Ella (Corazón de Pantera nº 5) 31
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Llegó octubre y, con el paso de los días, Lucía se fue acomodando al horario, a los alumnos recién llegados, a las ausencias y a los pequeños conflictos que se renovaban año tras año.

Había pisado algunas aulas por primera vez y se había esforzado por ganarse el respeto de esos chicos que acudían al instituto sin motivación.

Poco a poco, todo se había ido poniendo en su sitio, incluido su naciente interés por Vicky y también la relación con Tina y Sandra.

Los hábitos respecto a ellas habían cambiado.

Al pasar a COU, salían una hora antes los viernes, por lo que se habían terminado esas charlas que mantenían al finalizar la última clase de la semana.

Buscaban otras fórmulas para compartir momentos, pero ya no era tan fácil.

Aun así, el cariño y la confianza seguían aumentando cada día.

—Este horario está muy mal hecho —protestó Tina.

Lucía la miró con ironía. Acababa de bajar del box de Francés y había encontrado a las dos chicas en el pasillo.

—¿Por qué, bicho?

—Es que me parece fenomenal que salgamos los viernes a las dos. Pero ¿por qué no acortar una hora más y así irnos en el segundo recreo?

—Ah, ¿quieres un horario a la carta?

—Bueno, es que esto de tener veinte minutos de descanso, después una hora de clase y a casa…

—Tina tiene razón —la secundó Sandra—. Esta hora sola es un fastidio.

—Pues, nada, par de dos, hablad con el jefe de estudios y se lo proponéis. Decidle también dónde colocáis la hora lectiva que os faltaría. Solo tenéis que decidir qué día salís a las cuatro.

—Aguafiestas —farfulló Tina ganándose un simpático coscorrón de la profesora.

—Tirad para clase, que va a sonar el timbre de un momento a otro.

Acababan de separarse cuando Lucía vio a Vicky acercarse hasta su posición.

—¿Vas a COU? —le preguntó.

—No, a tercero A —aclaró Vicky—. ¿Aún no te lo has aprendido?

—Como si no tuviera bastante con memorizar mi propio horario…

—Yo, en cambio, sí conozco el tuyo.

—¿Tanto te interesa?

—¿Qué te hace pensar que es una cuestión de interés y no de buena memoria? —cuestionó haciéndose la interesante.

Lucía rio y, sin saber por qué, se giró hacia atrás. Vio como Tina las miraba con una extraña expresión antes de entrar en su aula, pero no le dio importancia.

—Esa chica y tú tenéis una relación demasiado cercana, ¿no?

Lucía, sorprendida por la pregunta, permaneció unos segundos en silencio.

—Bueno, sí, hay varios chavales con los que tengo más trato y Tina es una de ellos. Sandra, la que iba con ella, también.

—No es buena idea dejarse llevar por el colegueo con los alumnos —opinó mientras sonaba el timbre.

—Lo sé, pero esas dos criaturas son especiales. Hicimos un viaje juntas y acabamos iniciando una amistad.

—Deberías tener cuidado.

—¿Por qué lo dices? —quiso saber poniéndose seria.

—No sé si te lo habrá dicho, pero esa chica es lesbiana.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Lucía cada vez más preocupada.

—La vi un par de veces en Shomos, acudiendo a esas charlas informativas que dan a los chicos menores. Eran mis últimos días en la asociación y ella debía tener trece o catorce años.

—Sí que tienes buena memoria —sonrió tratando de restar trascendencia al momento.

—Bueno, es que llamaba bastante la atención al ser la única chica del grupo.

—Ya. Estoy al tanto de lo que me cuentas y me parece que fue muy valiente.

—Por supuesto. Pero deberías tener cuidado —repitió—. Una relación tan estrecha con una chica así te podría causar problemas.

—Qué va, Vicky. Tenemos muy buen rollo y ningún conflicto, nunca lo ha habido —mintió—. A Tina le gustan un par de chicas de su edad y no sabe por cuál decantarse —dijo volviendo a reír.

—¿Y a ti? ¿Te gusta alguna?

—Quizá me guste una de mi edad también —dijo entrecerrando sus ojos traviesos.

—¿Y quién es? ¿La conozco?

—Ya sabes que ese tipo de respuestas solo las encontrarás en el Pantera. Me voy a clase, que llego tarde —se despidió sonriendo, antes de enfrentarse a los recuerdos que la asaltaban cada vez que entraba en el aula de tercero B.

***

Sí. Desde que había comenzado el curso, siempre que daba clase a tercero B, una corriente la atravesaba. Llevaba varias semanas de curso, había acudido unas veinte veces a esa aula y no comprendía esa mezcla de sentimientos que la desbordaba cada vez.

Un año atrás, había vivido momentos intensos entre aquellas cuatro paredes.

Había sentido dudas y miedo, había reído, se había emocionado y se había perdido en demasiados momentos en la contemplación de Tina.

Podía parecer que era un aula más, pero la carga emocional en aquella habitación no tenía nada que ver con la del resto de las clases.

Por mucho que lo intentara, no podía evitar echar un vistazo a la última fila y sentirse extraña al encontrar otro rostro. También echaba de menos el tierno y asustado de Sandra, pero no podía negar que era el de Tina el que más añoraba, aun cuando sabía que la tenía a unos pocos pasos.

Se preguntó qué pasaría al curso siguiente, si entonces también el aula de COU C le resultaría incompleta.

No quiso detenerse a pensar que Tina ya no estaría, que el instituto sin ella le iba a parecer un edificio vacío y sin alma.

¿Conseguirían evitarlo otras personas? ¿Otros alumnos entrañables? ¿Otros retos apasionantes? ¿Vicky?

Victoria Alarcón había llegado a su vida para recordarle que su instinto de mujer continuaba intacto, algo que dudaba después de navegar por las aguas enfangadas de su relación con Marta.

Vicky era muy distinta. Le atraía y le gustaba ese juego de seducción que las estaba enredando desde el primer día.

A diferencia de Marta, con ella no había urgencia.

Le gustaba su aspecto, pero más aún su elegancia y la forma en que, por momentos, rompía esa sutilidad para intentar avanzar posiciones con Lucía.

Resultaba muy evidente que la atracción era mutua y que también Vicky era de las que preferían madurar el proceso para disfrutar más de la conquista.

De hecho, Lucía le había sugerido unas cuantas veces la posibilidad de quedar en el Pantera, pero Vicky no quería dar su brazo a torcer.

Su animadversión hacia el pub parecía superar al interés por Lucía.

Así, pues, su relación consistía en lanzarse indirectas, en coqueteos disimulados por los pasillos y en no verse fuera del instituto.

A Lucía le parecía divertido. A Vicky excitante. Y a las dos igual de incierto.

***

Lucía se sentó exhausta de tanto bailar y dio un trago a su bebida de granadina.

Desde que seguía el tratamiento del doctor Olmedo, había abandonado todo consumo de alcohol y Teresa la sorprendía, cada noche que iba al Pantera, con un combinado diferente para que no se aburriera tomando solo zumos y refrescos.

—Me hago mayor —resopló—. Apenas son las dos y ya no puedo con mi alma.

—Pues anda que no te queda nada hasta pillarnos —dijo Lola mientras se retrepaba en el sofá.

—Cariño, ni que tuviéramos ochenta años —protestó Pilar.

—Sois dos jovenzuelas con mucha marcha. Pero yo cada vez me canso antes —insistió Lucía.

—A ver si es que la energía te la daban los gintonic. Por cierto, ¿qué tal esa copa? —preguntó Celeste sin dejar de bailar a su lado.

—Mejor de lo que esperaba, pero me sigo quedando con la piña colada sin alcohol que me preparó Tere hace un par de semanas.

Tras decirlo y tomar otro sorbo de su cóctel, Lucía echó un vistazo a su alrededor.

Con el paso del tiempo, había olvidado que hubo una época en que sus ojos fueron un radar en busca de Tina y ahora era a Vicky a quien esperaba encontrar, aun cuando le había asegurado que no quería volver a pisar un pub de ambiente.

—¿Buscas a alguien? —quiso saber la perspicaz Lola.

—¿Has visto a alguna conocida? —preguntó a su vez Pilar.

—¿Has decidido cazar? —se sumó Celeste con sonrisa pícara.

—No a las tres —contestó con resignación a la sorna de sus amigas—. Solo siento curiosidad por si le da por venir a una compañera.

—¿Qué compañera? —se sorprendió Lola incorporándose.

—Eso digo yo. ¿Qué compañera? ¿Qué nos hemos perdido? —la secundó Celeste, olvidándose de la música y sentándose junto a Lucía.

—Pues… hay una nueva profesora de Inglés en el instituto y hemos hecho buenas migas.

—¿Habéis hecho buenas migas u os habéis hecho tilín? —cuestionó Pilar.

—Es pronto para saberlo, jefa, pero la verdad es que no me disgusta.

—¡Pero, bueno! ¿Y a qué esperabas para contárnoslo?

—No sé, Pilar, no hace ni un mes que nos hemos conocido y de momento no pasamos de miraditas y tonteos.

—Te parecerá poco —dijo Lola—. Que eso suceda en tu lugar de trabajo y no en un sitio como este es significativo. No creo que haya muchas lesbianas en el profesorado de tu centro.

—Que yo sepa, no hay ninguna más.

—¿Y cómo es que te ha calado? Sé lo prudente que eres en ese aspecto en el instituto.

—Parece ser que me vio aquí hace tiempo.

—¿Y no has quedado con ella? Os vendría bien relacionaros fuera de vuestro trabajo.

—Claro, pero le cogió manía al Pantera, y eso que, según me contó, ayudó a fundarlo.

—Espera, espera —dijo Pilar—. Esa profesora de Inglés… ¿no se llamará Victoria por casualidad?

—Sí, ¿la conoces?

—¿La conocemos? —preguntó también Lola.

—Sí, cariño, pero nunca hemos hablado con ella. Es esa amiga de Tere que la asesoró en nombre de Shomos y la ayudó con todo el papeleo.

—Ah, sí, aquella pelirroja. Victoria, Vicky… Es verdad. Muy guapa, aunque, para mi gusto, le faltaban algunos kilos para ser un bombonazo.

—Ya tienes bastante con mis kilos.

—Y por eso me pareces un bombonazo, amor mío —dijo Lola compartiendo con Pilar un beso subido de tono.

—Ay, no me habléis de kilos. Esta maldita medicación me ha hecho subir un poco de peso —se lamentó Lucía.

—Te hacía falta. Estabas demasiado delgada y ahora tienes unas redondeces muy interesantes —opinó Pilar.

—Ella siempre lo ha tenido todo muy interesante —apostilló Lola.

—Tita, deja de decir esas cosas delante de tu mujer. No quiero ser la causante de vuestra ruptura.