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Fueron unos días de puente atípicos. Había pasado semanas esperándolo con ilusión y, en cambio, Lucía solo quería que terminara para volver a la rutina de sus clases.
Había salido un par de veces con su pandilla, pero, sobre todo, se había dedicado a descansar y a tratar de asimilar las malas sensaciones que le habían dejado tanto el arranque de irritabilidad de Vicky como la anterior espantada de Tina.
Precisamente, esta la sorprendió a primera hora de la mañana.
Cuando Lucía salió de casa con la hora justa para dirigirse al instituto, Tina la abordó y supo que había estado esperándola en la calle.
Justificó su comportamiento de unos días antes con turbias explicaciones y Lucía, una vez más, las aceptó sin ningún convencimiento.
Durante el trayecto, Tina puso de su parte en conversar como si todo estuviera bien, pero la profesora la conocía lo suficiente como para saber que no era cierto.
Unos minutos después, Lucía encontró a Vicky saliendo del despacho del director. No se había atrevido a llamarla en esos días tras su tibia despedida en la puerta del Pantera.
—Espero que ya estés mejor.
—Estaba bien, Lucía. Perdona si me dejé llevar por la impotencia. Tenía planes mejores para aquella noche —dijo sonriendo con picardía.
—No era un tren de esos que solo pasan una vez —comentó sumándose a su mirada traviesa.
—Me alegra saber que tendré otra oportunidad.
Lucía no contestó y las dos se limitaron a compartir un largo y cómplice silencio hasta que Vicky miró el reloj.
—Me voy a clase. Tú vas tarde.
—Tarde no, pero temprano tampoco. Nos vemos después —dijo antes de dirigirse a la sala de profesores.
Se dio prisa en dejar su abrigo y coger el material necesario para su primera clase.
Era su momento de sentirse segura como docente y olvidar durante unas horas los vaivenes de sus emociones.
Se entregó a lecciones, deberes y exámenes, y se alegró de volver a ver a la Tina risueña a la que tanto echaba de menos.
Le preocupaban sus cambios de humor, pero al menos valoraba sus esfuerzos y se le llenaba el alma al ver su versión desenfadada y bromista.
Su satisfacción fue en aumento al comprobar que su ánimo no decaía con el paso de los días.
El viernes, última jornada de aquella corta semana lectiva, Lucía entró en la cafetería para tomar algo rápido.
Una curva feliz acaparó sus labios al ver en una mesa del fondo a Tina y Sandra, dando cuenta de sendas palmeras de chocolate.
—¿Vosotras por aquí?
—¿Qué tiene de extraño? Estamos en el recreo —dijo Tina.
—Sí, pero tenéis la mala costumbre de permanecer en el aula durante los descansos.
—Hemos tenido un antojo —explicó Sandra con sonrisa nerviosa.
—Os vendrá bien para coger fuerzas. El lunes empieza vuestro curso con los exámenes. ¿Estáis estudiando?
Las chicas asintieron levemente con la cabeza antes de mirar al suelo.
—Ay, Dios, que os veo venir. No empecemos con los disgustos de las notas.
—En Francés vamos a sacar sobresaliente —aseguró Sandra.
—¿Y qué pasa con el resto de asignaturas?
—Educación Física no la vamos a suspender, te lo prometo —contestó Tina.
—¿Cómo que Educación Física? No hay Educación Física en COU.
Las dos estallaron en una carcajada y Lucía volteó los ojos con resignación antes de apartarse de ellas. Vicky acababa de aparecer y fue a sentarse a su lado tras pasar por la barra para pedir un té y un croissant.
—De verdad que nunca voy a entender el exceso de cordialidad que tienes con esas dos, sobre todo con la tal Tina —opinó aprovechando que aún estaban solas.
—Pues lamento que no lo entiendas, pero las quiero mucho. Son parte de mi vida y lo seguirán siendo cuando ya no sean mis alumnas. De hecho, no descarto que se unan a mi pandilla dentro de un tiempo.
Vicky reaccionó con una mueca indescifrable antes de levantarse para pedir un café solo.
—Hablando de tu pandilla —dijo al regresar—, ¿crees que me cogerán manía si hoy te invito a cenar?
—¿Y por qué iban a hacerlo?
—Porque, si aceptas, será la segunda vez que se queden sin tu compañía en una semana.
—Hay más días que peces en el mar, Vicky —aseveró sonriendo.
—¿Aceptas entonces?
—Claro. Me encantará cenar contigo.
Sus miradas volvieron a cruzarse con tanta intensidad que ambas se sobresaltaron ante la súbita aparición de Miriam. Un minuto después, ya estaban rodeadas de un nutrido grupo de profesores, lo que supuso el fin de su momento privado.
Estaba dando el último bocado a su croissant cuando Tina y Sandra pasaron por su lado para regresar a clase.
Sandra le dedicó un tímido aspaviento y su mejor sonrisa.
Tina, en cambio, casi no la miró. El rigor había vuelto a su rostro.
Lucía se dejó alcanzar por la última mirada ardiente y disimulada de Vicky, pero no sintió nada. Su corazón se había quedado frío.
***
Lucía terminó de acicalarse y se quedó observándose frente al espejo, como tratando de encontrar una respuesta mágica a través del cristal.
Había pasado la tarde inquieta, sintiendo que su vida comenzaba a tener un sabor agridulce.
Por un lado, estaba ilusionada por su cita con Vicky.
Esperaba que fuera tan agradable como la de la semana anterior, pero con un final menos abrupto.
Por otro lado, no se quitaba de la cabeza a Tina.
¿Por qué, de repente, había cambiado de talante, si diez minutos antes reía tomándole el pelo?
¿Por qué parecía que quería pagar con ella su malestar?
Porque, cuando la veía seria, triste o malhumorada, no se apartaba de Sandra, pero sí que daba la sensación de que era de ella de quien trataba de huir.
No había podido verla después, pero sabía que tampoco habría servido de mucho.
Lucía comenzaba a cansarse de insistir, de perseguirla sin obtener otra cosa que no fueran evasivas.
Dejó escapar un leve soplido, se puso su perfume y salió de casa.
La iluminación navideña trataba de contrarrestar el ambiente gélido de la noche.
Lucía sonrió y decidió acudir caminando al encuentro de Vicky.
Había quedado con ella en un restaurante del centro y pensó que le vendría bien pasear para coger aire y apartar a Tina de su mente.
Pocos minutos después llegó a su destino.
Un camarero la acompañó hasta la mesa que Vicky había reservado y se sentó a esperarla.
No había terminado de acomodarse cuando su compañera apareció.
Se sonrieron mientras se acercaba hasta su posición y Vicky le sorprendió aproximándose para darle un beso en la mejilla.
A Lucía se le agitó la respiración al percibir por primera vez el calor de los labios de Vicky en su rostro.
—¿Estás bien? —preguntó la profesora de Inglés al notar su nerviosismo.
—Sí, muy bien —contestó Lucía dejando que Vicky le tomara la mano por un instante aprovechando que nadie las veía.
—¿Te gusta el vino? ¿Tienes alguna predilección?
—No soy muy experta. Hace años, cuando vivía en Madrid, un amigo intentó instruirme, pero no consiguió aficionarme del todo. Soy más de cañas fresquitas.
—Te puedo recomendar uno muy bueno que tienen aquí. Aunque, ahora que lo pienso, no tomas alcohol.
—No te preocupes por eso. Estoy dejando el diclofenaco porque el tratamiento va haciendo efecto y ya no sufro tantos dolores. Así que pensaba aprovechar la llegada de las fiestas navideñas para volver a beber un poquito.
—¿Solo un poquito? ¿No quieres recuperar el tiempo perdido? —bromeó.
—No, quiero aprovechar para tomar menos alcohol a partir de ahora. Me he dado cuenta de que no es imprescindible excederse para pasarlo bien.
—Por supuesto. Hay cosas más importantes.
—Como la buena compañía —dijo dirigiendo a Vicky una mirada profunda.
La llegada del camarero rompió la intensidad del momento y las dos lanzaron al aire una sonrisa y un leve suspiro. Pidieron el vino que Vicky había elegido y aceptaron las sugerencias gastronómicas de la casa. A fin de cuentas, en aquella cena, justo eso, la cena, era lo que menos les importaba.
—Estás muy guapa esta noche —la halagó Vicky cuando volvieron a quedarse solas.
—Gracias —se ruborizó Lucía—. Tú lo estás siempre.
—¿Cuándo me enfado también?
Lucía sonrió y acarició su servilleta. Vicky se relamió entendiendo que dedicaba a la tela los mimos que en ese momento no podía regalarle a su piel. Compartieron otra mirada nerviosa y cómplice.
—No me gustó verte enfadada, pero sí el motivo de tu enfado.
—Me encantaría saber que tú también te quedaste con las ganas.
Lucía guardó silencio un instante. Sí, se podría decir que una semana atrás, durante su encuentro en el Pantera, estaba dispuesta a llegar hasta el final con Vicky.
De una manera sutil, se habían ido enredando durante tres meses y, muy en especial, aquella noche.
Pero cuando los planes cambiaron, no se dejó arrastrar por la misma frustración que su compañera.
Así pues, no sabía qué responder porque ni se había quedado con las ganas ni se había dejado de quedar.
—Habría estado bien rematar la noche sin asperezas —contestó finalmente con diplomacia.
El camarero regresó portando la botella de vino.
Se la mostró a Vicky, la abrió y le dio a probar una pequeña cantidad.
La pelirroja lo aprobó con un gesto y el hombre terminó de servir las dos copas.
Otro empleado del restaurante llegó en ese momento con una degustación de quesos y fiambres selectos.
—Anda, come algo antes de probar el vino —le recomendó Vicky—. No quiero que te siente mal. Has perdido la costumbre de beber.
—Por cierto, aún no me has dicho cuántos años tienes.
—¿Por qué se te ha ocurrido preguntarlo ahora? ¿Me consideras mayor por intentar cuidarte?
Lucía reaccionó a su cuestión con una risa escondida.
—Sueles ser muy atenta y eso me gusta. Nunca te lo he preguntado porque me da la sensación de que tenemos una edad similar y tampoco es algo que me preocupe. Solo era curiosidad. Yo tengo treinta y uno. Y medio —añadió.