30
Entró al instituto con el mismo maletín, el mismo reloj inservible en la muñeca y la misma ilusión que un año antes. Había también una dosis inevitable de nervios, pero mucha más seguridad. Una sonrisa confiada la acompañó en su camino hacia la sala de profesores.
Y allí encontró a Sara, con la que no había coincidido en los días previos al curso y que se explayó hablándole de su verano y pidiendo a Lucía más detalles de los que esta parecía dispuesta a contar.
Y estaba Félix, contento porque iba a dar clase a menos aulas y a asumir nuevas funciones en el departamento de idiomas.
Estaban también la amable María, Jesús Galera, tan serio como siempre y Miriam, que era un soplo de aire fresco en el claustro.
Faltaba algún profesor y habían llegado otros nuevos, aunque la mayoría eran caras ya conocidas.
Mientras saludaba a unos y le presentaban a otros, se fijó en una mujer que charlaba con Juan Martínez en el otro extremo de la sala.
Era guapa, pelirroja y tenía unos ojos vivaces que dejaban claro que no le asustaba ser la nueva.
A Lucía le llamó la atención el aura que desprendía.
Al mirarla con disimulo, sintió un leve cosquilleo.
De inmediato quiso saber más sobre ella y tratar de averiguar por qué le resultaba vagamente familiar.
Miguel Cózar, el jefe de estudios, reclamó su atención para informarle sobre una modificación en los horarios y ella recordó que era una profesora en su primer día de curso.
Se quedó intercambiando impresiones con él y fue entonces cuando vio a Tina asomar la cabeza por una rendija de la puerta.
Era evidente que la estaba buscando, pues la sonrisa tras el cruce de miradas fue reveladora.
También a Lucía se le avivó el corazón y se dio prisa en terminar con Miguel para ir a su encuentro.
Antes de salir al pasillo, volvió a mirar a la nueva profesora y esta le devolvió una sutil caída de ojos.
Notó que el pulso se le había acelerado, pero ya no quiso prestar atención a otra cosa que no fueran Tina y Sandra, que la esperaban con la ilusión del reencuentro y de comenzar juntas un nuevo curso.
A las dos les alegró saber que Lucía les daría clase, aunque Tina no recibió de tan buen grado la noticia de que volvería a ser su tutora.
A la chica le incomodaban demasiado esas reuniones que la profesora se empeñaba en mantener con su madre, aunque acabó rebajando el tono y aceptando las bondades de tener a Lucía de su lado.
Esta, en cualquier caso, no estaba dispuesta a que las niñerías de Tina le amargaran el momento.
El desencuentro, que se solucionaría unas horas después, no impidió que Lucía iniciara el nuevo ciclo con entusiasmo.
Aquel primer día fue tan caótico como el año anterior y ella, al verlo venir, lo vivió de una manera más relajada.
A media mañana, se tomó un descanso en la cafetería.
No quiso recordar el trance vivido en esas mismas circunstancias al comienzo del curso pasado, cuando descubrió, de la peor forma posible, la realidad sobre Tina.
Estaba disfrutando de un té en soledad cuando apareció esa nueva profesora que tanto interés le suscitaba.
Se acercó a la barra, pidió un café y miró a su alrededor dudando si ocupar cualquiera de las muchas mesas que había vacías o sentarse junto a Lucía.
Esta, viendo su indecisión, decidió tomar la iniciativa:
—¿Por qué no me haces compañía? —sugirió.
Su compañera sonrió y se acomodó frente a ella.
—¿En serio es siempre así este primer día? —preguntó.
Lucía rio recordando que ella había formulado a Sara la misma pregunta el año anterior.
—Tómatelo con humor y sin prisas —emuló a la profesora de Química—. Por cierto, soy Lucía.
—Lo sé. Me ha hablado de ti el coordinador de idiomas.
—Ah, Félix. Está entusiasmado con su flamante cargo.
—Yo me llamo Vicky.
—De Victoria, supongo.
—Sí, pero hace años que nadie me llama así —dijo dando un pequeño sorbo a su café. Lucía se percató de que lo tomaba sin azúcar.
—Y si has hablado con Félix, intuyo que eres la nueva profesora de Inglés.
—Así es. Confío en que me consideres una compañera y no una rival.
—¿Rival por qué?
—Bueno, el inglés va aumentando su presencia y me temo que el francés acabará arrinconado.
—Soy consciente, pero esa transición durará años y, cuando el momento llegue, estaré preparada para encontrar otro modo de vida. Así que… no, no te considero una amenaza.
Las dos sonrieron y tomaron a la vez un poco de sus bebidas mientras se miraban a los ojos.
—¿Por qué será que me suena tu cara? —preguntó Lucía.
La respuesta de Vicky fue un gesto sensual vestido de silencio.
—Recuerdo haberte visto en el Pantera —desveló por fin, provocando un remolino en el vientre de Lucía.
—¿Sí? ¿Crees que es de eso? —dudó un tanto nerviosa—. Soy asidua al pub y, bueno, hay noches en que se llena de gente, pero…
—Llevo siglos sin ir por allí. Hace años pertenecí a Shomos y ayudé a Tere y a Jandro en los comienzos del local. Después, me aparté para centrarme en mis proyectos. Pero me suena haberte visto con tu grupo de amigas.
—¿Te quedaste con la cara de todas las chicas que frecuentaban el Pantera en aquella época?
—No —contestó sonriendo—. Pero hay caras… y caras —matizó casi susurrando.
—¿Y cómo es que ya no vas por allí? —trató de desviar la conversación sintiendo que el rostro le ardía.
—Me cansé de niñatas y dramáticas —respondió haciendo un gesto despectivo con la mano.
—Te entiendo. Supongo que en mi caso es distinto. Voy siempre con mi pandilla y me centro en pasarlo bien con ellas. El Pantera es nuestro refugio.
—¿Sigues con el mismo grupo? ¿No hay una compañera más íntima?
—¿Esa es tu forma de preguntarme si tengo novia?
La risa que compartieron sirvió para que las dos se sacudieran los nervios.
—No tengo novia —dijo sacando a Vicky de dudas.
—Yo, en estos momentos, tampoco. Llevo dos años libre como un taxi con la luz verde.
Lucía apuró su infusión observando a la profesora de Inglés.
Era fácil perderse en sus bucles rojizos, en sus pecas, en su piel lechosa, sus ojos verdes y sus labios entreabiertos.
Vicky le resultaba atractiva e interesante.
A diferencia de Marta, con ella le apetecía mucho conversar.
Por eso le molestó tener que poner fin al momento.
—Deberíamos irnos a continuar. Aún tengo que pasar por un par de aulas —explicó Lucía.
—Sí, yo también. Pero me encantará volver a charlar contigo.
—Claro, Vicky. Un placer haberte conocido.
Por cierto —dijo retrocediendo sobre sus pasos cuando ya había iniciado la marcha—, aquí nadie sabe nada sobre mi orientación sexual.
No es que me preocupe lo que puedan pensar, pero quiero separar mi vida personal de la laboral.
Fuera del instituto me da igual, pero aquí, prefiero evitar cuchicheos.
—Ah, no te preocupes por eso. Pienso igual que tú. Qué pereza.
Lucía volvió a regalarle una sonrisa y salió de la cafetería. Pensó en ella mientras subía hasta el primer piso. Le había gustado esa sensualidad serena de la que parecía hacer gala y quería saber qué otras cosas tenían en común, aparte de la profesión, la discreción y el gusto por las mujeres.
Llegó a la puerta de primero B dispuesta a cumplir con el trámite antes de subir al aula de COU C, donde la esperaban Tina y Sandra. Al pensar en ellas, una sonrisa se apoderó de sus labios y Vicky dejó de existir.
***
Lucía miraba a Tina con ternura. Acomodada en el asiento de copiloto, revisaba el ejemplar de Les Misérables que la profesora le había regalado tanto a ella como a Sandra.
El día anterior, había anunciado en clase que leerían la obra de Victor Hugo y rematarían escuchando las canciones del musical.
Las chicas se habían emocionado al recordar la experiencia en Madrid y les ilusionó saber que iban a reencontrarse con la historia y las canciones, aunque tuviera que ser, como correspondía, en francés.
—Oye, Lucía, tengo una duda —dijo soltando el libro sobre sus rodillas y girándose hacia ella.
—¿Sobre qué?
—Sobre esto —contestó poniendo la mano en el ejemplar.
—¿Y qué quieres saber?
—¿El año pasado también lo leyeron tus alumnos de COU?
—Claro. Forma parte del programa de estudios.
—Y entonces, ¿por qué no fueron ellos contigo a ver el musical?
Lucía tragó saliva sintiéndose pillada. ¿Qué podía decirle para no admitir que se había esforzado en allanarle el camino a Madrid?
—Bueno, supongo que habría sido lo más lógico, pero ellos no tuvieron que hacer un trabajo tan exigente como vosotros.
—Ya.
—Esos relatos que escribisteis tuvieron mucho mérito.
—Y solo hicimos ese trabajo los de tercero, claro.
—Sí, solo los de tercero B —especificó—. Félix dio clase a tercero A y C y, bueno, pues… cada uno tiene libertad con las tareas que pone a sus alumnos.
—Ya, si no voy a ser yo quien me queje —aclaró Tina sonriendo—. Para mí fue como si me tocara la lotería.
—Fue muy merecido, Tina —aseguró apretándole el hombro con cariño—. ¿Sabes que este libro fue el primero que traduje cuando trabajé en una editorial, recién salida de la universidad?
—¿Sí? ¿Y es esta edición? —trató de averiguar buscando la página de créditos.
—No. Mi traducción fue del francés al castellano. Guardo un par de ejemplares en casa. En su día me hizo mucha ilusión ver mi nombre en pequeñito en la portada —recordó con nostalgia.
—Qué bien, Lucía. A ver si me lo enseñas algún día. Debiste tardar un montón de tiempo. No imaginaba que el libro fuera tan gordo.
—Sí. Por suerte, vosotros vais a estudiar una versión muy reducida. El original, aparte de largo, es denso.
—Pues menos mal. Necesito que me dejes tiempo libre para escribir cartas a Maribel —dijo bufando.
—Veo que seguís en contacto. ¿Le dijiste que fuiste a verla a Villaluz y no la encontraste?
—Sí y le supo mal.
—¿Y habéis planeado veros, ya sea aquí o allí?
—Sí, pero más adelante. Ahora hay que centrarse en el comienzo del curso, que ella es una chica responsable y yo más todavía.
—¿Tú, bicho?
La chica rio y Lucía se contagió de su frescura y de la complicidad con que trataba de provocarla. Tina era ya un pedazo de sí misma, una pieza fundamental en el motor de su vida.
—Gracias por traerme a casa —dijo saliendo del coche—. Nos vemos mañana, Loulou.
Lucía volvió a reír viéndola marchar. Unas horas antes, durante la reunión rutinaria que había mantenido con ella en el box de Francés, Tina le había desvelado que Loulou era el mote con que los alumnos llamaban a Lucía.
No le había molestado, al contrario, le había hecho gracia.
Y, sobre todo, le gustaba la sonrisa pícara que acaparaba el rostro de Tina cuando la llamaba así.
Y es que en sus labios todas las palabras sonaban diferentes.
Con Tina absolutamente todo era diferente.
***
—Por fin es viernes —exclamó Lucía mientras se sentaba, con un café en la mano, en una mesa de la cafetería del instituto en la que desayunaban varios profesores.
—Y por fin te vemos el pelo por aquí —le reprochó Sara.
—Querida compañera, sabes que sacrifico los recreos al principio de cada curso para hablar con los alumnos de los que soy tutora.
—¿Y qué pasa? ¿Hoy por ser viernes te fumas esas reuniones? —preguntó con simpatía Miriam.
—No, pero hoy no ha venido a clase la chica con la que me tocaba charlar durante este recreo, así que aprovecho para airear la mente —explicó rasgando el sobre de azúcar.
—Me alegro de que estés aquí porque ahora verás lo que me ha pasado durante la primera hora —comenzó a narrar la joven profesora de Educación Física.
Pero Lucía ya no escuchó la historia porque sus sentidos se centraron en Vicky, que acababa de entrar a la cafetería y se había sentado en la barra a tomar un tentempié.
Un minuto después, a Lucía la despertaron las risas por la anécdota de Miriam y disimuló acompañándolas, aunque no se había enterado de nada.
El recreo terminó y el grupo de docentes regresó a sus quehaceres. Lucía se acercó a la barra donde Vicky daba el último sorbo a su café tras pedir la cuenta.
—No me digas que no te gusta socializar con los compañeros.
—¿Por qué lo dices?
—Me ha llamado la atención que no te hayas querido sentar con nosotros.
—He visto que estaban todas las sillas ocupadas —se justificó Vicky mientras entregaba un billete de mil pesetas al camarero—. Y para ocupar una mesa yo sola, he preferido quedarme aquí.
—¿Sabes lo poco que se tarda en arrimar una silla? —cuestionó con sorna.
—Bueno, soy nueva aquí y aún no conozco vuestras costumbres.
—Pues no me ha dado la sensación en estos días de que te limite ser la nueva.
Vicky le regaló una sonrisa, recogió el cambio y bajó del taburete.
—¿Acaso me has estado observando?
—No hace falta observarte. Ya eres bastante llamativa con ese pelo rojo tan bonito y ese halo de profe interesante.
—¿Me estás tirando los tejos?
—Qué más quisieras…
Compartieron una mirada sensual antes de sonreír e iniciar juntas el camino hacia la sala de profesores.
—Tengo curiosidad por saber cómo te gustan las mujeres —dijo Vicky de repente, aprovechando que nadie las escuchaba.
—Si alguna noche vuelves al Pantera, te lo contaré —la desafió.
Vicky respondió humedeciéndose levemente los labios con la punta de la lengua y pasando demasiado cerca de ella cuando abandonó la sala.
Lucía resopló, cogió su maletín y se fue a dar clase a primero C, con la esperanza de que la guerra que le daban aquellos chicos en particular le ayudara a apagar el fuego que Vicky le había provocado.