40 #2
—Estoy aquí —la tranquilizó cogiéndole las manos con cariño—.
En esta semana en casa de mis padres he tenido tiempo de pensar en muchas cosas, de poner mi vida en orden.
Tu comportamiento me hirió porque no entendía que alguien a quien quería tanto pudiera haberme mentido de esa manera.
Pero intento ponerme en tu lugar y no sé qué habría hecho yo en tu situación y a tu edad.
Tampoco era consciente de lo mucho que estabas sufriendo —añadió apretándole las manos con más fuerza—.
Y, bueno, la cuestión es que si valoro lo que tenía contigo y lo que he perdido, si pienso en cómo es mi vida ahora y cómo era cuando te tenía merodeando…
No me salen las cuentas. No soy feliz y tú tampoco.
¿Qué sentido tiene? ¿De verdad no voy a ser capaz de perdonarte?
¿De verdad voy a echar de mi vida a alguien a quien adoro por considerar traición algo que en realidad no lo fue?
No tengo derecho a culpabilizarte de romper nuestra amistad.
Eso sí, lo del beso no te lo perdono —concluyó elevando una ceja con ironía.
—Pues yo no me arrepiento —replicó con descaro y haciendo reír de nuevo a Lucía.
—Tina, pasemos página. Nuestra amistad es demasiado especial como para no darle otra oportunidad y la vida muy corta para malgastarla dándole importancia a cosas que no la tienen —le pidió apesadumbrada por el recuerdo de Celeste.
—Me haces muy feliz —dijo Tina emocionada—. Pero yo sigo sintiendo lo mismo, Lucía.
—Pues te ayudaré a sobrellevarlo. Pero no me mientas porque yo voy a confiar en ti.
—Nunca más lo haré —prometió.
—No quiero que sufras. Pídeme ayuda siempre que lo necesites, desahógate conmigo.
—¿Y te podré pedir un abrazo? —preguntó la chica con timidez.
—Siempre. ¿Quieres uno ahora?
No hizo falta respuesta. Tina temblaba como una hoja al viento, sobrepasada por los sentimientos y por un escenario que unos días antes le habría parecido imposible.
Lucía se incorporó, la invitó a levantarse y la abrazó con todas sus ganas, sin prisas, sin reservas.
Por un momento, las dos se sintieron a salvo del dolor y de los peligros que conlleva el vivir.
—Perdóname —le rogó Lucía al oído y Tina le devolvió un gesto generoso con el que le aseguraba que no había nada que perdonar.
Tras deshacer el abrazo, Lucía volvió a sentarse en la cama y Tina se colocó a su lado.
—Lucía, podríamos hacer un pacto —la sorprendió.
—¿Qué propones?
—Yo no quiero incomodarte ni condicionarte. Nos llevábamos muy bien y pasábamos buenos momentos juntas. Me gustaría que volviera a ser así.
—Claro, a mí también. De verdad que lo necesito, tanto como tú —la secundó.
—Pero hay situaciones que pueden alterar ese buen rollo. Entonces yo te ofrezco hablarte lo mínimo posible de mis sentimientos. Tú serás consciente de que están ahí y yo tendré la tranquilidad de que, si alguna vez me hace falta sacar algo de dentro, podré contar contigo —expuso.
—Me parece fenomenal. ¿Y a cambio?
—A cambio, te podrías exhibir un poco menos con Vicky en el instituto —sugirió sin atreverse a mirarla.
—No te preocupes, Tina. Te prometo que intentaré no herirte.
—¿Entonces trato hecho?
—Trato hecho —contestó apretándole formalmente la mano.
—La primera vez que hablamos ya hicimos un pacto de no agresión —recordó Tina.
—Sí, es verdad. ¿Tú sabes si me has hecho vivir situaciones? A cuál más intensa. Has sido un ciclón en mi vida —dijo antes de resoplar.
—Pues imagina tú en la mía.
—Es la segunda vez que estamos juntas en una cama —comentó sonriendo.
—Las dos veces ha sido idea tuya.
—No puedo quitarte la razón.
—La tercera será la buena.
—¿Perdona? —preguntó elevando el tono.
Tina rio restando importancia, se levantó y caminó aliviada por la habitación.
—¿Sabes que a mi madre le gustan muchos de tus discos? —dijo acariciando la caja que Lucía le había regalado.
—¿En serio? Eso es porque tenemos una edad parecida.
—Me he acordado de cuando me decías que escuchabas música con tu madre y, bueno, pues al final resulta que tu madre y la mía tienen gustos parecidos.
—Ahora me dirás que serían buenas consuegras —bromeó la profesora.
—Tal cual, estás arruinando el futuro feliz de las dos familias.
—Serás bicho —la regañó yendo junto a ella y propinándole un cariñoso pellizco.
—Hablando en serio, algún día podríamos quedar aquí o en tu casa y escuchar música juntas. Así me explicas.
—Claro, me encantaría. Y tú tienes que volver a enseñarme fotografías tuyas. Echo de menos tu arte.
—La verdad es que últimamente no he cogido la cámara —dijo con desánimo.
—Pues tienes que hacerlo, Tina, quiero que recuperes la ilusión.
—Sí, ahora, de repente, vuelvo a tener ganas.
—Así me gusta.
—Entonces, ¿a ti también te gustaba Diana? —preguntó Tina volviendo a hacer gala de su versión más pilla.
Lucía sonrió, feliz de volverse a sentir embaucada por su encantadora mirada. Se dedicaron durante un rato a reencontrarse a base de risas y naderías, hasta que Lucía decidió marcharse. Tina la acompañó a casa y Lucía sintió como si el sol brillara con más luz y el aire fuera más puro.
Se detuvieron un momento en el estudio de Ángel y este reaccionó con tanta sorpresa como felicidad al volver a verlas bien avenidas. También con él sentía que necesitaba tener una conversación, pero sería en otro momento y en otro lugar.
Cuando llegaron a su edificio, Lucía regaló un tierno beso en la mejilla a Tina, que no pudo evitar ruborizarse al más puro estilo Sandra Blanco.
Se despidieron y se quedó un momento viéndola marchar.
Fue entonces cuando Lucía se dio cuenta de que no se trataba del sol ni del aire, sino de la compañía de Tina y de su mirada limpia.
Definitivamente, la vida era otra cosa con ella.
***
Lucía se puso perfume recordando la conversación que había mantenido con Tina unas horas antes. Su recuerdo era dulce y le devolvía la vida que la marcha de Celeste le había robado.
Unos minutos después, se reunió con Lola y Pilar en la tasca de siempre. Estar las tres solas y mirar de reojo la silla que su amiga solía ocupar, les provocó un nudo en la garganta.
—Venga, vamos a pedir una ración de croquetas y unas bravas —propuso Lola haciéndose fuerte—. Y unas cervezas, que estoy seca.
—¿No has llamado a Vicky? —preguntó Pilar a Lucía.
—No. Ya hablaré con ella el lunes. Hoy prefería estar con vosotras.
Lucía miró con tristeza la gramola del fondo donde Celeste solía acercarse cada vez que iban a Casa Justo. Le pareció imposible que nunca fuera a volver a ver su imagen saltarina regresando a la mesa tras elegir canción.
—Estará bailando en algún sitio —le dijo Pilar adivinando sus pensamientos.
Las dos sonrieron con nostalgia y pusieron todo su empeño en levantar el ánimo y dedicarle una noche bonita y feliz.
Tras la cena, cumplieron con la tradicional visita al pub.
Recibieron el abrazo de Teresa y el pésame de demasiadas personas mientras luchaban contra la sensación de vacío, como si al Pantera esa noche le faltara el corazón.
Incluso Raquel tuvo unas palabras hacia Lucía, permitiéndose bajar del pedestal de diosa en el que muchas mujeres asiduas al local la habían encaramado.
Por una vez, Lucía fue capaz de tenerla delante en son de paz.
Una camarera les sirvió la primera ronda de bebidas y, antes de adentrarse en las entrañas del local para rendir homenaje a la vida que continuaba su camino, reunieron el poco optimismo que encontraron en su alma, chocaron sus copas y brindaron al unísono:
—Por Celeste.