Ellas CAPÍTULO III
6%

CAPÍTULO III

El altar del cuerpo

Le contó todo sin orden. En tropel.

El caso de las ochenta y cuatro familias, que no había sido generosidad sino terquedad: lo había hecho porque le irritaban los que ganaban moviendo el tablero en lugar de dominar las reglas.

—Ya lo sé —dijo Martha—. Y fue generosidad igual.

—No lo era.

—Las razones no cambian el resultado. El resultado fue que ochenta y cuatro familias se quedaron en sus casas.

—Eso no me hace mejor persona —sentenció.

—No. Pero lo hiciste. Eso sí cuenta.

Le contó la noche en que casi no fue a buscarla cuando se separaron.

No la noche en que sí fue.

La anterior.

La noche del teléfono en la mano, cuarenta minutos frente al espejo convenciéndose de que lo mejor era dejarla en paz.

—¿Y por qué me buscaste después?

—Porque no pude dormir. Ni esa noche ni la siguiente. Y a la tercera entendí que no iba a dormir nunca si no iba.

—Eso es terquedad también.

—Todo lo bueno que hice en mi vida fue terquedad.

—Y algo más —dijo ella.

—¿Qué más?

—Amor. Que tú llamas terquedad porque la otra palabra te da miedo.

Él la miró y no dijo nada.

Pero le contó lo del flan de la señora Contreras. Martha se rió.

—Nunca me lo habías contado —dijo ella.

—Desaparecía siempre antes de que pudiera contarlo.

—El flan era una obra maestra. No podía esperar —respondió sin borrar la sonrisa en sus labios.

—¿Cuántos flanes te comiste tú en todos esos años?

—Todos.

—¿Todos? —preguntó él.

—Todos los que llegaron cuando no estabas.

»Puede que también alguno cuando estabas.

—¡Martha!

—Era demasiado bueno para compartirlo con alguien que no sabía apreciarlo.

—¡Era mi flan!

—Era un flan enviado al universo. El universo tiene sus propios planes.

Él se rió con el dolor detrás y el amor adelante, los dos al mismo tiempo.

Le contó que había un caso que no podía sacarse de la cabeza. No de los buenos. De los otros.

Un cliente de los primeros años. Claramente culpable. Lo había sacado libre por un tecnicismo que encontró después de tres semanas sin dormir.

—Gané el caso —dijo—. Y supe en el momento en que el juez lo absolvió que no tenía que haberlo ganado.

—¿Por qué lo ganaste entonces?

—Porque era mi trabajo.

—¿Y?

Silencio largo.

—Porque en ese momento el trabajo era más importante que lo correcto.

Martha no dijo nada.

—Eso me pesa desde hace muchos años —dijo Carlos.

—Lo imagino.

—Me costó admitírtelo.

—¿Por qué?

—Porque me habría hecho menos. En mi propia versión de mí mismo.

—¿Y ahora por qué me lo dices? —preguntó Martha, sin juzgar.

—No lo sé —respondió—. Tal vez necesito decirlo en voz alta.

Silencio.

El reloj siguió contando.

[3:15. Una mujer borda. La aguja entra. Sale. La piel de sus dedos no sabe si la sangre pertenece a este cuarto o a otro.]

Carlos miró hacia la ventana. A las montañas y al cielo sin opinión.

—Vivimos en la era de los cyborgs orgullosos —dijo—. Sin achaques. Sin vejez real. Y yo elegí esto. Elegí la carne sola.

—Lo elegimos los dos —dijo Martha.

—Cierto, tú por convicción. Yo por misantropía. No es lo mismo.

—El resultado es el mismo.

—El resultado y el final —murmuró—. Sí. Exactamente lo mismo.

Se acordó del médico y de la pregunta absurda que le hizo el día del diagnóstico.

—Le pregunté por las cucarachas.

Martha lo miró sin decir nada.

—Cómo podía ser que en un mundo donde todo se reemplaza, donde hasta el corazón tiene repuesto, sigan existiendo… esas cosas. También le pregunté por qué al corazón no le da cáncer. Y… ¿qué más le pregunté? Algo de tu teoría del alma. Sí. Eso. Le conté tu teoría del alma. Y me la quedé pensando.

Ella sonrió con cansancio al responder:

—Porque algunas cosas no están aquí para conveniencia de nadie. Están aquí para recordarte que el mundo no es tuyo.

—Sí, y eso se me quedó pegado como otros disparates que dices.

—Algo tenía que quedarte después de tantos años.

—Quédate conmigo, Martha —dijo ahora, con una urgencia que ya no intentaba disimular—. No te vayas más. Solo quiero saber que estarás aquí cuando deje de respirar. Que lo último que vea seas tú, tus ojos.

—No me voy. Ya te dije.

—Ya sé. Pero necesito decírtelo igual.

—Lo sé.

—¿Te molesta que lo repita?

Ella pensó un momento.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque sé por qué lo haces. Y porque cuando dejes de repetirlo, voy a extrañarlo.

Ella soltó una carcajada breve.

—Bien. Sin psicología. Me quedo. Punto.

—Gracias.

—No me des las gracias por esto. Quedarme no es un sacrificio ni generosidad. Es lo que quiero. Darme las gracias por esto es como darme las gracias por respirar.

Él la miró.

—¿De verdad quieres estar aquí? No por obligación. No por lo que se espera. ¿De verdad, solo por querer?

—De verdad, solo por querer. Eres tú. —Sin elaborar—. Porque eres exactamente tú y no otro. Y aunque la lista de razones para no querer estar aquí es larga, la razón para estar aquí es una y pesa más que todas las otras juntas.

—¿Cuál?

—Que te quiero. Que te he querido desde antes de saber que te quería. Que te querré cuando ya no tenga cuerpo con qué quererte.

Se quedaron en silencio.

—Bien —dijo él al fin.

—Bien —repitió ella.

Ella se levantó, rodeó la cama, y se tumbó a su lado en ese espacio que durante tantos años había sido el suyo en todas las camas de todos los países.

Su cabeza en el hueco entre el cuello y el hombro de él.

La mano abierta sobre su pecho.

Buscando el corazón. Contando los latidos que quedaban como quien cuenta las últimas páginas de un libro que no quiere que se acabe.

—¿Recuerdas el diagnóstico? —preguntó ella, con una voz que no era de pregunta sino de necesidad de volver a pisarlo juntos.

—Me acuerdo —dijo él.

—¿Qué pensaste cuando llegaste a casa ese día?

—Pensé que no sabía cómo decírtelo.

—¿Sabes qué pensé yo?

Él la miró.

—No lo sé. Nunca me lo dijiste.

—Pensé que me habías estado mintiendo en algo.

Él parpadeó.

—¿Qué?

—Llevabas semanas con algo. Lo sabía. Y cuando llegaste con esa cara, pensé primero que era una mentira. Luego te vi de verdad y supe que era el diagnóstico. Y dejé de pensar en la mentira.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque en ese momento lo que importabas eras tú. No yo.

Él guardó silencio.

La había visto llegar esa tarde y él ya estaba en el sillón, con el resultado en la mano, sin quitarse el abrigo todavía, porque la inercia de volver a casa se le había agotado en ese punto y no en otro.

Martha lo había mirado solo un segundo.

Luego fue a la cocina, calentó agua, como siempre, y volvió con dos tazas de té que ninguno de los dos pidió y que bebieron hasta el fondo, sin decir nada, durante veinte minutos.

Al final fue ella quien habló primero.

—¿Cuánto tiempo?

Ella ya sabía la respuesta antes de preguntar.

—Un mes. Máximo.

Silencio.

—Bien —dijo ella.

Tardó. Como quien sabe demasiado y elige empezar por algún lado.

—¿Bien?

—Bien porque te tengo ahora. Bien porque podemos hablar. Bien porque no fue de golpe, sin aviso, en mitad de la calle.

Él la miró con una mezcla de asombro y de miedo a que ella tuviera razón.

—¿Cómo puedes decir bien?

—Porque bien es lo que tengo. Lo otro no me lo puedo permitir todavía.

Luego se levantó, fue a la cocina, y Carlos la oyó llorar tres minutos con la puerta cerrada.

Tres. Los contó. Cuando salió, tenía la cara limpia y los ojos secos.

Volvió a sentarse a su lado con la misma calma de antes, salvo por un detalle que él anotó: ahora su mano estaba sobre la de él.

Permanente. Como siempre. Nunca le preguntó si había llorado.

Nunca le preguntó cómo había podido.

Pero durante todos los días siguientes, cada vez que el miedo llegaba de noche, ella recordaba esos tres minutos y lo que él había dicho para romper el silencio.

—Venga —dijo él después de un momento—. Hablemos de nosotros. Quiero recordar. Quiero reírme. Quiero irme sonriendo, si es posible. Y no quiero que llores.

—Lo prometí —respondió ella.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Antes de que despertaras. Me lo prometí a mí misma, sola, en el baño.

—¿Y si no puedes cumplirlo?

—Lo cumpliré mientras estés mirando. Después hago lo que quiera.

Él soltó la carcajada. Corta pero genuina.

—Eso es trampa.

—Eso es pragmatismo. Que yo también lo aprendí de alguien.

—¿De mí?

—De ti. Los pocos gestos útiles que me enseñaste.

—¿Pocos? —fingido escándalo—. Fui un maestro excelente.

—Fuiste un maestro brillante en lo que sabías y un desastre completo en lo que no querías aprender. Que es, por cierto, la definición exacta de la inteligencia arrogante.

—Eso me lo guardas para el epitafio.

—Ya lo tengo redactado.

—¿En serio? ¿Cuándo?

—Lo fui escribiendo mentalmente durante años. Cada vez que me exasperabas un poco más de lo necesario.

—A ver.

Martha hizo una pausa teatral.

«Aquí yace Carlos Smith. Tenía razón en casi todo. Y en lo único que se equivocó, lo hizo con una convicción admirable.»

Él se rió con todo el cuerpo que todavía podía reírse.

—Eres cruel —dijo, entre carcajadas.

—Soy honesta. La crueldad es tuya que las confundes.

Martha guardó silencio.

[3:15. En una habitación que huele a encina y a tela vieja, unas manos bordan. En la manga, algo pequeño y frío. Los ojos no miran la tela. Miran algo que todavía no ha llegado al cuarto.]