39 #3
—Mira, Lucía, has sido el auténtico faro de Celeste.
Las tres hemos sido la familia que le ha faltado, pero tú eras alguien especial y solo eres culpable de haber mejorado su vida cada día.
Así que mi mujer tiene razón, deja de decir tonterías.
Ya es suficiente tragedia tenerla ahí de cuerpo presente como para que nos hagamos más daño con algo que ya no tiene remedio.
—Por más que intentamos animarla y preguntarle, se cerraba en banda —dijo Pilar.
—El último día me admitió sus sentimientos por Natalia.
—Bueno, Lucía, ¿y qué? ¿Crees que, aunque te hubieras dado cuenta de sus intenciones, podrías haberlo evitado? —volvió a intervenir Lola—. ¿Qué piensas que podrías haber hecho? ¿Encerrarla? ¿Vigilarla las veinticuatro horas?
—Esto nos va a doler el resto de nuestra vida —se lamentó Pilar—, pero no podemos ni debemos echarnos esa carga sobre la espalda, Lucía. Celeste era mayor y la única responsable de sus actos.
Lucía se quedó pensativa. Hacía rato que algo se removía en su conciencia y la mantenía en una continua intranquilidad, algo que iba más allá de Celeste. La última frase de Pilar la hizo levantarse de un brinco.
—Celeste era mayor, pero ella no —murmuró llevándose una mano al pecho.
—¿Quién? —preguntaron Lola y Pilar a la vez.
—Vuelvo en un rato.
Lucía salió del tanatorio de manera precipitada, se subió a su coche y condujo presa de la ansiedad. Pocos minutos después, estacionó de cualquier manera en un lugar prohibido y corrió a llamar al tercer botón del portero automático.
—¿Quién? —se escuchó a través del altavoz al cabo de unos segundos.
—Tina, ¿puedes bajar un momento a la puerta? —le pidió Lucía.
—Claro —contestó con evidente sorpresa.
Lucía permaneció en la acera, pendiente del coche y sintiendo tantas cosas a la vez que la emoción la desbordó. Cuando Tina apareció, Lucía lloró a la vez por tristeza y por alegría.
—¿Entramos al portal? ¿Quieres subir a mi casa? —preguntó la chica, tan nerviosa como desconcertada.
—Mejor nos quedamos aquí. Tengo el coche mal aparcado. ¿Por qué no te sientas? —le sugirió dejando abierta la puerta.
Tina obedeció y se acomodó en las escaleras mientras Lucía se colocaba delante, en cuclillas, muy cerca de ella. Tanto que vibró al volver a percibir su olor, fresco y envolvente.
—Tengo que decirte algo importante —dijo con la voz afectada por horas de llanto.
—¿Qué ocurre?
Lucía se enjugó las lágrimas y se estremeció al contemplar ese brillo ambarino de los ojos de Tina que siempre le había hecho sentir en casa.
—Celeste ha muerto —anunció Lucía sintiendo que aún le costaba creerlo, como si solo el hecho de verbalizarlo lo convirtiera en realidad.
—No puede ser. ¿Qué ha pasado? —preguntó sorprendida.
—Se ha suicidado, Tina —le reveló cogiéndole las manos.
—¿Qué dices? No puede ser —repitió visiblemente afectada.
—Ella estaba enamorada de una compañera de trabajo que se va a casar el mes que viene.
Nosotras lo sabíamos, era un secreto a voces, pero Celeste nunca quería hablar de ello.
Se limitaba a hacer como que vivía feliz.
Y ahora ha decidido marcharse dejando una carta de despedida desgarradora —explicó volviendo a llorar—. Ha muerto desesperada de amor.
—Lo siento mucho, Lucía —dijo la joven sin poder evitar que la mirada se le humedeciera.
—Tina, prométeme que nunca harás algo así —le rogó intensificando la presión de sus manos.
—No, ya se lo prometí a Ángel, no lo haré.
—¿Se lo prometiste? ¿Acaso te creyó capaz? —cuestionó preocupada.
—Mi padre me ha visto en momentos muy críticos en estos meses —admitió bajando la vista al suelo.
—Pero nadie merece el sacrificio de tu vida, Tina, y yo menos. Quiero que me prometas que ni se te va a pasar por la cabeza.
—Tranquila.
—Prométemelo —insistió tomándole la cara con fuerza.
—Te lo prometo.
Lucía volvió a mirarla a los ojos y quiso creerla. De esa fe, de repente, dependía su vida entera.
—Tina, te quiero demasiado. No soportaría perderte. A ti no.
Lucía se sintió liberada al expresar lo que nunca había dejado de sentir.
¿A quién pretendía engañar? Adoraba a Tina y no podía vivir sin ella.
Se percató de que la chica se había emocionado, que las lágrimas que habían brotado eran por la muerte de Celeste, sí, pero también porque se acababa de quitar de encima el enorme peso de creerse odiada por Lucía.
Sin pensar, la profesora se puso en pie, cogió las manos de Tina y la atrajo hacia sí, ofreciéndole por primera vez ese abrazo que siempre le había negado y que tanto miedo le daba. Al estrecharla contra su cuerpo, supo lo mucho que la necesitaba y que su vida volvía a tener sentido.
Tras recuperar la paz con Tina, regresó al velatorio y celebró que hubiera un buen número de personas acompañando a Celeste.
Allí estaba Tere, algunos conocidos asiduos del Pantera, empleados y clientes agradecidos de la librería, que había cerrado en señal de luto.
Y Natalia, que nunca sabría la verdad sobre la muerte de la que había sido su amiga y que continuaría con su vida sin mirar atrás.
Lucía, Pilar y Lola sonrieron. Celeste se había hecho de querer y no estaba sola en su despedida. La echarían de menos cada día. Eterna niña, eterno ángel, eterna luz.