Ella (Corazón de Pantera nº 5) 34 #2
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—Yo cumpliré dentro de dos meses los treinta y cuatro. Como esperabas, soy mayor, lo que me invita a darte sabios consejos —dijo antes de tomar un sorbo de vino.

—No nos llevamos tanto tiempo como para que te sientas con esa responsabilidad.

—¿Tus novias también eran mayores?

—Vicky, solo he tenido una novia —le recordó con cierto hastío—. En cualquier caso, era menor que yo y Marta también, aunque solo por unos meses.

—Te gustan más jóvenes —concluyó retrepándose y observándola fijamente.

—Es una simple casualidad. No habría cambiado nada si hubieran tenido unos años más que yo.

—¿Y escarceos ocasionales con mujeres mayores que tú, los has tenido?

—Encuentros ocasionales los he tenido con todo tipo de mujeres. Pero ¿por qué te preocupa?

—No me preocupa. Como tú dices, es simple curiosidad.

—Bien, pero no vamos a hablar de esas cosas aquí.

—¿Me vuelves a emplazar en el Pantera para esos temas?

Lucía le sonrió con intención y se mojó los labios con el vino.

—Me gusta este restaurante.

—¿Nunca habías estado? —se sorprendió Vicky.

—No.

—Es un lugar interesante. Yo vengo a menudo. Una vez al mes hacen degustación de comida internacional. Me encanta descubrir otros sabores y culturas. La última vez que vine a una de esas jornadas, estaba dedicada a la cocina libanesa. Fue toda una experiencia.

—Vaya, pues no me importaría probar.

—Te avisaré y vendremos juntas.

La charla se vio interrumpida por la llegada del camarero con una ensalada llena de matices y muy poco convencional.

Durante una hora, cenaron conversando de mil temas distintos.

Encontraron intereses comunes y navegaron con respeto entre las aristas de la disconformidad acerca de determinados asuntos.

También sobre las diferencias les valía la pena debatir.

Y hablaron sobre docencia y sobre arte y sobre lugares a los que viajar.

Había pasado un largo rato desde que la cena había terminado, cuando pidieron la cuenta.

—He estado muy a gusto —aseguró Lucía—. Pero no tenías por qué invitarme.

—Claro que sí. No lo he hecho porque sea mayor —bromeó—, sino porque era lo que habíamos acordado esta mañana.

—Está bien. Te invitaré luego a unas copas en el Pantera.

Vicky se inclinó un poco hacia adelante y bajó el tono de su voz.

—Había pensado que… podríamos no ir esta noche al Pantera.

—¿Y qué sugieres?

—Vivo muy cerca —se limitó a decir.

Lucía, por toda respuesta, le regaló una sonrisa y un profundo suspiro. Vicky volvió a arrasarla con la vehemencia de sus ojos oscuros. Sin mediar palabra, se levantaron y salieron del restaurante.

Una ráfaga de viento frío las sacudió nada más pisar la calle. Lucía se anudó la bufanda y comenzó a caminar junto a Vicky. Durante unos minutos se limitaron a mirarse, a dejar que sus brazos se rozaran como por azar. Solo el sonido de sus pasos rompía el silencio.

—Es aquí —anunció Vicky deteniéndose frente a un portal.

Lucía volvió a exhalar nerviosa mientras su acompañante sacaba las llaves del bolso y abría la puerta.

Acababan de entrar en el edificio cuando Vicky se enganchó de su cintura y renunció a encender la luz.

Ya entraba suficiente de las farolas de la calle y a ambas les gustó ese acercamiento en la penumbra.

—Qué ganas tengo de besarte —susurró Vicky.

Lucía respondió aproximándose al máximo y regalándole el ardor de su boca.

Pudo ver el estremecimiento de su compañera gracias al resplandor que escapaba por la ventanilla del ascensor, que las esperaba para conducirlas al destino de una noche que se había ido volviendo inevitable.

La pasión las trastornó por completo cuando se introdujeron en el pequeño habitáculo.

Tres pisos más arriba, lo abandonaron a duras penas y guardaron la compostura hasta que entraron en la intimidad del piso de Vicky.

Tras deshacerse de sus abrigos, sus labios volvieron a entregarse a un beso largo y húmedo mientras los dedos de Vicky corrían a curiosear bajo el suéter de Lucía.

También esta, llevada por el ímpetu, dejó que sus manos esquivaran la falda de Vicky, irrumpiendo en lugares prohibidos.

La pelirroja no pudo contener un gemido desesperado.

—Vamos a la cama —rogó poniendo distancia entre las dos.

Caminó hacia su habitación y Lucía la siguió pegándose a su cuerpo.

Ya en el dormitorio, Vicky se detuvo y se dejó abrazar desde atrás, vibrando al sentir el fuego de la lengua de Lucía en su cuello y la presión de sus manos en los pechos.

Se giró y se sorprendió al descubrir una sombra de duda en su rostro.

—¿Qué ocurre?

—Nada —aseguró Lucía.

Pero no era cierto. En medio de la excitación, Lucía se preguntaba si no estaba volviendo a equivocarse.

No quería estar con una mujer participando en juegos distintos, limitarse a disfrutar de su carne con diferentes pretensiones.

Vicky no era tan permisiva y resignada como Marta y, a pesar de que le gustaba mucho, no estaba segura de cumplir con sus expectativas.

Pero ¿qué podía hacer? ¿Cerciorarse de estar enamorada cada vez que necesitara saciar sus instintos por si la otra persona quería algo más que diversión?

Las dos eran lo suficientemente mayores como para asumir el riesgo y las consecuencias.

—¿Seguro? Te he visto algo raro en los ojos —se intranquilizó Vicky.

Lucía volvió a meter las manos por debajo de su falda, le bajó la braga y masajeó sus nalgas mientras volvía a besarla.

—No hagas caso a mis ojos, solo a mi boca —le susurró al oído.

Acto seguido, se dio prisa en desabotonarle la camisa y en terminar de quitarle la falda y la ropa interior.

Vicky tenía un cuerpo delgado y lechoso pero tentador, con unos pechos medianos coronados por dos espectaculares areolas rosadas.

No tardó en degustar sus pezones erectos, lamiéndolos con ganas y chupándolos como si tratara de amamantarse de ellos.

Un instante después, se sentó y, aprovechando que la cama era muy baja, atrajo la pelvis de Vicky hasta su cara y se abrió paso entre ese vello que dejaba de ser pelirrojo en su pubis.

Labios entre labios, lengua contra clítoris, boca conquistando su sexo con la fuerza del deseo y con la del miedo a darse cuenta de que no era Vicky con quien quería estar.

No debía pensar, solo sentir. Era una persona con inquietudes y dudas, con defectos incorregibles, pero, ante todo, era una mujer que necesitaba entregarse, vaciarse, explotar, sin cuestionarse nada.

Vicky disfrutaba de pie de la maravillosa sensación de ser devorada.

Sus dedos se anclaban al pelo de Lucía como si fueran el único asidero que la pudiera mantener en un estado de mínima cordura.

Si se soltaba, se volvería loca de placer, totalmente ajena al control de su propio cuerpo, de su propio ser.

Pero hubo un momento en que no pudo más.

La lengua maestra de Lucía la estaba desbaratando y las rodillas no iban a aguantar mucho más sin flaquear.

Antes de que la debilidad la hiciera caer, buscó la fortaleza necesaria para echar la cabeza de Lucía hacia atrás y después el resto del cuerpo.

Tras tumbarla boca arriba, se encaramó sobre ella volviendo a ofrecerle su sexo abierto, húmedo y caliente.

Lucía retomó su tarea mientras le acariciaba los senos, los costados, las caderas y cada centímetro de su piel.

Cuando Vicky, ya del todo desatada, comenzó a frotar la vulva contra su cara, Lucía intensificó la presión de sus manos en las nalgas de su compañera para que no quedara ni un resquicio entre la lengua de una y el clítoris de la otra.

Vicky notó llegar el orgasmo como un torrente, como una estampida de sensaciones llegadas a la vez desde todos los rincones de su cuerpo hasta el mismo centro de su sexo.

Intentó correrse con los ojos fijos en los de Lucía, pero le resultó imposible.

La convulsión fue demasiado intensa como para mantenerlos abiertos.

Tras el clímax, cayó rendida junto a Lucía, con la piel erizada y el corazón acelerado.

—Menudo comienzo —resopló y las dos rieron—. Me has atropellado.

—¿No te ha gustado? —dudó Lucía.

—Por Dios, ¡sí! —exclamó girándose hacia ella.

Vicky acarició el pecho de Lucía por encima de la ropa y la miró con sonrisa traviesa.

—¿Qué haces aún vestida?

—Esperar a que me desnudes.

—Lo siento, pero voy a hacer mucho más que desnudarte.

Vicky se incorporó, cogió a Lucía por las manos y tiró de ella para levantarla.

Con esmero y mirada felina, fue desprendiéndola de cada prenda hasta que no quedó ninguna sobre su piel.

Se detuvo a observarla y se relamió. Ya imaginaba que Lucía tenía un cuerpo bonito, pero no esperaba que al desvestirla fuera a encontrar tal espectáculo de belleza salvaje.

Y, no, esa belleza no estaba en la proporción de sus curvas ni en la prominencia de sus senos ni en el perfecto tono dorado de su piel.

Tampoco en sus sugerentes lunares ni en sus piernas definidas ni en su boca apabullante.

No. Era otra cosa. Algo que emanaba de ella, de sus ojos, de la profundidad de su alma.

Era algo que invitaba a abrazarla, a no dejar de mirarla.

A entregarle la vida sin pensarlo dos veces.

Vicky la contemplaba convencida de que ya no había salvación. Había caído en Lucía como quien cae en la más adictiva de las drogas.

—¿Te vas a quedar ahí mirando toda la noche? —preguntó Lucía casi en un susurro.

—Te aseguro que no.

Se acercó para acariciarla, ya sin tela de por medio, y Lucía sonrió al notar cómo apretaba más al palpar sus pechos.

Era consciente de que resultaban demasiado llamativos y le hacía gracia ver la excitación de sus amantes al enfrentarse a ellos por primera vez.

Entendía que era normal y no dejaba de gustarle, pero también soñaba con esa mujer que fuera capaz de ver algo más que unas tetas grandes.