CAPÍTULO V
Nosotros
La memoria lo arrastró. No caminaba por ella. Flotaba.
Por escenas que habría dado cualquier cosa por editar y que, sin embargo, ahora reconocía como las únicas que importaban.
Precisamente porque no podían cambiarse. La vasectomía. Sin consultarla. Sin aviso. Martha quería un hijo desde antes de conocerlo.
Se lo dijo la tercera noche que salieron juntos, con una franqueza que entonces le pareció excesiva y que ahora entendía como la única honestidad posible:
—Quiero ser madre. No como proyecto de futuro. Como cosa que sé que forma parte de lo que soy. Si eso te parece demasiado para una tercera cita, podemos terminar el vino y quedarnos amigos.
Él no terminó el vino. Tampoco respondió con la verdad.
Dijo vaguedades sobre el tiempo, sobre el futuro, sobre no cerrar puertas: todas las fórmulas que en un contrato significan no sin escribirlo.
Y ella, que era más inteligente que él donde importaba, lo entendió.
Y aun así lo eligió; eso era lo que nunca había acabado de digerir.
Que ella lo eligió a sabiendas. Que no fue ingenua ni ciega. Que vio exactamente lo que era. Y eligió.
Un año.
Dos.
Cinco.
Diez.
Y en todo ese tiempo, en el fondo del cajón más cerrado, la firma de esa consulta solitaria un martes por la tarde.
Un formulario que leyó entero, de principio a fin, con la esperanza pueril de que la precisión jurídica volviera menos brutal lo que estaba haciendo.
—¿Está seguro? —preguntó el médico, más por protocolo que por interés.
—Sí.
Mintió. No lo estaba.
Estaba seguro de no querer hijos, pero no estaba seguro de no querer decírselo a Martha.
Esas dos cosas no eran la misma. No las podía separar entonces. Ahora tampoco.
La firma quedó abajo, y de todo el acto solo se le había borrado el dato que un notario habría anotado primero: si el bolígrafo era azul o negro.
Y luego Martha saliendo de una consulta con esperanzas nuevas, diciendo quizás el próximo mes, sentada en la cama al final de cada ciclo, callada, con esa devastación discreta que tienen quienes todavía no quieren admitir que algo puede no llegar nunca. Y él abrazándola.
La ternura usada como coartada. Cuando al fin confesó, ya no quedaba defensa posible.
—Te dejo por la mentira —dijo Martha, sin temblor en la voz.
Cerró la puerta y no miró atrás.
Después vinieron los meses sin ella, con mujeres hermosas que no eran ella y que, en el inventario que hizo más tarde, resultaron todas ruido y ninguna eco.
Una noche despertó entre lágrimas y dijo al cuarto vacío: Si la he perdido, he perdido lo único que me hacía humano de verdad.
Cuando por fin fue a buscarla, nevaba. Se miró al espejo como quien va a comparecer ante un tribunal.
Se vistió como a ella le gustaba verlo: camisa suave, barba crecida, el perfume que ella le había regalado.
Antes de ponérsela la sostuvo un momento entre los dedos. Sin saber por qué.
No se sintió poderoso. Se sintió verdadero. Y fue. Mientras conducía recordó la primera vez que la vio.
Un café antiguo, encajado entre dos callejones, mínimo como una grieta en la ciudad.
Él había entrado buscando refugio de la lluvia, no café.
Ella estaba frente a la máquina italiana. Las manos temblorosas sobre los botones.
Llevaba tres días aprendiendo a dominarla. Él se acercó, arrogante y reluciente, con la seguridad de quien todavía no ha perdido un solo caso.
—Un espresso. El más despierto que tengas.
Ella dio un respingo. La máquina bufó y el agua hirviendo le rozó los dedos.
—¿Estás bien?
—Sí… esta criatura no me reconoce. Ni yo a ella.
Él no parpadeó.
—Como nosotros. Ni tú me conoces. Ni yo a ti. Todavía.
La última palabra quedó suspendida. Como nota aguda en un piano viejo.
Ella lo miró.
—Carlos Smith —dijo al estirar su brazo.
—Martha —respondió sin devolver el gesto.
Esa noche le dijo a un amigo: La conocí. Me casaré con ella.
—¿La escaneaste?
—No seas idiota. Esto no es cualquier cosa.
Pasó una semana sin volver. Ella seguía en su mente como una canción sin letra.
Cuando volvió, no hubo flores. Ni sonrisas. Ella lo miró. Luego le dio la espalda. Indiferente.
—Hola, Martha. ¿Ya dominas al monstruo?
—Hola. ¿Me recuerdas tu nombre?
—¿Ya me olvidaste?
—Perdón. Muchos clientes. No todos se quedan.
La frase fue quirúrgica. Su encanto no bastaba.
Pidió café y la observó reír con naturalidad.
Al irse, dejó un intento: Este café ha sido el mejor que he tomado en mi vida, y no puedo pagártelo pecuniariamente.
—¿Pecu… qué? —preguntó Martha.
—Pecuniariamente. Creo que te debo una cena.
—No hace falta. Solo hago mi trabajo.
—Entonces… dame tu código. Una oportunidad.
Ella lo miró. Y él lo supo. No era presente. Era destino.
—No. No doy mi código a clientes.
—¿Clientes? No soy un cliente. Soy un devoto.
Ella no respondió. Pero Carolina sí.
Trajo una cáscara de naranja de detrás de la barra. Aún húmeda. Perfume cítrico. Escribió un código en espiral y se la entregó a Carlos.
—Aquí tienes. El de la muchacha que no quiere dártelo —dijo Carolina, sin mirar a Martha—. Algún día me lo agradecerá.
Martha reaccionó tarde.
Él ya lo sostenía. La olió. Y luego, sin rabia, la rompió en pedazos.
—¿Qué haces? ¿No querías el código?
—Sí. Pero lo que me importa… no necesito guardarlo. Lo llevo conmigo.
Y se fue. Sin mirar atrás.
Martha se quedó con el pulso agitado.
—¿Por qué no querías darle tu código? Yo ya hasta sé su nombre. Tienes una semana volteando cada vez que alguien atraviesa esa puerta.
—Porque creía que él era diferente, ni usó el escáner la primera vez que vino y me habló en mi lengua. Además, me miró como si supiera algo que yo todavía no sé.
—¿Ves? ¡Estás perdida! Le niegas tus datos y terminas suspirando.
Pero Martha no escuchaba. Giraba sobre sí misma. Con una emoción que no le cabía en la piel.
—Estoy enamorada —susurró.
Esa misma noche, la llamada. Ella bloqueó la visual. No quería que la viera descalza, vibrando.
—¿Hola?
—Hola, tú.
—¿Quién habla?
—Carlos. El devoto de tu café.
Ella sonrió.
—Ah… hola.
—Pensando en café y en ti. ¿Y tú?
—Puedo preguntarte algo… ¿Por qué me hablaste en español? Con ese apellido…
—El Smith fue lo único que me dejó mi padre.
»Mi madre, en cambio, era colombiana. Antes del sistema de lenguajes, me cantaba en español. Esa sigue siendo la lengua de lo íntimo.
—¿Y en qué idioma sueñas?
—Depende. Si soñara contigo, sería en español.
Y de ese recuerdo volvió a la habitación donde estaba muriendo.