Ella (Corazón de Pantera nº 5) 33
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Pasaron unos días en los que Lucía se relajó al ver a Tina con un estado anímico más estable. Eso le permitió ocuparse de sus clases sin la losa de la preocupación. Además, también Sandra parecía atravesar un buen momento y se mostraba especialmente divertida.

Por otro lado, su acercamiento a Vicky se estrechaba cada vez más.

Habían vuelto a verse un par de veces más en la misma cafetería para disfrutar de la sensación de conocerse más a fondo, aunque Vicky continuaba negándose a quedar en el Pantera y ni siquiera le explicaba el porqué de tanto reparo hacia el pub.

Pero no había prisa. Lucía sentía que su compañera le interesaba sin llegar a quererla y le atraía sin la urgencia del deseo.

Quedaba mucho por definir en aquella conexión y no quería que esa incipiente relación quedara perdida en tierra de nadie, como le había sucedido con Marta.

Prefería ir despacio y tener las cosas claras antes de volver a equivocarse.

—¿En qué piensas? —la despertó Pilar.

Lucía sonrió. Eran casi las tres de la madrugada y, por un momento, la mente se le había ido lejos.

—Me estaba acordando de unas cosas del instituto.

—Ah, no. No te vamos a permitir que te traigas el trabajo al Pantera —protestó Lola.

—Bueno, pero no son temas de trabajo realmente.

—¿Entonces qué es? ¿Piensas en esa Vicky que sigue sin aparecer por aquí?

—En parte, sí, tita, aunque ya sabes que ya hemos comenzado a vernos fuera del instituto.

—¿Y qué te preocupa entonces? —quiso saber Pilar.

—Es que Tina ha estado un poco rara. Ahora parece mejor, pero no las tengo todas conmigo. Me da la sensación de que intenta disimular en mi presencia, pero que no acaba de estar bien.

—Oye, ¿por qué no quedamos un día con ella? —propuso Lola—. A mí me cae muy bien. Quizá le viniera bien una noche loca en nuestra compañía. Y que se venga Sandra también.

—Te recuerdo que son menores y no pueden entrar aquí.

—Bueno, pues quedamos para merendar.

—Vale, tita, se lo diré. Seguro que estarían encantadas de veros.

—El único problema sería que se incorporara a la pandilla Vicky. Igual eso ya no le hacía gracia a Tina.

—A ver, por partes: ¿por qué tendría que unirse Vicky a la pandilla? ¿Y por qué le iba a importar eso a Tina?

—Pues si acaba siendo tu novia o algo parecido a Marta, saldrá con nosotras. Es lo lógico, ¿no? A no ser que te desmarques y pases del grupo.

—Eso no va a pasar, tita. Sabes que vosotras sois sagradas para mí. Y está por ver si llegaré a tener algo serio con Vicky.

—Supongo que pronto lo sabremos.

—¿Y qué me decías de Tina?

—Joder, Lucía, está claro que si acabas con Vicky, le va a sentar como una patada.

—¿Qué te hace pensar eso? ¿Aún no te has enterado de que las cosas cambiaron?

Lola se aproximó para susurrarle al oído, de forma que Pilar y Celeste no la escucharan y el sonido de la música no impidiera que el mensaje llegara a Lucía.

—Las cosas solo han cambiado oficialmente. Esa chica no te ha podido dejar de querer de un día para otro. Y tú a ella tampoco.

—Yo nunca la he querido de esa manera. No puedo querer a una niña de diecisiete años —replicó sin importarle si la escuchaba alguien más que Lola.

—Tina va teniendo poco de niña —dijo y se levantó para volver a bailar con Pilar.

Lucía se quedó pensativa y dio el último trago a su tónica con limón. No quería volver a enredarse en unas dudas que creía ya resueltas. Lola era un Pepito Grillo tan entrañable como odioso.

Permaneció sentada viendo a sus amigas bailar hasta que algo llamó su atención.

Celeste se había separado de ellas y había comenzado a hablar con una chica.

Lucía se ilusionó con la idea de que por fin se hubiera decidido a relacionarse con una mujer.

Pero en seguida se decepcionó cuando vio cómo esa joven le daba algo con disimulo y se iban cada una por su lado.

Celeste se echó a la boca lo que llevaba en la mano y dio un trago a su bebida antes de regresar dando brincos junto a la pandilla.

Lucía se quedó fría. Lo temía y Lola le había mostrado sus sospechas al respecto en varias ocasiones, pero, en el fondo, se negaba a creer que fuera verdad.

En ese momento, viéndola con los ojos cerrados, girando y alzando los brazos hacia algo que un minuto antes le parecía inalcanzable, Lucía no pudo hacer otra cosa que admitir la realidad.

***

Unos días después, Lucía volvió a sumergirse feliz en el interior del Pantera, en busca de la locura que compensaba las tensiones de cada semana.

Allí, charlando con sus amigas y envuelta en la música, conseguía olvidar las lecciones rutinarias, la rigidez del horario y a los alumnos revoltosos.

Aunque se cansaba bailando y trasnochando, también le servía para coger energías con las que afrontar la semana siguiente.

Aquel día habían llegado un poco antes de lo habitual y se habían sentado en un rincón del fondo a tomar algo y conversar, a la espera de que el local se ambientara con la llegada de más gente.

—Esto de que no me moleste la tranquilidad y que prefiera que no me pisen los pies… ¿Será que me estoy haciendo mayor de verdad? —cuestionó Lola.

—Eso lo dices ahora, cariño —contestó Pilar—. En cuanto te tomes la segunda copa, pensarás diferente.

—La verdad es que a veces viene bien que no esté la música tan alta ni el local tan saturado de gente y humo —opinó Lucía.

—Nos estamos haciendo mayores todas —sentenció Lola gesticulando con los brazos—. Menos mal que tenemos al cervatillo para que nos cuide. El día que ella también pierda la energía…

Celeste rio divertida y Lucía la miró con ternura antes de replicar a Lola.

—Tita, no hemos perdido la energía. Lo que pasa es que nos adaptamos al ambiente que nos rodea.

—A ver si van a tener que cambiar el nombre al pub. En vez de Pantera, Camaleón.

Lucía, Pilar y Lola rieron por la broma de Celeste y dieron a la vez un trago a sus bebidas.

—¿Qué te ha puesto hoy? —preguntó Pilar a Lucía.

—Un San Francisco a su manera. Me ha dicho que le iba a añadir algo especial y me lo ha servido en vaso de tubo —explicó.

—Es genial esa Tere. Me encanta ver cómo te mima —dijo Pilar.

Lucía le dio la razón con un gesto, pero no llegó a hablar porque vio algo que la dejó paralizada.

Acomodado en un taburete junto a una mesa alta cercana a la entrada del pub, estaba Ángel, ataviado con un elegante traje y mirando alrededor con una expresión serena.

Lucía centró su atención en él para asegurarse de que no se equivocaba de persona.

Justo en ese momento, y por puro azar, la mirada del fotógrafo se cruzó con la suya.

Se sonrieron, él con afecto, ella con sorpresa, hasta que una mujer de unos cuarenta años llegó junto a Ángel y se sentó a su lado.

Lucía la reconoció. Nunca había hablado con ella, pero sabía que se llamaba Ana y que había sido una persona importante en la vida de Tina.

Su hijo era homosexual y había recibido malos tratos por parte de su padre años atrás.

Eso provocó que Ana se enfrentara a su marido y comenzara a colaborar con Shomos.

Tina, por mucho que le costara admitirlo, le tenía mucho cariño, pues la había acogido a su llegada a la asociación, cuando apenas tenía trece años y un millón de cosas por descubrir.

Tras un momento de indecisión, Lucía fue al encuentro de Ángel. No quería interrumpir lo que sabía por Tina que era el comienzo de un idilio, pero no podía esperar más para cruzar unas palabras con él.

—¿Qué haces tú por aquí? —preguntó dándole un beso en la mejilla—. Oye, y qué guapo estás.

—¿Te atreves tú a decirme guapo? ¿Pero tú te has mirado?

Lucía rio apretándole la mano. Le gustaba arreglarse, pero, a la vez, le ruborizaba que la ensalzaran.

—A ver, querido amigo, no pretenderás que venga a este sitio lleno de locas con el mismo aspecto con el que voy a hacerme una foto para el DNI.

—Tienes razón. Ahora mismo no das la imagen de una profesora formal —bromeó recordando una vieja conversación.

—Pero de una delincuente tampoco. Me conformo con eso —dijo y los dos rieron—. Perdonad que os haya molestado —añadió mirando brevemente a Ana—, pero no podía dejar de saludarte.

—No molestas en absoluto. Me ha encantado encontrarte aquí, ya que aquella noche de la hora libre no estabas.

—Es verdad. Es tu segunda vez en el Pantera.

—Sí, y no creo que sea la última —dijo ampliando la sonrisa—. Por cierto, ¿conoces a Ana?

—De vista sí, pero nunca nos habían presentado. Yo soy Lucía, profesora de Tina, clienta de Ángel y orgullosa amiga de los dos.

—Un placer conocerte por fin, Lucía. Tina me ha hablado de ti muchas veces —reveló tras darle los dos besos de rigor.

—¿En serio? Espero que bien.

—Sí, muy bien. Te tiene en gran estima como tutora, y como persona… ni te cuento.

—Me alegro porque se ha ido convirtiendo en mi debilidad —confesó—. Has de saber que de ti también me ha hablado con mucho cariño. Ya sabes cómo es y cómo pretende esconder sus emociones, pero me da la sensación de que en ti tiene esa referencia que no acaba de encontrar en su madre.

—Ay, su madre. Qué tema más espinoso —se lamentó Ana.

—Y tanto. Pero no pierdo la esperanza de que las cosas cambien.

—En eso coincido contigo. ¿Por qué no te sientas un ratito con nosotros? —sugirió Ana acercando otro taburete.

—Claro, aunque no os quiero molestar.

—¿Otra vez? —protestó Ángel.

Mientras Lucía tomaba asiento, una pareja de mujeres de mediana edad que acababan de entrar al local, se acercaron y saludaron efusivamente a Ana.

Era evidente que se conocían bien y que hacía mucho tiempo que no se veían.

Las tres se apartaron unos metros para charlar, permitiendo que Lucía y Ángel se quedaran solos.

—Qué sorpresa verte aquí y cuánto me ha alegrado —dijo Lucía volviendo a apretarle la mano.

—Bueno, ya sabes que Ana viene de vez en cuando. Está muy en contacto con muchas personas del colectivo.