Ella (Corazón de Pantera nº 5) 29 #2
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—Grr —repitió antes de ponerse a gesticular sintiéndose ridícula—. ¿En qué momento se le ha ocurrido a Tere poner a un garito una onomatopeya como nombre?

—Se lo tengo que agradecer solo por escucharte decirlo —continuó riendo Lucía—. Y no, no me voy a tomar una copa. Sabes perfectamente que no puedo. No llevo toda la noche bebiendo cerveza sin alcohol para ahora estropearlo.

—Todo sea por tu bien.

Se encaminaron a paso lento hacia la zona donde estaban situadas las casetas de los pubs y discotecas. Entre ellas estaba Grr, la hermana pequeña del Pantera que solo iba a estar activa durante los días de feria y que se estrenaba aquel año.

En un momento en que Celeste y Lola se apartaron para tirar sus vasos de plástico a un contenedor, Pilar se enganchó del brazo de Lucía y le susurró:

—Es increíble cómo se te ilumina la mirada cuando estás con Tina.

Lucía se quedó callada. No esperaba que su amiga le saliera con esas y no supo qué decir.

—Que no insinúo nada, ¿eh? —continuó Pilar—. Es solo que esa chica te hace bien. Me alegro de que seáis amigas —añadió antes de descolgarse de Lucía y sujetarse con disimulo a la cintura de Lola.

—Será que con su edad me ayuda a rejuvenecer. Todo se pega —bromeó restando importancia al asunto.

—¿De qué habláis? —preguntó Celeste.

—De la buena influencia de según qué personas —contestó Pilar guiñándole un ojo a Lucía—. Bueno, pues vamos a ver qué ambiente hay en el Grr —dijo imitando un zarpazo felino.

Lucía se dedicó durante horas a bailar y a beber zumos y combinados sin alcohol, algo que repetiría día tras día hasta que terminaron las fiestas. Cada noche celebró tener con ella a sus amigas y cada noche lamentó que Tina no estuviera a su lado.

***

Se acercaba el comienzo de un nuevo curso y Lucía ya llevaba varios días concentrada y anteponiendo su faceta de profesora a la de juerguista.

Había apurado al máximo el verano y las vacaciones donde habían sucedido tantas cosas inesperadas, pero era el momento de abrir la puerta a otro ciclo y a nuevos retos.

Regresar al instituto en los días previos al comienzo de las clases renovó su ilusión.

Le gustó reencontrarse con algunos de sus compañeros, ponerse al día, respirar el olor del centro sin el ruido ensordecedor de los alumnos.

Aunque, ¿a quién pretendía engañar? En el fondo, echaba de menos el bullicio de los chicos.

Justo estaba pensando en ello cuando Juan entró en la sala de profesores junto a una joven.

—Lucía, mira, te presento a Miriam, nueva profesora de Educación Física.

Se saludaron con simpatía y pronto Lucía se dio cuenta de que Miriam era un cascabel, muy alegre y activa. Su aspecto no podía estar más alejado del de su compañero de materia, Sebas, y temió que los alumnos no la tomaran en serio al verla tan jovencita y menuda.

—Voy a enseñarle el gimnasio y las pistas —dijo Juan—. No te marches sin que hablemos, te tengo que comentar algo sobre las tutorías.

—¿Vuelvo a ser tutora de un grupo?

—Sí, de COU C. Ya tenemos la lista definitiva de las aulas y en esa van a estar los de Letras, que el curso pasado estaban en tercero B y C.

Así que repetirás como tutora con muchos de tus alumnos, aunque conocerás a algunos nuevos.

Menudo cacao tenemos con la llegada de los chicos del Fuente del Álamo.

Lucía sonrió viéndolos marchar. Llevaba tres meses preguntándose si volvería a dar clase a Tina y Sandra o si caerían en manos de Félix.

Le gustó saber que no solo iba a volver a ser su profesora sino que, además, se encargaría nuevamente de su tutoría.

Le satisfacía asumir esa responsabilidad para tratar de ayudarlas a todos los niveles y sabía que ellas se alegrarían del mismo modo, pues habían hablado sobre ello volviendo de la feria.

No las había vuelto a ver desde aquel día y ya solo deseaba que llegara el lunes para que se reencontraran y supieran que iban a seguir compartiendo asignatura.

Pero antes de que la atropellara la rutina del nuevo curso, quería disfrutar del fin de semana.

Salió el viernes hasta altas horas de la madrugada. Repitió el sábado, especialmente divertido por las actuaciones en directo en el Pantera. Y el domingo, pese a que la sensatez la invitaba a quedarse en casa, se reunió con la pandilla por la tarde para tomar un granizado y coger aire.

—No voy a tardar en irme, que mañana comienza el curso —avisó.

—No me digas —replicó con ironía Lola.

—Lucía, ya nos enteramos la quinta vez que nos lo dijiste hace tres días —dijo Pilar.

—Pareces un disco rayado —añadió Celeste riendo.

—Desde luego… Vaya tres. Podríais entender que es importante para mí.

—Pero ¿por qué estás tan nerviosa? —quiso saber Pilar—. Ni que fuera tu primera vez.

—No estoy nerviosa. Estoy ilusionada. Vale, y un poco nerviosa —admitió tras una pausa.

—Debe ser emocionante para ti cada septiembre —opinó Celeste—.

Para nosotras, el regreso al trabajo después de las vacaciones es continuar con lo de siempre.

Pero tú, seguramente, cambiarás de aulas, conocerás alumnos nuevos…

Aunque sea igual, es siempre distinto. Es una contradicción maravillosa —concluyó sonriendo.

—Tal cual, enana —dijo acariciándole el pelo—. Pero este año es un lío porque el otro instituto ha tenido que cerrar provisionalmente por una remodelación y parte del alumnado se ha incorporado al nuestro.

—¿Y sabes ya si volverás a dar clase a Tina? —preguntó Lola con ojos incisivos.

—Sí, este año también voy a ser su profesora y tutora.

—Ah, qué interesante. Entonces tendrás que enfrentarte de nuevo a su querida madre —dijo Lola.

—No seas cruel, tita. Lo de esa mujer y su relación con Tina es un reto para mí. No sé cómo hacerlo para que tengan una vida familiar en condiciones.

—Si alguien lo puede conseguir eres tú —aseguró Celeste haciéndole un arrumaco.

—Gracias por la confianza. Esa Paz es un enigma. Un enigma difícil, áspero e incómodo, pero no me voy a rendir.

Media hora después, salieron de la cafetería, situada dentro de un pequeño parque del centro. Celeste se acercó a dar de comer a una bandada de palomas y Pilar la acompañó. Lucía aprovechó que se había quedado a solas con Lola para preguntarle algo que le intrigaba:

—Oye, tita, antes, cuando hablábamos del principio del curso, ¿por qué me has preguntado solo por Tina?

—Tenía curiosidad por saber si va a seguir siendo tu alumna.

—Lo entiendo, pero has ignorado por completo a Sandra. Sabes que ella también es importante y es una persona a la que ya conoces.

—Tienes razón y es un encanto. Pero a Tina la tengo más tratada, aparte de que hay factores que la convierten en alguien especial para ti.

—Esos factores forman parte del pasado, Lola. ¿Ves? Ya me estás mirando otra vez con esa cara.

—¿Qué cara?

—Adoptas una expresión sibilina cuando me hablas de ella. Es como si creyeras que sabes algo que yo no sé.

—O que prefieres no saber.

—De verdad, Lola, no vayas por ahí.

—Yo no digo nada, Lucía. Tina me cae muy bien, ya está.

—A veces me pregunto cómo es posible que hayáis conectado tanto si apenas os conocéis.

—Bueno, tuvimos conversaciones interesantes en Villaluz. Nos dio tiempo a tomarnos afecto.

—Ya. Supongo que se intima mucho hablando de La Bombi y de las azafatas del Un, dos, tres…

—Oye, ¿es a celos a lo que huelen tus palabras? —preguntó Lola entrecerrando los ojos.

—Pues, no. Por supuesto que no. Lo preocupante sería que a una adolescente no le gustaran las chicas guapas y resultonas.

—Vale, pero que sepas que el tema no lo sacó ella.

—Me da igual, tita.

—Simplemente hablábamos del Pantera y Celeste comentó que, cuando llega la hora del cierre, Tere pone las sintonías de Verano azul y del Un, dos, tres para echar a la gente. Sabes que el cervatillo siempre se muere de risa con eso. Y, bueno, pues una cosa fue llevando a la otra.

—Bien, pero que no me tienes que dar explicaciones —insistió Lucía—. En absoluto estoy celosa y te agradecería que no me acusaras de nada por el estilo porque la situación está muy clara entre Tina y yo. No me ayuda nada que remuevas asuntos del pasado.

Lola respondió lanzando al aire una mueca repleta de sorna y encendiéndose un cigarrillo. El silencio las acompañó hasta el regreso de Pilar y Celeste, momento en que el grupo se dispersó.

Lucía se fue caminando sola a casa, con un pellizco en el corazón que no entendía. Como tampoco entendía por qué, de repente, le caían tan mal Kim Manning y La Bombi.