38 #2
—Qué buena noticia —dijo permitiendo que su semblante rebajara el tono de severidad.
—Sí, fue a raíz de encontrarnos con mi padre, el biológico. Una cosa tan tonta y fortuita nos ha unido por fin —explicó tratando también de alargar el momento y retrasar la despedida.
—Me alegro.
Durante un instante fueron capaces de mirarse a los ojos. Tina se preguntaba si aún podía tener una oportunidad de regresar a la vida de Lucía, mientras que esta trataba de no pensar en todo lo que se estaba perdiendo del día a día de la que había sido su amiga.
—Tina, vamos a hacer lo posible para que Sandra no se sienta sola. Que al menos haya una persona que no sea infeliz —pidió por fin rompiendo el silencio.
—Claro —aceptó la chica.
—Intentaremos reunirnos a ratos como hacíamos antes. Le daremos lo que necesita.
—Me parece bien. Pero tú y yo no somos amigas, ¿correcto? —trató de cerciorarse con tristeza.
La respuesta de Lucía fue un silencio esclarecedor. Tina intentaba mantener el tipo, pero la pena provocó que le temblaran los labios. Salió del coche antes de que el llanto le arruinara el ejercicio de contención, pero Lucía volvió a hablarle.
—¿Y qué te ha parecido tu padre? ¿Era como lo imaginabas?
—Sí. Es justo como me lo esperaba. Un hijo de puta como yo.
Tras decirlo, Tina corrió bajo la lluvia y se dio prisa en desaparecer.
Lucía la vio marchar con un nudo en el corazón.
Le dolía haberla visto a punto de llorar y le mataba que se considerara una hija de puta.
A pesar de todo lo ocurrido, de su decepción, de su empeño en no querer volver a ser su amiga, no soportaba su dolor ni podía tolerar que se sintiera una mala persona.
Iba a poner el coche de nuevo en marcha cuando se percató de que una lágrima se deslizaba por su mejilla. La borró con impotencia y cierto enfado y se marchó a toda prisa.
***
Lucía miraba a Sandra con ternura mientras daba cuenta de un bollycao y de un batido de chocolate.
En una mesa situada en el otro extremo, Vicky las observaba sin entender por qué su compañera prefería la compañía de una alumna a la suya.
Pero Lucía no tenía ninguna duda. Había entrado en la cafetería, había visto a Sandra sola y había corrido a sentarse a su lado.
La chica lo había agradecido con su sonrisa más encantadora.
Desde su fuga de casa, Lucía le prestaba más atención.
Se había dado cuenta de que Sandra era como una luna, siempre en continuo cambio, dejándose arrastrar por las particularidades de sus fases.
Cuando era una luna llena, se convertía en un ser luminoso y alegre, en una bromista sin freno.
Pero también tenía sus momentos turbios.
Su fase de luna nueva la transformaba en alguien gris e invisible.
Estaba, pero no se la veía. Era como si desapareciera, aunque no dejara de estar presente.
Entonces solo quedaba que todo se girase y volviera a crecer.
Lucía no se perdonaba el haberla desatendido y se había prometido que no volvería a pasar jamás.
También era consciente de que Tina estaba más atenta a su amiga, haciendo gala de esa madurez de la que tanto presumía.
Por otro lado, habían vuelto a reunirse las tres en un par de ocasiones.
En esos encuentros, trataban de actuar como si nada hubiera pasado, como si todo estuviera bien, pero tanto Lucía como Tina vivían esos momentos con tristeza y cierta incomodidad.
De hecho, una vez que se despedían y Sandra ya no estaba delante, volvían a distanciarse y a comportarse solo como profesora y alumna.
Al menos, en ese aspecto habían vuelto a tratarse.
Para Lucía era una cesión justa y profesional.
Para Tina, el clavo ardiendo al que aferrarse.
—Me gusta encontrarte aquí, peque, y que no pases los recreos en el aula.
—Ya, pero es que me gusta quedarme tranquila con Tina, hablando de nuestras cosas. Hoy he bajado porque ella no ha venido a clase.
—Me alegra veros unidas otra vez.
El comentario sincero de Lucía fue acompañado de una leve sonrisa y precedió a un momento de silencio.
—¿Te puedo decir algo? —volvió a hablar Sandra con ojos temerosos.
—Claro, peque.
—Es que me he estado acordando en estos días de esa charla que tuvimos cuando volvíamos de Madrid, de una cosa…
—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Lucía apartando su taza vacía.
—A cuando me dijiste que Tina no sabía que te gustaban las chicas. No sé por qué me mentiste.
—Tienes razón, no debí hacerlo. No te enfades, Sandra, para mí era una situación muy complicada.
—Lo entiendo. Ella me ha contado cómo os conocisteis y lo que siente.
—¿Y qué opinas? —quiso saber.
—Ya te lo dije el otro día, ella no tiene la culpa de quererte así. Yo la comprendo perfectamente.
—Sé que te identificas con ella por tus sentimientos hacia María, pero es algo distinto.
—Ya, pero… Bueno, es que me siento rara porque estoy en medio de las dos y me gustaría que las cosas fueran diferentes.
—Todo se irá poniendo en su sitio, peque. La vida a veces es enrevesada. A mí lo que me importa es que tú estés bien.
Sandra agachó la cabeza en el justo instante en que el timbre ponía fin al recreo.
Se levantaron y Lucía se detuvo en la mesa donde se encontraba Vicky.
Al despedirse de la chica, se percató de que dirigía a la profesora una mirada fugaz que no escondía una buena dosis de antipatía.
Lucía intuyó que Tina le había hablado de ella y que Sandra, fiel a su compañera, ya la consideraba también su enemiga.
No pudo evitar sonreír antes de preguntarse por qué celebraba la complicidad de las dos alumnas en vez de afear su desprecio a Vicky.
***
Lucía regresó junto a sus padres tras acompañar a Vicky a la puerta.
Después de cuatro meses saliendo juntas, había decidido que no debía tardar tanto en presentársela como había ocurrido con Marta.
Y no es que tuviera las cosas mucho más claras que con la diseñadora, pero estaba en una etapa de su vida en que sentía que debía afrontar su relación con otra determinación.
—¿Qué os ha parecido?
—Es a ti a quien te tiene que gustar —contestó Jaime y Lucía sonrió con ironía.
—Es tu forma de decir que no te ha caído bien.
—Yo no he dicho eso —replicó mientras se colocaba bien las zapatillas de andar por casa.
—Te conozco de sobra, papá.
—Me bajo a lavar el coche, que menudo se ha puesto con las cuatro gotas que han caído.
—Anda, sí. Huye, cobarde.
Su padre hizo un aspaviento antes de cerrar la puerta tras de sí.
—¿Y tú qué piensas? —preguntó a Patro.
—¿La verdad?
—Claro, no quiero que me digas otra cosa solo por quedar bien.
—Pues, perdóname, hija, pero, aparte de que la veo un poco estirada… no sé… hay algo en sus ojos que no me gusta. Pero que sepas que la puedes traer siempre que quieras. Tu padre y yo la vamos a tratar bien, que para eso es tu novia.
—No es mi novia.
Patro sonrió al escuchar por enésima vez esa frase.
—¿Me vas a decir que solo es alguien con quien divertirte, como cuando salías con Marta?
—Algo así.
—Cielo, no parece una mujer muy divertida —se atrevió a opinar.
—Vale, sé que es un poco seria, pero tiene sus cosas buenas. Quizá no se presta a locuras, pero es alguien con quien se puede conversar.
—Para conversar ya tienes a tus amigas.
—Ya, pero hacemos algo más que conversar, mamá. ¿Quieres que te especifique?
—No hace falta, ya me lo imagino. Aunque me da la sensación de que tampoco es de las que van haciendo el salto del tigre.
El comentario inesperado de Patro hizo reír a Lucía.
—Bueno, mamá, no te voy a hablar de ese tema.
—Ni falta que hace.
—Pero no es tan sosa. En realidad, Vicky es una persona tan compleja que nunca sé qué versión de ella me voy a encontrar.
—¿La quieres? —preguntó Patro a bocajarro.
—No lo sé —respondió Lucía tras meditar unos segundos.
—No te fuerces a querer, cariño. No lo hagas por pretender huir de otra cosa.
—Mamá…
—Sí, ya me callo. Por cierto, ¿cómo está?
Lucía se puso seria. No hacía falta que su madre la nombrara para saber a quién se refería.
—Más tranquila. Está consiguiendo centrarse en los estudios y, al menos, ha aprobado unas cuantas asignaturas en esta evaluación.
—¿No te has planteado recuperar su amistad?
—No. He abierto un poco la mano para que podamos reunirnos con Sandra y, además, estoy intentando ayudarla como profesora. Es mucho más de lo que pensaba concederle hace un tiempo, cuando no quería ni cruzarme con ella.
—Igual me mandas a freír espárragos, pero, dime: ¿Y a Tina? ¿La quieres? No te digo como mujer ni como pareja —se apresuró a aclarar—. Solo como alguien que fue importante en tu vida. ¿La sigues queriendo?
Lucía cabeceó con resignación y permaneció callada. Se acomodó en el sofá y, sin decir ni una palabra más, cerró los ojos. Intentó dormitar unos minutos, pero no pudo porque una respuesta retumbaba por todos los recovecos de su mente: sí.