41 #2
Lucía la rodeó con sus brazos y le dio un beso en la frente justo antes de que el coche de Elena se detuviera frente a ellas.
Se despidieron y la profesora caminó despacio hasta llegar a su R5 presa de la desazón.
Nunca sabría que, años después, Sandra se rendiría y decidiría acabar con todo.
Afortunadamente, el destino se lo negaría y sería un punto de inflexión, el comienzo de un capítulo maravilloso de sus vidas.
***
Lucía observaba a sus padres arqueando las cejas. Era domingo, disfrutaban de la comida elaborada por Jaime y esperaban degustar el exquisito postre preparado por Patro. Entre ellos había una sonrisa cómplice y ambos dirigían miradas de reojo a su hija.
—¿Se puede saber qué os pasa? —quiso saber por fin.
—Nada, cielo —contestó su madre dejando escapar una pequeña risa.
Lucía continuó mirando a un lado y otro de la mesa y entendió que no se trataba de una risa burlesca sino ilusionada.
—No, en serio, ¿qué andáis tramando? —insistió.
—Nosotros nada, hija. Mañana es tu cumpleaños.
—Sí, menuda pereza cumplir años en lunes —se lamentó Lucía.
—Pues creo que vas a tener un regalo especial que te va a gustar mucho —deslizó Jaime.
—¿Qué regalo? ¿Y por qué os miráis así?
—No te lo podemos decir, es una sorpresa —dijo Patro.
—Espero que no me hayáis preparado una fiesta, hasta los treinta y cinco no me toca.
—No, hija, no te haríamos esa faena. Para eso tendrás que esperar tres años —añadió su padre.
—¿Y entonces?
Los dos volvieron a reír y se levantaron a la vez para retirar los platos.
—De verdad que no entiendo tanto secretismo —protestó incorporándose también.
Unos minutos después, con Jaime ya dormitando en el sillón, Lucía se preparó otra tisana ante la atenta mirada de su madre.
—Me gusta verte tranquila y risueña —dijo Patro.
—Lo de Celeste va a ser una herida abierta toda la vida, mamá. Pero es verdad que me siento mejor. Me están viniendo muy bien las bromas de Tina, siempre consigue hacerme reír.
—Me alegro de que os hayáis recuperado. Seguro que ella también está más contenta.
—Claro, nos hacíamos falta, aunque yo me negara a admitirlo.
—Ideal. Ahora solo falta que te atrevas a admitir otras cosas —dejó caer antes de salir de la cocina.
Lucía vio a su madre marchar, pero, por una vez, sonrió con ironía en vez de tomárselo mal.
Había llegado el momento en que le hacía gracia el acoso de tantas personas que estaban a favor de Tina.
Pero, en el fondo, todo seguía igual. Tina era un pedazo de su alma, pero estaba Vicky, que quizá debía ser su compañera en el futuro.
La sonrisa se difuminó y se apresuró en ir al encuentro de sus padres para distraerse y que la mente no la arrastrara hacia el pantanoso territorio de la duda.
***
Al día siguiente entendería la emoción de sus padres.
Fue un cumpleaños extraño. Acudió al instituto como cada mañana, con la pereza de los lunes y la resaca de la celebración de la noche anterior con sus amigas.
Sara la felicitó nada más entrar en el centro y la avisó de que su regalo se ceñiría a invitarla al desayuno.
Lucía le sonrió con simpatía antes de llegar a donde Vicky la esperaba.
—¿Comemos juntas? Podemos ir al restaurante donde cenamos por primera vez —propuso la profesora de Inglés tras darle dos besos en las mejillas.
—Me parece bien, pero no nos podremos entretener demasiado, tengo mucho que preparar para estos días.
—Vaya, qué desilusión. Quería regalarte una siesta interesante —le susurró al oído.
—Pensaba que no te gustaba ese tipo de siesta —le recordó con sorna—. En cualquier caso, tendrá que ser otro día.
Dos horas después, cuando se dirigía a la cafetería, la abordaron Tina y Sandra para felicitarla con ilusión. Lucía se sintió feliz disfrutando de la conexión con las dos.
—¿Este año no nos invitas a un chocolate? —preguntó Sandra con ojos traviesos.
—Este año no es sábado, peque, y no tenemos todo el tiempo del mundo —lamentó con un suspiro.
—¿Por qué no nos vemos después de clase? —sugirió Tina.
—Lo siento, me encantaría, pero hoy me tengo que ir rápido, tengo una comida.
Lucía había hablado intentando que tanto su rostro como su voz tuvieran un tinte neutro. Pero era consciente de que Tina había intuido quién iba a ser su acompañante en esa comida.
—Pues ya nos veremos. Disfruta de tu día —dijo la chica dándose prisa en desaparecer.
A Lucía le dolió su desencanto a la vez que admiraba el esfuerzo que hacía por esconderlo para no herirla.
Lo que no esperaba es que se arriesgara a otro intento al terminar la mañana.
Caminaba hacia su coche junto a Vicky cuando vio a Tina y Sandra esperando pacientemente su llegada.
Ella les sonrió y, por un instante, se olvidó de Vicky y del resto del mundo.
Solo le importaba el gesto nervioso de Sandra y el amago de sonrisa de Tina, que trataba a toda costa de obviar la presencia de la pelirroja y adoptar una expresión ambigua.
—Te hemos traído unos regalos —dijo Sandra cuando Lucía se acercó a ellas.
—¿En serio? Pero ¿por qué os habéis molestado? No era necesario —aseguró con la boca pequeña porque, en el fondo, le alegraba que la tuvieran en cuenta.
—Es algo muy distinto a la otra vez —intervino Tina—. Casi mejor que lo veas después, a solas —añadió mientras se le escapaba una mirada de reojo a Vicky.
Lucía recogió los dos regalos con una gran sonrisa.
—Gracias, chicas. Sea lo que sea, seguro que me hará ilusión. Os llamo después.
—No te preocupes, seguramente se te hará tarde —replicó Tina, cada vez más seria.
Lucía se detuvo un segundo a observarla.
Intentaba comportarse de un modo maduro, aunque temblaba como si bajo sus pies escupiera su furia un terremoto.
La sospecha de que Lucía iba a celebrar su cumpleaños pasando una tarde íntima con Vicky no la dejaba sonreír, pero aguantaba el tipo con estoicismo.
Lucía no podía permitir que se marchara a casa con esa frustración, se acercó para darle un beso de agradecimiento por su regalo y aprovechó para musitarle unas palabras balsámicas:
—Tranquila, es solo una comida. Después tengo un montón de trabajo.
Su susurró logró el objetivo de que Tina se tranquilizara y Lucía le guiñó un ojo antes de regresar junto a Vicky.
—Gracias de nuevo, bonitas. Luego los abro con tranquilidad y os llamo.
Entró al coche y vio por el retrovisor cómo las dos se marchaban cabizbajas. Después, su mirada se cruzó con la de su acompañante y detectó en ella una sombra de satisfacción maliciosa que no le gustó.
Por la noche, ya en la cama, Lucía aún sonreía ilusionada abrazando los dos regalos.
Sandra le había escrito un cuaderno de poemas en el que había volcado todo su corazón.
Había leído algunas páginas y se había sorprendido por lo que era capaz de transmitir por escrito.
Le habría gustado devorarlo, pero prefirió irlo desmenuzando y descubriendo poco a poco.
Tina, por su parte, le había regalado un precioso álbum de fotos en las que Jaime y Patro posaban sonrientes y emocionados, mostrando objetos importantes de la vida de Lucía.
Por fin se había desvelado el misterio de la comida del día anterior con sus padres.
Lo que no acababa de creer es que Tina se hubiera atrevido a ponerse en contacto con ellos para realizar las fotografías.
Eso le picaba tanto la curiosidad como saber qué había sentido su madre al conocer por fin a Tina.
De repente, la joven había dejado de ser un tema de conversación para convertirse en alguien real para Patro.
En cualquier caso, Lucía agradeció la iniciativa de Tina y el que se hubiera esforzado en regalarle algo tan emotivo y personal.
Dejó los dos objetos en la mesita y apagó la luz.
Entonces a su mente regresó parte de la breve charla telefónica que había mantenido esa tarde con Tina tras llorar feliz viendo el álbum.
Poco antes de despedirse, le había recordado que un mes después cumpliría los dieciocho y Lucía había tratado de ignorar la cuestión.
Porque, sí, pronto sería mayor de edad y, si conseguía terminar bien el curso, dejaría de ser su alumna.
Los obstáculos entre ellas desaparecerían de un plumazo y se quedaría sin pretexto para negarle una oportunidad.
Pero ¿acaso deseaba dársela? ¿No llevaba casi dos años convenciéndose de que no sentía amor por ella?
Estaba pasando un buen momento con Vicky y quizá lo más sensato era continuar intentándolo con ella, aferrarse a la seguridad de una posible relación en la que el terreno era más llano.
Pensar en ello la hizo sentir intranquila. La mayoría de edad de Tina comenzó a parecerle un problema, un riesgo, un escollo imposible de no afrontar.