Ella (Corazón de Pantera nº 5) 44
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Lucía despertó temprano después de una noche intensa. Tras marcharse Lola y Pilar, había permanecido en el Pantera con Tina y los suyos. Le había encantado sentirse una más del clan. Y ese día iba a continuar siéndolo, pues la habían invitado a la comida para celebrar el cumpleaños de Tina.

A pesar de lo poco que había dormido, la energía la desbordaba.

La energía y unas ganas inmensas de reencontrarse con su bicho.

Pero antes, debía poner al tanto de la nueva situación a sus padres.

Miró el reloj y supo que, si se daba prisa, llegaría a tiempo de hablar con ellos antes de que se marcharan a trabajar.

—¿Qué milagro es este? —preguntó su padre sorprendido al abrirle la puerta.

—Vengo a que me invitéis a desayunar.

—¿Ocurre algo?

—No, papá. ¿Tan raro te parece que venga a veros?

—Teniendo en cuenta que acabas de coger vacaciones y que no son ni las ocho de la mañana…

—Y que anoche salió de fiesta —añadió Patro.

—Mamá, a lo de anoche no se le puede llamar salir de fiesta.

—¿A qué hora terminaste? —quiso saber.

—Llegué a casa a eso de las dos y media.

—Entonces, sí, ocurre algo —convino su madre.

Lucía se acomodó junto a la mesa de la cocina notando la incisiva mirada de los dos.

—¿Por qué no os sentáis conmigo?

—Me preocuparía si no fuera porque veo ese brillo en tus ojos —dijo Patro.

—No os tenéis que preocupar por nada, mamá. Todo está bien, pero hay una novedad y os la quería contar.

—Pues tú dirás —la apremió Jaime.

Lucía se percató de que su padre se había puesto tan tenso que no se atrevía a coger la jarra por miedo a derramar el café.

—Sabéis que llevaba un tiempo saliendo con Vicky, pero que era algo que no acababa de cuajar.

—Ya —dijeron los dos a la vez con idéntico rictus de resignación.

—Esa historia se ha acabado.

—No puedo decir que lo sienta, hija —admitió Patro.

—Ni yo. Es una mujer interesante pero un poco tiesa —opinó Jaime.

Lucía recordó el «como el palo de una escoba» de Lola y sonrió, pero no dijo nada al respecto.

—Sí, ya sé que tiende a no caer simpática, pero tiene sus cosas buenas y espero que encuentre a la mujer adecuada que sepa valorarlas. En cualquier caso, mi relación con ella se ha terminado y quiero que sepáis… que he comenzado una nueva.

—¿En serio? ¿Así sin más? —preguntó su padre perplejo.

—No me juzgues, papá. Sé que parece un juego de quita y pon, pero es mucho más complejo que eso.

Esta persona ya llevaba un tiempo en mi vida, aunque me he negado sistemáticamente a admitir que la quería.

Os puedo asegurar que no es otra Marta ni otra Vicky, estoy enamorada de ella.

Con las otras no me planteaba un futuro, con ella sí.

Conforme hablaba, se daba cuenta de que a Patro se le iba ampliando la sonrisa.

—Cielo, no me digas que… —insinuó esperanzada.

—Sí, mamá. Me he quitado la venda de los ojos y, de paso, un gran peso de encima. La quiero. Quiero a Tina.

Patro dejó escapar un grito de alegría y abrazó a su hija. Otra que se unía al club de la felicidad.

—¿Tina? ¿Qué Tina? Solo conozco a una Tina y es…

Jaime dejó el comentario en el aire y Lucía le tomó las manos.

—Sí, es esa Tina.

—Pero ¿no es menor de edad?

—Cumple hoy los dieciocho. Sé que te debe parecer una locura, papá, pero estoy muy segura de esto.

—A ver, cuando nos hizo el reportaje, me sorprendió lo sensata que era. Aun así, no deja de ser un riesgo.

—Estoy dispuesta a asumirlo, papá. Cuando la conozcas más, te darás cuenta de que hace tiempo que dejó de ser una cría.

—Sí, cariño, no sabes la vida que ha tenido —intervino Patro.

—Claro, porque tú lo sabías todo —replicó él—. Esos cuchicheos que os traíais en cuanto yo me daba la vuelta, eran sobre esa chica, ¿no es así?

—No te enfades, papá.

—No me enfado, pero no entiendo por qué me excluís por el simple hecho de ser un hombre. En el fondo también me gustan los cotilleos —bromeó cogiendo una tostada.

Lucía sonrió mientras los veía desayunar.

Su padre no las tenía todas consigo, pero sabía que pondría todo de su parte por admitir a Tina y entender la situación.

Patro, en cambio, estaba emocionada. Algo le decía que esa muchacha se iba a desvivir por cuidar a su hija y más aún desde que había tenido oportunidad de conocerla.

Tina iba a hacer feliz a Lucía, ¿qué más podía pedir una madre?

***

Tras despedirse de sus padres, caminó feliz bajo los primeros rayos de luz de la mañana.

Ese día todo parecía diferente. El aire olía dulce, la acera era más blanda y el sol le hacía cosquillas.

Los pájaros cantaban con más alegría, los coches iban más despacio y hasta le dio la impresión de que todo el mundo sonreía.

Pero, no. No eran los demás. Era ella, que no podía borrar a Tina ni de su mente ni de su corazón ni de sus labios.

Dio un breve paseo disfrutando de sus sensaciones, hasta que la responsabilidad llamó a su puerta.

No se podía olvidar de Vicky. Merecía una explicación, una conversación y, si era necesario, la ocasión para escupirle todos sus reproches.

Lucía sabía que no era justo esconderse y que debía afrontar la situación.

Así pues, decidió que era mejor un encuentro cara a cara que una fría llamada telefónica, por lo que se dirigió hacia su casa.

Llamó al portero, pero no recibió respuesta.

Insistió un minuto después con idéntico resultado.

Se preguntó si aún estaría durmiendo, pero en seguida pensó que no.

Eran más de las diez y a Vicky le gustaba levantarse temprano, incluso los domingos y los días en que se había acostado tarde por salir de fiesta.

Era uno más de tantos de sus metódicos rituales.

Lucía esperó un buen rato, volviendo a llamar en varias ocasiones sin que nadie contestara. Estaba a punto de rendirse cuando la vio aparecer portando una bolsa en cada mano.

—¿Vienes de compras? —le preguntó Lucía con torpeza.

—¿Esa es tu manera de dar los buenos días a alguien a quien has dado puerta?

—Te estaba esperando. Me gustaría hablar contigo —dijo en son de paz ante el recibimiento hostil de Vicky.

—Tengo cosas que hacer.

—Será solo un momento.

Vicky soltó las bolsas en el escalón del edificio y se cruzó de brazos a la defensiva. Lucía entendió que no iba a invitarla a subir a su piso y que la charla iba a tener lugar en plena calle.

—Dime. No tengo todo el día —la acució.

—Quería pedirte disculpas por lo ocurrido anoche.

Vicky sonrió con ironía y clavó sus ojos en Lucía.

—¿Sabes? Aún no acabo de asimilar esa decisión sin sentido que tomaste. Eres una mujer con dos dedos de frente y, de repente, te levantas y te lías con una adolescente. ¿En qué estabas pensando, Lucía?

—Me di cuenta de que mis sentimientos por ella iban más allá de la amistad —trató de explicar.

—¿Así? ¿De un momento para otro? ¿Creíste que sentías algo por una niña?

—Vale, a eso último no voy a responder. Sé que no te entra en la cabeza que con dieciocho años pueda ser más madura de lo normal.

—Pero, a ver, que me hace mucha gracia que te lo parezca por arte de magia, solo porque ha pasado un minuto de las doce de la noche y ha cumplido un año más.

—No es así, Vicky. Siempre me ha parecido que tiene una forma diferente de ver la vida, no lo descubrí anoche por casualidad. Pero no me quiero justificar en ese aspecto. Yo sé cómo es Tina y me da igual lo que pueda pensar quien no la conoce.

—Es que, de verdad, me sorprende después de lo que me contaste sobre la chica aquella por la que te detuvieron…

—No tiene nada que ver —la interrumpió.

—¿Ah, no?

—No y no quiero hablar más de ello.

—Bueno, ¿y ahora qué pasa? O sea… Vienes a pedirme perdón porque anoche tuviste un calentón con esa chica tan madura —enfatizó con sarcasmo— y pretendes que lo pase por alto y continuemos como si nada.

—No he dicho eso, Vicky.

—¿Ah, no? —repitió.

—Te acabo de decir que tengo sentimientos por Tina y quiero estar con ella.

—Pero ¿estás chalada?

—Por favor, respétame. He venido a hablar contigo y a explicarme.

—¿Sabes lo que vas a durar con esa cría?

—Eso es cosa mía —aseguró obviando que Vicky siguiera tratando a Tina como a una niña.

—¿De verdad me quieres decir que fuiste al Pantera para encontrarte conmigo y que dos horas después decidiste que ya no querías saber nada de mí y que te gustaba otra? ¿Es esa tu forma de actuar con las personas y de tener relaciones?

—No. Esa ha sido mi forma de huir de unos sentimientos que no entendía, de tratar de anteponer lo sensato al amor.

—¿Amor? —preguntó antes de estallar en una carcajada repleta de crueldad.

—Sé que no lo entiendes, pero es así. Siento haber ido tan perdida, haberlo intentado contigo a toda costa porque era como si fueras una red de seguridad. Pero ahora quiero vivir lo que siento con naturalidad. Me quiero arrojar al abismo.

—Te vas a estrellar.

—Es mi problema.

—No esperes que vaya yo después a recoger tus restos.

—No tengo esa pretensión. Si algo he aprendido es que tengo que empezar a dar prioridad a mi corazón y no esforzarme por querer a la persona equivocada.

—Oh, qué bonito —exclamó con desprecio.

—Lo siento, Vicky.

—Yo sí que lo siento. Menuda decepción.

—Ya te he dicho lo que te tenía que decir. Ya hablaremos con más tranquilidad.

—Ni lo sueñes.

—Está bien. Pues nos veremos después de vacaciones. Que tengas un buen verano.

—Y tú un feliz descenso al infierno. A ver quién te saca de allí. Disfruta de tu pieza de carne fresquita —añadió sin mirarla entrando al portal.

Lucía se dio la vuelta y respiró hondo. No esperaba su comprensión y hasta admitía que era justa su reacción, aun cuando había llegado a ser desmedida.

No la culpaba, al contrario. La responsabilidad de aquella historia había sido de ella misma por ir dando bandazos salpicando a terceras personas.

Y lo lamentaba, pero ya no había remedio.

Solo le quedaba aprender de los errores, dejarse llevar por su parte más sincera y comenzar a ser libre.

***