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—¿Y bien? ¿Qué tenéis para mí? —preguntó soltando sobre la mesa el maletín, el bolso y el paraguas.
—Es que queremos hacerte un regalo —desveló Sandra.
—¿Y eso por qué? Mi cumpleaños queda lejísimos. ¿Es por mi santo?
—Ni siquiera sé cuándo es tu santo —dijo la chica riendo nerviosa.
—Dentro de unos días, el trece, aunque no lo suelo celebrar.
—Bueno, pues ni idea, nuestro regalo no tiene nada que ver con eso.
—¿Y entonces? —insistió Lucía que se daba cuenta de que Tina permanecía callada y luchando por esconder una evidente desazón. Por una vez, era la pequeña de las Blanco la que llevaba la voz cantante.
—Es que en estos días va a hacer un año del viaje a Madrid y te queríamos dar un recuerdo porque fue muy importante para nosotras —explicó Sandra.
—Podéis estar seguras de que para mí también lo fue.
—Y como no sabíamos si te íbamos a ver durante el puente, hemos pensado dártelo hoy.
—Bueno, me tenéis en ascuas. ¿Qué es?
Sandra se descolgó la mochila, extrajo de ella con mimo un sobre de grandes dimensiones y se lo entregó.
Lucía elevó las cejas sorprendida y sonrió.
No esperaba algo tan grande. Abrió el sobre con cuidado y vio que contenía una tarjeta con un simpático mensaje de agradecimiento en la portada.
Al desplegarla, la emoción la desbordó. Pegadas a las dos caras interiores había retazos de fotos que Tina había capturado durante esa escapada que supuso un antes y un después en sus vidas.
Sonrisas que quedarían congeladas para siempre, paisajes que le evocaban su vieja vida en Madrid, momentos que perdurarían eternamente en su memoria.
Y, entre imagen e imagen, Sandra había escrito textos, algunos divertidos, otros conmovedores, pero todos vestidos de sinceridad, cariño y encanto.
—Qué detalle más bonito —dijo antes de llevarse la mano al corazón—. No sé si merezco tanto, chicas —añadió tratando sin éxito de contener las lágrimas.
—Claro que te lo mereces. Aquel viaje fue mucho más que una excursión de instituto. Y tú, desde entonces, eres mucho más que una profesora.
—Muchas gracias, guapas. Significa mucho para mí. No imagináis cuánto.
Tras decirlo, Lucía se fundió en un abrazo con Sandra. En cambio, una vez más, se limitó a acariciar la cara de Tina, lo que no ayudó a que la chica levantara el ánimo, pero se conformó con resignación.
Unos minutos después, las tres salieron del centro protegidas por el paraguas de Lucía, que apretaba el sobre contra su pecho tratando a toda costa de que no se le mojara.
Subieron al coche y se encaminaron a la casa de Sandra, que atravesaba un buen momento y no paraba de hablar.
Tras despedirse de ella, solo la música impidió que el silencio se apoderara del interior del vehículo.
—Me encanta esta canción —dijo Lucía unos segundos después, cuando en la radio sonaron los primeros acordes de Ordinary Girl, de Alison Moyet.
—Está chula —comentó Tina sin más.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No, no lo estás. ¿Por qué no confías en mí?
—¿Te ha gustado entonces el regalo?
—Por supuesto.
Por el modo en que había tratado de cambiar de conversación, supo que no iba a sacar nada en claro. Estaba decidida a insistir, pero Tina la sorprendió abriendo de repente la puerta cuando estaban detenidas en un semáforo.
—Desde aquí te pilla directo a casa, no hace falta que des más rodeos —dijo saliendo del coche.
—¿A dónde vas? Llueve mucho.
—No importa. Que pases un buen puente. Nos vemos el miércoles.
—Tina, ¿qué te pasa? —preguntó incapaz de entender su reacción.
—No me pasa nada.
—¿Qué te pasa? —repitió elevando el tono con desesperación.
—Que voy a llegar tarde.
—¿A dónde?
Tina respondió susurrando algo que no pudo escuchar, cerró de un portazo y se alejó a toda prisa. Lucía, desconcertada, bajó la ventanilla y gritó llamándola, pero Tina continuó corriendo sin mirar atrás.
Puso el automóvil en marcha cuando oyó el claxon del coche que tenía detrás y que le advertía que el semáforo ya estaba en verde. Golpeó el volante con una mezcla de angustia y de enfado mientras conducía hacia su piso.
Unos minutos después, comió sin ganas preguntándose cómo iba a afrontar el encuentro nocturno con Vicky si Tina le había dejado el alma en los pies.
***
Lucía aparcó a pocos metros de la puerta del pub y dejó escapar un suspiro.
Solía ser una mujer segura de sí misma, pero no podía negar que se encontraba un poco nerviosa.
En aquellos años, apenas había ido al Pantera en un par de ocasiones sin sus amigas y se sentía extraña.
Unos minutos antes, mientras cenaban juntas, habían bromeado acerca de su cita para después desearle lo mejor al despedirse.
Respiró hondo y salió del coche. Tras caminar unos pasos, vio el de Vicky estacionado, por lo que supo que ya estaba dentro esperándola.
Miró el reloj y comprobó que aún faltaban diez minutos para la hora acordada.
Supuso que las ganas de su compañera superaban a las suyas.
Volvió a inspirar mientras abría la puerta del pub.
Era el momento de olvidarse de todo y darle una oportunidad a la Lucía seductora que llevaba demasiado tiempo escondida.
Encontró a Vicky sentada en la barra, con una copa casi intacta y charlando con Teresa, que parecía feliz por volver a verla después de mucho tiempo. Se saludaron con cierto reparo y Tere sonrió sutilmente al percibir la agitación mal disimulada de las dos.
—¿Qué te pongo, Lucía?
—Dímelo tú —contestó con simpatía.
—Cada noche contigo es un reto. A ver que piense… —reflexionó con la mano en la barbilla—. Vale, ¿qué tal ginger ale, zumo de lima, hielo y algún toquecito especial?
—¿Y cómo lo llamarás?
—Ginger Rogers.
Lucía rio viendo cómo empezaba a prepararlo. Unos segundos después, le dio a probar el resultado.
—No está nada mal —dijo tras mojarse los labios—. Es refrescante, pero también le noto un toque picante. ¿Qué le has puesto?
—Jarabe de jengibre.
—Pues está bueno, me ha sorprendido.
—Es como el mula de Moscú, pero sin mula y bien lejos de Moscú —dijo Tere riendo divertida—. Eso sí, no tengo jarra de cobre, te tendrás que conformar con ese vaso de cristal.
—Así está perfecto, gracias. Ve pensando en cómo preparas un Fred Astaire para dentro de un rato —bromeó antes de coger su bebida e invitar a Vicky con un gesto a alejarse de la barra.
Una vez solas, se acomodaron en unas cómodas butacas. Lucía dio otro pequeño sorbo a su combinado antes de soltarlo en una mesa baja de cristal.
—No sabía que fueras abstemia —comentó Vicky.
—No lo soy —aclaró sonriendo—. Pero estoy siguiendo un tratamiento y no puedo tomar alcohol. Es algo eventual.
—¿Acaso tienes algún problema de salud?
—Una endometriosis puñetera que me ha amargado toda mi juventud, pero ahora estoy mejor.
—Me alegro. El problema es que yo quería emborracharte para sonsacarte información, pero así lo voy a tener difícil.
—Quizá no sea necesario —dijo Lucía volviendo a reír—. ¿Qué quieres saber?
—Me prometiste hablarme de tus novias y de cómo te gustan las mujeres —le recordó mirándola con atención.
—No tengo un ideal de mujer, la que me gusta me gusta porque sí.
—Eso me parece bien. Lo de tener un tipo me parece un planteamiento muy frívolo y superficial.
—Y completamente inútil. Piensas que te gustan las mujeres morenas, altas y delgadas, pero aparece una rubia regordeta y te hace suspirar más que ninguna otra. ¿En serio creías que ibas a escapar por pensar que te gustan solo las morenas?
Vicky sonrió y correspondió con un gesto de asentimiento a la ironía de Lucía.
—Entonces, imagino que tus novias no han sido un calco.
—Solo he tenido una novia de verdad. Después, hubo otra persona, pero era una relación un tanto ambigua. A la chica menor que me engañó prefiero no tenerla en cuenta. En cualquier caso, no, no se parecían demasiado.
—¿Me hablas sobre ellas? —le pidió.
Lucía respiró hondo y se dio cuenta de que el recuerdo de Gloria había dejado de sangrar.
—Pues conocí a mi novia hace once años. Fue mi compañera de piso cuando estaba en la universidad. Vivíamos juntas y solas, lo que nos convertía en una especie de matrimonio —evocó con cierta nostalgia—. Éramos muy jóvenes, pero supimos hacer frente a la inexperiencia con mucho amor.
—¿Y qué falló?
—Simplemente, queríamos vidas diferentes y nos fuimos alejando.
—¿Mantienes contacto con ella? —preguntó y Lucía atisbó un punto de temor en su espera de la respuesta.
—No —contestó y vio una ligera mueca de alivio en Vicky—. Hace seis años de nuestra última conversación. Lo último que supe de ella fue que se había establecido en Barcelona y que había conocido a alguien. Allí estaba su sitio.
—¿No la echas de menos?
Lucía dio un sorbo a su bebida, pestañeó disfrutando del suave toque picante y sonrió ante el interrogatorio de Vicky.
—Hace mucho tiempo que no. Otra cosa es el regusto amargo que me quedara al recordarla, pero digamos que el tiempo y algunas personas han ayudado a taponar la herida —dijo sin poder evitar pensar en Tina, aun cuando era a su pandilla y a su familia a quienes pretendía atribuir el mérito—.
Pero, bueno, no es ningún secreto. Supongo que a ti te habrá pasado igual. También tú podrías hablarme de tus ex.
—No tengo mucho interesante que contar. He tenido tres novias en mi vida. La más importante fue la última, pero ya es pasado.
—¿Por qué rompiste con ella? —se interesó.
—Porque después de tres años, cuando parecía que estábamos en nuestro mejor momento, me engañó con otra.
—Vaya, lo siento.
—Aprovechó que yo estaba en una excursión con los alumnos para venir aquí a ponerme los cuernos. Me enteré por terceras personas. Si al menos hubiera tenido un interés romántico por ella, lo habría podido entender. Pero, no, fue un simple polvo con una desconocida.
—Lo siento mucho. ¿Por eso le tienes tanta manía al pub?
—Entre otras cosas. En realidad, yo ya hacía tiempo que no venía por aquí.
—Bueno, espero que a partir de esta noche cambie tu sentimiento.
—Eso depende de algunos factores —dijo con voz melosa acercándose más a ella.