34 #3
Las caricias de Vicky se intensificaron, así como los besos que repartió por todo su cuerpo. Antes de que se dieran cuenta, ya estaban las dos anudadas de nuevo en busca de un goce al que no querían poner fin.
Regresaron a la cama y Vicky se puso como objetivo devolver a Lucía el placer que unos minutos antes le había regalado.
Se empleó a fondo en lamer cada retazo de su piel, en susurrarle palabras ardientes y en aumentar la intensidad a medida que crecía su ansia.
Cuando percibió que el cuerpo de Lucía comenzaba a temblar, se hizo hueco entre sus muslos y acomodó con habilidad las dos vulvas hasta que los clítoris quedaron adheridos.
Lucía se encendió aún más al notar la dureza de Vicky en pleno contacto con la suya y dejó que su compañera los frotara, enfrentándolos en una lucha consistente en aguantar erguido hasta ganar la batalla.
A Lucía le gustó sentir el peso de su cuerpo, los pezones de Vicky clavados en sus propios pechos, el ritmo creciente de sus jadeos.
Notó que el orgasmo llegaba y volvió a aferrarse al trasero de su compañera para tratar de controlar el contacto.
Entonces la pelirroja se quedó quieta y fue Lucía la que se agitó, moviendo sus caderas, buscando que su pubis se llenara de la humedad de Vicky.
Unos segundos después, la última sacudida le arrancó un profundo gemido con el que trató de exhalar las dudas y la presión de los últimos meses.
Volvía a ser una mujer que disfrutaba de su sexualidad y de su juventud, y que iba a continuar afrontando con valentía la incertidumbre de su destino.
***
Despertó envuelta en el abrazo de Vicky y en una agradable sensación.
Había sido una noche larga en la que, después de mucho tiempo, había sentido que su amante la tenía en cuenta.
Y es que Vicky hacía gala de una generosidad de la que Marta carecía.
No se podía decir que no hubiera disfrutado durante su relación con la diseñadora, pero su forma de actuar era más impulsiva, menos delicada y, sobre todo, más egoísta.
Vicky era distinta. En la cama dejaba atrás esa versión fría y desconfiada, y se esforzaba por cumplir, con tanta pasión como sutileza, con la justicia del dar y recibir.
Vicky ronroneó al abrir los ojos y buscó el cuerpo cálido de Lucía para huir del frío. Esta quiso darle un beso y buscar un contacto más íntimo, pero Vicky la rechazó.
—¿Qué pasa? ¿No quieres darme los buenos días? —bromeó insistiendo en sus caricias.
—No me digas que te gusta hacerlo según te despiertas.
A Lucía le sorprendió su comentario.
—Pues… la verdad es que uno mañanero ayuda a encarar el día con optimismo —trató de justificarse con simpatía.
—A mí me parece antihigiénico —dijo con cierto desprecio.
Lucía arrugó el entrecejo desconcertada. ¿Dónde estaba la pasión y la entrega de unas horas antes?
—En serio, Lucía —añadió al ver su expresión de pasmo—. Así tal cual, con la boca pastosa, los fluidos, los sudores de la noche…
—¿Sudores? ¿Con el frío que hace?
—Bueno, no vamos a discutir. No me gusta hacerlo por la mañana y punto.
—Bien, es respetable —dijo Lucía poniendo fin a los mimos.
—Es que para eso está la noche —argumentó.
—Ahora me dirás que tampoco te gusta el de la siesta.
—Pues, perdona, pero me gusta ser una persona productiva y no perder el tiempo por la tarde.
—Ah, que tener un momento íntimo con tu pareja es perder el tiempo…
—¿Somos una pareja? —preguntó clavando su mirada en Lucía.
—Supongo que… no, no creo. Lo de la pareja lo decía en general, no por mí.
—Vaya, vaya. Me da que voy a ser la sustituta de esa Marta en cuanto a tu miedo al compromiso.
—No tengo miedo al compromiso. Es solo que prefiero ir sin prisas y comprometerme solo cuando me asegure de que es la mujer adecuada.
—¿Crees que yo no lo soy?
—Lo siento, Vicky, pero eso de que solo quieras sexo nocturno te quita muchos puntos —sonrió para dejarle claro que bromeaba y se levantó de un brinco de la cama.
—¿Te vas?
—Sí, tengo que hacer unas cosas en casa y luego iré a comer con mis padres. ¿Nos vemos esta noche?
—Claro.
—¿Qué te parece si salimos con mis amigas y así las conoces?
—Claro —repitió con menos entusiasmo.
En apenas cinco minutos, Lucía se vistió y se adecentó. Cogió su bolso y se acercó al lado del colchón donde permanecía Vicky.
—Te daría un beso, pero no quiero darte asquito —continuó bromeando.
—No digas eso.
—Me voy a casa a ducharme y a ocuparme de mis tareas.
—¿Y por qué no te duchas aquí?
—Porque yo también tengo mis manías y rituales. Además, no quiero llenarte el baño de mis sucios fluidos.
—Lucía, ahora te estás pasando y no me gusta ni un pelo.
—Te llamo después —dijo guiñándole un ojo para que dejara de preocuparse.
—Dime al menos que volverás otra noche.
Lucía le dio una palmada en una pierna, le regaló una última sonrisa y se marchó.
Unas horas después, volvieron a encontrarse para ir juntas a la tasca, donde las esperaban las amigas de Lucía.
Vicky la había recibido con un beso a escondidas y los ojos encendidos.
A Lucía no le cuadraba que pudiera cambiar tanto su comportamiento dependiendo de la hora del día.
Pero consideraba que era una persona lo suficientemente interesante como para seguir saliendo con ella y tratar de conocerla mejor.
Entraron en Casa Justo y Lucía le presentó a sus amigas.
Como siempre, Celeste fue la más efusiva, Pilar la saludó con amabilidad y Lola con la corrección justa.
Lucía se dio cuenta enseguida de que por parte de su querida tita había nacido un rechazo a primera vista.
Aun así, pasaron juntas una noche divertida que terminó con Vicky visitando la cama de Lucía.