37
Lucía giró la llave de contacto, pero se quedó parada con la mirada perdida.
El regreso a las clases tras las vacaciones de Navidad no tenía nada que ver con el del curso anterior, cuando acudió al instituto ardiendo en deseos de volver a ver a Tina.
Un año después, la sensación era muy distinta.
No había ilusión sino temor y también la incertidumbre de si la chica intentaría acercarse a ella pidiendo otra oportunidad.
Y lo sentía, pero no iba a claudicar. Necesitaba distancia, olvidar todo lo vivido con ella y, sobre todo, dejar de quererla.
Porque, a pesar de todo, por mucha rabia que le diera, sabía que su cariño por Tina continuaba intacto.
—Soy imbécil, una masoca —se dijo golpeando el volante con violencia.
Fue entonces cuando se detuvo a observar la pulsera que Tina y Sandra le habían regalado por su cumpleaños.
El símbolo de una amistad que había dejado de existir.
Sintió la tentación de quitársela, pero no era justo.
Parte de ese regalo era de su adorada Sandra y no le iba a hacer ese feo porque una de las tres esferas le sobrara.
Decidió que, a partir de ese momento, consideraría la pulsera como el regalo de Sandra y nadie más.
Envalentonada, puso el coche en marcha y se dio prisa en llegar al instituto para centrarse en su trabajo.
Aparcó, saludó a unos y otros sin demasiado entusiasmo y se dirigió al segundo piso cuando aún los chicos estaban subiendo por las escaleras.
Iba concentrada en sus cosas cuando sintió un pequeño tirón en su chaqueta.
Se giró y encontró el rostro encarnado y sonriente de Sandra.
Pudo ver que Tina estaba justo detrás de ella, con los ojos tristes y pocas intenciones de proponerle una reconciliación.
—Hola, ¿qué tal las vacaciones? —saludó a Sandra de modo que pareciera que la frase podía ir dirigida a las dos.
—Pues ya de vuelta —se limitó a contestar.
—Ya veo que no vienes con muchas ganas.
—No —admitió tímidamente—, pero tú parece que sí. Vas a entrar en clase antes que los alumnos.
—Pues, en realidad, tengo tan pocas ganas como tú, pero tiro de energía.
—Es que estas vacaciones son tan largas que cuesta volver.
—Bueno, ¿se han portado bien los Reyes Magos?
—Sí, mis hermanas me han regalado varias cosas que me han gustado mucho.
—Te lo mereces por haberlo aprobado todo. Me alegro de que este curso hayas empezado más centrada.
—Es que quiero terminar de una vez. Es el último año y no quiero repetir.
—No, eso sería una faena. Mejor vernos fuera de aquí, ¿no crees?
Sandra le dio la razón con una sonrisa nerviosa.
—Hasta dentro de un rato en clase —dijo guiñándole un ojo.
Lucía se había despedido de manera escueta y con un aspaviento amplio, como si también incluyera a Tina.
No sabía cómo iba a lidiar con su relación con Sandra, si las dos chicas eran poco menos que inseparables.
No quería desestabilizarla, pero tampoco se iba a entregar a la incomodidad de interactuar con Tina.
De repente, algo dulce que durante meses le había dado tanta vida, se convertía en un escollo que no se sentía capaz de salvar.
—Qué tempranera —escuchó una voz a su espalda.
Lucía se giró para encontrarse con la expresión intensa del rostro de Vicky.
—¿Por qué a todos os sorprende que esté en clase a mi hora? —cuestionó elevando una ceja.
—No es tu hora. Es antes de tu hora. Lo normal es que estuvieras revoloteando aún por la sala de profesores. ¿Tantas ganas tienes de empezar?
—Supongo que las mismas que tú —replicó sonriendo.
—A decir verdad, no. Pero te he visto escaleras arriba y te he seguido —explicó casi en un susurro.
—¿Me echabas de menos? —preguntó en voz igual de baja.
—¿Debería después de dos días sin verte? ¿Acaso tú me echas de menos?
El tono de Vicky iba subiendo en sensualidad y Lucía dio un paso atrás.
La miró sin hablar y dejó que la vista se le perdiera por el otro lado del pasillo, justo en el momento en que Tina atravesaba la puerta del aula.
Suspiró sabiendo que ya formaba parte del pasado y comenzó a caminar en dirección contraria, preguntándose si Vicky sería la protagonista de su futuro.
***
La música le inundaba los oídos y le hacía retumbar el pecho, pero no conseguía que se le movieran los pies.
Permanecía sentada, con Vicky adosada a su pierna y la mirada inquisitoria de Lola y Pilar.
Celeste, por su parte, giraba sonriendo y un tanto ausente.
Por una vez, Lucía lamentó haberse dejado llevar por la inercia cuando prefería quedarse en casa, tranquila y sola.
—¿Te pasa algo? —quiso saber Vicky aproximándose aún más.
—No, ¿por qué?
—Vamos, Lucía, estás muy seria. Llevas días así.
—Ha sido una semana dura en el instituto —se justificó.
—Pensaba que estaba prohibido hablar de trabajo en este santo lugar —intervino Lola, que se había acercado para dar un trago a su bebida.
—Y tienes razón. El Pantera está para divertirse, no para pensar en problemas —suspiró Lucía.
—No parece que te estés divirtiendo mucho —le dijo Lola al oído para que Vicky no pudiera escucharla. Lucía no contestó—. Voy al patio a echar un piti, ¿me acompañas?
—¿No habías dicho que tu propósito de año nuevo era dejar de fumar? —la regañó.
—Sí. Anda, ven y me recuerdas por qué debo dejarlo —insistió mientras iniciaba el camino hacia el exterior. Lucía resopló al levantarse para seguirla.
—Me encanta que seas como un perrito faldero que me sigue a todas partes —dijo Lola en cuanto cruzaron la puerta.
—Qué borde eres —se revolvió dándole un manotazo y provocando la risa de las dos.
—Por fin sonríes —celebró con ironía—. Tu novia tiene razón: estás muy seria.
—Vicky no es mi novia.
—Bien, da igual, pero tiene razón. Y no me pongas la excusa del trabajo porque eso nunca te ha impedido venir y desmadrarte riendo y bailando.
—¿Tú no ibas a fumar?
—No me cambies de tema.
—Vale, pues te lo voy a poner fácil. Es verdad que no estoy bien y que romper mi amistad con Tina me ha afectado. ¿Es lo que querías saber?
—Sí. Pero lo que también me gustaría saber es por qué no le pones remedio.
—¿Qué remedio quieres que ponga?
Mientras esperaba su respuesta, Lucía sonrió viendo cómo Lola se sacaba del bolsillo un paquete de tabaco y extraía de él un pictolín. Le hizo gracia su cara de resignación mientras lo desenvolvía y se lo echaba a la boca.
—Pues volver a ser su amiga —dijo finalmente—. Tan fácil como eso.
—Ni hablar, tita. No confío en ella, te lo he dicho mil veces.
—Cometió un error, pero tampoco te puedes dejar cegar por el orgullo.
—Que no, Lola. No me vas a convencer.
—¿Qué ha pasado con ese cariño inmenso que le tenías? —preguntó mirándola fijamente a los ojos.
—Me gustaría decirte que ya no está —respondió tras unos segundos.
—Pero está.
—No es tan fácil como tirarlo a la basura y librarse de él de un plumazo. Pero no quiero saber nada de Tina. Haz el favor de respetarlo.
—¿Y esa cara de acelga que arrastras a qué se debe? ¿Estás triste porque la echas de menos?
—Eres increíble, tita. ¿Quieres dejar de decir eso?
—Solo quiero saber por qué estás así.
—No lo sé. No estoy cómoda, pero no me preguntes por qué. Además, me siento mal a nivel profesional.
—¿Qué dices? Si eres una profesora cojonuda.
—No lo soy. Reconozco que me estoy dejando llevar por lo personal y no estoy actuando como debería. Me siento culpable.
—¿A qué te refieres?
—Pues… tu querida Tina ha entrado en barrena, se ha desentendido totalmente de las clases. Los profesores están preocupados y sé que estoy fallando como tutora. Tengo una responsabilidad, pero estoy bloqueada. No soy capaz de hablar con ella ni con su madre.
—¿Y con el padre?
—Ángel es un bendito. Sé que el otro día el director habló con él a la desesperada, pero no sé si conseguirá hacerle reflexionar.
¿Sabes? Esta mañana me he encontrado con él y estaba muy extraño.
Por un momento he temido que estuviera enfadado conmigo, pero no era eso.
Salía del hospital, le he preguntado que si tenía a alguien importante ingresado y he notado que me contestaba con evasivas.
—¿Y por qué tendría que ocultarte algo en ese sentido?
—No lo sé, pero ha sido raro porque lo veía triste y callado, pero, aun así, ha sido afectuoso conmigo. Es un trozo de pan.
—Seguro que sabrá meterla en vereda, aunque imagino que Tina debe estar pasándolo mal. Es normal que no se concentre en los estudios.
—Lola, una cosa es que se olvide de estudiar y otra muy diferente es que sus profesores le hablen y ni se digne a mirarlos a la cara. Está adoptando una actitud rebelde que no entiendo.
—Me da rabia porque podríais estar mejor las dos si tú…
—No —la atajó con vehemencia y Lola elevó las manos en señal de rendición—. ¿Sabes lo peor? —continuó—. Que veo que todo esto está afectando a Sandra. Ya no van tanto juntas como antes y yo no siempre encuentro el ánimo para estar con ella a solas y simular que todo está bien.
—Tarde o temprano tendrá que enterarse de que esa amistad ya no existe.
—No quiero hacerle daño. Y sé que, en el fondo, también se lo hago evitándola. No sé qué es mejor o peor para ella.
—Está bien que la protejas, pero tiene que madurar.
—Lo sé, tita.
—Anda, toma, te vendrá bien una caladita —dijo Lola ofreciéndole la cajetilla llena de caramelos.
—Qué tonta eres, de verdad.
—Sí, pero al menos te hago reír. No tanto como Tina, pero… algo es algo.
Lucía cabeceó con paciencia antes de regresar al interior del pub junto a Lola. Pero su amiga tenía razón: ya nada era igual sin las risas de Tina.