38
Algo le decía que no iba a ser un buen lunes y, con ese mal presentimiento, Lucía aparcó el coche cerca del instituto, cogió su maletín y echó a andar.
Atrás quedaba un fin de semana extraño en el que no había logrado disfrutar de su tiempo libre y en el que incluso había tenido una pequeña discusión con Vicky, que no había llegado a mayores, pero que le había dejado el corazón frío.
Caminaba pensando que le vendría bien centrarse en las clases y tratar de limar asperezas con ella durante el recreo, pero su plan del día quedaría pronto anulado.
Antes incluso de que alcanzara la entrada del centro, Juan Martínez salió a su encuentro evidenciando un gran nerviosismo.
—Ven, te estamos esperando —dijo sin ni siquiera saludarla.
—¿Ocurre algo? —quiso saber desconcertada.
—Ojalá que no —confió con el semblante lleno de preocupación—. Ernesto —reclamó al bedel—, por favor, necesito que estés pendiente y cuando veas a Tina Abad le digas que vaya a mi despacho.
—Pierda cuidado —dijo Ernesto desde el interior de su garita.
—¿Qué pasa con Tina? —preguntó Lucía alarmada.
—Con ella nada —se limitó a responder.
—¿Y entonces?
La cuestión quedó suspendida en el aire y Lucía paralizada al llegar a la sala de dirección junto a Juan. Dentro esperaban dos agentes de la Guardia Civil y las dos hermanas mayores de Sandra. Cristina se secaba las lágrimas mientras Elena trataba de mantener la entereza.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Está bien Sandra? —inquirió Lucía con el alma en vilo.
—Ha desaparecido. No sabemos dónde está —explicó Cristina entre sollozos.
Lucía habría querido decir muchas cosas, pero las palabras quedaron atrapadas en su garganta.
—Queremos hablar con Tina por si ella sabe algo —añadió Elena.
—¿Usted tiene constancia de que la chica tuviera algún problema? —intervino un guardia civil—. Nos han informado de que es su tutora y de que mantiene una relación cercana con ella.
—Sí, pero hace días que no hablamos.
No pudo decir nada más. La angustia y el sentimiento de culpabilidad se apoderaron de Lucía. ¿Cómo había podido hacer las cosas tan mal? ¿Por qué se había comportado de un modo tan egoísta? Si le ocurría algo a Sandra, no se lo iba a perdonar en la vida.
Estaba rozando el ataque de ansiedad cuando Tina entró en el despacho.
Al ver a todos los presentes, su rostro se tensó.
Contestó negativamente a las cuestiones que le formulaban tanto los agentes como las hermanas Blanco y Lucía solo pudo compartir su preocupación cuando intercambiaron una mirada saturada de tristeza.
Resultaba evidente que Sandra había huido y que era culpa de las dos.
La esperanza renació cuando Tina caviló y creyó saber dónde estaba su amiga.
Lo entendió cuando escuchó a Elena hablar sobre el sueño de su hermana de ir a Italia y a su mente acudió el recuerdo del viaje a Madrid, el deseo que Sandra había formulado, sus ganas de volver.
Lucía miró a Tina y, de alguna manera, supo que tenía razón.
Le regaló la sonrisa que llevaba dos meses negándole y solo por un instante se supieron en paz.
Pocos minutos después, subió a clase sintiendo que le faltaban las fuerzas.
Elena y Cristina se habían marchado a la carrera, mientras que Tina había salido del despacho cabizbaja al darse cuenta de que la reconexión con Lucía apenas había durado un suspiro.
Y ella ascendía escalón tras escalón, aún con el susto en el cuerpo y sabiendo que en su vida había mucho por corregir.
***
Al día siguiente, llegó al instituto con un millón de sensaciones enmarañando su mente.
No había podido dormir por todo lo sucedido, a pesar del alivio que le había supuesto recibir la llamada de Elena anunciándole que habían encontrado a Sandra en la Plaza Mayor y en perfecto estado.
Su pequeña amiga estaba a salvo, pero no podía obviar que le había fallado, que, por muchos motivos, estaba dejando de ser la docente responsable en la que tanto se había esforzado por convertirse.
Además, por mucho que se sentía molesta con Tina, se le había partido el corazón al notar su desencanto el día anterior, cuando habían dejado de mirarse, cuando Lucía le había hecho ver que solo las unía el interés por Sandra, que no debía esperar que la amistad resurgiera entre ellas.
Pensaba que era lo correcto, que debía ser fiel a la decisión que había tomado, pero también se sentía egoísta y mala persona.
Aquella mañana de martes, Lucía deambuló por el centro con la cabeza en otra parte, deseando que la jornada concluyese para irse a casa, descansar e ir a visitar a Sandra.
Estaba tomando un café durante el segundo recreo, absorta en sus cosas y sin prestar atención a Vicky, cuando Mati apareció a su lado para decirle que tenía una llamada.
Dejó a medias un café que, a fin de cuentas, no le apetecía, y se dio prisa en llegar hasta el teléfono. Era Elena.
—¿Cómo está Sandra? —quiso saber Lucía—. He visto que no ha venido a clase.
—No. Estaba un poco desanimada y hemos pensado que era mejor que se quedara en casa.
—Quería ir a verla esta tarde.
—Pues precisamente te llamaba para eso. Creo que le vendría bien un poco de compañía. Mi hermana se había refugiado mucho en ti y en Tina.
—Nosotras la queremos mucho. Me siento muy mal por no haber sabido estar a su lado.
—No te mortifiques, Lucía. También nosotras nos preguntamos si podríamos haber hecho más para que no sintiera esa necesidad de desaparecer.
—¿Os ha dicho por qué lo ha hecho?
—No a las claras, aunque creo que es consciente de que las cosas no se arreglan así.
—Está en una edad complicada.
—Lo sé y sé que es una chiquilla sensible que sufre demasiado por todo. Siempre ha sido así.
—Vamos a poner todas de nuestra parte para que no vuelva a suceder.
—Gracias, Lucía y disculpa por haberte fastidiado el recreo, pero es que era la única hora en que sabía que te podía pillar.
—No te preocupes. Gracias a ti por llamar. Nos vemos esta tarde.
Lucía colgó el teléfono y decidió olvidarse tanto del breve descanso como de Vicky. Se dirigió con lentitud hacia su siguiente clase, consciente de que debía hablar con Tina con el tono justo para que no se hiciera ilusiones.
Estaba convencida de que esa era su verdadera preocupación respecto a ella.
Sin embargo, al final de la mañana, cuando la vio saliendo del instituto y la citó para que visitaran juntas a Sandra, con total frialdad, sin más palabras que las justas, algo dentro de Lucía se removió.
Quizá la esperanza de Tina no era el enemigo contra el que debía luchar sino contra la suya propia porque, a pesar de todo, por mucho que tratara de ignorarlo, su corazón latía de manera diferente cuando ella estaba cerca.
Dos horas después, tras llamar al timbre de casa Blanco, esperó que la puerta se abriera fingiendo que no prestaba atención a Tina. Habían llegado cada una por su lado y permanecían paradas bajo la fina lluvia sin ni siquiera haberse saludado.
Encontraron a Sandra cabizbaja. En su rostro se podía leer una mezcla de tristeza, de íntima insatisfacción, pero también de culpabilidad por el susto que había dado al puñado de personas que la querían.
Lucía corrió a ampararla con uno de sus tiernos abrazos, pero le sorprendió descubrir en la chica un ramalazo de rebeldía.
Y es que parte de esa desesperación que la había invitado a huir unos días antes le hizo apartarse y, por una vez, elevar la voz.
Protestó por la forma en que la habían ignorado y también por el evidente distanciamiento entre Lucía y Tina, que no habían conseguido esconderle.
Y les reprochó que nunca le confiaran detalles importantes cuando ella, en cambio, se refugiaba en las dos para contarles su vida entera.
Lo que Lucía no esperaba fue que Tina recogiera sus palabras, le diera la razón y le confesara su amor por la profesora.
Sandra se quedó perpleja, pero después reaccionó posicionándose a favor de Tina y sonriendo por fin al saber que hasta le había robado un beso.
Lucía se puso nerviosa con la revelación, pero no pudo evitar emocionarse al ver a Sandra de mejor ánimo y al comprobar que el lazo que unía a las dos chicas volvía a tejerse.
Permanecieron unos minutos juntas, como en sus buenos tiempos, hasta que Lucía y Tina decidieron marcharse.
Tras despedirse de Sandra y de sus hermanas, salieron de la casa y el rigor regresó al rostro de Lucía.
Mientras tanto, Tina, desmoralizada al percatarse de su cambio de actitud, bajó la vista al suelo y se caló la capucha del anorak para protegerse de la lluvia.
Lucía la sorprendió sujetándola por el codo para atraerla bajo su paraguas.
—Nada ha cambiado entre nosotras. Pero Sandra puede estar mirando y, si es así, va a ver cómo nos vamos juntas. Sube al coche —dijo sin dar opción de réplica a Tina.
La joven obedeció y contuvo un suspiro al volver a ocupar su asiento de siempre, ese al que pensaba que no volvería jamás.
Lucía continuó en su afán de obviar su presencia y dedicó toda su atención a Sandra, quien, en efecto, se había asomado a la ventana para verlas marchar y regalarles un último saludo.
Apenas un instante después, Lucía detuvo el automóvil al llegar a un semáforo en rojo y Tina le habló sin atreverse a mirarla:
—Ahora ya no nos puede ver. Si quieres me puedo ir andando a casa.
—No te guardo tanto rencor como para tirarte a la calle en pleno chaparrón —se limitó a replicar.
Permanecieron calladas hasta que llegaron frente al portal de Tina. Con el vehículo parado y viendo a la chica hacer el gesto de abrir la puerta, Lucía sintió una angustia inexplicable.
—¿Cómo está tu madre?
Tina se atrevió a girarse hacia ella, extrañada por la pregunta. Lucía no sabía ni por qué la había formulado y no quiso cuestionarse si solo se había tratado de un ardid de su subconsciente para retenerla unos segundos más.
—Está muy bien. Ha cambiado mucho. Hemos hecho las paces —contestó Tina.