Ella (Corazón de Pantera nº 5) 41
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Había llegado el momento de reencontrarse con la realidad.

Lucía entró al instituto con la sensación de que, en vez de una semana, había estado ausente durante meses.

Recibió ánimos de compañeros que conocían el motivo de que hubiera necesitado tomarse unos días libres.

Ella les sonrió sin ganas porque su atención estaba en Vicky, a la que debía enfrentarse tras una situación complicada.

La encontró en la sala de profesores y se acercó a ella, pero su recibimiento fue tan poco cordial como Lucía ya sospechaba.

—¿Estás bien? —preguntó con frialdad.

—Ya mejor, gracias. Bien no creo que vuelva a estar nunca más.

—Sé que Celeste era muy importante para ti, pero la vida consiste en subir escaleras. No te puedes parar.

—Lo sé. Pero lo bueno es cuando hay gente a tu lado que te pone unas escaleras mecánicas que te permitan descansar un poco y hagan que el ascenso sea más llevadero.

—¿Me estás echando en cara que no he estado contigo? Ni siquiera me llamaste para contarme lo ocurrido.

—No, no es eso, Vicky. Es solo que no me ayudaron tus reproches en un día tan terrible. Y siento no haberte informado, pero no te imaginas el golpe tan duro que fue encontrarla en su casa.

—Ya me lo imagino.

—Como tú bien dices, no nos podemos parar. Si quieres, charlamos después en el recreo.

Lucía abandonó la sala para subir a clase y en seguida notó la presencia de Vicky a su lado.

—Claro que vamos a charlar —afirmó—, como hacemos cada día.

Lo siento si he sido dura contigo. Debería haber comprendido que necesitabas pasar este trago con tus amigas íntimas, erais como su familia.

Pero también estaría bien que me tuvieras más en cuenta porque me da la sensación de que me estoy convirtiendo en otra Marta para ti.

—¿Por qué dices eso?

Vicky se limitó a dirigirle una mirada acompañada de una sonrisa irónica antes de encaminarse hacia el aula de proyecciones. Lucía se dio media vuelta y trató de olvidar sus palabras. Solo quería dar clase y absorber energía de sus alumnos.

Dos horas después, se sentaron juntas en una mesa pequeña de la cafetería para poder estar a solas.

Vicky se mostró más afable y pudieron hablar con serenidad.

No hubo más recriminaciones ni malas caras y Lucía prefirió considerarlo un episodio más de aprendizaje.

A fin de cuentas, aún se estaban conociendo y tenían que poner un poco de su parte para encajar teniendo personalidades tan diferentes.

Estaba a punto de terminar el recreo cuando salieron de la cafetería.

Vicky sujetó a Lucía por el brazo mientras le acariciaba la espalda en señal de apoyo.

Se había tratado de un gesto cariñoso entendible dada la situación.

Justo en ese momento, se cruzaron con Tina y Sandra, que, por una vez, habían preferido pasar esos minutos de descanso lejos del aula.

Las tres sonrieron, aunque Lucía sabía que Tina se esforzaba por esconder su dolor.

Entre ellas todo volvía a ser como antes.

La tarde anterior habían vuelto a la cafetería de Veliana a tomar un helado y habían tenido ocasión de hablar de sentimientos, de Celeste, de Vicky, de la reconciliación con Tina que daba pie a que el «amigas para siempre» continuara vivo.

Pese a la tristeza por la muerte de su amiga, Lucía sentía como si se hubiera quitado de encima un peso incalculable.

Viendo como las dos chicas desaparecían escaleras arriba, Lucía recordó el pacto que había sellado con Tina en su casa y, aprovechando que nadie podía escucharlas, decidió cumplir con su parte.

—Oye, Vicky, quería comentarte algo.

—Pues, dime.

—Sabes que no me molesta para nada el contacto físico y me gusta que a veces tengas gestos cariñosos, pero… ¿qué te parece si mantenemos un poco más las distancias en el instituto? Al menos cuando haya alumnos cerca.

—¿A qué viene eso ahora? No soy demasiado efusiva contigo aquí. Pero hoy estás flojita y es algo más que justificado.

—Sí, lo sé. No lo digo solo por eso.

—¿Y entonces?

—Es que he escuchado ciertos cuchicheos, corren rumores sobre nosotras entre el alumnado —mintió.

—¿En serio? Y te preocupa, claro.

—Pero ya sabes por lo que es.

—Ya. ¿Y tan evidente crees que es lo nuestro?

—Bueno, Vicky, a veces no nos damos cuenta de que se nos escapan miradas, gestos…

—Entiendo.

—Solo te pido mantener un poco las formas en el instituto. Fuera tenemos nuestra vida privada y es distinto.

—Está bien, pero me resulta curioso.

—¿El qué?

—Que se te haya venido a la cabeza en cuanto hemos visto a esa cría, Tina —dijo con tono un tanto despectivo—. Qué casualidad, ¿no?

—No tiene nada que ver —sostuvo Lucía con firmeza.

—No quieres herir sus sentimientos. ¿Es eso?

—¿Qué sentimientos? —preguntó poniéndose a la defensiva.

—Está colada por ti y lo sabes perfectamente.

—No digas tonterías.

—Mira, haré lo que me pides, pero no deberías consentirla tanto. Ella también tiene que aprender que la vida consiste en subir escaleras y que tú no estás a su alcance.

Lucía trató de volver a negarlo, pero Vicky ya había entrado en la sala de profesores poniendo fin a la conversación. Respiró para librarse de la tensión del momento y se sintió satisfecha. Todo valía la pena por no herir más el maltrecho corazón de su querido bicho.

***

Los días fueron pasando y todo pareció ponerse en su lugar.

Su relación con Tina volvía a ser feliz, con Vicky todo continuaba tranquilo y con sus amigas intentaba mantenerse entera.

Las tres hacían un gran esfuerzo para no decaer y ser fieles a la petición de Celeste.

Día a día, Lucía se dedicaba a avanzar y a subir las empinadas escaleras de la vida, como tanto le aconsejaban.

Aquel jueves de mediados de mayo, salió del instituto con la cabeza un poco saturada y vio a Sandra regresar a casa sola. Tina no había ido a clase y Vicky ya hacía una hora que se había marchado. La ocasión era propicia para charlar con su pequeña amiga.

—¿A dónde vas cabizbaja? —le preguntó acercándose por su espalda—. Se supone que te hace feliz irte de aquí cada día.

—Y es así —admitió con sonrisa tímida.

—¿Te llevo?

—Gracias, pero viene Elena a recogerme. Hoy las demás no comen en casa y me va a invitar al italiano que me gusta.

—Qué bien. Estarás contenta.

—Sí, creo que lo hace para que no esté tan triste por su boda.

—Es que no debes estarlo.

Sandra volvió a mirar al suelo y permaneció en silencio.

—No pienses que la vas a perder, vais a vivir cerca. Ojalá pudiera yo decir lo mismo de mi hermana.

—Lo tuyo es mucho peor. Yo no lo soportaría.

—Para que veas que no es tan grave que Elena se case o las demás se vayan independizando —trató de animarla, pero solo consiguió que su rostro adoptara un rictus mohíno—. Oye, peque —continuó—, hace tiempo que no me hablas sobre María.

—No hay nada que contar. Tina trata de convencerme de que no, pero sé que es un amor imposible.

—Nunca se sabe. Deja que pase el tiempo. En cualquier caso, es una amiga estupenda que va a estar siempre en tu vida.

—Lo sé, pero… ojalá no fuera un amor imposible. Ni el mío ni el de Tina —añadió mirando para otro lado.

—Sandra…

—Perdón.

—No me seas tan bicho como tu amiga —la regañó con cariño provocando su risa inocente.

Llegaron a la puerta del instituto y Lucía se detuvo junto a Sandra, dispuesta a hacerle compañía hasta que llegara su hermana mayor. Había algo que le preocupaba y decidió aprovechar el momento para tirar del hilo.

—Peque, hablando de este tema, cuando te conté lo de Celeste, te quedaste pensativa y me llamó la atención que, pese a que te impactó, en tus ojos pude ver algo como… no sé… admiración.

Sandra, sorprendida por la cuestión, se ruborizó y comenzó a frotarse los muslos con las manos. Lucía sabía de sobra que ese gesto lo hacía sin darse cuenta cuando se ponía especialmente nerviosa.

—Bueno, es que, en cierto modo, es verdad. No es que no sintiera su muerte, me dio mucha pena, pero hizo algo que yo nunca me atreveré.

—Sandra, no debes ni pensar en eso.

—Bueno, es que, cuando sientes tanto sufrimiento, estaría bien tocar un botón para poder parar la vida, pero no es tan fácil. Admiro a los suicidas porque son capaces de solucionar sus problemas de un plumazo.

—Ese planteamiento es una barbaridad, Sandra. Eres demasiado joven para que el dolor te desborde de esa manera.

—¿Y qué hago? Es lo que siento.

—Pues luchar contra lo que te hace daño.

—Eso no depende de mí.

—Claro que depende. No puedes controlar todos los aspectos de la vida ni cómo te ven otras personas, pero sí puedes controlar cómo afrontas tus frustraciones.

O al menos intentarlo. Ya sé que no es fácil, pero nos tienes a Tina y a mí —dijo tras regalarle una caricia en el pelo—.

Y tienes a tus hermanas y, por supuesto, a María, que te adora.

Somos muchas las personas que te adoramos. ¿Eres consciente de que nos matarías?

—Sí, por eso no lo hago. Y porque soy una cobarde.

—Ni hablar, peque, estás muy equivocada. El cobarde es el que se rinde. Aunque me duela en el alma, Celeste fue una cobarde. Pero tú no, tú sigues encarando un día más, te sigues manteniendo en pie. Solo te falta no acomodarte, luchar y dejarte ayudar.

—Me siento muy pequeña para afrontar ciertas cosas.

—Pero a tu lado tienes a un equipazo —aseguró sonriendo—. Y todo el tiempo del mundo para hacerte grande y ver las cosas de otra manera.

—Bueno —dijo sin mucho convencimiento.

—Olvida esa idea, por favor. Hazlo por ti, pero también por las personas que te queremos y necesitamos. ¿Me prometes que no me destrozarás el corazón?

Sandra se atrevió a sostenerle la mirada y asumió la responsabilidad que tenía respecto a ella. Por un momento, se sintió mayor.

—Te lo prometo.