disminuyó; cambió de forma.
La última línea quedó suspendida en la habitación a oscuras, en el olor a roble antiguo, en el silencio nuevo.
—Alfonsina —susurró.
No al hombre muerto. Al nombre. A eso que todavía no comprendía y que, aun así, ya había entrado en su historia.
Se llevó la mano al vientre, sin pensarlo.
No como respuesta.
No como anuncio.
Como si el gesto no perteneciera del todo a este momento.
Carlos flotaba. Salió por los pies: algo que siempre había sido más que el cuerpo y que, al soltarse, dejó pasar.
Vio a Martha inclinada sobre él. La oyó cantar.
Y ese nombre —Alfonsina— le resonó desde adentro de un modo que ningún idioma de la vida le habría permitido.
Entendió, de una sola vez y sin palabras, todo lo que había guardado sin abrir: que Martha nunca le había pedido que creyera. Solo que existiera cerca.
—Te amé —dijo desde ese sitio sin boca, sin aire, sin carne—. Te amo. Te amaré desde donde sea que esto me lleve.
Y supo —sin argumento, sin lógica disponible— que había sido la respuesta. No a sus preguntas, sino a ella misma. Una presencia total, sin bordes.
El vínculo con Martha se hacía tenue. Su llanto se alejaba.
—Quiero quedarme aquí… en esto —dijo.
Sentía una gravedad nueva. Un latido que no era el suyo.
Se rindió, no al argumento: a ella.
Buscó a Martha no con ojos, sino con eso que en ese estado ya no sabía si era amor o voluntad. La encontró; no como imagen, sino como temperatura. Algo en él estaba presente, sin dirección.
Y la temperatura del otro lado cambió.
Martha, en la habitación que ya era solo oscuridad y olor a roble, dejó caer la frente en el pecho quieto. Y en ese silencio sintió algo que no era consuelo.
—Estás —susurró—. Sigues.
Y apoyó el peso en la pierna izquierda, como siempre hacía cuando era más ella misma que nunca.
[3:15. En todas partes al mismo tiempo: Un hombre que se va. Una mujer que arde. Y algo entre ambos que no obedece. El mismo instante. Siempre.]