32
Bajó a toda prisa desde el segundo piso a la planta baja donde estaba situada la sala de proyecciones.
Allí la esperaban los chicos de COU C, que ya habían terminado de leer Les Misérables y a los que iba a regalar la escucha de las canciones del musical.
Le apetecía mucho compartir en secreto ese momento con Tina y Sandra, aunque tuviera que esconder la emoción tras la máscara de profesora que solo ejerce su trabajo.
Estaba a punto de llegar, cuando Vicky apareció a su lado.
—¿Te acompaño?
—Un poco tarde. Me faltan cinco metros —dijo Lucía con ironía pero ralentizando el paso.
—Los haré contigo. Pareces contenta —añadió mirándola fijamente.
—Es que estoy a punto de entrar a la clase más bonita de todo el curso para mí.
—Ya veo que ese libro y ese musical son especiales.
—Mucho. Y no puedes imaginar cómo voy a disfrutar de la siguiente hora.
—Algún día me tienes que contar más sobre ello.
—Algún día nos tenemos que contar mucho sobre muchas cosas.
La frase de Lucía sonó a reproche, aun cuando lo que había pretendido era solo espolearla. Se sonrieron en silencio unos segundos y se detuvieron frente a la puerta abierta de la sala de proyecciones.
—Quizá podríamos tomar un café juntas y hablar de todo eso que no quieres tratar por los pasillos —propuso Vicky.
—¿Te refieres a tomar un café ahí enfrente? —preguntó mientras señalaba con la cabeza la cafetería del instituto.
—No. Me refiero a quedar extramuros —bromeó haciendo sonreír a Lucía.
—¿En serio? ¿Vas a ser capaz de atravesar la frontera conmigo?
—Parece que es condición indispensable para saber más de ti.
—¿Acaso no te parece lo lógico?
—No sé. Con Sara tienes buena relación y le cuentas cosas de tu vida.
—Sí, igual que te cuento a ti. Pero hay cuestiones de las que no voy a hablar en mi lugar de trabajo.
—Vale, lo acepto. Pues a ver lo que da de sí un encuentro ahí fuera, en una cafetería del pueblo. Porque me da en la nariz que hay detalles que solo me contarás en el Pantera.
Lucía corroboró sus sospechas dedicándole una sonrisa tan simpática como sensual.
—Pero puedes ir haciendo boca mientras te decides a aparecer por allí.
—¿Descubriré algo interesante o me decepcionarás?
—Es un riesgo que tendrás que asumir. Y ahora voy para adentro, que tengo una clase que impartir.
—Lo que vas a hacer no es precisamente impartir una clase, pero bien…
—Oye, no digas eso. Voy a disfrutar de las canciones, pero mañana tendrán un examen sobre la obra. Soy una profesional.
—Ya, ya. ¿Nos vemos en el recreo?
—Claro. Hasta dentro de una hora.
Lucía entró en la sala y, mientras preparaba el equipo de música, echó un vistazo al grupo de alumnos.
No estaban en su aula habitual y se habían distribuido aleatoriamente.
Pero, conociendo a Tina y Sandra, sabía que las localizaría en los pupitres del fondo.
Y, en efecto, ahí estaban, escondidas en la última fila.
Sandra parecía impaciente a la espera de que la música comenzara a sonar, pero a Lucía le sorprendió encontrar a Tina más seria de lo normal.
Con el paso de los minutos, su preocupación creció.
Sandra continuaba feliz y en varios momentos intercambió con ella una mirada cómplice e inundada de recuerdos.
En cambio, Tina permaneció cabizbaja y sin mostrar la más mínima emoción.
Su actitud impidió que pudiera disfrutar de aquella hora tanto como esperaba.
Necesitaba saber qué le ocurría a Tina y supo que debía encontrar el momento para hablar con ella.
Finalizada la hora de clase, Lucía recogió el material con celeridad y salió del aula tratando de alcanzar a las dos chicas, que caminaban hacia la cafetería. Llegó junto a ellas cuando ya Sandra había pedido un tentempié en la barra.
—¿Os ha gustado la clase de hoy? —preguntó ilusionada.
—A mí mucho —se dio prisa en contestar Sandra.
Lucía observó a Tina expectante, pero su respuesta no llegó. Parecía ocupada buscando algo en sus bolsillos y ni siquiera la miró.
—Me ha gustado escuchar las canciones en francés. Ahora ya las conozco en dos idiomas —dijo Sandra aún emocionada.
—Solo te falta ir a Broadway y ver el musical en inglés —bromeó Lucía a la espera de que Tina se mostrara accesible.
—Eso ya es más difícil —dijo Sandra con risa nerviosa—. Gracias por ponernos el disco, ha sido una clase muy chula.
—Igual mañana no te lo parece tanto, cuando tengas que hacer el examen.
—Ay, Tina tiene razón, a veces eres una aguafiestas —protestó ganándose un cariñoso capón de la profesora.
—Nos vemos después, chicas —se despidió Lucía tras comprobar que Tina no estaba dispuesta a prestarle atención.
Se sentó en una mesa que ya ocupaban algunos profesores con los que tenía más afinidad.
Sara llegó justo a continuación y se situó a su lado.
Entonces, de manera instintiva, Lucía puso su maletín en la otra silla contigua para que nadie pudiera ocuparla.
Cuando Vicky llegó, apenas unos segundos después, Lucía retiró la cartera para cederle el asiento.
Vicky se dio cuenta y le dirigió una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Los tonteos comenzaban a transformarse en algo más concreto.
Terminó el recreo, el grupo de docentes se dispersó y Lucía se centró en las dos últimas clases de la jornada.
En cuanto sonó el timbre de las tres, se dirigió al aula de COU C.
Quería hablar con Tina antes de que se marchara a casa.
Pero su sorpresa fue ver a Sandra salir sola y un tanto extrañada.
—¿Y Tina?
—No está.
Lucía se dio cuenta de que Sandra se había tensado y que se debatía entre contestar con claridad o tratar de proteger a su compañera. Algo le escamaba y no dudó en asomar la cabeza por la puerta.
—Sus cosas están ahí.
—Sí —se limitó a confirmar Sandra.
—¿Pero estaba en clase?
La joven se quedó paralizada y no contestó.
—Dime la verdad, peque. No pasa nada —le pidió acariciándole el brazo.
—No la he vuelto a ver desde el segundo recreo.
—¿Pero te ha dicho si iba a alguna parte?
—No. Justo después de hablar contigo me ha dicho que tenía algo que hacer y que nos veríamos en clase.
—Y no ha venido.
—No. Seguro que le ha surgido algo —trató de justificarla.
—No te preocupes. Ya hablaré con ella. Vete a casa.
Sandra se marchó y Lucía se acercó al pupitre de Tina donde aún estaba su mochila y su anorak.
Cada vez entendía menos su comportamiento.
Entonces, dejó que la mirada se le perdiera por la ventana bajo la que Tina se sentaba cada mañana y la vio.
Estaba medio escondida en el pequeño espacio que había entre el gimnasio y la verja del instituto, con cara triste y la mirada perdida.
Se dio prisa en bajar, pero ya no estaba allí.
Echó un vistazo alrededor y continuó sin encontrarla, así que se rindió.
Ya la abordaría al día siguiente y trataría de averiguar qué le sucedía.
Fue a la sala de profesores a recoger su bolso y Vicky se le acercó.
—Esperaba encontrarte más contenta después de impartir la clase más bonita del curso.
—Y lo ha sido. Pero después ha habido otras dos y algunos sinsabores. No hace falta que te lo cuente, tú eres profesora como yo.
Vicky le regaló una sonrisa balsámica y las dos salieron juntas del instituto.
—¿Entonces quedamos esta tarde? —sugirió.
—¿Esta tarde? —se sorprendió Lucía—. Vaya, parece que va en serio.
—Bueno, así compenso esos sinsabores. Y, si quieres, me los cuentas.
—No vale la pena. Hay mejores cosas con las que llenar el tiempo.
—Como quieras.
—Me apetece mucho charlar contigo, Vicky.
—A mí también. ¿Y dónde quieres quedar? ¿En Glassé?
—No. Esa cafetería se ha puesto tan de moda que ha perdido la gracia. Demasiado concurrida.
—Un lugar más discreto entonces. ¿Lo hablamos mientras me llevas a casa? Generalmente, voy andando, pero así quedamos por el camino.
—Claro —aceptó Lucía con sonrisa de colegiala.
Subieron al coche y se alejaron sin saber que Tina las veía marchar con el corazón destrozado.
***
Habían quedado en una cafetería de barrio, cercana al lugar donde Vicky tenía su academia de Inglés.
Le había asegurado que era un local poco ambientado durante las tardes, sobre todo porque lo habían abierto apenas unas semanas atrás y aún no tenía una clientela consolidada.
A Lucía le convenció saber que iban a disfrutar de la suficiente discreción.
No esperaba contarle intimidades, pero quizá sí asuntos personales que prefería que no escuchara nadie más.
Cuando llegó al lugar acordado, Vicky ya la esperaba sentada en un pequeño velador del fondo. Se levantó y se aproximó para darle un beso en la mejilla que Lucía no supo si era cariñoso o simplemente formal. Se sentaron una frente a otra y pidieron un café solo para Vicky y un poleo para Lucía.
—No sé cómo te pueden gustar tanto esas infusiones de agua con hierbas —dijo Vicky con gesto despectivo.
—¿Acaso el café no es eso también? ¿O me vas a decir que no sale de la tierra?
—No me compares, Lucía.
—El café me gusta, pero solo hasta cierta hora.
—¿Qué tiene de malo? ¿Te excita? —preguntó clavando con intención su mirada en los ojos azules de Lucía.
—Me impide dormir —contestó intentando no sonrojarse.
—Ya —se limitó a decir con sonrisa sibilina.
—Empiezas fuerte, ¿eh?
Vicky rio abiertamente y a Lucía le sorprendió porque rara vez la había visto abandonar ese rictus circunspecto del que siempre hacía gala.
—Para eso hemos venido, ¿no?
—Sí, pero con límites. Ya lo sabes.
—Ya. Me queda claro que hoy voy a saber algo más de la persona. Pero si quiero conocer a fondo a la mujer lesbiana —susurró—, tendré que ir al Pantera.
—Todo tiene su momento y su lugar —dijo Lucía con seguridad y calló ante la llegada de la camarera con las bebidas.
—¿Me vas a contar a qué viene esa prudencia en el instituto sobre tu homosexualidad? —inquirió Vicky cuando se quedaron solas.
—Simplemente, no quiero que haya malas interpretaciones cuando hay menores de por medio.