35
Lucía encaró una nueva semana que se adivinaba intensa.
La época de exámenes había llegado en un momento en que sus emociones se debatían entre las chispas por Vicky y la desazón por Tina.
El comienzo de relación con su compañera le parecía prometedor, aunque echaba en falta algo más de efervescencia.
Mientras tanto, el miedo por lo que le pudiera suceder a Tina le hería mucho más de lo que quería admitir.
Por un momento le molestó que ese sentimiento fuera más profundo que el naciente por Vicky.
¿Por qué continuaba teniendo la sensación de que lo relativo a Tina prevalecía sobre todo lo demás?
Entró en la sala de profesores y habló con Miguel Cózar mientras miraba por el rabillo del ojo a Vicky. Esta le sonrió sutilmente y se marchó a clase. Lucía hizo lo propio tras despedirse del jefe de estudios.
Un par de horas después, se reencontró con Vicky en la cafetería durante el primer recreo.
—Antes de que vengan los demás y no nos dejen hablar a solas, cuéntame cómo estás —quiso saber Lucía.
—Bien —contestó arrugando un tanto las cejas en señal de sorpresa.
—Bueno, te lo decía por conocer tu nivel de satisfacción y de ilusión —matizó dándose cuenta de su fría reacción.
—¿Hablas de nuestras citas de este fin de semana?
—Claro.
—Pues… no sé, ¿acaso no me viste bien mientras estábamos juntas?
—Sí, pero…
Lucía decidió no continuar. A veces Vicky le parecía demasiado seria, como si su parte emocional solo se destapara en el momento del acto sexual. Era como si el interés tras conseguir llevarla a la cama se hubiera difuminado o convertido en algo más rutinario.
—Perdona, ¿te ha decepcionado mi respuesta? —preguntó la pelirroja.
—Te podría decir que no para quedar bien, pero, sí, esperaba verte más ilusionada. Lo parecías hasta el viernes pasado, cuando fuimos a tu casa.
—A ver, Lucía. La relación continúa. Hemos disfrutado y seguiremos disfrutando, pero no somos dos adolescentes ni las protagonistas de un folletín. Hay que tener calma y más aquí. ¿Acaso no has protegido siempre tu vida íntima en el instituto?
—Sí, y eso no te importó para tirarme los tejos descaradamente.
Vicky rio tras dar un sorbo a su café, corto y amargo.
—Lucía, eso forma parte de la seducción, de la conquista. ¿No te ha parecido excitante?
—Sí. Pero no me quiero sentir como la pieza de caza, que una vez capturada ya no tiene interés ninguno.
—No seas exagerada. La próxima noche que hagamos el amor desaparecerán tus dudas.
Lucía quiso preguntarle si esas dudas volverían a aparecer en cuanto salieran de entre las sábanas, pero la llegada de otros compañeros puso fin a la charla.
Entonces, mientras degustaba su tentempié escuchando conversaciones ajenas, recordó las palabras de Lola y dejó escapar una sonrisa irónica: «rígida como el palo de una escoba».
Terminó el recreo y se dirigió al piso superior sin dejar de pensar en las rarezas de Vicky y con la incertidumbre de qué versión de Tina encontraría una hora después, cuando acudiera a su aula.
Trató de olvidarlo todo para centrarse en su trabajo con el grupo de tercero, pero al sonar el timbre que marcaba el final de la clase, ya solo pudo pensar en Tina.
Se dirigió hacia COU C tras despejar las dudas de un alumno y entonces la vio en el pasillo, junto a la puerta de su aula.
Parecía que la esperaba y Lucía sintió un pellizco al saludarla.
En su rostro encontró una expresión indescifrable.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí, estoy tensa por los exámenes —contestó y Lucía supo que, una vez más, le mentía.
Entraron en clase y, mientras Tina se colocaba en su pupitre de la primera fila, Lucía buscó con la mirada a Sandra y le guiñó un ojo para infundirle ánimos, aunque sabía que no lo necesitaba. En teoría, las dos debían sacar una buena nota.
Repartió los formularios y se dedicó a vigilar a los chicos, concentrados en hacer bien el examen.
El silencio, solo interrumpido por alguna tos y por el volteo de algún folio, la invitó a cavilar sobre los frentes que tenía abiertos.
En algún momento, Vicky asomó entre sus pensamientos, pero su imagen se difuminó rápidamente para dar paso a la inquietud por Tina.
De tanto en tanto, la miraba y le tranquilizaba ver en su rostro algo bastante parecido a la relajación de la que siempre hacía gala durante los exámenes de Francés.
Pero, cuando ya estaba terminando la hora, le preocupó ver cómo Tina levantaba la cabeza y respiraba con ansiedad.
Lucía pudo comprobar que estaba encarando el último punto del examen, ese en el que pedía a los alumnos que describieran en una simple frase la familia, la amistad y el amor.
Tina pareció llenarse de dudas, se llevó un instante la mano al pecho y hasta le dio la sensación de que le costaba continuar con el ejercicio.
Era como si esa seguridad en sí misma se hubiera esfumado de repente.
Lucía se preguntó si se estaría enfrentando por primera vez a dificultades en su asignatura o si eso que llevaba tiempo perturbando su comportamiento también había conseguido descentrarla de los estudios.
Dos pitidos sutiles en el reloj de Lucía fueron la señal de que el tiempo para el examen había concluido y ella trató de ignorar a Tina durante un instante para volver a ser la profesora de todos.
—Chicos, hemos terminado. Dejad el bolígrafo en la mesa —indicó sonriendo por la reacción tan variada que solían tener los alumnos: caras de satisfacción, intercambio de gestos de agobio y algún que otro resoplido.
No pudo evitar volver a mirar a Tina mientras se dirigía a su pupitre para comenzar a recoger los exámenes.
Su bolígrafo acababa de caer al suelo y en su semblante se había instalado una expresión cercana al pánico.
Se dio cuenta de que, al verla llegar junto a ella, había sujetado con fuerza el examen con su mano.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Lucía extrañada.
—No puedo.
—¿Qué? —volvió a cuestionar sin entender nada.
Y entonces, Tina la sorprendió arrugando el papel que tenía aprisionado contra la mesa antes de levantarse, arrojar el examen a una papelera y desaparecer corriendo por el pasillo.
Lucía se quedó paralizada unos segundos hasta que reaccionó y continuó recogiendo los cuestionarios de los demás con el corazón compungido. Apenas dos minutos después, en el aula solo quedaban ella y Sandra, que se acercó extrañada.
—¿Te pasa algo?
Lucía entendió que la chica no había visto a Tina marcharse a la carrera.
—Nada, peque —contestó forzando una sonrisa—. Anda, ve a disfrutar del recreo.
—Sí, voy al baño y vuelvo a clase.
—¿Eso entiendes tú por disfrutar del recreo?
Sandra se limitó a encogerse de hombros.
—Voy a ver si encuentro a Tina —anunció antes de salir de la clase.
Lucía la vio marchar con la sonrisa amarga aún congelada en el rostro.
Derrotada por la actitud de Tina, se dejó caer en su silla y respiró profundamente.
¿Qué acababa de pasar? No podía ser que el examen le hubiera salido tan mal como para renunciar a presentarlo.
Debía ser otra cosa. Entonces, se giró hacia el pasillo y vio la papelera en la que Tina lo había tirado.
Se levantó, se asomó al interior del cubo y encontró la bola de papel reposando sobre folios rotos y diversos envoltorios.
Lo cogió con la esperanza de que contuviera alguna respuesta a sus muchas inquietudes y regresó a su mesa.
Volvió a inspirar mientras alisaba el folio y comenzó a jugar nerviosa con su bolígrafo, presionando compulsivamente el pulsador.
La punta aparecía y se retraía al mismo ritmo acelerado de su propio corazón, mientras Lucía buscaba con su mirada la parte final del examen, donde esperaba encontrar alguna explicación.
Sonrió con la frase sarcástica que había dedicado a su madre y también con la tierna con la que había descrito su amistad con Sandra.
Y entonces, al leer las últimas palabras, esas con las que definía lo que era para ella el amor, a Lucía se le cortó el aliento.
En un francés perfecto y con un trazo titubeante, Tina acababa de dinamitar su vida: «Búscame cuando cumplas los dieciocho».
***
A Lucía aún le temblaba el cuerpo cuando sonó el timbre de las tres.
Sus alumnos de primero B abandonaron el aula a toda prisa mientras ella recogía sus enseres y los introducía en el maletín.
Había tenido que disimular mucho durante el segundo recreo y esforzarse por impartir el resto de clases porque en su cabeza solo bullía la frase de Tina y el recuerdo de la noche en que se habían conocido.
Había intentado localizarla sin éxito y estaba dispuesta a no irse a casa hasta obtener una respuesta.
Así pues, aceleró sus pasos al salir al pasillo y se encaminó a COU C.
Muchos chicos, incluida Sandra, ya se habían marchado, pero las cosas de Tina aún seguían en su sitio.
Esperó a que la sala se vaciara y ocupó la mesa del profesor.
Extrajo de su cartera el examen deteriorado y sintió como si le quemara en las manos.
Sin saber por qué, había rodeado la incómoda frase con un círculo.
Era como si pretendiera exponerse sin escudo a ese peligro que amenazaba la estabilidad de su vida y que había preferido ignorar que pudiera seguir existiendo.
Pero era el momento de afrontarlo, de saber la verdad.
La planta superior del instituto se había quedado en completo silencio cuando Tina entró en el aula por fin. Se sorprendió al encontrar a Lucía esperándola y más aún cuando esta se aproximó mostrándole el examen.
—Dime que es una broma —le exigió con menos firmeza de la que le habría gustado.
Tina miró de soslayo el folio y agachó la cabeza. No fue capaz de articular ni una palabra.
—Dime qué significa esto —insistió Lucía endureciendo su voz.
—Ya sabes lo que significa —dijo con tristeza y cierta resignación.