Ella (Corazón de Pantera nº 5) 35 #3
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—Sabes que eso no es fácil de controlar.

—Pues si no podía, lo mínimo que podría haber hecho es ser honesta. Apartarse, decírmelo… No sé, podría haber hecho mil cosas antes de enredarme con mentiras —dijo volviendo a bajar el tono y dejándose alcanzar de nuevo por una inmensa tristeza.

—No te puedo quitar la razón. Sé que su amor por ti no debería justificarlo todo, pero te juro que Tina no es mala persona y que nada de lo que ha hecho ha sido con mala intención o con ánimo de tomarte el pelo. Dale un buen escarmiento, pero no rompas esa amistad con ella —rogó Ángel.

—Me pides demasiado. No puedo ser amiga de una persona en la que no confío —sentenció mirándolo a los ojos.

—Tina es lo que más quiero en mi vida —confesó el fotógrafo tras un momento de silencio.

—No te equivoques, Ángel, yo también la quiero.

No me ha dado tiempo en… —consultó el reloj— seis horas de dejar de quererla.

Y admito que es encantadora, que me ha fascinado ver su evolución y que me parece admirable en muchos sentidos.

Pero me ha herido, no te imaginas cuánto, y no me siento capaz de continuar una amistad con ella.

Seguiré siendo su profesora y su tutora, si necesita algo respecto a los estudios me tendrá, pero a nivel personal no. Lo siento.

Ángel la miró un momento antes de dejar que la vista se desplomara hacia el suelo.

Lucía estaba tan apenada como él. Le destrozaba la tristeza resignada de su amigo tanto como su propia amargura.

Y tanto como el dolor que suponía que debía estar sintiendo Tina.

Pero la decepción imperaba y decidió que debía mantenerse íntegra.

Mirando a Ángel, supo que tenía que ser fuerte y no caer en un sentimiento de culpabilidad que no le pertenecía.

Estaba siendo dura, pero, a fin de cuentas, el conflicto que hería a los tres lo había provocado la propia Tina con sus mentiras.

Pero Ángel no era responsable de nada y necesitó ofrecerle una caricia de consuelo que él agradeció con un gesto dulce y sincero.

—Tú y yo siempre hemos tenido una relación cordial y yo estaría encantada de mantenerla. Sé que Tina fue lo que nos conectó y que ahora va a ser todo diferente. Pero si alguna vez quieres hablar conmigo, no me negaré —aseguró Lucía.

—Me alegra saberlo porque realmente siento aprecio por ti, aunque con lo que de verdad soñaba era con ser tu joven suegro de cuarenta y un años —dijo con la voz rota haciendo sonreír a Lucía.

—Me tengo que ir, Ángel. He de corregir exámenes y preparar otros. No he podido centrarme en toda la tarde y necesito adelantar.

—Claro. Gracias por venir y ya sabes dónde estoy si necesitas algo.

—Por supuesto. Tú también tienes mi número. Llámame cuando quieras.

Lucía se levantó y su amigo hizo lo propio. Cruzaron una última mirada y se despidieron con un abrazo tan corto como cálido. Comenzó a caminar dejando a Ángel apuntalado con tristeza a aquel rincón del parque, oscuro como la noche, mientras trataba de desprenderse de su propia congoja.

Unos minutos después, llegó a su piso, se enclaustró en el estudio e intentó centrarse en el trabajo durante un par de horas antes de rendirse.

Acababa de acostarse cuando se sorprendió rozándose los labios con la yema de sus dedos.

Pese a todo, Tina seguía allí. Cerró los ojos con fuerza y rabia, pero no consiguió dormir.

***

Se levantó con decisión, pese al cansancio provocado por el insomnio.

Su estado de ánimo tampoco era el mejor y las dudas sobre lo que pasaría unos minutos después, cuando viera a Tina en clase, no la dejaban razonar.

La presión en el pecho le cortaba la respiración, pero no iba a dejar que su vida se paralizara.

Se arregló como cualquier otro día y entró en el instituto sin titubeos.

Las bromas de Sara y la energía de Miriam le ayudaron a reconectar con su cotidianeidad, pero fue Vicky quien acaparó su atención en cuanto entró en la sala de profesores.

—¿Dónde te metiste ayer? Desapareciste de repente —dijo aprovechando que no había nadie alrededor escuchando.

—Me entretuve hablando con una alumna y se hizo tarde —respondió con naturalidad.

—Te estuve esperando. Y a eso de las nueve, te llamé a tu casa y no me lo cogiste —añadió cruzando los brazos.

—No me digas que me echabas de menos. Pareces una adolescente o la protagonista de un folletín —replicó con ironía.

—¿En serio me dices eso? ¿No crees que estás sacando de contexto mis palabras?

Lucía trató de disimular un suspiro, la miró y, por un momento, no supo qué debía sentir.

—Perdóname, no he dormido bien.

—Disculpas aceptadas, pero no trates de engañarme. Ya ayer en el segundo recreo te vi rara, casi no me hablaste.

—No sé, Vicky…

—De verdad, espero que no te molestara hasta ese extremo lo que habíamos hablado antes sobre nuestra relación.

—No le demos más vueltas. Siempre me tenso de más durante la época de exámenes. Vas a tener que aguantarme con paciencia.

—Está bien, no te quiero agobiar. Me voy a clase —anunció con absoluta frialdad antes de desaparecer de la sala.

Lucía la vio marchar mientras sacaba, de manera mecánica, unos libros de su maletín.

Era el momento de subir a impartir su asignatura a un grupo de primero antes de enfrentarse, una hora después, al reencuentro con Tina.

Se esforzó en desempeñar su trabajo olvidando la inquietud que le bullía por dentro, pero, en cuanto entró en el aula de COU C, el nerviosismo se le desató.

Pronto se dio cuenta de que Tina buscaba su mirada con miedo desde el fondo de la clase.

Había abandonado el pupitre de la primera fila en el que Lucía la obligaba a sentarse y esta decidió dejarlo pasar.

Como también decidió ignorar la incertidumbre de sus ojos y su propia aflicción.

Se cubrió con un escudo de dureza y optó por continuar con su vida, pasando página y olvidando todo lo sentido, vivido y compartido con ella. Tina era ya historia.

Al final de la mañana, llegó a su piso agotada por el cansancio y la presión.

Había sido su peor día desde que formaba parte del claustro del instituto.

Consiguió picar algo a duras penas y se derrumbó en el sofá mientras dejaba pasar el tiempo.

Una hora después, cuando calculó que Lola y Pilar ya estaban en casa, se incorporó y marcó su número de teléfono.

—¿Cómo está mi querida tita? —preguntó al escuchar a Lola al otro lado.

—Me da la sensación de que mejor que tú.

—¿Por qué dices eso?

—Porque conozco ese tono de voz y sé que estás mohína. Me lo confirma que te dirijas a mí con cariñitos.

—Qué tonta eres —bromeó con sonrisa triste—. Me gustaría hablar con vosotras. ¿Vais a estar en casa?

—Si te conformas conmigo… Pilar se ha tenido que ir al hospital, su padre está enfermo.

—No me digas. ¿Es grave?

—Entre tú y yo, creo que no saldrá de esta, por lo que me ha contado. Tiene noventa y tres años, ya veremos…

—Vaya, lo siento. Sé que no tiene una relación demasiado cercana con él, pero me duele que lo pase mal.

—Y a mí. Me hubiera gustado acompañarla, pero sabes que no puedo aparecer por allí. Soy un tema tabú en su familia.

—Qué injusto me parece.

—Bueno —elevó la voz para romper con el dramatismo del momento—, ¿vienes entonces y charlamos tomando un café?

—Sí, llego en seguida.

Quince minutos más tarde, Lola recibía a Lucía con una taza en la mano.

—No sé cómo puedes tomar café a estas horas —dijo la profesora.

—No me afecta. Pero, tranquila, para ti tengo descafeinado y algún que otro hierbajo. ¿Qué prefieres?

—Mejor hierbajos —contestó sonriendo.

Tras pasar por la cocina para preparar una infusión, las dos se acomodaron en el sofá de la salita. Lola apagó el televisor para que el ruido no las distrajera y quedó a la espera de que su amiga le ofreciera una explicación.

—¿Te acuerdas de Tina?

Al escucharla, Lola reaccionó casi escupiendo el café.

—Espero que se trate de una pregunta retórica. No estoy tan gagá como para haberla olvidado.

Lucía rio ante la brusquedad de su respuesta y le acarició con cariño el hombro antes de continuar hablando.

—Hace justo un año que comenzó a decirme que ya no estaba interesada en mí.

—Sí, lo recuerdo. Aunque nunca me quedó claro si te parecía bien o mal.

—¿Qué dices, Lola? Era lo correcto, debía ser así.

—Bueno, pero sé que, aunque lo negaras, te entristeció. Solo hay que acordarse de la Nochevieja.

—No me hables de eso, por favor.

—Está bien —aceptó soltando la taza ya vacía—. Pero, venga, cuéntame qué problema hay ahora para que estés así.

—Me estaba engañando, tita.

—¿A qué te refieres?

—Ha seguido enamorada de mí todo este tiempo.

—¿De veras? —preguntó exhibiendo una media sonrisa que Lucía no acabó de entender—. ¿Y cómo lo has sabido? ¿Te lo ha confesado ella?

—Sí. Ha sido un mazazo. Pensaba que todo estaba claro entre nosotras. Pero me estaba mintiendo.

—Bueno, hay que entenderla. Si sus sentimientos son sinceros, es normal que no se le esfumaran de la noche a la mañana.

—Lola, eso lo puedo comprender, pero no le da derecho a mentirme y a manipularme. Y menos aún a tener la osadía de besarme.

—Espera, espera… ¿te ha besado?

—Sí y no se lo voy a perdonar en la vida.

La decepción de Lucía pasó a un segundo plano cuando Lola comenzó a reír y a aplaudir.

—¡Qué ovarios tiene! ¡Esa es mi chica!

—Pero ¿qué estás diciendo? ¿Cómo puedes aprobar algo así? Espera un momento… ¿Es que tú sabías algo? —preguntó indignada.

A Lola se le apagó la risa, tosió un par de veces y se enfrentó a la furia de Lucía.

—Bueno, sí. Ya sabes que hicimos buenas migas en Villaluz.

—¿Y te lo contó? O sea, ¿tú sabías que Tina me seguía queriendo y me lo has ocultado?

—A ver… me pidió que le guardara el secreto.