Ella (Corazón de Pantera nº 5) 32 #2
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—¿Alguna vez te ha pasado? El otro día me insinuaste algo que me dio a entender eso.

—Sí. No fue con una alumna, pero me sirvió como lección de vida.

—¿Qué pasó? —insistió con rostro preocupado.

—Pasó que conocí a una joven que me dijo que tenía más años de los que tenía en realidad. Me dejé llevar porque era una caradura encantadora, aunque nunca llegamos a acostarnos, por mucho que ella me presionaba. De alguna manera, mi instinto me salvó de no cometer un error aún mayor.

—¿Y cómo supiste que te estaba mintiendo?

—Su padre se enteró de que manteníamos una relación y me denunció.

—¿Pero cuántos años tenía esa chica?

—Acababa de cumplir los dieciséis.

—Bueno, pero si era mayor de trece, lo vuestro era consentido y encima no había sexo…

—Ya, Vicky, todo eso me lo sé. El problema fue que ella se asustó cuando el padre descubrió que salíamos juntas y no se le ocurrió otra cosa que decir que yo la había forzado.

—Qué malnacida.

—¿Sabes lo que es estar dando clases a niños de once años y que aparezca la policía para sacarte del aula y llevarte esposada?

—¡Qué horror! —exclamó en un susurro.

—Por suerte, se aclaró todo muy pronto y el padre retiró la denuncia. Pero quedé escaldada para el resto de mi vida, Vicky.

—Lo entiendo perfectamente.

—Entonces… No es que me preocupe a nivel personal lo que puedan pensar en el instituto, pero no quiero que haya ojos siempre pendientes de mí, vigilando si sonrío de más a una alumna o viendo malas intenciones si a alguna le rozo un brazo.

Mi forma de relacionarme con las chicas es natural, igual que con los chicos.

No se me ocurre mirarlas con otros ojos —afirmó, aunque fuera consciente de que Tina había sido una extraordinaria excepción.

—Lo sé.

—Si hablo con libertad sobre mi orientación, sé que tendré problemas. No me preocupa que haya algún compañero que no lo entienda o que no le parezca bien, incluida la junta. Lo que no quiero es que se me fiscalice mi trato con los chavales y sentirme constantemente bajo sospecha.

—Ahora te entiendo mejor, Lucía, y evitaré sacar ciertos temas cuando puedan escucharnos.

—Gracias.

—Tu suerte fue que esa chica no fuera alumna tuya. Imagina la situación si tuvieras que ser profesora de una que estuviera encaprichada de ti.

Lucía sopló con suavidad su tisana recordando otra vez a Tina y agradeciendo que sus sentimientos ya fueran agua pasada.

—Sí, sería una complicación. ¿A ti te ha pasado alguna vez?

—No. Yo doy una imagen de señora distante que me salva de situaciones así. No soy el tipo de profesora de la que los alumnos se enamoran. Nada que ver contigo.

—¿Conmigo? Que yo sepa, nunca he sido el objeto de deseo de ninguno —dijo incómoda por la mentira y por volver a pensar en Tina.

—Pues me extraña. Sabes que corres el riesgo mostrándote tan cercana y tan enrollada con ellos.

—¿Y qué debería hacer? ¿Impartir clase con cara de acelga?

—Te ha faltado añadir un «como tú» —replicó con ironía.

—No pretendía decir eso.

—Lo sé, solo bromeaba. Eso lo digo yo. Mi cara de acelga es un escudo, una barrera para que los alumnos no pretendan llegar a la persona.

—Entiendo esa necesidad de separar. Yo solo permito confianzas hasta un límite y solo me he dejado llevar hacia la amistad con Sandra y Tina por las circunstancias que se dieron.

Pero tampoco pasa nada por ser una persona accesible.

Eso permite que los chicos se sientan más libres de pedir ayuda cuando la necesitan.

—¿Te refieres a ayuda personal?

—Me refiero a temas académicos, aunque, por supuesto, si les puedo ayudar a algo de su vida personal, no lo dudo ni un momento.

—¿Y qué esperas conseguir con ello? No es tu cometido ni, probablemente, te lo vayan a agradecer.

—Vicky, no puedes ser tan estricta. Antes que nada somos personas y los chicos están en una edad difícil en la que necesitan vallas quitamiedos por todas partes.

—Creo que es un tema en el que nunca estaremos de acuerdo.

—Mira que me extraña porque has creado una academia para dar clases gratuitas a chicos que no se pueden costear estudios de idiomas.

—Eso no tiene nada que ver. Una cosa son las causas sociales y otra muy distinta permitir que los alumnos me tomen por una colega. Los roles están para algo. Pero bueno, habíamos quedado para que me contaras cosas de ti, no para enredarnos en un debate infinito.

—¿Y qué más quieres saber?

Vicky se relamió sintiendo que tenía las puertas abiertas y Lucía le devolvió una sonrisa con la que manifestaba que estaba dispuesta a dejarse descubrir.

Y durante una hora se preguntaron y contaron detalles aún desconocidos.

Lucía se reservó los de su vida sentimental, pero desveló muchos sobre su entorno familiar, sus amigas y sus pasiones más allá de las mujeres.

También pudo conocer más acerca de Vicky, sorprendiéndole lo distinta que era su manera de pensar respecto a muchas cuestiones.

Pero, pese a las diferencias, estaba claro que se gustaban.

Cuando salieron al exterior, Lucía la miró y supo que le atraía, pero se quedó esperando que esa atracción fuera acompañada de un sentimiento más profundo.

Era extraño porque lo que le inspiraba no era tan superficial como lo de Marta ni tan romántico como lo de Gloria.

Tampoco tan desgarrador como lo de Tina.

Pensar en ella la estremeció y rápidamente se revolvió para borrarla de su mente.

—¿Querrás volver a quedar? —preguntó a Vicky.

—Claro. Esto solo ha sido el capítulo uno —contestó la profesora de Inglés—. Me hubiera gustado seguir charlando, pero tengo una reunión en la academia.

—No hay problema. Será por días…

—Esa frase la usaba mucho mi pareja —recordó adoptando una mueca que lo último que expresaba era nostalgia.

—No me has dicho por qué rompiste con ella.

—Ah, no. Creía que esos temas estaban prohibidos. Te lo contaré en el Pantera.

—¿Pero acaso piensas ir?

Vicky agitó su dedo índice en señal de negación y se marchó con una media sonrisa. Lucía la vio alejarse sintiendo una gran curiosidad y preguntándose si aquella mujer sería esa «ella» que llevaba toda la vida esperando.

***

A Lucía le había costado dormir y no había sido por la incertidumbre respecto a Vicky ni por el recuerdo de la charla que habían mantenido la tarde anterior.

No eran sus insinuaciones ni sus ojos voraces ni sus labios perfectos los que le habían robado el sueño.

Lo que de verdad había arruinado su descanso y la tenía en vilo era la actitud de Tina.

Le preocupaba su comportamiento y también que parecía que había dejado de confiar en ella.

No soportaba saber que sufría y, para colmo, no poder hacer nada para ayudarla.

Estaba decidida a sacarla de su silencio de una vez por todas.