28 #2
Lucía sonrió al escuchar las palabras de Tina y también al ver la felicidad en el rostro de Sandra. Bajó del coche para darle un achuchón. Llevaba dos meses sin verla y también le pareció que estaba distinta, un poco más delgada, aunque con la misma expresión tímida y entrañable.
Una vez que las tres habían ocupado sus habituales plazas en el automóvil, Lucía las sorprendió dirigiéndose a Veliana.
Le apetecía compartir un helado con ellas en el bar al que acudía a diario durante su etapa como profesora en el colegio.
Sintió tanto temor de encontrarse con Marta como de volver a ver a Alicia.
Pero eran riesgos que debía asumir para poder pasar un buen rato con sus amigas.
Ya en el establecimiento, Lucía sonrió con la mente saturada de recuerdos.
Hacía más de un año que no pisaba el lugar y se sintió feliz de hacerlo con las dos chicas.
Degustaron unos deliciosos helados, se contaron anécdotas del verano y compartieron bromas, en especial sobre la rivalidad entre Albaceda y Veliana.
Lucía se acercó a la barra a pagar, las miró desde la distancia y se dio cuenta de la falta que le habían hecho.
Por un momento se preguntó si la adoración a Sandra no se debía a que volcaba en ella el amor de madre que la inundaba y que tanto necesitaba regalar.
Quizá por ello le inspiraba tanta ternura, tanta necesidad de protegerla.
La reflexión le hizo recordar que tenía un asunto pendiente.
El dolor por no ser madre no iba a desaparecer jamás de su vida, pero era momento de erradicar el que le arrasaba las entrañas cada mes.
Era momento de perdonarse, quererse y cuidarse.
***
Lucía trataba de respirar y de rebajar el nivel de tensión que la atenazaba.
Unos días antes había acudido a su ambulatorio en busca de un tratamiento para sus dolores.
Esperaba que su médico de cabecera le recetara la medicación oportuna, pero no fue así.
El galeno la derivó al especialista pese a la negativa de Lucía.
Aun así, había acudido al centro de especialidades con la esperanza de que Lorenzo Olmedo ya se hubiera jubilado o estuviera de vacaciones o, simplemente, fuera otro ginecólogo quien la atendiera.
Pero su ánimo se derrumbó cuando vio su nombre en una placa junto a la puerta frente a la que debía esperar su turno.
Cuando al fin fue reclamada, pudo comprobar que la desagradable enfermera también seguía allí.
Todo estaba como lo recordaba en su última visita.
El mismo olor extraño, el mismo cenicero colmado de colillas y el mismo gesto serio de los dos facultativos, a los que daba la sensación de que aquellos cuatro años solo habían servido para agriarles aún más el carácter.
El doctor la escrutó por encima de sus gafas y Lucía volvió a inspirar. Era evidente que se acordaba de ella.
—Señorita, espero que no venga otra vez con el mismo cuento de la maternidad, a no ser que ya se haya dejado de experimentos y tenga novio o marido.
Lucía tragó saliva antes de contestar.
—Solo quiero dejar de sentir dolor. El resto es asunto solo mío.
Olmedo reaccionó riendo de una forma extraña mientras negaba con la cabeza.
—En eso sí la puedo ayudar —dijo antes de hacer un gesto a la enfermera, que automáticamente le aproximó el talonario de recetas—.
Voy a prescribirle un tratamiento hormonal —explicó comenzando a escribir con letra indescifrable—.
Dé gracias a que los de nueva generación ya no masculinizan a las mujeres, aunque en su caso igual lo habría agradecido.
Lucía hizo un gran esfuerzo por contenerse. Apretó con fuerza la correa de su bolso y guardó silencio durante un instante. Notaba todos los músculos doloridos por la tensión del momento.
—¿Y qué conseguiremos con ese tratamiento? —acertó a preguntar.
—Detener el crecimiento del tejido, aunque sea a costa de interrumpir la menstruación.
Vamos a probar durante unos meses y me va diciendo.
Le receto también diclofenaco para que tome uno cada ocho horas cuando tenga mucho dolor.
Más adelante, valoraremos una laparoscopia y, cuando se deje de tonterías, una histerectomía.
Muerto el perro, se acabó la rabia —concluyó arrancando las hojas de las recetas con violencia para entregárselas—.
Ah, y mejor no tome alcohol junto con el Voltaren si no quiere sumar el hígado a su lista de problemas.
Lucía se levantó y salió de la consulta sin mirar a ninguno de los dos. Sentía odio por ellos y rabia por la situación, pero también orgullo. Mucho orgullo. Y enredado con él, una pequeña esperanza que lucharía para que nunca muriera.
***
Unas horas después, Lucía trató de olvidarse de lo sucedido y de anteponer la ilusión por el regreso a la noche de Albaceda.
Le pareció extraño arreglarse y salir a la calle sin que Marta fuera a recogerla.
Sonrió saboreando la libertad de ir al encuentro de sus amigas en su propio coche, sin reproches, sin las eternas quejas por ir siempre a Casa Justo.
Quizá de Marta podría echar algo de menos en algún momento, pero, desde luego, eso no.
Lola y Pilar ya ocupaban la mesa de siempre cuando Lucía llegó y, cinco minutos después, se incorporó Celeste.
—Qué bien sienta recuperar las rutinas —aseguró Lola dando un largo trago a su cerveza.
—Y tanto, tita. Añoraba este griterío y el olor a rancio.
—No es rancio, coño. Es solera. A ver si ahora vas a ser tú la que se queje todas las semanas del bar.
Lucía rio antes de coger su vaso.
—Nunca me quejaré, Lola. Me encanta estar de vuelta y me muero de ganas de volver a pisar el Pantera. Si Albaceda tuviera playa, creo que no me sacarían de aquí ni un solo día de mi vida.
—Tampoco hay que pasarse. Bueno, ¿ya estás mejor?
—¿Se te ha pasado el sofoco? —preguntó a su vez Pilar.
—Sí, ha sido un mal trago, pero ya contaba con ello.
—Voy a averiguar si ese médico tiene, aparte, consulta privada. Te juro que lo voy a crujir —amenazó Lola dando un manotazo en la mesa.
—Olvídese de eso ahora, señora inspectora. Vamos a disfrutar de la noche.
—Ojalá te haga efecto el tratamiento —deseó Celeste.
—Ojalá, enana. Empiezo mañana con él.
—¿Y por qué no has empezado hoy mismo? —la regañó Pilar.
—Porque hoy me quería tomar unas copas con vosotras. Pero, a partir de mañana, comenzaré a tomar las pastillas e intentaré beber menos, por si acaso.
—Bien, y recuerda que con el diclofenaco… ni una gota —recalcó Lola.
Lucía respondió aceptando su orden con un saludo militar, y ambas sonrieron recordando la noche en que se habían conocido.
Tras cenar, era el momento de reencontrarse con el Pantera.
Más de dos meses después, volvieron a atravesar sus puertas sintiendo que los graves de la música daban ritmo a los latidos de sus propios corazones.
Todo seguía igual, incluida la eterna sonrisa de Tere, que las recibió con un abrazo compartido.
Mientras se abrían camino entre la gente en dirección a su rincón favorito, Lucía vio a Raquel.
Se detuvo a mirarla un instante. Desde que había cumplido los dieciocho, se había convertido en una habitual y en una de las más deseadas de la clientela.
Pese a que le guardaba algo que estaba a mitad de camino entre la indiferencia y el resentimiento, no podía negar que Raquel era bellísima, puro fuego.
Era normal que Tina estuviera loca por sus huesos.
Ni buscando con lupa podría encontrarle una imperfección.
Celeste le dijo algo y ella devolvió por fin la atención a sus amigas.
Durante un par de horas, se entregó a la diversión, disfrutó de la sensación de saberse libre y de que en su vida todo se estuviera poniendo en su correcto lugar.
Hasta que la vio entre la maraña de mujeres que la rodeaba.
Marta. Se miraron y Lucía se quedó a la espera.
En cierto modo, no le importaba si lo que quería era saludarla, invitarla a mantener una simple amistad con ella.
Pero, por otro lado, le aterraba que hubiera ido a buscarla para pedirle volver a esa extraña relación sin nombre de la que había necesitado huir.
Sin embargo, Marta no hizo ni una cosa ni la otra.
Se aseguró de que Lucía la estuviera mirando y, mostrando una actitud confiada, se acercó a Raquel, el gran objetivo de tantas mujeres asiduas al Pantera.
Le regaló su sonrisa más seductora y le dijo algo al oído, pero Raquel reaccionó con un amable «no» y poniendo aire entre ellas.
Estaba claro que no era la respuesta que Marta esperaba.
Lucía pudo leer claramente en sus labios que llamaba «puta» a Raquel antes de marcharse del pub.
Nunca más volvería a verla.