29
Septiembre llegó y con él las fiestas patronales de Albaceda. Como marcaba la tradición, la pandilla de Lucía apuraba esos días que comenzaban a despedir el verano y les recordaban que tenían unos largos meses por delante antes de la llegada de las siguientes vacaciones.
Aquel primer sábado de feria, tras la petición habitual de Celeste, dieron una vuelta por las atracciones.
Y, como cada año, las mismas discusiones.
Lucía y Lola querían montar en el balansé y Pilar se negaba abrazándose a un poste para que no la arrastraran hacia lo que le parecía un invento del demonio.
Celeste se moría de la risa sabiendo que, aunque lo fingían, nunca la iban a obligar.
Después, seguían su tradicional hoja de ruta subiéndose al tren de la bruja, donde Lola tenía siempre como objetivo robar las escobas y ponerse a sacudir con ellas a los operarios disfrazados de la atracción ante la mirada atónita de los niños.
Cuando el tren se detenía, Lola dejaba las escobas tiradas y huía corriendo antes de que llegaran a llamarle la atención.
Por más años que pasaran, Pilar se seguía abochornando y después tardaba un buen rato en volver a hablarle, mientras que Lucía y Celeste reían hasta llorar.
Cuando ya habían hecho las paces, Lola y Pilar se subían solas a la noria y allí dejaban que el vientre se le llenara de mariposas por el vértigo de las alturas y por saberse juntas un año más.
—¿Nos vamos ya a comer algo? —propuso Lola—. Las cosquillas me han dado hambre.
Se dirigieron a la zona donde estaban situadas las casetas de restauración.
Entraron en una al azar, buscaron una mesa grande y pidieron unos bocadillos.
Mientras daban cuenta de ellos, Lucía permanecía atenta a la gente que iba y venía.
Durante toda la noche había estado encontrándose con gente conocida y, sobre todo, con muchos alumnos.
Se preguntó si Tina y Sandra irían a la feria y temió que no sería así.
Esa cabezonería de huir del mundo de las dos la hizo sonreír por un instante.
Su sorpresa fue cuando, unos minutos después, las vio a pocos metros, juntas y mirando alrededor.
No se lo podía creer. Parecían estar buscando un sitio para tomar algo, pero todas las mesas estaban ocupadas.
—¿De qué te ríes? —preguntó Celeste al ver la expresión repentina de su cara.
—Ahí está Tina.
Tanto Celeste como Pilar se giraron para comprobarlo.
—¿Y la otra chica quién es? —quiso saber Pilar.
—Sandra.
—¡Ah! Es la que también fue a Madrid —dijo Celeste.
—Pues diles que vengan y cenen con nosotras.
La sugerencia de Pilar era innecesaria y llegó tarde, pues Lucía ya se estaba levantando para ir a buscarlas.
—Esto sí que es una sorpresa —les dijo cuando llegó junto a ellas—. Empiezo a pensar que tengo el poder de invocar.
Por un momento las tres compartieron la misma sonrisa ilusionada.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Tina.
—Pues porque justo estaba pensando en vosotras.
—¿Sí? —Se sorprendió Sandra.
—Sí. Me preguntaba por qué está aquí medio instituto pero no las más guapas.
Sandra se ruborizó mientras Tina le regaló una mirada profunda. Lucía sintió como si sus ojos fueran el origen de una onda expansiva que la arrasó por dentro. La sacudida le impidió volver a hablar durante unos segundos en los que se limitó a sonreír.
—Pues, ya ves, las dos raras han venido a dar una vuelta —dijo por fin Tina rompiendo el silencio.
—Como debe ser. Espero que lo estéis pasando bien.
—Mejor de lo que esperaba —admitió Tina mirando de reojo a Sandra.
—Supongo que estáis buscando un sitio para cenar.
—Sí, estábamos mirando en qué caseta había menos cola —explicó Sandra.
—Venid conmigo, que os hacemos hueco en nuestra mesa.
—¿Estás con tus amigas? —preguntó Tina.
—Sí, claro. Pero hay sitio de sobra para vosotras. Seguidme.
Un minuto después, Tina se alegró de saludar a Pilar y Celeste y se extrañó por la ausencia de Marta y Lola.
Esta regresó en ese preciso instante de la barra a donde había ido a por otra ronda de cervezas.
Al reponerse de la sorpresa de ver a Tina, soltó los cuatro vasos que llevaba sujetos a duras penas y se lanzó a ofrecerle uno de sus abrazos constrictivos.
A Lucía le llamó la atención la enorme complicidad que parecían haber tejido en apenas cuatro ratos en Villaluz.
Tras presentarles a Sandra, la profesora volvió a sentarse atrayendo a su pequeña amiga para que se colocara junto a ella.
La conocía lo suficiente como para saber que en esos momentos la timidez se la estaba tragando.
Al otro lado, Sandra tenía a Celeste, que, en seguida, con su maravillosa personalidad, había comenzado a colmarla de mimos y atenciones.
Eran las dos personas más tímidas que conocía, aunque cada una se enfrentaba a sus limitaciones de una manera distinta.
Era algo que siempre había admirado de Celeste y que iba a poner el alma en ayudar a Sandra para que lo superara.
Las seis compartieron un rato ameno, acompañando la cena con buena conversación y risas. Sandra no tardó en perder el miedo y comenzar a sentirse cómoda. Lucía se encontraba en su mejor momento de la noche, bromeando con Tina y sintiendo que, de alguna manera, ella lo completaba todo.
Cuando se hizo tarde y las chicas anunciaron que debían marcharse a casa, Lucía decidió llevarlas en coche y ellas, aunque les sabía mal romperle la marcha, se alegraron.
Unos minutos después llegaron a la casa de las hermanas Blanco.
Sandra descendió del vehículo, se despidieron entre bromas y Lucía se quedó a solas con Tina.
—¿Cómo es que no quieres volver a la feria en estos días? —preguntó Lucía a colación de lo que habían estado hablando un minuto antes con Sandra.
—Hace años que no iba y hoy he accedido solo porque Sandra me lo había pedido y no quería quitarle la ilusión.
—De verdad, no entiendo cómo dos chicas de vuestra edad no están más abiertas a la fiesta.
—No sé. Igual es que me gustaría que la fiesta fuera de otra manera —repuso encogiéndose de hombros.
—A saber qué tendrás en la cabeza —comentó con sorna.
—¿Sabes? Antes he visto a Raquel con unas amigas.
Lucía volvió a tardar en reaccionar.
—¿Y con ella no te irías a la feria?
—Sí, claro, pero creo que Raquel prefiere otras compañías.
—Pues ella se lo pierde. Contigo se lo pasaría fenomenal.
Tina sonrió levemente y durante un instante la miró de una forma que Lucía no supo cómo interpretar. Después, desvió la vista hacia la ventanilla, carraspeó y le formuló una pregunta tan comprometida como inevitable:
—¿Ya no sale Marta con vosotras?
Lucía le devolvió una mueca antes de contestar. No le había molestado que sacara el tema. En realidad, le sorprendía que hubiera tardado tanto en preguntárselo.
—No, de hecho, no terminó de pasar las vacaciones en el apartamento de Villaluz.
—Había un poco de mal rollo.
—Demasiado, las demás chicas hacía tiempo que se sentían incómodas con ella y nuestra relación se había vuelto tóxica.
—¿Al final era tu novia? —continuó preguntando Tina con cierto temor.
—No —respondió Lucía tras reflexionar un momento—.
Fue una persona que me atrajo al principio, con la que a veces estaba por inercia, no sé por qué…
Nunca he llegado a estar enamorada de ella realmente y sé que sus sentimientos hacia mí estaban más próximos a la posesión que al amor.
No la echo de menos, me ha dado un poco igual apartarme de ella.
La recordaré como alguien que pasó por mi vida, pero no como a una novia.
—Si es así, no te puedo decir que lo siento.
—No, no es necesario —dijo con una media sonrisa y acariciándole la mano.
—Encontrarás a otra chica que sí valga la pena.
—Ojalá ocurra y sea capaz de verlo. A veces es muy peligroso confundir los sentimientos —aseguró mirando a Tina de soslayo.
—Es fácil saber si estás enamorada de una persona.
—Ah, ¿sí? Pues cuéntame, Doctora Amor —le pidió arqueando una ceja.
—La diferencia está en el dolor. ¿A ti te dolía Marta?
—No.
—Pues ya está, no estabas enamorada de ella.
—Qué método más sencillo y directo —replicó riendo.
Lucía acababa de detenerse en un semáforo y en el interior del coche reinó el silencio durante unos segundos.
—¿Y a ti? ¿Te duele alguien? —se atrevió a preguntar Lucía retomando la marcha.
—No lo suficiente.
—¿Y Raquel?
—No pasa de molestia.
—¿Maribel?
—Un ligero picorcillo.
—Tina, alucino con tu catalogación de sentimientos —dijo entre risas.
—Tú me doliste y mucho —admitió poniéndose seria—. Pero ahora ya no.
A Lucía le sorprendió la confesión de Tina, que volviera a hablar de sus sentimientos nueve meses después de que le anunciara que ya no los tenía.
Agradeció su sinceridad, esa forma serena y confiada con que compartía sus emociones y le hacía sentir que su amistad era algo íntimo y especial.
Aun así, Lucía no pudo evitar que algo se le atravesara en el alma y la hiciera sentir nerviosa.
Tomó aire de una manera imperceptible para recuperar la tranquilidad.
Acababa de detenerse frente a la vivienda de Tina y la miró tratando de que su rostro no reflejara ni un mínimo de tensión.
—¿Y ahora qué soy? —le preguntó.
—Una caricia —contestó Tina con calma—. Y Sandra una cosquilla, Ángel un abrazo y mi madre un escalofrío.
—Eres increíble, bicho.
—Ya sabes, la madurez…
Se sonrieron por última vez antes de despedirse y de que Tina desapareciera de su vista. Lucía volvió a poner el coche en marcha y regresó al recinto ferial, preguntándose qué era esa extraña sensación que se había instalado en su pecho y le robaba, a la vez, la sonrisa y el aire.
Cuando llegó junto a sus amigas, ya habían abandonado la caseta y la esperaban con paciencia sentadas en un bordillo.
—Perdón que haya tardado tanto. Me ha costado encontrar aparcamiento.
—No tenemos ninguna prisa. ¿Seguro que no te puedes tomar una copa? Vamos a ir a Grr —anunció Lola.
—A ver, vuelve a decirlo —le pidió Lucía muerta de risa.