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Tras un largo día de tanatorio, entierro y lágrimas, Lucía regresó a casa.
Solo entonces se dio cuenta de que en ningún momento había contactado con Vicky y se preguntó por qué no la tenía más en cuenta en situaciones tan vitales.
Pero ella se había enterado porque la noticia de la muerte de esa chica tan simpática y amable de la librería corrió durante horas por el pueblo.
Lucía supo que Vicky estaba al tanto al encontrar la nota que le había introducido por la rendija de la puerta:
«Me han contado lo de Celeste y me parece increíble que no me hayas avisado.
Me he enterado esta tarde y he pensado en acercarme al tanatorio, pero ¿para qué?
Si no me has dicho nada es porque sobro, así que ya hablaremos cuando quieras o si quieres.
Mañana estaré libre por si decides llamarme.
Si no, ya nos vemos el lunes en el instituto.
Es que… de verdad que no doy crédito. ¿Tan insignificante soy para ti? ».
Lucía soltó el papel con desgana en el recibidor.
Ella tampoco daba crédito ante su actitud.
Ni siquiera le había escrito un simple «lo siento».
Pero no quería pensar ni en Vicky ni en nada más.
De repente, solo quería acurrucarse en el regazo de su madre y apagar su mente.
Sabía que esto último iba a ser imposible, pero, aun así, metió cuatro cosas en un macuto y corrió a refugiarse en el nido familiar.
Allí permaneció durante una semana, ajena al egoísmo de Vicky, al duelo de Lola y Pilar y a la preocupación de Tina y Sandra, a las que les extrañaba no verla aparecer por clase.
Durante esos días se dejó aliviar por los mimos de Patro, las conversaciones con Jaime y los ánimos llegados desde Argentina.
El calor de los abrazos, el cariño y el apoyo incondicional fueron un bálsamo para su espíritu malherido.
En los momentos de tranquilidad, masticaba en soledad sus insatisfacciones, sus miedos, su sentimiento de culpabilidad.
Pensaba mucho en Celeste y pensaba mucho en Tina.
¿Por qué la había hecho sufrir si su único pecado había sido quererla sin medida?
Le había mentido, sí, pero ¿qué habría hecho ella en su lugar?
Si le faltaba terminar de madurar y aprender a sobrellevar un sentimiento tan grande…
¿Por qué no se había esforzado más por entenderla en vez de echarla de su vida sin contemplaciones?
En el fondo, le daba terror descubrir que sentía por Tina lo que no debía, pero ¿por qué tenía que pagar ella sus dudas?
El viernes, cuando se disponía a disfrutar de la sobremesa junto a sus padres, sonó el teléfono.
—Es para ti —dijo Jaime tendiéndole el auricular.
Lucía lo recogió y, al escuchar a Lola, el llanto afloró acompañando a la sonrisa.
—¿Cómo estás, tita? ¿Y Pilar?
—Es duro, pero nos vamos levantando.
—Yo no he ido al instituto en toda la semana. Pero tengo que echarle coraje y retomar las clases el lunes.
—Cuando he llamado a tu casa y no lo has cogido, he supuesto que estarías ahí. Oye, Lucía, esta noche vamos a salir y ni se te ocurra decirme que no.
—No tengo muchas ganas de fiesta.
—Ni nosotras. Solo nos apetece estar tumbadas mirando al techo. Esto nos ha quitado años de vida. Pero hay que cumplir con lo que el cervatillo nos pidió. Tú que tanto crees en las energías que siguen presentes cuando alguien se va, no querrás que se enfade con nosotras, ¿verdad?
—No —negó limpiándose las lágrimas.
—Pues, ya sabes. Esta noche ponte guapa, que nos vamos a cenar y al Pantera.
—Está bien —claudicó en voz baja.
—La vida sigue, Lucía —escuchó que añadía Pilar—. Debemos avanzar.
Le dio la razón antes de despedirse y colgar.
La vida debía continuar, pero había cosas que tenían que colocarse en su lugar.
Miró el reloj y calculó que Tina ya habría salido del instituto.
Se adecentó para salir de casa por primera vez en muchos días y decidió ir caminando al encuentro del que seguía siendo su bicho.
En un primer momento, el sol la cegó, pero después se dejó bañar por su cálida luz hasta volver a sentirse viva.
Unos minutos después, al llegar frente al portal de Tina, se disponía a llamar al timbre del portero automático, cuando la madre de la chica la sobresaltó al salir con ímpetu. Las dos rieron.
—Perdona por el susto —dijo Paz con una sonrisa que la hacía irreconocible.
—No te preocupes, me alegro de verte.
—Sí, hace siglos que no hablamos. Cuando quieras podemos quedar, este curso aún no hemos tenido tutoría —sugirió Paz sorprendiendo a Lucía.
—Claro. Te busco un hueco y te llamo.
—Perfecto. Pero ¿qué necesitas? ¿Nos buscas a nosotras o conoces a alguien más en este edificio?
—No, no, necesitaba hablar con Tina. Pero, no te preocupes, es algo personal, no vengo en mi papel de tutora cansina —bromeó.
—Ah, pues subamos.
—No quiero molestar. Pensaba pedirle que bajara para charlar aquí —explicó señalando la entrada del bloque.
—¿Qué dices? Para eso tenemos una casa. Nunca nos hemos prodigado en recibir visitas, ya sabes cómo éramos… Pero las cosas han cambiado —aseguró Paz iniciando la subida hacia el tercer piso a paso ligero.
—Algo he escuchado al respecto y no sabes cuánto me alegro.
—Cuando vaya a tutoría, hablaremos también sobre ello. Ahora somos una familia, Lucía —dijo con orgullo.
—Es maravilloso. Os hacía falta.
Lucía se sintió feliz al conocer esa insospechada versión de Paz y al intuir que la vida de Tina había mejorado con la nueva situación.
También le dio pena haber estado ausente en esa transformación.
Suponía que a Tina le habría encantado compartir con ella el día a día de esos cambios.
El pasado ya no tenía remedio, pero quedaba mucho por arreglar y por vivir.
Cuando la mujer abrió la puerta del piso y le dirigió a su hija un simpático «mira lo que ha traído el gato», Tina abrió los ojos incrédula y Lucía sonrió sabiendo que volvía a estar en el camino correcto y que su vida volvía a comenzar.
***
Se sentó en el borde de la cama de Tina, mientras que esta se acomodaba en una silla frente a ella.
Los nervios de la chica provocaron la ternura de Lucía.
Estaba a punto de decirle que todo estaba bien, que no tenía nada que temer, cuando se percató del portafotos que había en la mesita de noche.
Era doble, en la mitad derecha había una foto preciosa de Paz, en la izquierda el recuerdo imborrable de la noche madrileña.
En esa instantánea, Lucía y Sandra posaban ilusionadas antes de entrar a ver el musical.
Sonrió al darse cuenta de que Tina había colocado el portafotos de modo que fuera esa foto la que pudiera ver cuando estaba acostada.
Después, vio asomando junto a la lamparita el lazo morado que aquella primera noche en el Pantera le había delatado que Tina era menor de edad.
—¿Lo conservas? —preguntó tocándolo con mimo.
—Claro, tú lo habías tocado —respondió sin conseguir desprenderse del nerviosismo.
—No imaginaba tu habitación así —comentó Lucía tras echar un vistazo a su alrededor.
—No esperarías que mi madre me pusiera decoración de Disney…
—No —rio al ver su expresión—, pero sí que esperaba algún póster o algo así.
—Bueno, es verdad que cuando tenía catorce años puse algunos de V —confesó.
—Apuesto a que te gustaba Diana.
—Por supuesto —afirmó con rotundidad, ganándose la risa abierta de Lucía—. Te he estado llamando —añadió Tina tras unos segundos.
—No estaba en casa.
—¿Pero te encuentras bien? Nunca habías faltado a clase y ha sido toda la semana.
—Empiezo a estar bien, pero he pasado unos días muy malos —admitió Lucía.
—¿Por lo de Celeste?
—Sí. Estaba muy afectada. Y cuando me siento tan mal, lo único que me cura es volver al nido, con mi madre. Tú ahora sabes lo que es eso.
—Sí. He pensado mucho en Celeste, en lo bien que se portó conmigo cuando tuve que pasar la noche en vuestro apartamento.
—Es que ella era así, todo bondad. Llevaba su amargura por dentro sin dejar que afectara a nadie. Creo que por eso tomaba ciertas sustancias. Lo hacía como de broma, como para que pareciera que todo era color de rosa a su alrededor. Pero era muy buena niña —explicó con tristeza.
—Entiendo eso de tomar cosas que te hagan escapar.
Al escuchar las palabras de Tina, dichas como si nada, Lucía se alarmó.
—Tina, no se te ocurra decirme que estás consumiendo drogas.
—No, no. Pero hace unos tres meses, cuando estaba en plena crisis robé unos tranquilizantes a mi madre.
—¿Cómo se te ocurre? Eso es muy peligroso.
—Necesitaba dormir y que los pensamientos dejaran de mortificarme. Pero resultó que soy alérgica y un día sufrí un choque anafiláctico en plena calle. Fue muy angustioso, pero lo peor fue darme cuenta de que no podría volver a tomar esas cápsulas que me liberaban de mi agonía.
Lucía permaneció en silencio unos instantes. Le dolía que Tina hubiera llegado a esos extremos de desesperación mientras ella se limitaba a lamentarse por cuatro mentiras y medias verdades. Volvió a sentirse culpable, pero con unas ganas inmensas de compensarla y recuperar el tiempo perdido.
—Lucía, me siento un poco desorientada. No sé cómo debo comportarme contigo —dijo Tina mirando al suelo.
—Lo estás haciendo muy bien —la animó sonriéndole.
—Ya, bueno, me refiero a que no sé dónde me encuentro. Porque te perdí hace cuatro meses y me has dejado claro en este tiempo que…