Ellas CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

La llave

La casa de Paquita se adivinaba al fondo. El grupo ya debía estar reunido. Apretó el paso.

Al entrar al salón, los rostros la recibieron con preocupación.

No con la preocupación habitual —la de si llegaría, la de si habría suficiente hilo, la de si el patrón era correcto.

Con otra.

—¿Qué os ha pasado, chicas? ¿Creísteis que no vendría?

—¡No, no! —casi gritó Elisenda—. ¿No os habéis enterado de lo que le pasó al padre Adelso?

—No me inquietan los demonios vestidos de sotana.

—¡Lo han encontrado muerto!

—No, muerto no —refutó Marcelina, separando cada sílaba como si las hubiera contado antes de entrar—. A-se-si-na-do.

—¿Y ahora tú eres alguacil? —bromeó Carmen Julieta desde su silla.

—A ver, a ver… que murió naturalmente no es verdad. —Socorro se puso de pie—. Mi marido dice que tenía puñaladas en la espalda. Ave María Purísima.

Pilar las miró una por una.

Sin prisa.

—Pues yo no tengo conocimiento del hecho —dijo—. Y dudo que alguna de vosotras lo tenga. Así que concentrémonos.

»¿Quién ha hecho los patrones pendientes?

Carmen Julieta alzó la mano tímidamente. Las demás se acercaron. Sobre la mesa, una obra casi perfecta. Los cortes limpios. La caída, precisa. Una tela obediente al gesto. Pilar se inclinó con respeto.

Griselda murmuró:

—Eres una virtuosa con las tijeras, Carmen. Tu arte es el filo con gracia.

—Aprovechemos los patrones de Carmen Julieta —dijo Pilar, retomando el ritmo—. Moveos. Escoged telas. Recordad lo que os digo siempre.

Sus manos demostraban mientras hablaban.

—La caída. El movimiento. La tela responde al cuerpo como un secreto compartido. Todo debe seguir su naturaleza. La tijera sigue la tela. Y la tela es un acto de voluntad.

Caminó entre las mesas.

—Una prenda debe respirar. Convocar lo invisible. Imaginar líneas. Curvas. Ver colores que no están.

—Como una mujer —interrumpió Griselda.

Pilar se detuvo.

Ese segundo de silencio que sus alumnas ya conocían como otra forma de la tijera.

—Detente ahí, Griselda.

—Pero señora Pilar, una mujer debe ser bella. Debe inspirar emociones en su esposo. Para eso nos creó Dios. Para servir al hombre.

Los murmullos crecieron. Palabras entre dientes.

Asentimientos cómplices.

—Griselda. —Pilar contuvo la furia con una calma punzante—. A la mujer no la creó Dios.

—¡BLASFEMIA! —gritó Griselda, horrorizada—. ¡Calle ya, señora Pilar! ¡Si continúa diciendo esas cosas, se enterará la Santa Iglesia!

Pilar la miró con una serenidad que cortaba más que cualquier respuesta.

—Sí, claro, la Santa Inquisición —murmuró Pilar, casi para sí.

El rezo se alzó entonces como un salmo hostil.

—Ave María Purísima, sin pecado concebida…

Las voces eran un solo tono, pero cada palabra caía como plomo, como un exorcismo social.

Los hilos, las agujas, los encajes, como soldados inmóviles antes del toque de queda. Las paredes contenían la respiración del miedo.

—¡Basta! —fue su última palabra antes de salir.

Atravesó las voces. Atravesó los rezos.

Bajando las escaleras, en lugar de tomar su ruta habitual que evitaba la casa mostaza —esa con puertas y balcones de cedro bruñido que brillaban como lujuria pulida—, Pilar fue directamente hacia ella.

Se plantó frente a la casa del Juez Inquisidor con la misma firmeza con la que otras oraban.

Y la observó.

—Maldito seas —murmuró—. ¿Por qué no construiste tu bastión lejos de la plaza?

La casa respiraba. Pilar no retrocedió. El guardia la observaba.

Con esa mirada de quien ha visto un ángel o una hereje hermosísima y no sabe distinguir entre las dos.

—Señora. ¿Habéis sido convocada por su excelencia, el Juez Inquisidor?

—Oh, no. —Una sonrisa medida—. Solo me detuve a admirar la majestuosidad de esta morada. Y el exquisito gusto de su amo.

—Perdonad mi osadía, pero… vuestra gracia no desmerece en nada la belleza de esta casa. Estoy por concluir mi turno. Si no os parece impropio, ¿quisierais que os mostrase las estancias?

—Nada me complacería más, buen caballero.

—Enrique Cubillán-Arteaga y Granados, a vuestro servicio.

—Ah, Enrique. Vos sois el consorte de Esmeralda de Cubillán-Arteaga y Granados, ¿verdad?

—No, señora. Esmeralda es mi esposa. Yo no soy su consorte. Yo soy su esposo.

—Claro —sonrió—. Pero ella siempre lo dice al revés.

Enrique rió echando la cabeza atrás, sin mirar antes a los lados, como ríe la gente que nunca ha pagado por reírse.

Pilar le dejó creerlo. Los rezos de aquellas mujeres no la apagaron, la encendieron. Enrique volvió diez minutos después.

—Lista, señora. ¿Entramos?

Asintió.

Al entrar, la primera sala lucía como un altar bélico. Armas antiguas. Armaduras imponentes. Belleza blindada. Pilar las tocó.

Sin admiración.

Pasando el pulgar por el filo, como se prueba una tijera nueva.

Subieron.

Pasaron habitación tras habitación. Ella buscaba lo que no se mostraba.

—¿Y detrás de esa puerta?

Enrique vaciló.

La condujo a un pasillo oscuro. Detrás de un cuadro, el umbral que perseguía. Libros. Manuscritos. Rollos de saber prohibido.

Ella pasó los dedos por los lomos. Cada título, una voz callada. Cada lomo, un nombre que el fuego había intentado borrar y no pudo.

—¿Y aquella puerta? ¿La habitación del Inquisidor?

—Sí. No deberíamos…

Pero ella ya giraba la manija. Velas. Una cruz. Pergaminos. Una mesa de juicio.

Y en el gancho de la pared, casi oculto entre sombras: una llave.

Doble espiral.

Como la cerradura del baúl de su habitación. Él cerró la puerta con premura.

—¿Satisfecha vuestra curiosidad, señora?

—Intrigantemente satisfecha —dijo, sin mirarlo a él.

Miraba el cuadro que ocultaba el paso. Memorizando todo sin saber para qué. Enrique se inclinó hacia ella.

—Secretos. Saber antiguo. Conocimiento que se paga… con algo más que palabras.

Ella lo miró, pero no se inmutó.

—¿Y Esmeralda? —preguntó, apoyando una mano en su pecho—. ¿No le molestaría que supiera de esta visita?

Él sonrió.

Con la torpeza específica de los hombres que confunden el peligro con la invitación. Al salir, Pilar le besó la mejilla con la delicadeza de un rito pagano.

—Jamás revelaré a Esmeralda que cruzamos palabra.

Enrique la observó alejarse.

Una ráfaga helada barrió la entrada.

Las hojas secas giraron en espiral.