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Quedaban pocos días para que Lucía comenzara sus ansiadas vacaciones, pero aún no sabía qué iba a hacer durante el verano.
Ir al apartamento de todos los años estaba descartado.
Ni ella ni sus amigas se sentían capaces de ocupar un espacio donde siempre faltaría Celeste.
¿Cómo iban a mirar su sofá vacío, su radio apagada?
¿Cómo iban a estar allí sin escuchar su risa?
¿Cómo iban a hacer sin ella la foto del antes sin después? No. Nunca volverían a Villaluz.
Necesitaban viajar juntas, descansar, divertirse y cambiar de aires, pero habría de ser en otro lugar. Era algo que debían decidir, pero continuaban bloqueadas por los acontecimientos y el verano se les había venido encima.
Mientras se despejaban sus dudas, salieron un sábado más a cenar.
Vicky era la única que parecía contenta.
A las demás aún les costaba, tras dos meses, estar en Casa Justo sintiendo que faltaba una del clan.
De no ser porque ella se lo había pedido explícitamente en su carta de despedida, tampoco habrían vuelto a pisar la tasca donde siempre se habían sentido tan en casa.
Además, Lucía seguía triste por la actitud de Sara.
En la comida de fin de curso, su querida compañera se había dedicado a esquivarla y, pese a que intentaba limitarse a dejar que todo se pusiera en su sitio, temía haber perdido a alguien que podía haber llegado a ser una buena amiga.
—Hoy debe haber mucha gente. Me estoy agobiando antes de tiempo —dijo la profesora de Inglés.
—A mí las aglomeraciones tampoco me gustan, pero es normal que estos días sean especiales con la celebración del Orgullo.
—Ya, Lucía, si me parece bien y el Pantera se lo curra con las actividades y los conciertos, pero yo me he cansado de reivindicaciones y de tanto gentío.
—Pero las reivindicaciones son necesarias. No podemos disfrutar de derechos sin luchar por ellos.
—Que sí, pero que lo hagan otros. Yo ya estoy un poco de vuelta de esas cosas.
—Cuando hablas así, pareces una persona más mayor —dijo en tono de broma, aunque pronto se dio cuenta de que a Vicky no le había hecho ninguna gracia.
—Empiezo a pensar que de verdad te gustan más jovencitas.
—No digas tonterías. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra?
Vicky guardó silencio y Lucía prefirió hacer lo mismo.
Fue entonces cuando en su cabeza se instaló Tina.
No, no fue por el comentario de la pelirroja sino porque al hablar sobre el Orgullo, había recordado que dos días después tendría lugar la hora libre del Pantera y que Tina acudiría en calidad de menor, aunque al día siguiente cumpliera los dieciocho.
Al pensar en ello, un remolino le volteó el estómago.
Subió el volumen de la música y se puso a canturrear para tratar de desprenderse de esa ansiedad que llevaba semanas padeciendo.
Como si la hubiera invocado, como si el destino quisiera gastarle una broma, en cuanto aparcó el vehículo y echó a andar hacia el pub en compañía de Vicky, vio a Tina caminando a paso ligero por la otra acera. Extrañada, corrió a su encuentro.
—¿Qué haces por aquí a estas horas? —le preguntó con el ceño fruncido.
—Estaba en un concierto del grupo de Raquel. El local está un poco más allá —señaló.
Tina no pareció sorprenderse con su aparición, lo que hizo que Lucía sospechara que la había visto y había intentado huir de ella. Al comprobar cómo miraba de reojo a Vicky, que continuaba parada al otro lado de la calle, Lucía entendió la situación.
—Pero, Tina, es muy tarde y esta zona es demasiado solitaria.
—No pasa nada, me daré prisa —restó importancia e intentó reemprender su camino.
—Ni hablar. Espera un momento.
Tras detenerla, regresó a paso ligero junto a Vicky.
—Oye, dame un momento y la llevo a casa. Entra con las chicas, yo volveré en seguida —le pidió mientras sacaba las llaves del coche.
—¿Por qué te tienes que ir ahora? Has quedado conmigo —le recordó de malos modos.
Lucía se quedó perpleja ante el reproche de Vicky. Ya sabía que solía ser seca y cortante, pero no esperaba tal reacción por su parte.
—¿Pues no ves que es peligroso? Tardaré diez minutos.
—Lucía, pídele un taxi.
—¿Qué? —se revolvió incrédula.
—Es su problema. Estás conmigo —insistió.
—Tómatelo como quieras, pero voy a llevarla a casa —aseguró con decisión.
Vicky apretó los labios y se adentró en el Pantera. Lucía no quiso prestar atención a su malhumor, volvió a cruzar la calle, sujetó a Tina por el brazo y la obligó a meterse en el coche.
—Que sea la última vez que haces algo así —le exigió con una mezcla de enfado por Vicky y de preocupación por Tina.
—No hacía falta que te molestaras, no te quiero romper la marcha.
—No tardo nada en ir y volver y me quedaré mucho más tranquila —dijo respirando para recuperar la calma.
—Me odia.
—¿Qué? —preguntó sorprendida por el comentario inesperado de Tina.
—Vicky.
—¿Estás segura de que el odio va en esa dirección y no al revés?
—Yo tengo motivos.
—No hay justificación para odiar a una persona que no te ha hecho nada. Los celos son muy traicioneros, Tina. Entiendo lo que sientes, pero no me gusta que te dejes llevar por ellos —expuso volviendo a alterarse.
—¿Ella sabe algo de mí?
—No directamente. Pero sabe que eres lesbiana, te veía cuando ibas al principio a Shomos —explicó Lucía—. Y también sabe el apego que nos tenemos. Cuando le pedí que evitara ciertos gestos en el instituto, supongo que ató cabos. Pero yo no le he dicho nada.
—Debe intuirlo. Por eso me mira con ese desprecio. Pero, claro, los únicos celos malos son los míos.
—Tina, ¿tú te estás escuchando? ¿Qué celos crees que te puede tener? —continuó preguntando al verla callada.
—Ninguno, claro, porque ella es tu novia. A no ser que aún os estéis conociendo después de tantos meses. Que no sé por qué necesitas tanto tiempo, a mí me bastaron diez minutos para saber que estaba enamorada de ti.
—Tina, ¿en serio quieres que hablemos de esto? Porque yo creo que es mejor que lo dejemos aquí antes de que nos podamos hacer daño —sugirió ejerciendo de persona adulta ante el arrebato de Tina.
La chica pareció entender que se había metido en un charco y que se estaba comportando como una cría, algo que era muy contrario a sus intereses. Arrepentida, bajó la vista a la esterilla que tenía bajo los pies, pero guardó silencio hasta que Lucía detuvo el vehículo.
Tina descendió del coche y se acercó a la puerta de su edificio. Lucía esperó a que la joven la abriera con el rostro serio y la ventanilla bajada. Acababa de pisar el portal cuando volvió a girarse buscando a Lucía.
—El lunes iré a la hora libre del Pantera —dijo con suavidad.
—Allí nos veremos. Buenas noches —se despidió con frialdad en cuanto comprobó que Tina estaba a salvo.
Lucía condujo de vuelta al Pantera preguntándose qué podía haberles pasado a las dos para comportarse de un modo tan visceral.
De no ser porque sabía que no se tragaban, habría llegado a pensar que se habían puesto de acuerdo para amargarle la noche.
De repente, no tenía ganas de fiesta y sintió la tentación de marcharse a casa, pero respiró hondo y decidió darle la oportunidad a Vicky para que rectificara.
Pero lo que encontró en el pub estuvo muy lejos de una disculpa.
—¿Ya está la niña en la cunita? ¿Has subido a arroparla y a leerle un cuento? —preguntó con sarcasmo en cuanto Lucía llegó junto a ella.
—¿En serio, Vicky? No entiendo tu actitud.
—Cree que te tiene tomada la medida. Qué tierna, tan ilusa…
—Tengamos la fiesta en paz. ¿Por qué no lo dejas estar? —propuso Lucía, que no quería bajar al barro de la discusión.
—Porque tú y yo teníamos una cita y no me parece bien que me dejes plantada cuando no es necesario —volvió a recriminarle.
—Perdona, pero no he tardado ni quince minutos en volver y sabes que he hecho lo correcto.
—¿Darle esperanzas es lo correcto? —dudó resabiada.
—¿Qué tonterías dices?
—Anda que no se nota que bebe los vientos por ti. Encima le das coba y la muy estúpida se lo cree. No sabe ni conducir y quiere dominar un Ferrari.
Al escuchar los términos en que Vicky se refería a Tina, Lucía la frenó en seco.
—Mira, Tina me importa mucho y no te voy a permitir que la insultes.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no estallar dejándose llevar por la rabia. Se dio media vuelta y se acercó a la posición de Pilar y Lola.
—¿Todo bien? ¿Pasa algo? —se interesó Lola.
—Tranquila, tita, ya está.
—Estabais discutiendo. ¿Estás bien? —preguntó Pilar frotándole el brazo con cariño.
—Sí, pero a veces no sé quién es la niñata en esta historia. Vamos a olvidarnos y a pasarlo bien.
Una hora después, mientras giraba bailando una canción de The Communards, Vicky se aproximó en son de paz y ofreció una disculpa que a Lucía le pareció que llegaba tarde. Pero esa noche necesitaba huir de conflictos, por lo que se limitó a aceptar la excusa y su compañía.
—¿Sigues enfadada? —quiso saber la pelirroja cuando, ya de madrugada, regresaban hacia el núcleo urbano de Albaceda.
—No me ha gustado tu comportamiento. Tampoco lo he entendido.
—Lo siento. Es que siempre me ha parecido que esa Tina no es positiva en tu vida.
—Ah, y lo sabes sin conocerla. Qué bien.
—Te va a traer problemas.
—¿Qué crees que me puede aportar de negativo? ¿Piensas que es una mala influencia?
—Da igual. No me vas a entender. Estás cegada por una amistad que no es real.
—¿Cómo que no es real? De verdad, Vicky, no deberías tomarte la libertad de opinar de algo que te es ajeno.
—Lucía, eso que crees vivir es una ilusión. Ha terminado en el instituto y va a hacer su vida con gente de su edad. Entiendo que te haga sentir joven ir de colega con ella, pero hay un abismo entre tú y esa cría. La vida es otra cosa.
Lucía dejó escapar una media sonrisa y negó con la cabeza.