Ella (Corazón de Pantera nº 5) 43 #2
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—De verdad, Vicky… crees saberlo todo desde tu punto de vista tan racional, pero lo cierto es que no entiendes nada.

Pero tengo que advertirte una cosa: Tina es mi amiga y lo va a seguir siendo.

Es muy importante para mí, ni te lo imaginas.

Quiero que se una a la pandilla porque Lola la adora y Pilar lo hará en cuanto la conozca un poco más.

Y con Sandra pasará lo mismo. Esa brecha generacional que tanto te preocupa está en tu cabeza y no existe cuando las personas se quieren y están a gusto juntas. ¿Eres capaz de entenderlo?

Vicky no contestó, pero la miró con incredulidad y con cierta actitud de superioridad.

—Es que incluso pienso proponerles a las dos que veraneen con nosotras. Nada me haría más feliz que integrar a Tina y Sandra en mi grupo de amigas.

—Es mejor hablar de esto en otro momento, Lucía. Lo trataremos con más calma mañana, mientras desayunamos con un buen café. Solo tienes que decidir si en tu casa o en la mía.

—Pues va a ser tú en la tuya y yo en la mía —sentenció.

—¿No quieres que pasemos la noche juntas? —se sorprendió Vicky.

—Sinceramente, no. Prefiero estar sola. Y mañana también. Necesito pensar en mis cosas.

—Está bien —se rindió.

Lucía callejeó con el coche hasta dejar a Vicky en su casa.

No hubo beso de despedida ni gestos cariñosos.

La pelirroja, a pesar de ello, entró en su portal mirándola con tanta seguridad como suficiencia.

Creía tenerlo todo dominado. Pero Lucía no se había sentido cómoda a su lado, no le había gustado su reacción maliciosa ni su aversión hacia Tina.

De algún modo, tenía la sensación de que aquella noche iba a suponer un punto de inflexión en su relación.

Condujo hacia su casa envuelta en dudas y reflexiones. Quizá era mejor dejar pasar el fin de semana, dedicarse a ella misma, meditar sobre los puntos de vista de Tina y Vicky y dejar de estar enfadada con las dos.

***

Había pasado el domingo sola en casa, con la mente deambulando entre Tina y Vicky, mientras luchaba por esquivar todo lo relativo a sus propias emociones.

El corazón le pedía sacar unas conclusiones que le daban demasiado miedo y prefería tirar de esa racionalidad que, paradójicamente, tanto odiaba en Vicky.

Al día siguiente, amaneció con una actitud más serena.

Había quedado con Pilar y Lola en que irían al Pantera, a pesar de ser lunes.

Siempre les apetecía comenzar allí el día del Orgullo.

Pensaba disfrutar de la noche y de la presencia de Tina, sin obsesionarse con la mayoría de edad que estaba a punto de alcanzar.

Dejándose llevar por esa quietud de espíritu, decidió llamar a Vicky.

—Por fin sé algo de ti —le escupió con tono acusador.

—Ya te dije que ayer quería estar tranquila pensando en mis asuntos —se justificó Lucía.

—Espero que haya servido para que se te pase el cabreo.

—Cuando me enfado, intento ponerme en el lugar de la otra persona y eso lleva su tiempo. Te llamo para decirte que esta noche iremos al Pantera —añadió sin darle oportunidad a que replicara.

—¿Y tus amigas pueden trasnochar hoy? ¿No tienen que trabajar mañana?

A Lucía no le pasó por alto el hecho de que las tratara como sus amigas, como dando por sentado que para ella misma no lo eran.

—Sí, por eso iremos pronto, a eso de las diez. No nos quedaremos hasta tarde. Solo queremos cumplir una tradición de muchos años.

—Vale, pues nos veremos allí. Tengo una reunión en la academia y no sé a qué hora terminaré.

Lucía se sorprendió al sentir alivio al escuchar sus palabras. De repente, no le apetecía estar a solas con ella. Necesitaba terminar de procesar lo ocurrido y ordenar su maraña interna de sensaciones.

Unas horas después, se arregló con calma y se marchó al pub al encuentro de su pandilla.

Fueron en coches distintos, previendo la posibilidad de que Lucía quisiera quedarse un rato con Tina y Ángel después de medianoche.

Acababa de aparcar y de comprobar que el automóvil de Vicky aún no estaba, cuando Lola y Pilar llegaron tocando el claxon.

Se reunieron con el cariño de siempre y atravesaron el portón del jardín.

—¿Dónde está Vicky? —preguntó Lola—. No me digas que la has despachado.

—Eso te gustaría a ti, pero estará al venir.

—Bueno, pero que no se atreva a tocarte las narices otra vez.

—¿Has venido guerrera, tita?

—Tu tita tiene hoy el día infantil e impertinente —protestó Pilar.

—No me digas —dijo Lucía mirando a Lola de reojo. Ella cabeceó con resignación.

—Pues, sí. Estoy por ponerle un lazo violeta en el brazo para que vaya esta noche acorde con las de su edad mental.

Lucía rio con la broma de Pilar mientras entraban en el Pantera.

Aún no se le había borrado la sonrisa del rostro cuando vio a Tina en la barra.

Había supuesto que iría a la hora libre acompañada por Ángel, pero se sorprendió al encontrarla rodeada no solo por su padre sino también por Paz y Ana.

Se sintió feliz de verla en familia, arropada por los suyos en un día tan especial.

Lola corrió a abrazarla. Hacía tiempo que no se veían, pero Tina la tenía conquistada. Lucía las dejó que hablaran y se acercó a saludar a los demás.

—Qué alegría veros por aquí, sobre todo a ti —añadió mirando a Paz.

—Quién te lo habría dicho hace un tiempo, ¿eh? —dijo con complicidad cogiendo las manos a Lucía.

—Todo tenía que llegar. De verdad que me alegra que estéis aquí los tres —insistió acariciando con cariño la cara a Ángel.

—Pues, mira, si no llega a ser por un contratiempo inoportuno, seríamos cuatro —dijo él.

—¿Cuatro? —preguntó Lucía extrañada.

—Sí, ya te contaré un chisme sobre un tal Mateo —dejó caer el fotógrafo echando una miradita pícara a Paz.

—¡Pero, bueno! —exclamó Lucía—. ¿Mateo no es tu nuevo jefe?

—Ahora ya… algo más que mi jefe —admitió la madre de Tina.

—Vaya vaya. Esta noche todo son buenas noticias —celebró Lucía.

—¿Cómo habéis podido hacerle eso? —se quejó Lola apareciendo junto a ellos y señalando a Tina. Lucía se percató de que ahora era Pilar la que charlaba con la chica.

—¿A qué te refieres? —quiso saber Ana.

—Le habéis puesto ese maldito lazo morado.

—Es la hora libre y ya sabes las reglas —recordó Ana.

—Coño, que le faltan menos de dos horas para cumplir los dieciocho.

—Eso mismo le he dicho a Tere, pero me ha argumentado que, técnicamente, tiene diecisiete, y que, si se presenta aquí la policía para hacer una inspección, ella no quiere problemas.

—Qué gilipollez.

—Bueno, esta grandullona malhablada es Lola —la presentó Lucía riendo.

—Perdón por entrar como un elefante en una cacharrería —se disculpó.

Lola se quedó hablando con ellos y pronto se unió Pilar. Entonces, Lucía se acercó a Tina, que por fin se había quedado sola.

—¿Ya se te ha pasado la tontería? —le preguntó con el rictus serio para recordarle que no le había gustado su actitud del último día.

—Sí, lo siento.

—Bien, porque Vicky va a venir de un momento a otro y quiero que empieces a ser una mujer que sabe controlarse.

—Lo intentaré.

—Con eso me vale.

Lucía le regaló una sonrisa y un beso. Tina estaba nerviosa, pero ella no lo estaba menos. Por mucho que intentara obviarlo, sabía que esa noche podía llegar a ser una auténtica prueba de fuego.

Dejó a Tina disfrutando de la compañía de los suyos y se dirigió al interior del pub con Lola y Pilar.

Pocos minutos después, llegó Vicky. Saludó sonriente, como si nada hubiera pasado y besó a Lucía.

Esta, al notar sus labios, sintió algo demasiado parecido al rechazo, pero lo achacó a los residuos del enojo y a lo complicado de la situación.

Se sentaron juntas en un sofá, mientras sus amigas se acurrucaban acarameladas frente a ellas.

Lucía estaba dispuesta a disfrutar de una noche tranquila, pero la cercanía de Vicky la hacía permanecer en una constante inquietud.

El contacto de sus manos no le agradaba y sus besos la incomodaban, por lo que trataba de no recibirlos.

Por un momento, se abstrajo del ambiente que la rodeaba y solo deseó estar en la barra, riendo con Tina, tomando una copa con Ángel, dejando que Paz le hablara sobre Mateo y Ana sobre cómo iba su convivencia con el fotógrafo.

Estaba perdida en sus pensamientos cuando su mirada se cruzó con la de Tina.

Fue como volver dos años atrás, aunque con un mundo de vivencias compartidas que convertía el momento en una historia totalmente diferente.

Se miraron durante unos segundos con intensidad hasta que se perdieron de vista, como el destino se empeñaba en que ocurriera una y otra vez.

Casi una hora después, cuando la pandilla comenzaba a plantear la retirada por esa noche, Lucía se dio cuenta de que Pilar y Lola se acababan de quedar mudas y serias.

Solo entendió el por qué cuando notó la presencia de Tina a su lado.

Se había puesto de cuclillas para quedar a su altura y la miraba con cierto temor.

—Ya tengo dieciocho años —balbuceó.

A pesar de todo, Lucía no esperaba que esa escena se produjera y se quedó paralizada mirándola.

Sabía que las doce habían llegado pocos minutos antes, dando la vuelta a una hoja marcada a fuego en el calendario.

Pero estaba convencida de que Tina se habría rendido, de que no se arriesgaría a que le diera calabazas delante de sus amigas y, sobre todo, de Vicky.

—Me pediste que te buscara —le recordó.

A Lucía le dio la sensación de que todo se quedaba en silencio. No había música ni gente. Solo los ojos tristes de Tina, la preocupación en el semblante de Lola y Pilar y la sonrisa sibilina de Vicky.

—¿Cuánto tiempo más tengo que esperar? —preguntó Tina casi sin voz.

Lucía, bloqueada, no fue capaz de contestar y apartó la mirada. Cuando volvió a levantar la cabeza, la chica ya no estaba. Buscó el apoyo de sus amigas y le dolió ver a Pilar abatida, aunque fue peor encontrarse con los ojos enfurecidos de Lola.