Ella (Corazón de Pantera nº 5) 32 #3
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Así pues, aquel viernes salió de casa un poco más temprano de lo habitual con la intención de buscarla antes de que llegara al instituto y poder hablar con ella.

Se quedó apostada cerca del edificio donde vivía esperando verla salir y le extrañó que los minutos pasaran y no apareciera.

Comenzaba a hacerse tarde cuando decidió poner el coche en marcha y rastrear por los posibles itinerarios que pudiera seguir Tina.

Y entonces, por puro azar, la localizó. Estaba sentada en el lado opuesto de un pequeño parque, igual de seria que el día anterior y con el cuerpo encogido.

Le alarmó verla con una postura corporal más propia de la temerosa Sandra que de la decidida Tina.

Hizo sonar el claxon para llamar su atención y casi pudo notar su pasmo al comprobar que era ella quien la reclamaba. Tina se levantó y se aproximó respirando hondo y entregándose a un evidente intento de mostrar serenidad que no engañó a Lucía.

—¿Esto que veo es un intento de novillos? —la acusó sin miramientos en cuanto llegó junto a su posición.

Tina no contestó y se limitó a negar enérgicamente con la cabeza. Lucía clavó la mirada en sus ojos y le entristeció verlos apagados y sin esa magia ambarina tan característica de ella.

—Sube al coche —le ordenó la profesora.

—Puedo ir andando, no hace falta —trató de escabullirse Tina.

—Sí, sí que hace falta. Sube —insistió.

La chica obedeció y se sentó a su lado casi sin mirarla.

—Tina, ¿qué te pasa?

—Nada, ¿por qué lo preguntas?

—Hace un par de semanas que te veo rara, tu humor cambia de un momento para otro. Ayer, por ejemplo, te había visto al principio de la mañana muy animada y, de repente, después de mi clase, estabas seria y sin querer hablar conmigo.

—No sé qué decirte, habrá sido algo puntual. Yo estoy bien, como siempre —aseguró con un amago de sonrisa desganada.

—Bueno, no te puedo forzar a que me cuentes tus cosas. Pero, como somos amigas, pensaba que confiarías en mí —se lamentó Lucía sin poder esconder su decepción.

—No tienes que preocuparte, no hay nada que contar.

—Bien, en ese caso, ahora te va a hablar la tutora —anunció endureciendo su semblante—. ¿Dónde estuviste ayer durante las dos últimas horas? Y, por favor, no me digas que en clase, porque entonces sabré que me has perdido totalmente el respeto y no volveré a hablarte en lo que queda de curso.

Tina, sorprendida por la pregunta, no fue capaz de reaccionar durante unos segundos y continuó sin mirarla hasta que, por fin, habló:

—Necesitaba tomar el aire. Estaba un poco… no sé cómo explicarte, no tenía ganas de dar clase.

—¿Así sin más?

—Bueno, hay un desasosiego en mí, algo que me hace pensar y a veces despistarme, pero no es algo para hablarlo con otras personas.

Lucía arrugó el entrecejo desconcertada. Tina estaba nerviosa, aunque intentaba ocultarlo.

—¿Pero hay algo que te preocupa? ¿Puedo ayudarte? Sabes que puedes hablar conmigo —se ofreció vistiendo su voz de la calidez que intuía que Tina necesitaba.

—No, no. Son como dudas que tengo que pensar para mis adentros.

—¿Dudas sobre qué?

—Sobre mí.

Al escucharla, Lucía llegó a pensar que Tina pasaba por una fase complicada, quizá por una crisis de identidad. ¿Se debería todo a que se había dado cuenta de que le gustaban los chicos? La idea le chirrió. Por supuesto lo respetaría, pero le pareció imposible conociéndola.

—¿Es que te has planteado algo sobre… no sé, tu tendencia, por ejemplo?

—No, es que no es nada en concreto —respondió tras meditar un instante—. Pero no quiero que te preocupes porque en realidad estoy bien.

Lucía estaba cada vez más perpleja y necesitó tiempo para asumir la sarta de incongruencias que estaba escuchando. Guardaron un silencio incómodo hasta que Lucía decidió romperlo.

—Tina, ni a la amiga ni a la profesora nos cuadra nada. Tú tienes una labia importante, más que muchas personas mayores, y ahora me estás mareando con una palabrería que, de verdad, no entiendo nada.

—Yo tampoco.

Lucía se rindió con esa última frase, resopló y arrancó el coche. Iban a llegar tarde las dos al instituto y le dio la sensación de que aquella charla no había servido para nada. Hicieron el trayecto sin hablar y solo cuando estaban a punto de llegar, Tina claudicó.

—Tú siempre me has escuchado y me has apoyado en todo. Sé que siempre estarás ahí. Pero esto necesito pasarlo sola.

—Te lo respetaré —dijo Lucía regalándole un gesto tierno—, pero si sientes que te puedo ayudar, ven a buscarme.

—Claro. De todas maneras, no es nada importante. Algún día te lo contaré y te reirás.

—Más te vale porque me tienes con el corazón en un puño —admitió mirándola con cariño.

—De verdad, Lucía, no me hagas caso.

—Eso que me pides es imposible. Me importas demasiado —dijo deteniendo el coche frente al instituto—. Mira qué tarde es. Suerte tienes de que te toque conmigo a primera hora —bromeó propinándole un suave tirón de pelo antes de salir del vehículo.

Caminaron juntas hasta que se separaron en la entrada del centro.

Tina subió a esperarla en clase y Lucía fue a toda prisa a la sala de profesores.

Iba con la hora justa, pero aún quedaba algún alumno rezagado y más de un docente fuera de las aulas.

Respiró hondo tratando de sacudirse la inquietud sobre Tina.

Necesitaba aparcar la preocupación para poder centrarse en su trabajo.

Y entonces, cuando se dirigía al segundo piso para dar clase a COU C, se cruzó con Vicky, que salía de la biblioteca portando varios libros.

Al verla, sonrió y su instinto de mujer se encargó de olvidar momentáneamente a Tina y pasar página.