33 #4
Lucía se puso nerviosa con la aproximación, pero se dejó querer. La mano de Vicky fue a parar a su cintura, desde donde se paseó sutilmente por su espalda antes de terminar reposada sobre el muslo de Lucía. Sus ojos rebosaban deseo.
—Empezando por asegurarme —continuó Vicky— de que tu última ex no aparece por aquí reclamándote.
—¿Te refieres a reclamarme como si fuera algo suyo?
—¿Acaso te molesta que me preocupe?
—Es que ninguna persona debería ser considerada propiedad de nadie, ¿no crees?
Vicky no contestó y se limitó a volver a escrutarla con intensidad.
Lucía jugó con su copa, paseando la yema del dedo por el borde.
Por un momento, las dos se miraron en silencio.
Después, comenzó a sonar una canción que le entusiasmaba y Lucía reaccionó desviando su atención de su acompañante.
Dejó que los ojos vagaran distraídos y acabó encontrando los de Ana, que la saludó desde la barra.
Todo parecía indicar que acababa de llegar y se había sentado en un taburete para hablar con Jandro, el socio de Tere.
Lucía le devolvió la sonrisa y lamentó que Ángel no estuviera con ella.
—De todas maneras —retomó su conversación con Vicky—, no sé hasta qué punto se puede decir que esa mujer era mi ex.
—¿Qué tipo de relación mantenías con ella?
—Pues una en la que había diversión, sexo y, en teoría, nada de compromiso.
—¿En teoría? Ya te veo venir: una quería solo cama y fiesta, y la otra algo más.
—Algo así.
—Y no es difícil adivinar que tú eras la que no quería ataduras.
Lucía volvió a tomar un trago de su Ginger Rogers antes de exhibir una media sonrisa irónica.
—No era la persona adecuada para atarse.
—¿Y cómo debería ser esa persona?
—Lo suficientemente especial como para que me guste sentirme atada por ella —dijo acompañando sus palabras con una sensual caída de ojos—. Valoro mucho la libertad y las relaciones sin obligaciones. Pero sé que tiene que llegar una mujer a mi vida de la que no me quiera despegar.
Vicky volvió a mirarla con interés mientras le acariciaba el pelo.
El momento tierno apenas duró unos segundos, los que su mano tardó en descender de nuevo a la cintura de Lucía.
Desde allí se paseó de manera sutil por la zona alta de su trasero, provocando que la respiración de las dos se acelerara.
Durante la siguiente media hora, continuaron charlando, conociéndose en un plano más íntimo y dejándose llevar por juegos de seducción.
Lucía se sentía cómoda y viva, después de mucho tiempo sin conquistar a una mujer.
Le gustó que se cogieran las manos mientras hablaban, que trataran de sentirse a través de la piel.
De Vicky le atraía su físico y, sobre todo, su conversación, aunque seguía sin notar esa chispa que le anunciara que el amor había llegado.
Pero no quería dar pie a prisas ni presiones.
No siempre las relaciones comienzan con un flechazo ni se definen en unos pocos encuentros.
El tiempo diría hasta dónde debían llegar y si los mimbres eran buenos.
Mientras tanto, solo le quedaba disfrutar del momento y de lo bueno que Vicky le pudiera ofrecer.
Lucía fue a la barra a por otra bebida y aprovechó para acompasar sus pies al ritmo de la música.
A su compañera no le gustaba bailar y habían permanecido sentadas todo el tiempo.
No le había importado. Al fin y al cabo, aquella primera cita tenía como objetivo charlar y desvelar detalles de sus vidas.
Mientras Teresa le preparaba el prometido Fred Astaire, con zumo de pomelo rosa, soda, jarabe de granadina y solo dos gotas de angostura, Lucía sonreía viendo llegar a sus amigas. Intercambiaron un par de frases antes de que se adentraran en el pub y ella regresara junto a Vicky.
—¿Estás segura de que no quieres otra copa?
—No, aún me queda. ¿Qué tomas ahora?
—Un cóctel que baila en el paladar, como Fred —dijo disfrutando del regusto ácido y amargo que había quedado en su boca tras tomar el sorbo de prueba—. No sé cómo lo hace, pero Tere acierta siempre —añadió con satisfacción.
—Ahora que has vuelto, voy a ir al baño. No quería dejar los bolsos solos.
—Claro, ve. ¿Te encuentras bien? —preguntó preocupada al ver su rostro un tanto serio.
—Sí. Siento una pequeña molestia, pero no es nada. Vuelvo en seguida.
Lucía la siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente.
Después, dedicó unos minutos a observar a Ana, siempre sonriente, siempre amable con unos y otros.
También se enterneció viendo a su pandilla.
Le pareció que la perspectiva era diferente desde esa lejana posición de espectadora.
Pilar y Lola, pese a sus diferencias, encajaban como las piezas del yin y el yang.
Mientras, Celeste giraba y se movía como si el Pantera se le quedara pequeño.
—Ya estoy aquí —anunció Vicky reclamando su atención.
—¿Todo bien?
—En realidad, no. Me ha bajado la regla —dijo sin poder esconder su enfado.
—Vaya, qué fastidio.
—Muy inoportuno —sentenció mirando decepcionada a Lucía.
—No pasa nada, Vicky. No tiene por qué ser impedimento.
—Sí, lo es. Lucía. Esta noche todo se había puesto de cara para que tú y yo… Mira, si voy a estar contigo, no quiero que sea con limitaciones. Agradezco tu ofrecimiento, pero prefiero esperar unos días.
—Está bien, no hay prisa. ¿Quieres que nos vayamos?
—No, tranquila, tómate ese cóctel. Puedo esperar unos minutos.
Se mantuvieron casi en silencio mientras Lucía apuraba su bebida y Vicky elevaba una ceja sin parar, evidenciando su disgusto.
—Anda, vámonos, que estarás incómoda —insistió Lucía.
—Deberías quedarte y terminar de disfrutar de la noche. Supongo que tus amigas vendrán de un momento a otro.
—Ya llevan un rato aquí —aclaró señalándolas. Vicky no las recordaba bien y reaccionó con indiferencia.
—Quédate —repitió con la boca pequeña cuando Lucía ya se había levantado.
—No me lo digas más, te voy a acompañar a casa.
Vicky se incorporó y las dos salieron juntas del local.
—Si no tienes ganas de conducir, te puedo llevar en mi coche y mañana venimos a por el tuyo —sugirió Lucía.
—No hace falta. Tengo la regla, no un derrame cerebral.
—Bueno, pues te sigo hasta tu casa —dijo obviando su mal humor.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Acostarme como si fuera una niña?
Lucía inspiró profundamente antes de hablar.
—Oye, Vicky, entiendo que estés molesta, pero yo no tengo la culpa.
—Ya.
—Te lo estoy poniendo fácil y te estoy ofreciendo lo mejor de mí.
—Lo sé. Perdona, es que estoy cabreada.
—¿Y qué quieres que hagamos? —preguntó armándose de paciencia.
—Necesito irme a casa y estar sola. No te enfades.
—No me enfado. Es solo que…
—Nos vemos en unos días. Supongo que ya en el instituto.
—De acuerdo. Cuídate y llámame si necesitas cualquier cosa.
—Claro —dijo sin más entrando en su coche.
Unos segundos después, se despidió y se marchó.
Lucía se quedó mirando desconcertada cómo el vehículo desaparecía al doblar una esquina.
Pensó en volver a entrar para pasar el resto de la noche con Celeste, Lola y Pilar, pero Vicky había conseguido con su actitud quitarle las ganas de fiesta.
Caminó hacia su R5 pensando en su compañera, cuestionándose si serían habituales en ella esos estallidos de mal genio y preguntándose por qué no le importaba en absoluto que se hubiera ido sin darle su primer beso.