Ella (Corazón de Pantera nº 5) 31 #2
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—¿Qué sabrás tú lo que hablamos ella y yo en la intimidad?

—Vale, Lola, mejor cambiemos de tema —pidió Lucía ruborizada y provocando la risa de las demás.

—Sí, volvamos a lo de esa profesora. ¿Vas a quedar aquí con ella?

—Ya te he dicho que no quiere venir.

—¿La has invitado explícitamente?

—Explícitamente no, pero le he hecho ver que no voy a tratar ciertos asuntos en los pasillos del instituto.

—¿Y no habéis quedado para tomar un café en otro lugar, ya que este parece no gustarle? —se interesó Pilar.

—No. Supongo que las dos preferimos ir con calma.

—Y, en cambio, aquí estás, mirando a un lado y a otro por si decide aparecer.

—No seas porculera, tita.

—Bueno, yo insisto en que podríais citaros fuera del centro. Hay muchos sitios donde podéis quedar para charlar de vuestras cosas y conoceros mejor —dijo Pilar.

—Supongo que llegará el momento en que lo hagamos, si es que ella decide que vale la pena.

—¿Por qué lo dices en ese tono? —preguntó Pilar.

—Sabe dónde estoy durante los fines de semana. Si realmente le intereso, vendrá.

—¿Y entre semana, por las tardes?

—Está ocupada. Ha puesto en marcha un proyecto solidario para enseñar inglés a chavales sin recursos, algo que me parece maravilloso.

Eso le quita tiempo, aunque no tanto como antes.

Al principio, hace años, era la misma Vicky quien impartía las clases, pero ahora tiene a un grupo de voluntarios a su cargo y ella solo se dedica a la gestión y a la búsqueda de recursos.

Podría quedar conmigo, pero me da la sensación de que no se quiere precipitar.

Y es raro porque, entre clase y clase, aprovecha cualquier ocasión para buscarme.

—¿Y por qué no tomas tú la iniciativa? —sugirió Celeste.

—Porque yo tampoco me quiero precipitar. Y porque, en el fondo, estoy disfrutando de la sensación de que no me agobien como hacía Marta.

—Coño, Marta, ¿qué será de ella? —se preguntó Lola—. Ya hace casi dos meses desde que la vimos aquí por última vez.

—Habrá buscado nuevas compañías —supuso Lucía.

—Pues no sé dónde. No hay más lugares como este como en cien kilómetros a la redonda.

—Para ella no será problema coger un avión y plantarse en Londres o donde haga falta.

—También es verdad.

—Ahora que lo decís, hace unos días tuve que llevar unos libros a Veliana —comentó Celeste—. Pasé por el atelier de Marta y me llamó la atención que estaba cerrado.

—Bueno, a ella siempre le pareció un descrédito tener el taller en un pueblo pequeño. Igual lo ha trasladado a la capital o a una ciudad importante —explicó Lucía.

—O igual se ha cansado de jugar a los negocios —dijo Lola.

—No seas injusta, tita. Pesa a todo, Marta le ponía interés a su empresa. Supongo que era lo único que consideraba realmente suyo.

—También estabas tú. A ti también te consideraba como algo suyo —añadió con dureza Lola.

—Si no os importa, preferiría no volver a hablar de eso. Marta ya es pasado y me quiero centrar en lo que tengo por delante.

—¿Y lo que tienes por delante es Vicky? —preguntó Celeste con una sonrisa a mitad de camino entre infantil e ilusionada.

—Lo que tengo por delante es saber qué copa descafeinada me va a ofrecer ahora Tere.

Guiñó un ojo, se levantó y se dirigió a la barra con paso firme y olvidándose de Vicky.

***

Llegó al instituto después de tres días de descanso y la indecisión detuvo sus pasos.

A un lado estaba Tina, bromeando con Sandra y con pocas ganas de subir a clase.

Unos metros a la izquierda, con el hombro apoyado en la pared, Vicky ojeaba un cuaderno.

No llevaba su bolso, por lo que supuso que ya llevaba unos minutos en el centro y había dejado sus cosas en la sala de profesores.

Se dio cuenta de que las dos se percataban de su presencia a la vez y Lucía debía decidir a cuál de las dos dirigirse.

Las dudas la hicieron optar por sonreír a ambas y continuar sola su camino, pero Vicky corrió a acercarse.

—¿Ni siquiera me vas a saludar? —la regañó con simpatía.

Lucía vio por el rabillo del ojo cómo Tina las miraba y se daba prisa en desaparecer escaleras arriba.

—Estabas muy concentrada con tus asuntos —se justificó sin dejar de andar.

—¿Qué tal este fin de semana tan largo?

—Muy bien. Esto de que los festivos caigan en lunes o viernes es una bendición.

—Te doy la razón.

—En cambio, hoy no me gusta nada. Los martes y trece me dan mala espina.

—No me digas que eres supersticiosa.

—No del todo. Pero no me gustan los días como hoy y tampoco que se me rompa un espejo en casa.

En cambio, lo de la sal y otras supersticiones me dan igual.

Bueno, lo de pasar por debajo de una escalera me lo pienso bastante, pero solo si hay alguien arriba manipulando algo que se me pueda caer en la cabeza —añadió riendo cuando ya habían entrado en la sala de profesores.

—Todo eso son tonterías. Yo soy más racional.

—En eso me recuerdas a mi ex.

Vicky se quedó mirándola y se aproximó más a ella.

—¿Cuántas novias has tenido?

Lucía se sobresaltó con la pregunta y echó un rápido vistazo alrededor en busca de oídos indiscretos.

—No quiero hablar de eso aquí, nos pueden escuchar.

—Has sacado tú lo de tu ex.

—Ex es algo ambiguo. Novias no —le reprochó en un susurro.

—Está bien. Algún día me gustaría que me contaras por qué ese miedo a que se sepa en el instituto tu… ya sabes —dejó caer con cuidado para no molestarla.

—Pensaba que tú estabas de acuerdo, que opinabas lo mismo.

—Sí, pero ya te dije que por pereza. Si se enteraran no me importaría. En cambio, a ti parece darte terror.

—No es miedo —aseguró cogiendo el maletín y saliendo de la sala—. Pero igual me han podido ocurrir cosas en el pasado que me inviten a ser cautelosa en ese aspecto. ¿No se te había pasado por la cabeza que pudiera ser eso?

—Está bien. No te enfades —rogó Vicky, que la seguía a corta distancia.

—No me enfado —rebajó el tono deteniéndose y mirándola con intención—. Pero si quieres saber más sobre la Lucía pasional, ya sabes dónde obtendrás las respuestas.

—¿Y tiene que ser allí?

—Para eso en concreto sí. Para otros asuntos menos comprometidos me vale cualquier sitio fuera de este centro. Y ahora me voy, que llego tarde. Tú no, porque no tienes clase a primera hora.

—¿Ya te has aprendido entonces mi horario?

—Ni hablar. Ha sido simple deducción. Con lo metódica que eres, si tuvieras clase no estarías ahí tan tranquila.

Vicky le regaló una sonrisa seductora y Lucía ascendió al primer piso con la piel encendida.

***

Terminó aquella semana lectiva, un poco más corta de lo normal, y Lucía se marchó a casa con una mezcla dispar de sensaciones.

Con Vicky todo había continuado igual. Pese a la invitación velada de Lucía, su compañera no parecía dispuesta a que se vieran fuera del instituto y ella no sabía si era por falta de interés o porque todo formaba parte de un juego en el que Vicky disfrutaba haciéndola esperar.

Se preguntó si no sería mejor pasar a la acción y pedirle una cita, pero le daba tanto miedo equivocarse…

Vicky era muy distinta a Marta. No era el tipo de mujer con el que te tiras a la piscina a improvisar.

Por si no tuviera poco con su incertidumbre respecto a Vicky, le preocupaba la actitud de Tina.

Llevaba unos días viéndola extraña, con un estado de ánimo que cambiaba por momentos.

Tan pronto la veía sonriente como desanimada.

Había tratado de sonsacarle si había problemas en casa, si era su madre la que la estaba convirtiendo en una veleta emocional.

Pero Tina contestaba con evasivas y haciéndole ver que todo estaba bien.

Quiso creerla porque, a fin de cuentas, siempre se había abierto a ella para desahogarse.

Sabía que era el lugar seguro donde se refugiaba cuando su situación familiar empeoraba.

Y, para colmo, había tenido un extra de trabajo burocrático y también un desencuentro con los padres insatisfechos de un alumno de primero que había suspendido un simple control rutinario.

Al menos, había tenido momentos simpáticos con Sara y, sobre todo, con Miriam, que era una fuente continua de risas.

Después de lidiar con tantos sentimientos encontrados, agradeció la llegada del fin de semana liberador.

El viernes por la tarde, antes de arreglarse para salir con sus amigas, se acomodó en el sofá para llamar a su hermana Julia.

Hablaban una vez al mes y aprovechaban para ponerse al día.

A Lucía siempre le alegraba saber de ella y conocer sus progresos, tanto a nivel profesional como personal.

Julia no podía ser más feliz con Bosco y Gervasio, y Lucía solo podía compartir su dicha.

Antes de colgar, se prometieron acortar el tiempo entre llamada y llamada y, como cada vez, las dos lloraron soñando con volver a verse.

Unos minutos después, la pandilla se reunía para cenar en la tasca de siempre.

—¿Estás bien? —se preocupó Pilar.

—Sí. Es que ha sido una semana compleja y no se me ha ocurrido otra cosa que llamar a mi hermana para rematarlo —sonrió con cierta tristeza—. Le tocaba a ella dentro de unos días, pero he decidido adelantarme.

—¿Y cuándo piensa venir a haceros una visita? —preguntó Lola.

—Buena pregunta, tita —dijo antes de dar un trago a su cerveza sin alcohol—. Por suerte, la empresa les va muy bien, pero eso implica que no dispongan del tiempo necesario para hacer un viaje tan largo.

—Pues, si tan bien les va, tendrán que ir pensando en delegar en otras personas para poder escaparse —opinó Pilar—. Supongo que a estas alturas y dado el éxito, se lo podrán permitir.

—Si solo se dedicaran a la venta de productos, sería más fácil. Pero la parte crucial del negocio es el asesoramiento y ahí la mente pensante es Julia.

—Pilar tiene razón —intervino Celeste—. No pueden depender solo de Julia, tendrán que buscar ayuda. Pero, mientras tanto, ¿por qué no vas tú?