35 #2
—Tina, esto forma parte del pasado —aseguró sin saber si trataba de convencerla a ella o a sí misma.
—Quizá para ti sí. Para mí es un presente muy doloroso —confesó la chica temblando.
—¿Qué me estás queriendo decir? —preguntó entornando los ojos.
—Que te quiero, Lucía, que te amo con toda mi alma.
Las palabras de Tina penetraron en su mente y la hicieron estallar como un disparo. Lucía solo supo reaccionar alejándose unos metros e inspirando profundamente para intentar recomponerse. Con una tensión en el pecho que no podía explicar, volvió a encararse con ella.
—Me aseguraste que ya no me querías, Tina. Una vez, dos, mil veces —le reprochó elevando el tono.
—Te mentí. Era la única forma de estar contigo —admitió derrotada ante el rigor de la profesora.
Lucía cabeceó con sonrisa irónica mientras caminaba de manera desordenada por el aula.
La incredulidad no la dejaba pensar con claridad y le daba terror enfrentarse a las explicaciones de Tina.
Por fin, se armó de valor, se puso de nuevo ante ella y la obligó a mirarla a los ojos levantándole el mentón.
—Me dijiste que sentías algo por Raquel.
Tina se limitó a negar con la cabeza en silencio.
—¿Y Maribel?
—No existe.
—No me lo puedo creer.
Lucía notó que esa verdad que se había empeñado en perseguir se revolvía contra ella con violencia. Tina, apesadumbrada, rehuía su mirada. En su rostro había una mezcla de culpa y miedo insoportable. Lucía la forzó a levantar la cabeza de nuevo.
—Llevas un año mintiéndome, jugando con mis sentimientos. ¿Qué clase de persona eres? Tina, te metí en mi cama.
—Aquella noche en Villaluz no te toqué —aclaró la joven mientras Lucía volvía a poner distancia entre las dos y rompía a llorar—. Siempre te he respetado.
—¿A esto llamas tú respeto? ¿A engañar a alguien que confiaba ciegamente en ti?
Durante unos segundos, imperó el silencio.
Lucía se movía por el aula tratando de respirar y de detener el llanto.
Mientras, Tina, acongojada, se debatía entre desaparecer y ofrecerle una disculpa que intuía que iba a ser inútil.
Cuando encontró la calma suficiente, Lucía volvió a acercarse a la chica.
—¿Por qué has escrito esto ahora? —preguntó con el examen arrugado en la mano.
—Ya no podía más. Te he estado viendo con Vicky y he perdido la cabeza —contestó casi sin voz.
—Claro, ahora lo entiendo todo. Por eso estabas tan rara. Y ahora vas y sacrificas nuestra amistad por un ataque de celos.
La dura recriminación invitó a Tina a bajar la cabeza y a cerrar los ojos como si tratara de que el conflicto desapareciera por arte de magia. Pero Lucía continuaba frente a ella, pidiéndole cuentas y obligándola a enfrentarse a la incómoda realidad.
—¿No tienes nada más que decir? —reiteró.
Tina esperó unos segundos antes de reunir la valentía para buscar su mirada.
Pero sus ojos no llegaron a encontrarse con los de Lucía.
A mitad de camino, se detuvieron hasta quedar anclados en la contemplación de su boca.
Y entonces, ante la sorpresa de Lucía, Tina la besó.
Le había dado la sensación de que la chica había actuado a la velocidad de un rayo, pero no fue así.
Tina se había aproximado con la decisión de quien, rendido, se arroja para siempre al mar, pero el movimiento se había producido como a cámara lenta.
Lucía se quedó parada notando la suavidad de los labios de Tina sobre los suyos.
Por un momento se sintió como si no fuera ella quien estuviera allí, como si volviera a ser la protagonista de un sueño del pasado, cuando aún dudaba de hasta dónde llegaba su atracción por Tina.
El miedo la hizo despertar de repente y se apartó de la chica.
—No deberías haber hecho eso. Tú y yo hemos terminado.
Tras anunciar su sentencia, Lucía cogió su maletín y salió precipitadamente del aula, con las mejillas bañadas en lágrimas y los labios encendidos.
***
A las cinco de la tarde, el plato continuaba intacto sobre la mesa mientras Lucía permanecía tumbada sin ánimo en el sofá.
Había llegado a casa esforzándose en creer que se encontraba furiosa y no triste.
Solo al cerrar la puerta tras de sí, había caído en la cuenta de que ni siquiera había buscado a Vicky para despedirse de ella.
En su mente solo había espacio para Tina y para la insoportable decepción.
De manera mecánica y presa de esa rabia que estaba convencida de sentir, había calentado un poco del estofado que su madre le había preparado el día anterior, pero no había sido capaz de probar bocado. Se había recostado un momento para descansar y el dolor le había caído encima como una losa.
Llevaba una hora llorando sin cesar. Por más que luchaba contra ello, no podía detener el llanto, causado por el desencanto y también por la tristeza de haber perdido a Tina.
Porque, pese al enfado por su actitud, lo que más le hería era sentir que esa criatura a la que tanto quería ya no estaba, que era otra, alguien que no había dudado en engañarla día tras día.
No soportaba saberse manipulada como había sucedido con Alicia.
Estaba convencida de que Tina era diferente y había resultado ser igual que ella.
Se incorporó al escuchar el timbre del teléfono. Se enjugó las lágrimas, carraspeó un segundo y contestó mientras luchaba por disimular la fragilidad de su voz.
—Buenas tardes, Lucía —escuchó al otro lado y cerró los ojos sabiendo el motivo de la llamada.
—Hola, Ángel.
—Me gustaría hablar contigo —pidió en un tono tan bajo que a Lucía ya no le cupo ninguna duda de que conocía lo ocurrido.
—No es el mejor momento —deslizó entre sollozos.
—Entiendo. De verdad, lo entiendo. Pero ¿podemos vernos más tarde?
—Tengo muchas cosas que hacer —se excusó.
—Ya, yo también acabo de abrir la tienda y, ahora que viene Navidad, tengo más trabajo. Pero podríamos charlar un momento al final de la tarde, si te parece bien —insistió el fotógrafo—. No te robaré mucho tiempo.
—Está bien, Ángel.
—¿Quedamos a las nueve? Podemos encontrarnos en el parque de San Ginés, que está cerca de tu casa, así te molestaré lo mínimo posible.
—Ahí estaré.
—Gracias.
Ni siquiera hubo despedida. Los dos se limitaron a colgar derrotados por la misma tristeza porque, en el fondo, sabían que esa conversación no iba a servir para nada.
Durante las siguientes horas, Lucía se dedicó a vagar por su casa sin conseguir hacer nada.
Entre lágrimas, se había encerrado en su estudio intentando corregir exámenes y focalizarse en su trabajo, pero había resultado inútil.
El recuerdo de Tina era como un punzón atravesado en el mismo centro de su corazón.
Permaneció toda la tarde en aquel lugar, meciéndose en su propia pena, hasta que miró el reloj, vio que faltaban pocos minutos para la hora acordada y salió al encuentro de Ángel.
El frío intenso la acompañó hasta el parque y, al ver a su amigo esperándola con cara de circunstancias, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no volver a llorar. A modo de saludo, se sonrieron con amargura antes de compartir un beso lleno de afecto. Ambos estaban tan tensos que les costaba hablar.
—¿Nos sentamos ahí? —propuso Ángel rompiendo el silencio mientras señalaba un banco cercano.
Lucía aceptó con un gesto y se acomodó en el gélido asiento de piedra.
—Supongo que estás al tanto de lo que ha pasado —acertó a verbalizar tras unos segundos.
—Sí. Tina ha venido a verme derrumbada y me lo ha contado —dijo el fotógrafo.
—Ángel, ¿eres consciente del daño que me ha hecho?
—Puedo imaginarlo, pero tienes que entenderla. Es muy joven y no ha sabido gestionar lo que le está pasando —trató de defenderla Ángel.
—¿Tú lo sabías?
—¿El qué? ¿Que te quiere? Lo supe hace unos meses. A mí también intentó engañarme, pero supongo que la conozco mejor que tú —comentó con una leve sonrisa de padre orgulloso.
—¿Por qué no me lo dijiste? Tenía derecho a saberlo —dijo y no pudo evitar que sus palabras sonaran a recriminación.
—Lucía, para mí no ha sido fácil entender que se había enamorado de verdad.
Quería pensar que era algo pasajero, una niñería.
Lo último que quería aceptar era que estuviera sintiendo algo real que le pudiera doler tanto —explicó—.
Tu amistad, tu cariño, eran su salvavidas, lo único a lo que se agarraba para no hundirse.
Yo no podía ir a decirte lo que había para que te perdiera.
Lucía escuchó sus razonamientos y, aunque podía comprenderlo, sentía que el instinto protector de Ángel no podía justificarlo todo.
No quería descubrir que también su amigo le había fallado ocultándole la verdad.
Antes de que pudiera profundizar en sus cavilaciones, él continuó hablándole.
A Lucía le volvió a impresionar el tono suplicante con que se dirigió a ella.
—Quería hablar contigo para rogarte que no le des de lado. Entiendo que estás enfadada, pero piensa en su situación, es una cría intentando sobrellevar un amor de adulto.
—No estoy enfadada, Ángel. Estoy dolida, decepcionada —añadió notando cómo se le humedecían los ojos—.
Me he volcado en ella, la he dejado entrar en mi vida, la he adorado y me lo ha pagado con engaños y mentiras.
Joder, que hasta se ha inventado a una persona a la que usó como excusa para ir a buscarme a Villaluz.
¿Sabes cuántas historias falsas me ha contado?
¿Cómo puedo saber lo que hay de verdad en tu hija?
—¿Y qué querías que hiciera? Le pediste que nunca volviera a hablarte de sus sentimientos —dijo a la desesperada y Lucía se molestó al sentirse, en cierto modo, acusada.
—Perdona, pero creo que hay una diferencia entre no hablar de algo e inventar mentiras —objetó con dureza—.
Además, no se trataba de ocultar un sentimiento, se trataba de reconducirlo, de convertirlo en otro más inocuo.
Para empezar, por su bien, porque no quería que sufriera.
Y después, para que no afectara a la amistad que estaba naciendo entre las dos, que era preciosa, de verdad, Ángel.