39 #2
Siento mucho irme así, sin despedirme, de una manera tan ingrata.
Sé que estoy traicionando vuestra confianza, vuestro infinito amor, que de ningún modo merecéis el dolor que os voy a causar, pero es que no puedo más.
Hace demasiado tiempo que cargo con un peso que me ha derrotado.
Sencillamente, no soporto seguir viviendo.
Perdonadme por ser tan egoísta y tan desagradecida. Me siento una miserable al anteponer a vosotras mi sufrimiento, mi incapacidad para continuar adelante con esta agonía. Sí, soy una miserable porque Natalia os ha vencido y no debería ser así.
Os lo he negado mil veces, pero la amo. Tanto que de ella depende cada latido de mi corazón.
A pesar de que no me corresponde, a pesar de que nunca me dio esperanzas.
Las esperanzas fueron cosa mía, brotaron contra mi propia sensatez tras recibir su cariño, tras sentir su calor que me acabó abrasando, tras notar su boca en la mía.
Solo fue una vez y, sin embargo, es como si ese beso aún durara, no soy capaz de desprenderme de ese hormigueo en los labios.
Sé que su vida no está conmigo, siempre lo he sabido.
Nunca he sido una opción, a pesar de que a veces pareció albergar dudas.
Pero no, la puerta siempre estuvo cerrada y yo he permanecido durante años frente a ella, aullando en silencio como un perro abandonado, mendigándole atención, un minuto, un gesto, una posibilidad…
Soñaba con que me dejara entrar, pero esa puerta nunca se abrió.
Pero yo la quiero, de esa manera que duele, que no deja respirar. No soporto ese «no» constante, que su «sí» sea para otra persona. Su tiempo, su cariño, su piel nunca serán para mí sino para él.
Lo siento si no soy más fuerte, si no puedo superarla y mirar de frente a la verdad.
Creedme que Natalia lo es todo y yo sin ella no soy nada.
Es lo que voy a ser siempre: nada. Y el resto de la vida me parece un camino eterno y espinoso que no me siento capaz de recorrer.
Porque muero cuando la veo con él, muero cuando me cuenta sus planes, muero cuando pienso en lo feliz que será teniendo ese hijo con él.
La amo con todo mi ser, pero mi vida es una eterna muerte.
Y no puedo más. Perdonadme, pero necesito dejar de sufrir.
Pilar, eres adorable, lo más parecido a una madre que he conocido jamás. Y no, no te enfades, que no quiero que eso te haga sentir mayor. Es solo que has sido la mejor consejera y me has ayudado a sobrevivir con tus exquisitas comidas. Siempre me has arropado y solo puedo darte las gracias.
Lola. Me siento muy culpable porque sé que te voy a hacer llorar y que me vas a odiar por ello. Nunca me has engañado, por mucho que hayas pretendido ir de chula bocazas, eres como un oso de peluche gigante. Gracias infinitas por tu protección y, por favor, haz caso a Lucía y no vuelvas a fumar.
Lucía, querida Lucía. Lucía. Sé que voy a ser especialmente injusta contigo.
Conocerte me cambió la vida y no voy a repetirte lo que ya te dije el otro día, pero es que eres la persona más maravillosa del mundo.
Siento haber rechazado tu ayuda tantas veces.
Ojalá nunca te hubiera soltado de la mano.
Lucía, piensa, mira un poco para adentro.
Da prioridad a lo que sientes y no a lo que crees que deberías sentir.
La vida es corta y a veces demasiado amarga.
Sé que algún día serás feliz y yo lo seré contigo desde algún lado.
Gracias por todo lo que me has dado. Gracias por existir.
Por favor, no le digáis a Natalia que me he ido de esta manera.
No sé si lamentará mi marcha, pero no quiero que cargue con ninguna responsabilidad.
Porque no fue su culpa no quererme. Solo fue culpa mía el quererla más que a mí.
Decidle que me he tropezado o que me ha caído una maceta en la cabeza o que me ha atropellado una abuelita en bicicleta.
No sé, algo ridículo digno de una alocada como yo.
Pero no la verdad. ¿Podríais hacerme ese favor?
Os quiero pedir otra cosa. A pesar de que os he decepcionado y hecho daño, me gustaría saber que nunca me vais a olvidar.
Si me dejan tener memoria allá a donde voy, yo os recordaré siempre.
Y si en ese plano puedo convertirme en ángel de la guarda, lo seré para vosotras como vosotras lo habéis sido para mí todos estos años.
Seguid saliendo, por favor. Si no vais a Casa Justo y al Pantera me enfadaré. Bailad y reíd como si estuviera con vosotras. Y brindad por mí. ¿Qué mejor homenaje podríais hacerme que disfrutar y ser felices?
Gracias. Gracias. Gracias.
Os querré toda la eternidad.
***
Habían sido las horas más crudas y amargas de su vida. Lucía se dejó caer en un sofá del tanatorio con los ojos escocidos de tanto llorar. A su lado, Pilar sollozaba sosteniendo a Lola, a la que parecían haber arrancado el alma de cuajo.
Tras encontrar el cuerpo de Celeste, habían llamado a una ambulancia, aun sabiendo que ya era tarde. Tras certificar su muerte, habían tenido que pasar por el mal trago de comenzar con las gestiones y procurarle el final digno que una persona tan maravillosa merecía.
También habían decidido, tras discutirlo entre las tres, que debían avisar a su familia.
Lucía aún conservaba el número de teléfono de su casa y llamó con la esperanza de un reencuentro, por mucho que fuera tardío, inútil y a destiempo, de Celeste con sus padres.
Pero la reacción de estos consistió en desentenderse y en asegurar que su hija ya había muerto años atrás.
Pilar tuvo que frenar a Lola cuando comenzó a gritarles por el auricular que les iba a quemar el coche y a hundirles en la miseria.
La serenidad llegó al amanecer, ya en el tanatorio, con Celeste regalándoles su última sonrisa, como la niña tierna que nunca había dejado de ser. Entonces las tres permanecieron durante más de una hora en silencio, tristes, incrédulas, devastadas.
—Deberíamos llamar a la librería —dijo Pilar—. Ya habrán abierto.
—No sé si quiero ver a Natalia por aquí —farfulló Lola.
—Recuerda lo que Celeste ha escrito en su carta respecto a ella —reflexionó Pilar con cariño—. Vamos a respetarlo. Además, es justo que su jefe y sus compañeros vengan a despedirse de ella.
Lola se limitó a cabecear y calló durante un instante, hasta que una sonrisa triste se apoderó de su rostro.
—¿Os acordáis del día en que quedamos por primera vez con ella en aquel restaurante?
—Ella se moría de ganas de conoceros. Se pasó meses pidiéndomelo —explicó Lucía.
—Acababa de cumplir los quince, pero decía que quería cumplir muchos más —rememoró Lola.
—Por lo menos cien —añadió Pilar recordando el momento.
—Por lo menos cien —repitió Lola—. ¿Por qué ha decidido parar? Mi cervatillo…
Pilar volvió a abrazarla y a limpiarle las lágrimas antes de ocuparse de las suyas propias.
—Ha sido culpa mía —aseguró Lucía.
—Qué tontería. ¿Por qué dices eso? —preguntó Pilar.
—No supe interpretar sus señales cuando hablé con ella el otro día. Ahora me doy cuenta de que se estaba despidiendo. No era normal que me dijera ciertas cosas. No lo supe ver y debería haberlo hecho.
—No te mortifiques, Lucía. Era imposible que se te pasara por la cabeza que iba a hacer algo así —trató de animarla Pilar.
—La conocía muy bien o, al menos, era lo que pensaba. Tenía una responsabilidad con ella. Debí darme cuenta —insistió Lucía.
Lola carraspeó y tomó aire, tratando de que la pena no ahogara sus palabras. Después, cogió a su amiga por los brazos y la zarandeó.