42
Ángel la recibió con la serena amabilidad de siempre y Lucía se alegró de verlo como cada vez. El fotógrafo tenía algo que conseguía que ella se sintiera segura con él. No podía verlo de otra manera que como a un buen amigo.
—Supongo que has tenido algo que ver con esto —dijo enseñándole el álbum de fotos.
—No me digas que no ha sido un precioso regalo —se limitó a contestar él.
—Insuperable —sentenció ella dejando que los ojos le brillaran.
Lucía y Ángel habían vuelto a encontrarse en alguna ocasión desde la reconciliación con Tina, bien por azar o porque la profesora hubiera necesitado sus servicios. Lo bueno de retomar su amistad con Tina había sido también borrar la incomodidad en su trato con Ángel.
—Has elegido buena hora para venir, estoy a punto de cerrar.
—Lo sé, amigo. Te espero y me invitas a una cerveza —dijo Lucía guiñándole un ojo.
—Y a dos.
Pocos minutos después, los dos disfrutaban del fresco de la tarde en la terraza de un bar cercano.
No era la primera vez ni sería la última que compartían un café o un refrigerio mientras charlaban de sus cosas.
Cuanto más lo conocía, más entendía Lucía que Tina tuviera a Ángel como su principal confidente.
—Tina estaba muy nerviosa cuando terminó el reportaje a tus padres —confesó el fotógrafo—. Deseaba por todos los medios que todo saliera bien y te gustara. No quería decepcionarte.
—¿Qué dices? Son unas fotos preciosas, con mucho significado para mí.
—De eso se trataba —dijo sonriendo orgulloso.
—¿La has tenido que ayudar mucho?
—No, solo un poco. Tina es muy buena, pero aún no tiene experiencia como para gestionar un trabajo así. Cuando aprenda a revelar, ya no me necesitará para nada.
—Tienes que estar contento. La estás formando muy bien.
—Aprende rápido y tiene talento. Yo solo me limito a enseñarle la parte teórica y aburrida.
—No te quites mérito, Ángel. Todo lo que sabe lo ha aprendido de ti.
—Quizá a nivel técnico sí. Pero hay una curiosidad y una mirada creativa que no se aprende, es algo innato.
—Creo que tu hija tiene futuro en la fotografía.
—Yo también. Pero antes quiero que se centre en terminar el curso. Por suerte, ha conseguido remontar.
—Está haciendo un gran esfuerzo. También me siento orgullosa de ella en ese aspecto.
—¿Ves? Pues eso te lo debe a ti —aseguró sin poder evitar mirarla con ojos de suegro frustrado.
—Está bien que le demos apoyo y herramientas, pero Tina es una valiente y, cuando se vuelve responsable, es capaz de todo.
—Me ha gustado conocer a tus padres —dijo después de que ambos dieran un sorbo a sus cervezas.
—Pues, Ángel, yo no paro de pensar en cómo se han relacionado ellos con Tina. ¿Sabes cuántas veces le he hablado a mi madre sobre ella?
—Has debido hablarle bien porque la trató en todo momento con mucho cariño. Y tu padre con simpatía y asombro por su buen hacer. Ella estaba un poco cortada al principio, pero luego se desenvolvió bien y todo fue fluido. De hecho, tu madre la ha invitado una tarde a merendar, ¿no lo sabías?
—No —respondió tras una risotada.
—Y ahora viene cuando yo me convierto en un bocazas y te digo que el destino parece querer mandarnos señales.
—No eres un bocazas, solo un optimista enamorado de su hija —concluyó apretándole la mano con cariño.
—¿Todo bien con Vicky? —se atrevió a preguntar.
—Sí, tenemos nuestros altibajos, fases en que parece que parece que seríamos la pareja perfecta y otras en que siento que no pegamos ni con cola —bromeó—. Pero ahora estamos en un momento tranquilo. El tiempo dirá.
Ángel abrió la boca como si fuera a decir algo, pero, de inmediato, se arrepintió y sonrió en silencio.
—No sé qué va a ser de mi vida en el futuro, Ángel —reflexionó—.
El cumpleaños de Tina se acerca y empiezo a sentir cierta presión.
Pasará lo que tenga que pasar con Vicky, pero no quiero perder a tu hija.
He sufrido mucho cuando estuvimos distanciadas y desearía que fuéramos amigas hasta el fin de los tiempos.
—Ella piensa lo mismo, lo sabes. Ha aprendido de la experiencia, no va a arriesgarse a quedarse sin la persona de su vida.
—No lo digas así, me hace sentir que tengo una responsabilidad tremenda respecto a ella.
—Todos tenemos una responsabilidad con las personas a las que queremos. Pero no te comas la cabeza, el hecho de que seas su persona favorita en el mundo no es nada malo. Y ella va a estar a tu lado, decidas lo que decidas. La veo muy madura en ese asunto.
Lucía sonrió satisfecha y agradecida al saber que Tina se lo iba a poner fácil.
—Dicho esto —continuó Ángel—, perdona la pregunta, pero ¿no hay ninguna posibilidad de que algún día la veas de otra manera?
—Prefiero no planteármelo. ¿Sabes? Alguna vez he dudado, pero siento que mis dudas son injustas para ella. Me niego a condicionarle la vida aún más. Pero ten por seguro que si mis sentimientos hacia ella cambian, seré coherente. Por el momento no me quiero presionar —insistió.
—Tranquila, no pretendía ponerte en un aprieto. ¿Te tomas otra? —preguntó señalando los vasos vacíos.
—No, gracias. Me encantaría, pero mañana hay clase. Entre semana hay que portarse bien —contestó con mirada traviesa.
Tras abandonar el bar, anduvieron juntos unos metros hasta que una bifurcación separó sus caminos. Al quedarse sola, Lucía volvió a pensar en Tina y respiró hondo. Sentía felicidad, sentía preocupación, sentía satisfacción, sentía ansiedad… Realmente, no sabía lo que sentía.
***
Lucía sonrió al acercarse a Tina con sigilo. Como tiempo atrás, la había visto curioseando entre las flores y no había podido superar la tentación de ir a su encuentro.
—A ti la primavera te altera de una manera muy particular.
Tina se giró y le devolvió una mirada feliz, como siempre que tenía a Lucía delante.
—No me tires de la lengua si no quieres que te diga algo que no te va a gustar —la amenazó con simpatía.
Lucía respondió llevándose el dedo índice a los labios y las dos se sonrieron envueltas por la complicidad de siempre.
—Es que he visto que han plantado unas gerberas —explicó Tina.
—Ya, y te han parecido perfectas para hacer… ¿cómo era aquello? —dudó Lucía.
—Una macro.
—Una macro. A saber qué será eso…
—Me gusta que haya algo en lo que yo sepa más que tú —dijo elevando una ceja con ironía.
—Hay muchas cosas que dominas mejor que yo, bicho —admitió revolviéndole el cabello—. Oye, ¿y Sandra? ¿Cómo es que no está contigo?
—Está hablando con el psicólogo del equipo ese que ha venido a hacernos los tests. Ya sabes, esos para orientarnos sobre la carrera a estudiar.
—¿Le ha pedido hablar con ella? —preguntó extrañada.
—Sí porque el resultado de su estudio revela que no tiene interés por ningún área. Le ha llamado la atención su desmotivación.
—Hablaré después con ella.
—Es que, realmente, no sé por qué está haciendo COU, si no tenía intención de ir a la universidad.
—Su hermana mayor la obligó por si luego cambiaba de idea.
—A veces pienso que hay carreras que le vendrían bien, pero como le dan tanto terror los profesores…
—Ya, pero la universidad es otra cosa.
—No la vamos a convencer.
—Bueno, tampoco pasa nada si no hace una carrera. Encontrará el modo de desarrollarse. Tú, en cambio, siempre lo has tenido claro.
—Sí, desde que mi padre empezó a enseñarme cuatro cosas de fotografía. No sé qué estudiaré exactamente, pero tendrá que ver con eso.
—¿Y ha coincidido tu test?
—En parte. Pero también me recomienda que me dedique al estudio de las lenguas clásicas. Vamos, me ha dado una risa… ¿Te imaginas que le digo a Lidia que voy a estudiar Griego como ella?
La carcajada de Lucía sonó a la misma vez que el timbre que anunciaba el final del recreo. Le hizo un gesto a Tina para regresar al interior del instituto y ella la siguió de inmediato.
—Ahora prométeme que te vas a olvidar por unos días de la cámara y que te vas a centrar en los exámenes —le pidió.
—Prometido. Intentaré aprobarlo todo, por mí y por ti.
Lucía le propinó un cariñoso apretón en el hombro.
—Así me gusta. Y espero que Sandra también. Quiero que me deis la alegría de terminar bien el curso.
—Ella también se está esforzando —aseguró Tina mientras atravesaban la puerta del centro y se dejaban ensordecer por el barullo de alumnos que regresaban a sus clases—. Por cierto, ¿sabes que igual se hace amiga de Raquel?
—No puede ser. Si siempre han sido como agua y aceite.
—Pues resulta que Raquel se ha unido a un grupo musical y ha compuesto unos temas, pero no tenían letra. Sandra lo va a intentar, estuvieron hablando el otro día.
—No me lo puedo creer —exclamó sorprendida.
—En la vida, a veces, terminan pasando cosas que parecían imposibles.
Tina se puso seria tras decir la frase y Lucía entendió el por qué. Se miraron un instante a los ojos y el corazón se le aceleró.
—Bonito dardo —dijo para romper la tensión y la joven le regaló una mueca simpática.
Lucía cabeceó rendida, una vez más, a su magnetismo.
Le lanzó un guiño a modo de despedida y se dirigió a la sala de profesores.
Vicky las había visto desde la puerta de la cafetería.
Nunca había dudado de Lucía ni le entraba en la cabeza que pudiera seguirle el juego a su alumna, pero no le gustaba que existiera entre ellas una conexión tan potente, aparte de que odiaba el más que evidente enamoramiento de Tina.
De hecho, odiaba a Tina y no solo por esos sentimientos que consideraba infantiles.
La odiaba porque solo ella era capaz de arrancar a Lucía esa sonrisa generosa, esa mirada entregada, ese cariño sin reservas.
Solo Tina parecía ser merecedora de esa adoración incondicional que Vicky nunca lograría.
***
El curso terminó y Lucía se sintió tan feliz como orgullosa con los aprobados de Tina y Sandra.
Habían tenido un curso complicado, pero habían sido capaces de superarse y terminar con éxito su paso por el instituto.
La pequeña de las Blanco ya podía dejar de sufrir el ir día a día a clase, el tener que enfrentarse a esa figura del profesor que tanto le intimidaba.
Para ella comenzaba una nueva vida y también para Tina.
Aún no sabía cómo, pero quería seguir formándose para dedicarse al arte de la fotografía.
Y, de algún modo, también se iniciaba una nueva etapa para Lucía.
Ella sí que volvería año tras año a aquel centro y seguiría dando clase a cientos de chicos, pero sabía que ya nada sería igual sin Sandra y, sobre todo, sin Tina.
La profesora no había querido admitirlo, pero su bicho sí que había llorado ante ella temiendo que el fin de su etapa como alumna de Lucía trajera consigo un distanciamiento entre las dos.
Pero no iba a ser así, de ningún modo. Tina era parte de su ser y solo deseaba encontrar el modo de integrarla en su vida.
—Venga, que vamos tarde —la apremió Sara haciendo gestos con la mano.
—Espera a que baje Vicky. No sé dónde se ha metido —se excusó Lucía.
Estaban a punto de marcharse a la comida de fin de curso junto al resto del profesorado y el instituto ya sonaba a soledad de verano.
—Por cierto, estarás contenta. Este año te toca montaña —dijo con sorna Sara.
—Bueno, al menos no me tostaré al sol vigilando a los chicos en la playa. Que el año pasado no me pude dar ni un chapuzón.
—No pretendo darte envidia, pero yo me voy con los de tercero a Amsterdam.
—Te odio mucho —bromeó haciendo reír a la profesora de Química.
—Ya te tocarán viajes mejores. Pero también te digo que irte una semana de casa es una lata.
—Sí, vamos, me das una pena enorme.
Sara volvió a reír antes de mirar el reloj.
—Definitivamente, se nos hace tarde. ¿Te vienes o me voy sin ti?
—Pues es que no viene Vicky. Ahora iremos.
—¿Cómo? El restaurante está en el quinto pino y no has traído el coche porque quedamos en que te vendrías en el mío. Encima que me presto a llevarte para que te puedas beber unas cuantas copas de vino…
—Lo sé y te lo agradezco, pero no me puedo ir.
—Oye, ¿me llamarás metomentodo si te pregunto algo? —quiso saber Sara tras ponerse seria y observar unos segundos a Lucía.
—Sabes que puedes preguntarme lo que quieras.
—Es que me llama un poco la atención la amistad que tienes con Vicky.
Lucía se tensó, aunque intentó disimular con la neutralidad de su rostro.
—¿Qué le ves de extraño?
—Alguna vez me ha parecido… no sé, supongo que son imaginaciones mías.
—No te detengas, Sara. Si quieres saber algo, este es el momento de que salgas de dudas —dijo afrontando la cuestión con valentía.
—Tú y yo tenemos muy buen rollo y me has contado muchas cosas de tu vida. ¿Sabes? Me extraña que un bellezón como tú no tenga marido ni novio… y, bueno, es que ni siquiera me has hablado durante estos dos años de tus relaciones con los hombres o de que te guste alguno.
—Igual es porque, simplemente, no hay nada que contar al respecto —alegó reculando con prudencia.
—Hay veces que he visto miradas y gestos que no son normales entre dos amigas. Me refiero a ti y a Vicky.
—¿Y qué te preocupa?
—No sé —dijo dejando escapar una risita nerviosa—. A veces se me pasa por la cabeza que puedas ser bollera. Es que, mírate, estás ahí, sin querer moverte del sitio porque Vicky no ha llegado. Ni que fuera tu novia…
—No es mi novia. Aunque, ¿quién sabe? Podría llegar a serlo —se atrevió a aseverar.
—Claro —volvió a reír—. En esta vida puede pasar cualquier cosa.
—Sí, Sara. Pero hay algo cierto. Si no es Vicky, será otra. Te aseguro que, sea quien sea, será una mujer.
El silencio las rodeó con la presión de una áspera soga durante unos segundos que parecieron horas.
—Bueno, eso es tu vida. Yo ahí no me voy a meter —dijo Sara por fin—. Me tengo que ir, no quiero tener problemas para aparcar allí y se hace tarde. Ya vendréis.
—Nos vemos en un momento.
Sara intentó sonreír mientras abandonaba la sala de profesores y Lucía se quedó pensativa y triste.
Sabía que algo acababa de romperse, aunque confiaba en que el tiempo lo volviera a soldar.
No era la primera vez que le ocurría ni sería la última.
Solo faltaba saber si el futuro le devolvería a su amiga o si la añadiría a la lista de espinosas decepciones.