Ella (Corazón de Pantera nº 5) 39
89%

39

Lucía tocó con insistencia el timbre del apartamento de Celeste y tuvo que esperar casi un minuto a que la puerta se abriera. Su amiga la recibió con un aspecto lamentable.

—¿Se puede saber qué te pasa, enana?

—No sé qué prisa tienes para aporrear la puerta de esa manera. Es temprano.

—¿Temprano? Son casi las dos.

Celeste miró el reloj y se entregó a un gesto desganado antes de desplomarse en el sofá. Lucía se sentó a su lado.

—¿Por qué no te vistes y vamos a comer las dos por ahí? Yo te invito.

—Te lo agradezco, Lucía, pero prefiero quedarme en casa. No me encuentro bien.

—¿Por eso nos diste plantón anoche?

—No fue un plantón. Avisé a Lola. De hecho, llamé primero a tu casa, pero no estabas.

—Sí, ya lo sé. No te regañaba. Es solo que el Pantera no es lo mismo sin ti. Te eché de menos y, sobre todo, estaba preocupada por ti.

—Tranquila, no es nada importante.

—¿Seguro? ¿Sabes que vamos a volver a mantener esa conversación que tan poco te gusta?

—¿Otra vez, Lucía? —refunfuñó.

—Llámame cansina si quieres y, cuando no me aguantes más, me echas de tu casa, pero necesito saber qué ocurre porque hace días que te veo más alterada y tristona de lo normal.

—Eres incansable.

—Lo soy porque te quiero, Celeste, y quiero ayudarte.

—Es que hemos hablado mil veces de esto.

—Pues serán otras mil hasta que no me cuentes lo que te tiene así.

—No te hacía tan metiche.

—Aún te ganarás una torta y entonces llorarás con razón.

La broma de Lucía provocó que las dos rieran y se relajaran un instante.

—¿Qué ha pasado con Natalia?

—¿Por qué piensas que es por ella?

—Por Dios, Celeste, todo lo que te pasa es por ella desde que la conociste.

—Ya te dije lo que te tenía que decir aquel día en la playa.

—De eso hace un montón de meses y está claro que algo ha empeorado desde entonces porque no estás bien, enana.

Celeste se mantuvo en silencio mientras retorcía con sus dedos el pico de un cojín.

—¿Sigue sin prestarte mucha atención? —indagó Lucía.

—Ya casi no hablamos —reconoció—. Pero es normal, está a punto de casarse y debe ir como loca.

—¿Se va a casar?

—Sí, el mes que viene.

—¿Y cómo es que no nos lo habías dicho?

—No sé, no solemos hablar de ella. Además, ha sido algo precipitado. Ya sabes… —añadió dibujando una esfera sobre su vientre.

—Ya.

—Está muy ocupada, es normal que me haga menos caso —insistió tratando de justificarla.

—Celeste, me gustaría que fueras sincera conmigo, creo que me lo he ganado después de tantos años.

—¿Por qué dices eso?

—Porque necesito que me hables sin tapujos ni medias verdades. Sé que estás sufriendo y no lo soporto. He intentado respetar tu privacidad, pero, lo siento, me tengo que entrometer porque no me gusta cómo te estoy viendo.

—¿Y qué quieres saber? ¿Si sufro por Natalia?

—Sí, admítelo. Refúgiate en mí.

—La echo de menos. Se ha alejado y la echo de menos —confesó mirando al suelo.

—¿Por qué no me cuentas hasta dónde llegó vuestra relación? Necesito entenderte y entenderla a ella.

—Nunca hubo una relación. Al principio, parecía que sí, pero no llegó a nada. Por su parte fue una especie de flechazo con orificio de salida. Entré e inmediatamente salí.

—Pero a ti no te ha ocurrido lo mismo, ¿verdad? —preguntó cogiéndole la mano.

—No, a mí se me quedó la flecha dentro para siempre.

—Para siempre es mucho tiempo.

—Quizás no —musitó.

—Tienes que superarla, Celeste.

—Las cosas no son tan fáciles.

—Lo sé, enana. Te he dicho una frase estúpida.

—Una vez me besó —recordó con sonrisa melancólica—. Nunca he olvidado ese momento ni su olor al tenerla tan cerca. Pero no volverá a suceder.

—Celeste, cariño…

—¿Y sabes lo que tampoco he olvidado jamás?

—¿Qué?

—Cuando tú y yo nos vimos por primera vez. Me abriste la puerta, me sonreíste y comencé a confiar en ti al instante.

—Ya hace doce años de aquello —dijo Lucía con nostalgia—. Entonces no sabíamos lo unidas que íbamos a llegar a estar.

—Me hizo muy feliz que nos hiciéramos amigas. Fuiste lo mejor que podía pasarme.

—Bueno, la suerte fue mía al conocerte. De verdad, alucinaba contigo. Con tus catorce añitos eras tan curiosa, tan inquieta… que parecías saber más de la vida que yo. En aquel momento y en según qué cuestiones, yo era un poco pánfila.

—Lucía, has sido… Eres muy importante en mi vida y te quiero dar las gracias por cuidarme, por estar siempre ahí, aun cuando a veces yo trato de esconderme.

—No me des las gracias por eso. Eres mi enana, mi hermanita pequeña y es un gusto compartir momentos contigo. Daría cualquier cosa por protegerte de los sinsabores de la vida.

—Hay cosas contra las que no se puede luchar.

—No digas eso. Vendrán tiempos mejores y encontrarás a la persona que te quiera como mereces y no con limosnas.

La respuesta de Celeste fue una mirada profunda y triste, sin palabras.

—¿Estás segura de que no quieres comer conmigo? —trató de convencerla Lucía.

—No, de verdad. Prefiero dormir un rato.

—Está bien. Te dejo tranquila.

Se fundieron en un abrazo que Celeste tardó más tiempo del habitual en deshacer.

Después, Lucía se marchó con un presentimiento oscuro y pegajoso del que tardó horas en desprenderse.

Pocos días después entendería el por qué.

Y es que entonces no podía imaginar que nunca volvería a ver a Celeste y que ese abrazo, largo y cálido, no había sido otra cosa que una despedida.

***

—Es raro —dijo Lola mirando por enésima vez el reloj.

—No sería la primera vez que se duerme mientras espera a que vayamos a recogerla —apuntó Pilar.

—Ya sé que llega cansada al viernes por la noche, lo mismo que nosotras tres, pero no puede estar tan dormida como para no abrirnos. Voy a llamarla otra vez.

Lucía y Pilar vieron cómo Lola se dirigía a la cabina para volver a intentar contactar con Celeste.

Como cada semana, se habían reunido para cenar, pero la más joven del grupo no parecía estar en casa cuando habían ido a por ella ni tampoco había aparecido en Casa Justo por su cuenta.

Lola la había llamado por teléfono en dos ocasiones sin obtener respuesta.

Con el tercer intento, el resultado fue el mismo.

—Nada —dijo con preocupación volviendo a sentarse a la mesa.

—Voy a ir a su casa. No estoy tranquila —anunció Lucía cogiendo su bolso.

—Espera y vamos contigo —le sugirió Pilar.

—No, id cenando. Vuelvo en seguida y espero que con ella.

Lucía anduvo a buen ritmo a sabiendas de que llegaría antes caminando que en el coche. Apenas diez minutos después, llegó frente al portal y llamó al portero automático pero Celeste no contestó. Insistió sin éxito y regresó a la tasca.

—Quiero pensar que le ha surgido algo y no se ha acordado de avisarnos —confió Pilar.

—¿Habéis sabido algo de ella en estos días? —preguntó Lucía—. La última vez que la vi estaba un poco desanimada. Ya sabéis, no quiso salir el sábado.

—Nosotras la vimos en la librería el martes por la tarde y todo parecía normal —aseguró Pilar.

—Quizá no tan normal —opinó Lola—. Estaba como… alegre de más.

—¿Y qué tiene eso de malo?

—Que me pareció muy forzado, cariño. Me dio la sensación de que quería mostrarse así porque su amiga estaba delante.

—Ay, esa Natalia —masculló Lucía.

—Sí, esa Natalia que me sigue dando tan mala espina como el primer día.

La aseveración de Lola provocó que las tres guardaran silencio con el corazón encogido.

—Bueno, vamos a cenar —propuso Lola—. Lo más seguro es que esté por ahí entretenida.

Tomaron un par de tapas sin demasiado entusiasmo y, aunque se les habían quitado las ganas de fiesta, decidieron ir al Pantera por si la encontraban allí, bailando y saltando como si no existiera nada más que su burbuja.

—Aquí tampoco está —dijeron casi al unísono tras buscarla por separado por todos los rincones del local.

—¿Y qué hacemos? —dudó Pilar.

—Volvamos a su casa —contestó Lola.

—Vale, voy a decirle a Tere que me llame si aparece por aquí, sea la hora que sea —dijo Lucía.

—Que llame también a nuestra casa si no da contigo —le pidió Pilar.

Pasaban unos minutos de la medianoche cuando llegaron de nuevo al edificio de Celeste, pero las llamadas al timbre fueron infructuosas.

Aprovecharon que un vecino regresaba a casa para colarse en el portal y llegar frente a su puerta.

Más timbrazos, golpes y voces sin respuesta hasta que el vecino de enfrente salió al rellano a llamarles la atención.

Se disculparon y, al volver a quedarse solas, Lola las sorprendió dándose un manotazo en la frente.

—Coño, las llaves.

—¿Qué llaves? —quiso saber Lucía.

—Las del portal y esta puerta —dijo señalando la que tenían delante—. Celeste nos dejó un juego porque un par de veces se despistó y perdió las suyas.

—Es verdad, están en casa —añadió Pilar.

—¿Creéis que debemos? —preguntó Lucía.

—Lo siento por su intimidad. Lo más seguro es que esté por ahí de parranda, pero a mí no me llega la camisa al cuerpo. Lo siento —reiteró Lola—. Dadme un minuto y vengo con las llaves.

En efecto, antes de lo que pudieran esperar, Lola estaba de regreso. Se miraron con temor mientras abrían la puerta y encendieron las luces. En la pequeña salita, a la que se accedía nada más entrar, todo parecía en orden.

—¿Celeste? —la llamó Lucía.

—No, no, no —gritó Lola con desesperación.

—¿Qué…?

La pregunta de Pilar quedó interrumpida para siempre en cuanto miró a su mujer y vio que acababa de coger de la mesa un sobre a nombre de Lucía, Pilar y Lola.

A las tres les recorrió la misma corriente de terror por la espalda.

Pilar se quedó paralizada, Lola extrajo el papel con las manos temblando y Lucía corrió hacia la habitación de Celeste donde encontró a su amiga sin vida junto a varios envases vacíos de ansiolíticos.

Ni siquiera fue capaz de gritar. Un dolor insoportable acababa de desgarrarle las entrañas.

***

Queridas amigas. No. Queridas hermanas, porque habéis sido mi familia, mi soporte, parte de mí misma.