Ella (Corazón de Pantera nº 5) 36
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Y todo comenzó a cambiar. Lucía se esforzó en que, realmente, las cosas fueran diferentes.

Protegida por la coraza que se había dedicado a ir tejiendo, afrontó los últimos días que quedaban antes de las vacaciones navideñas.

Se refugió en la simpatía de sus compañeras y en la propia presión del trabajo.

Se dejó envolver por el interés intermitente de Vicky, tan gélida en algunas ocasiones y tan pasional en otras.

Pero, sobre todo, ignoró a Tina, sin prestar atención al dolor que emanaba de sus ojos cuando se cruzaban por los pasillos como si fueran dos extrañas.

Llegó el momento en que ya ni siquiera se permitió mirarla.

El problema era Sandra. Intentaba acercarse a ella, pero no siempre era posible.

A veces iba con Tina, sin que esta pareciera percatarse de su presencia y Lucía aprovechaba esas otras ocasiones en que la veía sola para fingir que todo estaba como siempre.

Inmersa en aquella lucha contra el escozor y contra sus propias emociones, tuvo que enfrentarse a la última reunión del claustro y al mal trago de las calificaciones de aquella primera evaluación. Allí se encontró con los siete suspensos de Tina y con la preocupación de los otros profesores.

—Se vuelve a dar la misma situación que el año pasado —se lamentó María Navarro en privado, una vez que la reunión había terminado.

—¿Perdón? ¿A qué te refieres? —preguntó Lucía.

—A las notas de Tina.

—Parece que tiene por costumbre comenzar mal los cursos —dijo restando relevancia.

—No, no te creas. Y, bueno, esto de que las suspenda absolutamente todas no le había pasado nunca.

Lucía se limitó a encogerse de hombros mientras se ponía el abrigo.

—Me ha llamado la atención ese muy deficiente en Francés —continuó la profesora de Historia—. No me conozco al dedillo las notas de todos mis alumnos, pero sé que es una asignatura que se le da muy bien.

—Sí, es verdad. Conmigo siempre había sacado sobresaliente.

—¿Y qué ha ocurrido?

—Que no entregó el examen. Y en ese caso la calificación que hay que poner en el boletín es muy deficiente. No puedo hacer otra cosa. Además, no solo ha ocurrido con Francés. A los exámenes de Filosofía, Historia del Arte, Literatura y Latín ni siquiera asistió.

—Pero ¿qué pasó con el tuyo? Me has dicho que no presentó el examen.

—No.

—Pero ella estaba.

—Sí. Hizo el examen, pero no lo entregó. Supongo que no estaba contenta con el resultado.

—Es todo muy raro. De verdad, todo parecía ir bien y se ha vuelto a malear —comentó con el rostro triste.

—Sí, no sé qué puede pasarle.

—Labor de tutora —dijo María mirándola a los ojos.

Lucía le dedicó un gesto amable con una sonrisa que quedó en amago. Le apretó con suavidad el brazo y se despidió.

Mientras caminaba hacia su coche, se sintió mal.

Su relación con Tina había terminado, pero seguía teniendo una responsabilidad con ella.

Sabía que no dejaba de ser su profesora y que obviar la situación la convertía en una tutora pésima.

La reacción de Tina al conflicto había sido, una vez más, dejar de lado los estudios.

Lucía trató de no sentirse culpable por eso, pero sí por el suspenso de su asignatura.

El examen tirado, recuperado y después perdido por su propia huida era, con toda probabilidad, merecedor de una buena nota.

Pero ya no podía hacer nada. Si Tina era tan madura y responsable, se esforzaría en la recuperación y seguiría adelante con el curso y con su vida.

Y Lucía pensó que eso mismo debía hacer ella. Llegaban las vacaciones y le vendrían muy bien para descansar y tomar aire. Después, continuaría avanzando con sus amigas, con su familia, con Vicky, con Sandra.

Sin Tina.

***

Lucía se dedicó durante unos días a recordar que era una joven con un corazón vivo.

Lo hizo entregándose al espíritu navideño junto a sus padres, dejándose alcanzar durante horas por el sol, compartiendo tiempo con sus amigas e intensificando las llamadas con los que estaban lejos.

Pero todas las armas eran insuficientes contra la amarga ausencia de Tina.

No se le pasaba por la cabeza perdonarla, pero le dolía en el alma haberla perdido.

Patro, al enterarse de lo ocurrido, le había recomendado calma y que dejara pasar el tiempo.

No le había gustado ver a su hija tan afectada, sobre todo cuando una tarde, mientras escuchaban música juntas, Lucía había llorado al sonar Ancora dolcemente.

Los días habían pasado, poco a poco se iba haciendo a la nueva situación y trató de coger fuerzas para cuando las vacaciones terminasen y tuviera que regresar al instituto.

Tenía que mostrarse fuerte por si Tina intentaba un acercamiento.

Las cosas ya no podían ser igual. Pero aún le quedaban unos días libres para olvidarse de todo.

Esa misma noche cenaría con sus padres y celebraría la llegada de un nuevo año.

Acababa de regresar de hacer las últimas compras con Patro para la Nochevieja cuando sonó el teléfono.

Soltó el bolso y descolgó mientras se afanaba en quitarse a la vez el abrigo.

—Qué ganas tenía de escucharte —dijo una voz emocionada a través del auricular.

Lucía se quedó parada durante unos segundos hasta que la incredulidad le hizo arrugar el entrecejo al hablar.

—No me puedo creer que seas tú. ¿Cuánto tiempo hace que…?

—Siete años. Hace siete años y ocho meses que no nos vemos. Pero poco después de que te marcharas, te llamamos Adri y yo desde la cabina que hay al lado de la editorial. ¿Te acuerdas?

—Claro que sí. Me dio mucha alegría. Igual que ahora. Ha sido una sorpresa maravillosa, Paqui. ¿Cómo estás? Le pregunto mucho a Adrián por ti y sé que las cosas te van bien.

—Sí y yo también sé de ti por él. Desde que se estableció por su cuenta, ya no hablamos tan a menudo, pero sí que nos llamamos de vez en cuando. Es un buen muchacho y me alegro de seguir siendo su amiga.

—Los dos sois estupendos. Me gustaba ver vuestra complicidad, como si fuerais hermanos. Me hubiera dado mucha pena que se perdiera esa amistad.

—Me acuerdo muchas veces de aquello, ¿sabes? De cuando se supo lo vuestro y yo no os acepté. Me siento muy culpable por mi comportamiento.

—¿Qué dices, boba? Era comprensible, la educación recibida pesa mucho. Pero luego reaccionaste bien y aquí estás.

—Sí. Hace tiempo que quería llamarte, pero no tenía tu número, solo el de la casa de tus padres y no quería molestarles. Ayer tomé un café con Adri y me pasó tu contacto. Tenía muchas ganas de hablar contigo después de tantos años.

—Pues me has dado una gran alegría, Paqui —afirmó sonriendo con el corazón saturado de recuerdos—. ¿Todo bien en el trabajo? ¿Cómo están tus niños?

—En la editorial muy bien, no me puedo quejar. Mis niños ya no lo son tanto. Y el mayor… ya te contaré. Por cierto, me alegré mucho al saber que por fin habías cumplido tu sueño de ser profesora.

—Sí, he pasado unos años bonitos en un colegio y desde el curso pasado estoy en un instituto.

—Qué bien. También me ha contado tu Errol Flynn que tienes novia.

—Bueno, novia novia… De momento solo es una mujer con la que he empezado a salir.

—Seguro que es tan guapa como tú. Ojalá os vaya bien. Y, oye, si cuaja… espero que vengáis a hacerme una visita. Me encantaría conocerla.

—Claro que sí, bonita. Pero cuéntame sobre ti. También tengo entendido que encontraste a un hombre fantástico.

—Eso creía yo, Lucía —dijo con tono lastimero.

—No me digas que te ha salido rana como tu marido.

—¡Peor! Parecía el compañero perfecto hasta que ha pasado lo de mi hijo.

—¿Qué ocurre? ¿Está bien?

—Sí, Leo está feliz y con una salud de hierro.

—¿Y entonces?

—Ay, Lucía, que eso me pasa por hablar… Hace unos días, cuando cumplió los quince, me dijo que le gustaban los chicos. Claro, ahora entiendo por qué le robaba a su hermana posters de cantantes y actores guaperas. Yo pensaba que lo hacía para fastidiarla.

Lucía sonrió imaginando su cara de circunstancias. A pesar de que años atrás había acabado aceptando la condición de Adrián, Tito y Lucía, no debía haber sido fácil para ella asumir que su propio hijo se hubiera confesado homosexual.

—No pasa nada, Paqui, no es ningún drama.

—No. No lo es. Que nadie se atreva a decirme que mi cachorro es un degenerado —dijo con rotundidad provocando que la sonrisa de Lucía se ampliara—.

Vamos, es que lo mando a la mierda como he mandado al imbécil de mi novio.

Pues no me dice que eche de casa a mi hijo, que no va a admitir a un maricón en la familia…

Vamos vamos… Y pensar que yo he llegado a pensar igual que ese desgraciado…

—Por suerte ahora lo ves de una manera distinta. Pero vas a tener que ser fuerte, Paqui. Te tocará afrontar situaciones que no son agradables.

—Lo sé. Mi hijo es de sangre caliente, muy extrovertido, y dice que no se quiere esconder. Mi padre lo va a repudiar en cuanto se entere.

—Bueno, a lo mejor te sorprende. A fin de cuentas, es su nieto.

—Te aseguro que no será así. El muy loco lo quiere decir esta noche en la cena. Se va a armar una buena.

—Es muy valiente, pero te va a necesitar.

—Y me va a tener, Lucía. Ahora entiendo muchas cosas que me dijiste aquel día.

Leo sigue siendo el mismo chico que era hace tres días.

Divertido, amante de la música, mal estudiante, protector conmigo y con su hermana…

No cambia nada el hecho de que quiera tener novio o novia.

Sigue siendo la misma persona. ¿Por qué tiene que importarle a la gente con quién se quiera acostar?

—Así debería ser, Paqui. Me encantaría decirte que todo va a ser fácil y bonito, pero sabes que no va a ser así.

—Lo sé.

—Eso no significa que no haya personas maravillosas que miren su interior y no quién hay en su cama. Por suerte, los tiempos van cambiando.

—Sí, en estos años Madrid se ha modernizado. La movida lo ha cambiado todo y se respira más libertad. Pero mi familia es como es.

—Seguro que te llevas una sorpresa y esta noche no solo encontráis rechazo —trató de animarla.

—Ojalá. Pero si no fuera así, volveremos a casa los tres la mar de orgullosos. Mi hija se lo ha tomado medio a broma, no para de reírse, pero para bien. Veo algo bonito en sus ojos cuando mira a su hermano.

—Hay esperanza, Paqui.

—Sí, quiero pensar que sí. Perdóname, Lucía —añadió tras permanecer callada un instante.

—¿Por qué?

—Te dije cosas muy feas cuando supe que tú eras así.

—No pienses más en eso. Se me olvidó todo tras aquel abrazo de despedida.

—Sé que han pasado muchos años, pero no quisiera que aquella despedida fuera definitiva. Si alguna vez vuelves a Madrid, ¿me avisarás?

—Claro que sí, Paqui. Me encantará volver a verte.

Lucía dejó que una tierna sonrisa acaparara sus labios mientras continuaba escuchando cómo su antigua compañera la ponía al día sobre su vida con su habitual desparpajo.

Le gustó descubrir su evolución y saber que aún podía considerarla su amiga, pese a la distancia y los desencuentros del pasado.

Los tiempos estaban cambiando. Sí, había esperanza.