Ella (Corazón de Pantera nº 5) 33 #2
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—Lo sé, la gente la quiere mucho. Pero, mira, nunca se habían dado las circunstancias para que me relacionara con ella. Y ha tenido que hacerse novia de mi amigo Ángel para que eso suceda.

—¿Novia dices?

—Venga, no disimules, Tina me ha contado que habéis empezado a salir.

—Sí, pero esta es nuestra tercera cita. Aún es pronto para saber lo que pasará.

—Pero… ¿pinta bien? —le preguntó casi en un susurro.

—Pinta bien —admitió con sonrisa nerviosa.

—Te lo mereces. Por lo que tengo entendido, Ana es una persona maravillosa. Y tú también, así que…

—Calla, que me pones colorado.

—Lo bueno es que se lleva bien con Tina. No se va a poner celosa ni le va a tomar manía.

—Qué va. Entre ellas hay muy buena entente.

—Pues mejor, que solo faltaría que Tina se molestara por vuestra relación y se me alborotara aún más.

—¿Por qué dices eso? ¿Te está dando problemas?

—Qué va, si es una bendita. Pero ha estado un tanto rebelde junto a su amiga Sandra. Vaya par de dos.

—Pues sí que me extraña porque esa Sandra es muy tímida.

—Muchísimo. Pero ha estado unos días desmelenada y acabó arrastrando a Tina. Hasta las tuve que separar en clase —explicó riendo.

—No me había dicho nada.

—Normal. El castigo que le puse tampoco te lo habrá contado.

—No —confirmó sorprendido.

—No te preocupes, que no llegó la sangre al río —lo tranquilizó dándole un golpecito en el hombro—. En realidad, fue un alivio verla así de traviesa. Que, a ver, no le voy a reír las gracias ni su indisciplina, pero llevaba unos días tan rara… ¿No lo has notado?

—Pues, no sé. Últimamente debe estar centrada en las asignaturas, porque no viene tanto a verme.

Ángel dio un trago a su bebida y miró para otro lado. A Lucía le dio la sensación de que le mentía y de que era tan buena persona que trataba de ocultarlo con demasiada torpeza, pero no quiso darle importancia.

—Pues debes saber que ha estado unas semanas un tanto decaída. He intentado hablar con ella varias veces, pero siempre me respondía con evasivas. ¿De verdad tú no la has visto así?

—Bueno, la he encontrado un poco más callada, pero pensaba que era por los estudios. Ya pronto vienen los exámenes, ¿no?

—Sí, pero Tina ya lleva así más de un mes.

—¿De verdad? No tenía esa percepción.

—Pues, Ángel, échale un vistazo si puedes.

Ahora parece que está más tranquila, pero ha habido días en que he sufrido al verla deprimida —dijo poniéndose una mano en el pecho y sin poder evitar que la tristeza inundara su rostro—.

Lo siento, este no es el lugar ni el momento para tratar estas cuestiones, pero es que tu hija me importa mucho.

—Lo sé y te agradezco tu aviso. Estaré más pendiente. Sabes que Tina, cuando no quiere hablar, es experta en esconderse.

—Ya estoy con vosotros, perdonad —se disculpó Ana regresando junto a ellos.

—No te preocupes. He estado entreteniendo a Ángel para que no se sintiera solo, pero ya es hora de que vuelva con mis amigas y os deje a vuestro aire.

—Como quieras. Ya nos veremos por aquí. Ahora que nos han presentado formalmente, me encantará saludarte.

—Claro, Ana. La próxima vez charlamos y te invito a un Tropical Lucía —dijo guiñándole un ojo con simpatía—. Hasta otra, padrazo —se despidió de Ángel con una sonrisa compartida.

Regresó junto a la pandilla disfrutando de esa calidez que siempre le transmitía el fotógrafo.

Todo lo que tenía que ver con el entorno de Tina le causaba una sensación que no sabía describir pero que estaba muy próxima a sentirse en familia.

De esa familia que arropa, que protege, que te colma de risas y dulzura, que te engancha como una droga.

—¿Quién es? —se interesó Pilar, que ya había arrancado a bailar.

—El padre de Tina. No el biológico, ya sabes.

—Ya, ya. ¿Qué más dará la biología? Es su padre. Tiene cara de buena persona.

—Lo es. No sé qué habría sido de Tina sin ese hombre a su lado —meditó volviendo a mirarlo.

—A veces las personas llegan a tu vida para algo, como si tuvieran asignada de antemano una misión.

—Es verdad, jefa. Y por eso llegasteis vosotras a la mía —dijo señalándola a ella y a Lola—: para que esta noche pueda estar aquí de fiesta y no amargada por ser la víctima de Cristo Arteaga.

Pilar se detuvo, sonrió y abrazó a Lucía.

—También tú llegaste a la nuestra para hacerla más divertida, así que estamos en paz. Y ahora, bombón… ¡a bailar!

Y envuelta en el ritmo pegadizo de una canción de Bananarama, Lucía se olvidó de todo y se dejó llevar por la locura de la noche.

***

Diciembre llegó y con él las lluvias y el frío extremo.

Además, por el horizonte asomaban los exámenes de la primera evaluación, con la presión y el aumento de trabajo que suponían.

Como contrapunto, el calendario les regalaba un día festivo que posibilitaba que tanto profesores como alumnos disfrutaran de un ansiado puente.

Aquel viernes, Lucía conducía hacia el instituto sabiendo que, una vez que saliera a las tres de la tarde, no regresaría hasta el miércoles siguiente.

Se preguntó qué le depararían aquellos días tan señalados.

Cinco años atrás, había comenzado su relación con Alicia y el año anterior había vivido ese mágico viaje con Tina y Sandra.

Lo primero sacudía su mente cada año, aun cuando solo deseaba olvidarlo.

En cambio, el recuerdo de esa escapada a Madrid le llenaba el alma de sonrisas.

Al aparcar el coche, hizo lo propio con sus reflexiones y se concentró en las clases que debía impartir esa mañana.

La primera de ellas era la de sus queridas amigas.

Pudo notar que Tina se removía inquieta en su pupitre de la primera fila, a donde había ido a parar por sus travesuras.

Lucía le regaló un gesto cómplice con disimulo y ella respondió con una sonrisa a medio gas.

Después, durante el primer recreo, escuchó los planes de sus compañeros para el puente y, durante el segundo, consiguió quedarse a solas un momento con Vicky, que la emplazó al final de la mañana para comentarle algo.

Intrigada, encaró las dos últimas horas y, al sonar el timbre, bajó hacia la sala de profesores para saber qué era eso que Vicky le tenía que comunicar.

Le faltaba poco para llegar cuando la vio unos metros por delante, caminando a ritmo vivo, tanto que sabía que no la iba a alcanzar.

Fue entonces cuando se percató de la presencia de Tina y Sandra.

Vicky acababa de pasar junto a ellas y le dio la sensación de que Tina la había mirado mal antes de cerrar los ojos con una expresión que no supo cómo interpretar.

Le pareció extraño que las chicas permanecieran en el centro, dado que no tenían clase durante la última hora del viernes.

Se aproximó a ellas dispuesta a averiguar la razón.

—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? —le preguntó a Tina.

—Tengo sueño —contestó abriendo los ojos y regalándole otra sonrisa forzada.

—¿Y qué hacéis todavía por aquí?

—Queríamos darte una cosa —respondió Sandra.

Lucía, sorprendida, permaneció a la espera, aunque ninguna de las dos reaccionó.

—¿Te importa si entramos en algún sitio? No quiero que Sandrita se muera de la vergüenza —dijo Tina provocando que su amiga aún se sonrojara más.

Lucía rio por la bordería de Tina, pasó su brazo por encima de los hombros de Sandra y las tres se adentraron en el ala administrativa del instituto.

Lucía se dio cuenta de que, en ese momento, en vez de una incógnita, tenía dos.

No sabía lo que le querían dar las chicas y tampoco lo que Vicky tenía que decirle.

Le daba miedo que se marchara mientras tanto y quedarse con las dudas, así que decidió darle prioridad.

—Esperadme un momento en tutoría, vengo en seguida —les pidió.

Tras dejarlas, se encaminó hacia la sala de profesores donde Vicky ya había recogido sus cosas.

—Pensaba que no te pillaba —dijo Lucía acercándose a ella—. ¿Qué es eso que me querías decir?

—Pues… Es que la curiosidad me mata, ¿sabes?

—¿Respecto a qué?

Vicky se apartó a un extremo de la habitación y Lucía la siguió. Tras comprobar que nadie podía escucharla, la profesora de Inglés habló por fin:

—Hay cosas que quiero saber y sé que no me las vas a contar si no es en el Pantera —explicó en voz baja—, así que me rindo.

—¿Quieres que quedemos allí? —preguntó asombrada—. No doy crédito.

—Creo que no me queda más remedio si quiero avanzar contigo. ¿Tendrás algún momento para mí en estos días?

—Claro. ¿Por qué no hoy mismo?

—¿Seguro? No te quiero desmontar tus planes. Porque, Lucía, si voy a quedar contigo allí para charlar, preferiría que estuviéramos a solas.

—Te entiendo y así será. No te preocupes. Los encuentros con mis amigas son vitales para mí, pero también rutinarios. No pasa nada si un día no salgo con ellas.

—Bien entonces.

Compartieron una mirada nerviosa y Lucía se apartó por miedo a que alguien del claustro las viera sonriéndose como dos adolescentes. Se enfundó su abrigo, cogió el bolso, enganchó el paraguas en su antebrazo y comenzó a andar en compañía de Vicky.

—Tengo a dos alumnas esperándome en la sala de tutoría —recordó al verlas asomarse impacientes—. ¿Quedamos a eso de las once? A esa hora aún se puede hablar allí, si es lo que quieres.

—Es lo que quiero —confirmó.

—Iré antes a cenar con mis amigas y les explicaré que me voy a desmarcar por una vez.

—Espero que no me odien.

—Qué va. Son muy majas. Ya las conocerás. Porque te aviso desde ya que son un pilar de mi vida y que nunca me voy a desligar del todo de ellas.

—Lo entiendo. Creo que podría vivir con ello. Pero vamos poco a poco.

—Eso es.

Intercambiaron una última sonrisa al llegar junto a la sala donde esperaban Tina y Sandra.

—Nos vemos esta noche —dijo Lucía y Vicky respondió asintiendo con satisfacción.

Lucía se giró para centrar su atención en las dos chicas. Daba la impresión de que Sandra la esperaba ansiosa. Al menos era lo que delataban sus ojos. En cambio, Tina hacía gala de un semblante más serio e inspiraba una y otra vez como si le faltara el aire.