Ellas CAPÍTULO I
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Ellas

Ellas

Por AM Sanchez Gonzalez

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CAPÍTULO I

La hora

El reloj no respondió. Nunca lo hacía.

Carlos lo miró esperando algo diferente esta vez. Un error, pero los objetos no negocian.

Algo no encajaba.

No en el cuerpo —eso era evidente— sino en la forma en que el pensamiento seguía funcionando convencido de que aún había tiempo.

Demasiado claro.

Hizo lo único que sabía hacer cuando algo no cerraba: inventario.

Casos ganados.

Casos perdidos.

El libro que nunca terminó de leer. Siempre el mismo.

El roble antiguo del escritorio que mandó restaurar tres veces y que nunca dejó tocar a nadie, salvo a Martha cuando le llevaba café.

Ochenta y cuatro familias.

Nada de eso servía ahora.

—Qué mierda —dijo.

No como queja: como veredicto, de los que se dictan sin leer los considerandos.

Afuera, la ciudad seguía siendo la ciudad, indiferente a que uno de sus habitantes hubiera recibido, un mes atrás, un término. Desde la ventana podía verse el mundo que había elegido no habitar del todo.

Peatones con pupilas de pantalla, parpadeando en ese azul frío que ya nadie miraba dos veces porque lo raro, en ese siglo, era el ojo sin modificar.

Una mujer cantándole en voz baja a su hijo: la voz salía por canal privado y nadie más la escuchaba.

Un perro con el iris cambiándole de color según la voz de su dueño.

Un adolescente riendo con alguien que no estaba allí, proyectado en su córnea aumentada.

Y él, obstinado, había decidido no corregirse. El primer ofrecimiento llegó a los treinta y siete.

—Es como tener un segundo cerebro —dijo el colega, con esa sonrisa de converso que tienen quienes acaban de descubrir algo y necesitan que todos los demás lo descubran también.

Carlos se encogió de hombros.

—Ya tengo uno. Y estoy bastante satisfecho con el actual.

Martha lo entendió enseguida.

—Eres el único abogado que conozco que defiende el derecho a la torpeza.

—No es torpeza.

—¿Entonces qué es?

—Proceso.

Ella lo miró un segundo y luego sonrió.

Una de esas sonrisas que significaban: puede que tengas razón, pero no pienso concedértelo todavía.

Carlos cerró los ojos un instante. Pensar en ella era como abrir una puerta.

Y detrás de esa puerta estaba todo.

Ella en Ámsterdam, a los treinta y ocho, con un abrigo rojo que parecía hecho menos para el frío que para anunciar su existencia. Volteando de vez en cuando para sonreírle al confirmar su presencia.

Ella en el jardín, con las manos llenas de tierra.

—Es romero —decía.

—Ya sé que es romero —contestaba él.

—No lo sabes. Cada vez que te pregunto qué estoy plantando dices «no sé qué cosa verde».

—Porque hay demasiadas cosas verdes en este jardín.

—Hay cuatro plantas, Carlos.

—Es un número confusamente alto.

Y ella se reía. Cómo se había reído con ella.

Horas enteras riéndose de cosas que entonces parecían insignificantes y que ahora, justo ahora, eran lo único que importaba.

Cuando intentaba recordar su vida, siempre terminaba recordándola a ella. Abrió los ojos. La habitación estaba vacía.

—¿Dónde estás, Martha? —murmuró.

Respirar costaba.

La máquina junto a la cama seguía su cuenta exacta.

En la pantalla lateral, el sistema insistía en ofrecer el contacto con su yo-archivado: una copia genealógica que respondería en su voz a quienes lo extrañaran. Carlos no la miró.

—Hoy moriré —dijo en voz alta.

Con la creencia de quien nombra para cambiar.

Pero la frase no bastó. Cerró los ojos y entonces ocurrió algo extraño.

No fue un recuerdo porque los recuerdos tienen bordes.

Esto no.

Era una plaza. Piedra caliza blanqueada por un sol que no pertenecía a ese siglo. Olor a madera quemada.

A yeso viejo.

A algo mineral e irrespirable.

Y en medio de la plaza una mujer.

De pie.

Las manos abiertas.

La espalda recta.

La cabeza apenas inclinada, como quien escucha algo que los demás no podían oír.

Ardía.

No gritaba.

No luchaba.

Ardía sin moverse, las manos abiertas a los lados, como si ya hubiera saldado todas sus deudas y nadie viniera a cobrarle nada.

Entre los dedos sostenía algo pequeño.

Una aguja.

Fría. A salvo del fuego.

El fuego no la había destruido.

Carlos parpadeó.

Morfina, pensó. Debe ser la morfina.

Pero la imagen no desapareció. Seguía allí. El reloj marcó otro minuto.

El olor del roble antiguo. La máquina contando.

La habitación vacía.

—¿Dónde estás, Martha? —repitió.

Y entonces, pasos.