27 #4
—Y Lola lo sabía —concluyó abriendo al máximo los ojos, como si ante ella acabara de revelarse una verdad extraordinaria.
Lucía sonrió contemplando su cara de pasmo. Era evidente que su amiga la había respetado y nunca le había contado nada a su pareja.
—Lola es la mezcla perfecta de bocazas y tumba, pero eso lo sabes tú mejor que nadie, que para eso la compraste hace casi veinte años.
Pilar asintió, le dedicó un gesto cariñoso y la dejó marchar. Lucía fue al encuentro con Marta, que soltó la revista y se quedó a la espera, mirando altiva hacia otro lado.
—¿Dónde has pasado la noche? —trató de romper el hielo Lucía.
—¿Acaso te importa?
—Puede que hayamos tenido roces últimamente, pero no soy una desalmada.
—Anoche poco te importó a dónde me fuera.
—Anoche estaba enfadada, pero hubiera preferido que te quedaras en el apartamento.
—¿Para que estuviera contigo? —cuestionó con sarcasmo.
—Para que estuvieras a salvo.
—Pues, tranquila, he dormido cómoda y segura en la mejor suite del mejor hotel de Villaluz.
Lucía elevó las cejas sintiéndose imbécil por haberse preocupado. ¿Se le había olvidado que Marta no dejaba de ser una ricachona con todos los recursos a su alcance?
—Escucha, esto no puede seguir así. Está claro que la relación no funciona y que todo va encaminado a que nos hagamos solo daño.
—Pasé la noche sola, por si acaso te interesa —explicó Marta bajando el tono y tratando de esquivar la conversación que más temía.
Lucía no sintió ningún alivio por sus palabras. Nunca había sufrido celos respecto a Marta y, desde luego, no le habría importado lo más mínimo que hubiera dormido en compañía.
—Marta, no quería tratar este asunto en Villaluz, pero no tiene sentido que sigamos así.
—¿Tratas de dejarme?
—¿Por qué no nos vamos a dar una vuelta solas por el paseo marítimo? —propuso.
—¿Quieres cortar conmigo sin testigos?
—Quiero que hablemos en privado, como dos mujeres adultas y sensatas.
Marta reaccionó levantándose, cogiendo su bolso y dirigiéndose a la puerta en silencio. Lucía hizo lo propio con el corazón encogido. Había tomado una decisión que estaba convencida de que era la correcta, pero no por ello dejaba de ser un trago desagradable.
Cinco minutos después, buscaron cobijo entre las sombras de las palmeras y se sentaron en un banco, con el mar de frente y sin prestar atención a los turistas que se asombraban de las vistas que ofrecía un simbólico mirador.
—De un tiempo a esta parte, no estamos a gusto, Marta. Lo único que hacemos es discutir.
—Supongo que me vas a echar la culpa.
—No. No hay culpables. Simplemente, éramos dos amigas que se divertían juntas y han dejado de hacerlo.
—Amigas… —murmuró antes de sonreír con ironía—. Me maravilla la capacidad que has tenido durante catorce meses para no asumir que somos novias.
—Pero, Marta…
—No, de verdad, Lucía —la interrumpió—. No te ha interesado aceptarlo en ningún momento, tú sabrás por qué, pero dos personas que salen juntas, se acuestan docenas de veces, se comportan como nosotras y, en teoría, se guardan fidelidad… ¿me puedes decir qué son?
—¿En teoría? Espero que no lo digas por mí. No he estado con otra que no seas tú desde que nos conocimos.
—¿Y esa chiquilla?
—Te repito que no tengo nada con Tina y la conversación al respecto termina aquí. No te voy a dar ninguna explicación más sobre ella. Piensa lo que te apetezca.
—Vale, te creo —dijo levantando las manos—. Pero, dime entonces por qué me has sido fiel si no soy tu novia.
—Mira, da igual la etiqueta que le pongamos. Es algo que hemos hablado muchas veces. Tú concibes la relación de una manera y yo de otra. Queremos cosas diferentes y por eso no podemos continuar, acabaríamos destrozándonos.
—Sé que estás molesta por lo de la otra noche.
Lucía inspiró profundamente. No le apetecía recordar esa discusión en concreto.
—Lo de la otra noche me pareció muy desafortunado, es verdad. Mi frustrada maternidad es algo importante y doloroso para mí y no me gustó que la usaras como un arma, como moneda de cambio.
—Lo siento, no era mi intención herirte.
—En cualquier caso, aquello solo fue una gota más de las que han ido colmando el vaso. Y, Marta, mi vaso se ha saturado. No puedo más.
Marta hizo un esfuerzo por no llorar y Lucía, dejándose llevar por el afecto que aún le tenía, le acarició una mano.
—No es justo que me crispe y lo pague contigo. Tampoco es justo para mí que te muestres tan posesiva. No encajamos, Marta, y no quiero pasarme la vida esperando a ver qué pasa. Si no ha surgido nada a estas alturas, ya no va a surgir.
—¿De verdad piensas que nos has dado una oportunidad? Lucía, siempre, desde el primer día, has ido con el freno de mano puesto. La única que apostó por nosotras fui yo.
—Quizá. Pero no de la manera correcta. Hay veces en que me has agobiado.
—¿En serio?
—Sí, Marta. Igual no te das cuenta, pero acaparas demasiado, asfixias.
—No me lo puedo creer —dijo enfadada apartando su mano de entre las de Lucía.
—¿Ves? No tenemos remedio. Siempre acabamos igual.
—No es culpa mía —insistió—. Eres tú, que nunca te has querido comprometer.
—Vale, échame a mí la culpa. La acepto. No he cumplido tus expectativas. Esperabas otra cosa de mí y no te la he sabido dar.
—¿Y ya está?
—Sí, ya está. ¿Qué piensas que podemos hacer? ¿Seguir así eternamente?
Marta guardó silencio y Lucía, mirándola sin acritud y desde la calma, no fue capaz de interpretar si estaba triste o rabiosa.
—Ni siquiera me has puesto un apodo —dijo por fin la diseñadora.
—¿Qué? —preguntó Lucía desconcertada.
—A las personas a las que quieres de verdad las llamas por un mote. Que si tita, que si jefa, que si enana… Tu amigo Errol Flynn, tu hermana la sosaina… Hasta me di cuenta anoche de que llamabas bicho a esa mocosa desgraciada.
—No te metas con ella, por favor, no te lo voy a consentir —exigió tratando de no perder la compostura—.
Y es verdad que tengo la manía de poner título a ciertas personas, pero no a todas.
A Tito, por ejemplo, lo quiero con todo mi corazón y nunca me ha nacido llamarlo de otra manera.
Ni a mis amigas de la infancia ni a compañeros a los que tengo mucho cariño. No es nada categórico.
—Aun así. Siempre me he sentido como una especie de anexo de tu pandilla, algo secundario.
—Eso es una tontería como una catedral, Marta. Te hemos abierto las puertas de par en par para que te sientas una más. Y es normal que con ellas tenga una relación más íntima. Son muchos años de amistad. Es que ya no es ni amistad, es otra cosa. Son parte de mí.
—Pero yo no.
—Vale, Marta —resopló con paciencia—. Asumo también que me hagas sentir mal porque no te he dado el protagonismo que tú pretendías. Lo añadimos a mis múltiples culpas. Soy la única responsable de que no hayamos llegado a nada más.
—¿Quién si no? —acusó con orgullo y cierto desprecio.
—Nadie. Solo yo. Si no me he enamorado de ti ha sido culpa mía porque todo el mundo sabe que los sentimientos se eligen, como quien elige y se compra un jersey.
—Es que no sé por qué me has mareado durante más de un año si no tenías intención de tener algo serio conmigo —le reprochó.
—Yo tampoco lo sé. Igual es que pensaba que las dos estábamos cómodas disfrutando el momento sin pensar en el mañana. En cualquier caso, como te decía antes, no tiene sentido que sigamos así. Hace tiempo que dejó de ser divertido.
—Vale, pues ya está. Rompes conmigo. Porque, mal que te pese, éramos novias y esto es un abandono.
—En ese caso, te concedo el honor de ser la víctima y de que vayas diciendo por ahí que fui una pésima novia. Me lo merezco.
—No te da ninguna pena, ¿verdad?
—Me da pena que no hayamos sido capaces de entendernos. Pero, no. Romper con una situación que me pesa y limita mi libertad, eso no me da pena.
—Vaya, al final vas a querer quedar tú como la víctima.
—Ya está, Marta, por favor. Dejémoslo. Esto es un bucle infinito.
—Sí, dejémoslo —claudicó incorporándose.
Marta echó a andar sabiendo que Lucía no la seguiría.
Regresó al apartamento, recogió sus cosas a toda prisa y se marchó sin despedirse de las demás.
Cuando Lucía encontró la entereza para subir, ella ya no estaba.
No hubo un último adiós ni un último abrazo ni siquiera la voluntad de mantener la amistad con un aire renovado.
Lucía se encerró un minuto en la habitación y no pudo contener las lágrimas.
No era tristeza por la ruptura. Era, otra vez, el peso de la culpa por no haber sabido controlar su vida y haber permitido que otra persona tratara de decidir por ella.
Asimiló la lección y quiso pensar que las cosas ya solo podían ir a mejor.
Se secó los ojos, respiró hondo y salió a reencontrarse con sus amigas volviendo a sentirse libre.
***
Una tormenta de verano, tan refrescante como inoportuna, impidió que pudieran despedirse de la playa de Villaluz.
Al día siguiente regresarían a Albaceda y decidieron dedicar el tiempo a hacer las maletas sin prisa.
Al mediodía bajaron a comer a su restaurante favorito, pasaron la tarde jugando a las cartas y disfrutaron del fresco de la noche tomando una copa en la terraza.
—Qué vacaciones más raras —exclamó Pilar—. Entre los cuatro días tiradas en el camping, la aparición por sorpresa de la niña —dijo refiriéndose a Tina—, todo el lío de Marta…