Ella (Corazón de Pantera nº 5) 28
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Como cada año, al regresar de las vacaciones, Lucía vivía su momento más especial al abrazarse con sus padres. A Patro siempre se le escapaba alguna lágrima mientras que Jaime trataba de esconder su emoción entre bromas y mil preguntas.

Una hora antes, había sonreído al ver de lejos la silueta de Albaceda y después había ronroneado al volver a disfrutar de la comodidad del sofá de su piso. Necesitaba dejarse acaparar por la normalidad después de mes y medio fuera de su entorno.

—Anda, siéntate a la mesa, a ver si te gusta lo que te he preparado. Por cierto, me tienes contento —refunfuñó su padre.

—¿Por qué? ¿Qué te he hecho? —preguntó extrañada.

—Este año casi no nos has llamado. Ahora te va a tocar contárnoslo todo de golpe.

—Eso no es cierto, papá. Os he llamado un montón de veces, pero casi nunca había nadie en casa.

—Bueno, es verdad que tu madre y yo hemos aprovechado para darnos paseos por el monte casi todas las tardes.

—¿De qué te quejas entonces?

—¡Haber insistido!

—¿Y qué tal si os ponéis un contestador automático?

—Demasiadas moderneces —dijo Patro, que regresaba de la cocina.

—Y demasiado caro —apostilló Jaime.

—Nosotros no somos la familia de Marta. Seguro que ella sí que tiene uno —bromeó Patro y Lucía le devolvió una mirada afectada que su madre no supo cómo interpretar.

Comieron el delicioso asado que Jaime había preparado mientras Lucía les contaba anécdotas de sus vacaciones. Tras el postre, se acomodó en el sofá, frente al ventilador, y no pudo evitar quedarse dormida.

—¿Tan cansada estabas? —le preguntó su madre en cuanto despertó.

—Es que anoche me costó dormir y me he levantado temprano. ¿Qué hora es?

—Más de las seis.

—¿En serio? —se sorprendió y se incorporó mientras comprobaba la hora en su reloj—. Madre mía, y yo sin deshacer las maletas. ¿Y papá?

—Se ha marchado a lavar el coche. Ha estado esperando para despedirse de ti, pero se le hacía tarde.

—Haberme despertado.

—No, corazón, siempre le ha encantado veros dormir a ti y a Julia. Se le cae la baba —añadió con sonrisa enamorada—. Y, bueno, pues ahora es nuestro momento.

—¿A qué te refieres?

—¿Te preparo un café y me cuentas esas cosillas de mujeres que te reservas delante de tu padre?

Lucía rio viendo a su madre frotarse las manos con ojos pícaros. Le gustaba esa versión peliculera de Patro. La que se interesaba por su vida, la que disfrutaba de los vaivenes del corazón, la que después se ponía seria para darle consejos y la que, pasara lo que pasara, nunca la juzgaba.

—Mejor algo fresco, mamá.

—Tengo leche merengada, ¿te parece bien?

—Sí, venga. Aunque igual a ti te vendría mejor algo más fuerte.

—¿Por qué? ¿Ha pasado algo importante?

—Ni te lo puedes imaginar.

Lucía soltó una carcajada al ver la forma en que su madre se iba corriendo a la cocina, impaciente por empaparse de las últimas novedades.

Unos minutos después, cuando Patro supo que Marta había desaparecido del panorama, no lo lamentó, pero sí le dolió percibir que Lucía, pese al alivio de haber roto con ella, se sentía, en cierto modo, mala persona por la forma en que había actuado.

Sabía que tenía que haber sido más contundente y no haber dado pie a que Marta sacara conclusiones equivocadas y creyera en un futuro en común.

Pero nunca había pretendido hacerle daño y así se lo hizo entender su madre.

—La vida es complicada y se aprende a fuerza de errores —afirmó con mirada tierna.

Pero lo que de verdad dejó a Patro con la boca abierta fue saber que Tina había aparecido un día por sorpresa.

No contaba con que la chica hubiera tenido tanto arrojo y tampoco se acababa de creer los supuestos motivos de su viaje a Villaluz, pero no le dijo nada a Lucía al respecto.

Le gustó saber que habían disfrutado juntas, que habían sido unas horas inolvidables.

Bastaba con ver el brillo en sus ojos para saberlo.

—Ahora ya está todo más que claro, mamá.

Tina vio cómo Marta me besaba y ni se inmutó.

Tampoco se le movió un pelo al saber que iba a dormir conmigo y las dos pasamos la noche plácidamente, sin ningún tipo de tensión no resuelta.

De repente, todo se ha vuelto más fácil —aseguró con una sonrisa serena—.

Bueno, y ahora que te he dado el parte, me voy, que se me acaba de ocurrir algo.

Patro no entendió la prisa repentina de su hija ni que se anduviera con tanto misterio, pero la dejó marchar y se quedó reflexionando sobre los cambios que se habían producido en su vida.

Mientras, Lucía salía a la calle con un plan en la cabeza y con unas agradables cosquillas en el corazón.

***

Lucía realizó a pie el corto trayecto que había desde el piso de sus padres hasta el suyo.

En realidad, no se dirigía a casa, sino a la entrada del edificio, donde estaba aparcado su coche.

Antes de llegar, se detuvo en una cabina e introdujo unas monedas.

Marcó el número que ya se sabía de memoria y esperó mordiéndose los labios.

—Dígame —sonó una voz femenina que Lucía reconoció de inmediato.

—Buenas tardes, Paz, soy Lucía, la tutora de Tina.

—Hola —saludó sorprendida—. ¿Ocurre algo?

—No. Ya sé que debe parecerte raro que llame un domingo en medio del verano, pero no lo hago en calidad de profesora. Solo quería hablar con Tina.

—Vale. Te la paso —dijo sin pedir más explicaciones y sin que pareciera importarle lo que tuvieran que hablar.

Pocos segundos después, a Lucía se le ensanchó al máximo la sonrisa al escuchar a Tina.

—Hola, bicho, ¿te apetece que recojamos a Sandra y vayamos a tomar un helado?

—Claro.

A Lucía le alegró que su respuesta fuera tan rápida y contundente, a pesar de que su tono de voz podía dar a entender que no le convencía demasiado la propuesta.

—Pues, baja, llegaré en cinco minutos.

Colgó el auricular, buscó otra moneda y realizó una segunda llamada.

—Hola, ¿quién eres? —trató de averiguar tras escuchar el consabido «dígame».

—Isabel, ¿y tú? —preguntó con simpatía.

—Lucía. Soy profesora de tu hermana Sandra.

—Ah, sí. He escuchado hablar de ti.

—Espero que bien.

—Más que bien. Sandra se ha abierto contigo, lo cual es un milagro —dijo riendo—. Supongo que querrás hablar con ella, porque ahora no hay curso y no creo que busques a Elena.

—No. Por suerte para Sandra, esta es una llamada personal. De todas maneras, confío en que haya estudiado durante las vacaciones, que los exámenes de septiembre están a la vuelta de la esquina.

—Sí, nos hemos ocupado de ello entre las cuatro. Dame un momento, que voy a buscarla.

Mientras esperaba, Lucía sonrió pensando en la razón que tenía Sandra cuando describía a Isabel como un torbellino. Siempre alegre, siempre dinámica, la primera en contestar al teléfono o en ir a abrir la puerta. Era la más sociable y divertida de sus hermanas.

—Hola —escuchó por fin al otro lado del hilo telefónico y Lucía casi pudo ver el rubor en sus mejillas.

—Hola, peque, qué ganas tenía de saber de ti.

—Yo también. Te he echado de menos.

—¿Sí? Con lo bonita que es Santander, me cuesta creerlo. No habrás tenido tiempo.

—Pues es verdad —aseguró con sonrisa nerviosa.

—Oye, ¿estás ocupada? Había pensado que podríamos ir a tomar un helado con Tina y así nos contamos cosas.

—Claro —aceptó entusiasmada.

—Pues, vete preparando, que en un momento paso a por ti.

Salió de la cabina y, apenas unos segundos después, ya conducía en su coche al encuentro de Tina.

No tardó en llegar a su calle, aparcó y se apoyó en el capó mientras esperaba que apareciera.

Al verla salir del portal con una gran sonrisa, sintió un inesperado estremecimiento.

La encontró especialmente guapa, como si el final del verano hubiera acelerado su proceso de maduración.

En cuanto la tuvo cerca, no pudo resistirse a darle un tierno beso y se quedó con las ganas de estrecharla en ese abrazo que no sabía si algún día llegaría.

Después, se acomodaron en el vehículo y solo entonces, viéndola sentada a su lado, Lucía se sintió del todo en casa.

—¿Todo bien por Villaluz? —preguntó Tina en cuanto iniciaron el camino en busca de Sandra.

—Todo bien, pero insisto en que es demasiado tiempo. Disfrutamos mucho, pero se acaba haciendo largo —dijo Lucía sin saber por qué prefería no mencionar lo ocurrido con Marta—. ¿Y tú? ¿Has hecho algo en estos días? Parece que te ha dado el sol.

—Bueno, parte de este moreno es debido al solazo de Villaluz. Faltó poco para que me quemara.

—Es que… ¿a quién se le ocurre exponerse al sol tantas horas sin protección?

—Pues, no sé, las cosas surgieron así.

—No es normal que solo con un día ya te broncees de esa manera.

—No solo fue lo de aquel día. Tuvo gran parte de culpa, pero también me ha dado el sol al caminar por los alrededores del lago. Me aburría tanto que acabé haciendo fotos de naturaleza y fauna.

—Oye, pues me las tienes que enseñar. De esa temática no he visto nada tuyo.

—Claro. A ver si te gusta una larga exposición que hice moviendo un poco la cámara y ayudándome de un filtro de densidad neutra.

No me gustan los filtros, pero era necesario porque había mucha luz, y más al ser una exposición de dos segundos, a pesar de que tuve que cerrar el diafragma casi a tope, no del todo para evitar la difracción, pero necesitaba cerrarlo para tener la máxima profundidad de campo y para compensar una velocidad de obturación tan lenta —explicó de manera atropellada.

—Por Dios, Tina, un día me tienes que explicar las cosas en cristiano —se quejó divertida.

—Perdón —se disculpó riendo con ella—. Te la enseñaré a ver qué te parece. El resultado fue un bosque de aspecto fantasmagórico. Mira, ahí está Sandra —señaló cuando llegaron a la casa de las Blanco.

—¿Os habíais visto en estos días?

—Sí, regresó justo ayer y vino a hacerme una visita. Os habéis puesto de acuerdo para alegrarme la vida.