Ellas CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

El conjuro de Martha

Entró sin drama.

Sin la urgencia que él había imaginado mientras la esperaba.

Sin el aliento agitado de quien viene corriendo.

Sin disculpas ni explicaciones ni el gesto de quien sabe que viene tarde a algo importante.

Entró como siempre entraba Martha a cualquier habitación: con esa familiaridad de quien nunca llega a ningún lugar por primera vez.

El espacio reconociéndola. Y ella dándolo por suyo. Con esa naturalidad que no era arrogancia sino certeza.

Eso era lo que siempre le había irritado de ella, lo que nunca le había dicho: que Martha llegaba exactamente cuando debía.

Que su sentido del tiempo no tenía nada que ver con los relojes.

—¿Con quién hablabas? —preguntó, acercándose.

—Conmigo mismo —dijo él—. Con la muerte. Con las dos. Ya no distingo.

Martha no respondió de inmediato. Rodeó la cama.

Se sentó en el borde para no invadirlo y le tomó la mano.

La desesperación en el pecho de Carlos cedió un milímetro. Solo un milímetro.

Pero fue suficiente para respirar mejor.

—¿Cuánto tiempo llevas así? —preguntó ella.

—Desde que te fuiste. ¿Cuánto fue?

—Salí a las 3:15. Vi el reloj. Han pasado cinco minutos.

Carlos miró el reloj. 3:20.

—Cinco minutos —murmuró—. Y todo se movió.

Ella asintió.

Sin decir te lo dije. Sin la tentación del yo sabía.

—Cinco minutos —repitió él— y casi me fui sin verte.

—Pero no te fuiste.

—Pero casi.

—El casi no cuenta nunca, Carlos. Lo que cuenta es lo que es.

Él la miró con una atención que ya no tenía la urgencia de antes.

Más quieta. Como si por fin hubiera encontrado el ritmo correcto para mirarla.

—¿Sabes qué pensé en esos cinco minutos?

—Cuéntame.

—Que iba a morirme sin decirte una cosa que sé desde hace mucho tiempo.

—¿Cuál?

—Que la tarde que perdimos a la perra y no lloraste hasta que yo me dormí, supe que tú eras la persona más valiente que iba a conocer.

Ella parpadeó. No esperaba eso; quizás algo más pequeño, más cotidiano, más parecido a los recuerdos que guardaba. No eso.

—¿Por qué dices eso ahora?

—Porque en estos cinco minutos —en el inventario que me hice con la muerte al lado— la única persona que salió bien en todos los balances eras tú.

No yo. No nadie que yo haya conocido profesionalmente.

Tú. Porque seguiste eligiendo todos los días una vida que el mundo no premia.

La vida interior. Las preguntas sin utilidad. Cuidar lo que no se ve.

—Eso no es valentía. Es la única manera que conozco —dijo Martha bajando la mirada.

No de modestia. De ese tipo de emoción que no sabe bien dónde posar los ojos.

—Cincuenta y dos años —murmuró ella.

Se llevó una mano al vientre. Un gesto pequeño, involuntario. Buscando algo que sujetar, y ahí no había nada todavía.

—Demasiados para decirlo —continuó.

—No. —Levantó la cabeza—. No demasiados. Porque ahora lo digo y cabe. Antes quizás habría necesitado más tiempo para que cupiera. Ahora lo digo y simplemente… cabe —dijo Carlos con la convicción de un argumento legal.

—¿Qué pasó aquí adentro? —preguntó Martha, tocándole el pecho con la punta de los dedos.

—Lo de siempre —dijo él—. El inventario. La contabilidad de los errores. Me quedé sin columna de haber hecho las cosas bien.

También ella había hecho su propio inventario, aunque nunca se lo hubiera dicho.

Este no era el final que Martha había prometido durante tantas conversaciones filosóficas a medianoche. No había paz. No había esa aceptación serena.

Solo un cuerpo que se desmoronaba con la lentitud cruel de lo inevitable.

Y una mente que seguía siendo perfectamente lúcida —funcionando con su precisión habitual, archivando, analizando, catalogando— mientras la carne cedía debajo de ella.

—Qué mierda —repitió, y se rió con una carcajada hueca.

Descubrió que quería un cura. Él. El ateo brillante. El hombre de certezas.

—Llama a uno —dijo, y no explicó a quién, y Martha no preguntó.

Quería a un farsante con sotana que le dijera que todo estaría bien.

—Malditas meditaciones —murmuró.

—¿Cuáles? —preguntó Martha.

—Las tuyas, Martha. Toda la vida diciéndome cómo se muere bien. Cómo se suelta. Cómo se acepta.

No dijo nada por un segundo.

—Y ahora que es el momento, nada funciona.

»No hay calma. No hay luz suave. Solo este ruido aquí adentro que no para ni un segundo.

Ella no se ofendió. No se defendió. No sacó a relucir la enseñanza ignorada.

Dijo simplemente:

—El ruido es tuyo, amor. No mío. Yo nunca te prometí silencio. Te prometí compañía.

Él la miró.

No contestó. Le pareció que el ruido, por un segundo, había bajado de volumen, y no supo si era la frase o la mano.

Y aunque jamás lo admitiría —ni hoy ni en ningún día anterior— lo que más dolía no era la muerte en sí.

Era no volver a contradecirla. No volver a escucharla sin escuchar y después guardar sus frases como contrabando.

—Tenía miedo de que no vinieras —admitió en voz muy baja y le buscó la mano y no la soltó, como si soltarla fuera adelantar la otra cosa.

—Siempre voy a venir —dijo ella—. Aunque a veces querría sacudirte.

—¿Siempre?

—Siempre. Aunque no me lo pidas. Aunque creas que no lo mereces. Aunque yo esté en el peor momento posible. Siempre.

La palabra cayó en la habitación con el peso de años de prueba.

Carlos cerró los ojos.

Inhaló.

Contó hasta cinco.

Exhaló.

—¿De qué sirvió todo? —preguntó de pronto, al aire, a nadie en particular—. Toda una vida, Martha. Los casos ganados. El dinero. La reputación construida ladrillo a ladrillo. ¿De qué sirve ahora?

—De nada —dijo ella sin suavizarlo, sin la almohada del eufemismo—. Para esto nunca sirvió nada de eso. Para esto… solo sirve lo otro, lo que hiciste con las personas.

—¿Lo otro? —preguntó al mirarla con una dureza que era, en sus capas más honestas, miedo disfrazado de escepticismo.

—No hagas poesía ahora, Martha. Por favor.

Silencio.

La máquina marcó las 3:22.

—¿Y después? —preguntó él.

—¿Después de qué?

—De esto. De hoy. ¿Incluso después de que yo ya no sea…?

No terminó la frase. No pudo.

Martha le apretó la mano con una fuerza que no esperaba de ella.

—Especialmente —dijo ella.

—Eso no lo sabes —dijo él.

Él la miró durante un momento largo.

—¿Cuántas ideas me metiste en la cabeza, Martha?

—Las necesarias.

—Demasiadas.

—Nunca suficientes. —Media sonrisa—. Tú las tirabas como flores secas de un florero.

—Pero algunas se quedaban.

—Algunas se quedaban —confirmó ella.

—La del tiempo —dijo él.

—¿Te acuerdas?

—Te dije que, si todo está pasando al mismo tiempo, recordaríamos el futuro. Pero me callé que llevaba días pensando en lo que habías dicho.

Ella no respondió de inmediato. Dejó que la confesión ocupara el espacio que merecía.

—¿Y ahora? —preguntó al fin—. ¿Lo crees?

—No sé lo que creo —dijo—. Lo que sé es que, en este momento, con este cuerpo que ya no me obedece, lo único que me parece absolutamente real eres tú. Y eso no tiene explicación racional que me satisfaga.

Ella lo miró con algo en los ojos que no era triunfo.

—Mira bien tus manos —dijo de pronto, con una voz suave y sin énfasis, como si lo dijera de pasada—. Para que las recuerdes.

Él la miró.

—¿Para qué las voy a recordar?

Ella no respondió. Solo sonrió. Con esa sonrisa que siempre había significado tú ya sabes, aunque él se negara a admitirlo.

—¿Dónde estabas? —preguntó él, recordando de pronto—. Hace un momento. Cuando te llamaba.

—Hablando con Graciela. Preparando lo que necesitas para esta tarde.

—¿Y qué necesito para esta tarde?

—Agua. Música, si quieres. Que alguien esté aquí.

—Te necesito a ti.

—Aquí estoy —dijo ella.

—Aquí me quedo —dijo, y lo besó. En los párpados. En la frente. En los labios resecos.

Cada beso era conjuro. Una plegaria muda. Sellando con cada uno el alma al cuerpo un instante más. Él se dejó besar.

No por ternura, sino porque en ese acto había algo más antiguo que la lógica: una fe sin pruebas que había sido siempre, en secreto, la suya también.

Martha siempre había tenido la vocación absurda de salvarlo de sí mismo.

Y él, con su vocación igualmente absurda de resistirse, lo había permitido.

—¿Qué pasó en estos cinco minutos? —preguntó ella—. Cuéntamelo todo.

Y él empezó.