27 #5
—Tengo que decir que hemos estado mejor desde que se marchó —confesó Lola—. Lo siento, Lucía, pero no se puede negar.
—No te disculpes, tita. También yo me quité un peso de encima. La situación se estaba enquistando y había que cortarlo. Hubiera preferido no tener que hacerlo en medio de las vacaciones, pero llegó un momento en que no podía más. Lo siento yo también por lo que os haya podido afectar.
—Tranquila, esto ya lo hablamos el día que se fue —dijo Pilar—. Lo que nos condicionaba era verte mal, eso sí que no nos gustaba.
—A mí, en el fondo, no me caía mal del todo —opinó Celeste.
—Lo sé, enana y a mí tampoco me hubiera importado que siguiéramos siendo amigas. Tiene sus cosas, pero es divertida. Lo malo era cuando se empeñaba en tratarme como una de sus pertenencias.
—Sí, eso a mí también me chirriaba —dijo Lola.
—A mí siempre me ha extrañado que dejaras que se comportara de una manera tan posesiva contigo —comentó Pilar.
—Sobre todo cuando asegurabas que no era tu novia —intervino Celeste—. Que, a ver, aunque sea tu pareja no tiene por qué ser tan dominante. Pero si encima no lo es…
—¿Cómo es que nunca disteis el paso? —quiso saber Pilar antes de dar un sorbo a su bebida—. Habéis estado más de un año bordeando la frontera.
—Es que nunca lo vi claro. Me quedé esperando sentir un amor que nunca llegó. Se quedó en una mezcla de simpatía y atracción, nada más.
—Pero al principio te gustaba, ¿no es así?
—Sí, jefa. Tuvimos un primer mes intenso, aunque es verdad que hubo actitudes que nunca me llegaron a gustar. Pero, bueno, nos estábamos conociendo y dejé la puerta abierta a lo que pudiera surgir. El problema fue…
Lucía se calló dejando que la mirada se le perdiera en el infinito de los recuerdos. Sus tres amigas se quedaron expectantes un momento hasta que la impaciencia de Lola la apremió.
—¿Qué problema, coño? No nos dejes en ascuas.
—El problema fue que conocí a Tina —admitió con una sonrisa triste—. Y ya mi historia con Marta nunca volvió a ser la misma.
—Pero, entonces, ¿la quieres? —se atrevió a preguntar Celeste.
—La quiero mucho como amiga.
—No nos cuentes milongas, Lucía. Ahora que todas estamos al tanto, puedes sincerarte.
—Es la verdad, tita. Nunca he estado enamorada de Tina. No te voy a negar que al principio sentí cosas que no entendía. No hace falta que os lo vuelva a contar. Fueron meses de muchas dudas, pero ahora todo ha cambiado y tenemos una amistad sana y muy bonita.
—Y, sin embargo, después de conocer a Tina… Marta dejó de tener opciones contigo —dejó caer Lola.
—No te empeñes en sacar conclusiones equivocadas.
Reconozco que la situación acabó condicionando mi relación con Marta.
Pero, con el paso del tiempo, fue la propia Marta la que se fue ganando mi rechazo a nivel sentimental.
No descarté emparejarme con ella por la existencia de Tina sino por la propia personalidad de Marta.
Ni siquiera sé por qué he aguantado tanto con ella.
Quizá si yo hubiera actuado de otra manera, ahora tendría una amiga en vez de una especie de ex indignada.
—¿No será que te venía bien como escudo?
A Lucía le sorprendió la coincidencia entre las palabras de Lola y sus reflexiones de meses atrás, cuando ella misma se había dado cuenta de que había convertido a Marta en un parapeto contra sus sentimientos hacia Tina.
—Lola, no le vamos a dar más vueltas. Todo se fue sumando para que Marta no fuera el amor de mi vida. Sabes bien que nunca lo hubiera sido, aunque Tina no hubiera aparecido jamás.
—Realmente, no era la mejor opción para ti.
—Desde luego —convino Pilar.
—Pero nunca sabremos si habrías estado más receptiva si no hubieras conocido a Tina.
—Tita, sé que te encanta hipotetizar, pero no vamos a perder más tiempo. Lo importante es que soy libre, he aprendido la lección y ¡soy libre! —repitió elevando su vaso al cielo—. Brindemos por la amistad y por la libertad.
—Y porque encuentres a la persona que te trate como mereces, tu amor verdadero —añadió Pilar.
—Es probable que la haya encontrado ya —murmuró Lola fusilando a Lucía con la mirada.
—Qué capulla eres, tita. De verdad, no puedo contigo —protestó con risa nerviosa mientras su amiga se señalaba las canas, prueba que ella consideraba irrefutable sobre su sabiduría.
Una hora después, Lucía se acostó en su lado de la cama.
No sabía por qué, no le nacía ocupar la totalidad del colchón desde que Marta se había ido.
Puso el despertador y, mientras esperaba que el sueño llegara, pensó en lo bien que le sentaría regresar a Albaceda.
Volver a ver a los suyos, recuperar su intimidad, dormir en su auténtica cama, centrarse en el nuevo curso…
Su vida iba a ser distinta sin Marta y también iba a ser mejor al tener ciertos conceptos más claros. Todo iba a ir bien.
Se giró hacia la parte vacía de la cama y acarició con lentitud la sábana tersa y fría. Aquel había sido el sitio de Marta durante demasiadas noches. Pero a quien Lucía echó de menos no fue a ella sino a Tina.