Ella (Corazón de Pantera nº 5) 27 #3
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Tras la cena, Lola volvió a llevarse a Tina a la terraza.

Lucía sonrió satisfecha por la simpatía que parecía haber nacido entre ellas a pesar de que el comienzo había sido desalentador.

Pilar y Celeste se encargaron de ordenar la cocina y Lucía se encontró por fin expuesta a Marta.

Llevaba toda la noche huyendo de ella y era momento de afrontar la situación.

Además, había un asunto que debía tratar con ella.

Se dirigió a la habitación y Marta la siguió.

Durante unos minutos ninguna de las dos habló.

Lucía necesitaba tomarse el tiempo necesario para envalentonarse antes de abordar el tema y lo invirtió dedicándose a cuidar su piel como hacía cada noche y como no había podido hacer antes por la irrupción de Tina.

Mientras tanto, Marta esperaba que le prestara atención con la paciencia justa. Se notaba que se estaba mordiendo la lengua y que si se contenía para no disparar reproches era por orgullo y porque consideraba que era su pareja quien debía rebajarse.

Lucía podía notar su rabia en el ambiente, aunque no sabía a ciencia cierta el motivo. Dejó por fin lo que estaba haciendo y la miró de lleno.

—Te tengo que pedir un favor.

—A ver, sorpréndeme —dijo Marta elevando una ceja.

—Tina va a pasar la noche aquí y no nos sobra espacio precisamente.

—¿Y?

—Creo que lo normal es que duerma conmigo. Es a mí a quien conoce y con quien tiene confianza.

—¿Y yo qué? —preguntó de malas maneras poniendo los brazos en jarra.

—Tú puedes compartir el sofá-cama con Celeste. Es grande y cabéis las dos de sobra.

—Esto es increíble —protestó.

—Es solo una noche.

—¿Tú te crees que soy tonta?

—¿Por qué dices eso?

—Llevas un año tomándome el pelo. Esa Tina y tú tenéis un rollo, no sé de qué tipo, pero ahora entiendo muchas cosas.

—No digas tonterías, Marta. Tina es una cría.

—Sí, claro. Una cría a la que te comías con los ojos en el Pantera. ¿Creías que no me iba a dar cuenta de que es ella?

—Mira, es muy largo de explicar. Pero, desde luego, Tina y yo no tenemos nada. Solo es una alumna con la que me llevo bien.

—Pues para ser solo una alumna… te andas con muchos secretos. Porque, si no es nadie importante, me podrías haber hablado de ella en algún momento.

—¿Desde cuándo tienes tú interés por mi trabajo o por mis alumnos?

—Que te la llevaste a Madrid —dijo elevando la voz—. A lo mejor me podrías haber dicho que te ibas de viaje con una chica lesbiana con la que habías coqueteado en el Pantera.

—Haz el favor de no gritar.

—Me entero ahora de pura casualidad de que aquella tía está en tu vida ¡y hasta qué punto! ¿Y encima pretendes que te deje pasar la noche con ella?

—Marta, esto ha llegado a un extremo en que no me apetece justificarte mis actos ni mis decisiones.

Tina es mi alumna y mi amiga, nada más. Se ha quedado tirada en Villaluz y va a dormir conmigo.

Te estoy informando, no te pido permiso.

Tú puedes acostarte en el sofá o en el suelo del pasillo. No voy a discutir más.

—Vete a la mierda, Lucía. Haz lo que te dé la gana con tu amante. Yo me voy.

Marta salió de la habitación con furia, sin darle opción de réplica, y se marchó del apartamento cerrando la puerta con violencia.

Lucía resopló asumiendo lo poco que le importaba su espantada ni su ridícula acusación.

Tras tomarse un momento para respirar, fue a reunirse con sus amigas.

Las encontró a todas juntas en la terraza, aun extrañadas por el portazo de Marta.

—¿Qué le pasa a esa? —preguntó Pilar.

—Nada, ya se le pasará —contestó Lucía.

—Anda, siéntate, que te pongo un vermut —le propuso Lola.

Lucía lo aceptó y agradeció que ninguna de las cuatro tratara de ahondar en lo que acababa de suceder. Solo quería olvidarlo, coger aire y disfrutar del momento.

—¿De qué hablabais? —se interesó.

—Del Un, dos, tres —dijo Celeste con una gran sonrisa.

—Concretamente, de las azafatas del Un, dos, tres —precisó Lola.

—Vaya. ¿De las azafatas? Pensaba que estaríais recordando preguntas de cultura general —ironizó.

—Pues, no, señora profesora —replicó Lola—. Tina nos estaba contando que le gusta Kim y hemos aprovechado para hacer un repasito.

—Así que Kim… —dijo mirando a Tina.

—Sí, aunque el Un, dos, tres no ha vuelto a ser el mismo desde que se fue La Bombi. Era muy… simpática —comentó tratando sin éxito de que su cara reflejara una total inocencia.

—Qué bicho eres —rio Lucía y las demás la acompañaron.

La noche continuó entre bromas y conversaciones irrelevantes.

Lucía trataba de dejarse llevar, pero no podía evitar sentirse mal por la discusión con Marta.

No le afectaba por el daño que pudiera causar a esa relación sin sentido que mantenían sino porque, en el fondo, se consideraba culpable por no haber sabido hacer las cosas bien.

Por no haber atajado a tiempo. Por permitir que la situación la llevase a ser demasiado brusca e intransigente con ella.

Sus cavilaciones respecto a Marta terminaron cuando Lola y Pilar anunciaron que era hora de acostarse y el grupo se dispersó.

Era el momento en que Lucía debía plantear a Tina que iban a dormir juntas, aprovechando que se habían quedado solas en la terraza.

No tenía ningún miedo en cuanto a las intenciones de la chica, pero sí en cuanto a su falta de madurez.

A su edad, era normal que se dejara llevar por sus instintos más primarios, por la curiosidad, y se preguntó hasta qué punto le impresionaría compartir cama con una mujer mayor que ella y por la que había sentido tanto meses atrás.

—¿Todo bien? —se preocupó Tina al verla entregada a un feroz silencio.

—Tina, ¿puedo confiar en ti? —preguntó a su vez Lucía.

—Sabes que sí.

—Hace tiempo que dejaste de sentir atracción por mí y sé que ahora te interesa otra persona, pero no dejas de ser una adolescente gobernada por las hormonas —dijo provocando la sonrisa de Tina—. ¿Puedo confiar en que me respetarás?

—Claro —respondió recuperando la seriedad para que Lucía se sintiera tranquila, aunque no entendía por qué insistía tanto en la cuestión.

—Bien, porque vas a dormir conmigo —anunció.

Tina reaccionó con total normalidad. No dijo ni una palabra ni expresó ningún tipo de emoción. Simplemente, aceptó la propuesta y echó a andar tras Lucía cuando esta se incorporó e inició el camino hacia su habitación.

Unos minutos después, las dos se encontraban tumbadas a oscuras, unidas por la confianza y separadas físicamente por una discreta distancia que se fue estrechando durante la noche.

Y es que, de madrugada, Lucía despertó medio abrazada a Tina.

Pero, lejos de importarle, sonrió sintiéndose segura.

La quería mucho. Mucho. Y ahora que no había nada enturbiando su amistad, solo le nacía tratarla con cariño y sin reservas.

Aquella noche, después de semanas sin dormir bien, Lucía se sintió en paz.

***

Lucía conducía de regreso al apartamento sintiendo que algo se le había quedado atravesado en el pecho.

Acababa de dejar a Tina en la estación y se sentía tan feliz por haberla vuelto a ver como triste porque no se reencontrarían hasta tres semanas después.

Un periodo de tiempo breve para la diversión, pero demasiado largo para la nostalgia.

Habían sido unas horas preciosas, intensas y, sobre todo, reveladoras.

Porque la actitud de la chica en determinados momentos había despejado las dudas y porque su propia tranquilidad al dormir pegada a ella había terminado por borrar todo rastro de tensión.

Eran amigas y como amigas se adoraban. Lucía ya solo deseaba acompañarla en su camino y verla convertirse en una maravillosa mujer.

Entró en el piso y vio a Marta sentada en un sillón bajo el toldo de la terraza.

Ojeaba una revista y apenas desvió la mirada un instante hacia Lucía antes de retomar su lectura.

Había aparecido por la mañana, mientras todas desayunaban, sin dar explicaciones y sin poder contener su indignación al cruzarse con Tina.

—¿Algún problema? —preguntó Pilar ofreciéndole un pequeño vaso de horchata fresca.

—No, esta vez se ha podido marchar a casa.

—¿Y qué hacemos? ¿Nos vamos a la playa o se ha hecho tarde? Son casi las doce.

—¿Por qué no os habéis ido vosotras? Os lo había dicho.

Pilar comprobó que Marta seguía a sus cosas y a la distancia suficiente como para que pudieran hablar en confianza. A lo lejos se escuchaba a Lola peleándose con Celeste como si tuvieran cinco años.

—No me quiero meter en tu vida, pero ¿hay algo que me quieras contar? —susurró.

—¿A qué te refieres? —le pidió concreción Lucía mientras daba un sorbo a la bebida.

—A Tina.

—¿Qué pasa con ella?

—Lucía, nunca nos dijiste que una de las alumnas que te llevaste a Madrid era lesbiana.

—¿Y por qué tendría que destacarlo? Es una cualidad como otra cualquiera.

—Bueno, es que tenéis un trato que no es el típico de profesora y alumna.

—Es verdad. Tina es alguien especial, pero no solo ella. La otra chica que vino a Madrid, Sandra, es igual de encantadora. Con las dos tengo una relación de amistad, nunca os lo he ocultado.

—Ya. Alguna vez has hecho mención de lo bien que te llevas con ellas, pero no esperaba que a una le gustaran las chicas.

—Pues, ¿sabes qué? En realidad, a las dos les gustan las chicas. Sí, Pilar, me fui a Madrid con dos lesbianas. Pero ¿qué te puedo decir? Son las que hicieron el mejor trabajo.

—¿Por qué te pones a la defensiva? No te acuso de nada. Es solo que me ha gustado verte tan relajada con ella. Hacía mucho tiempo que no te veía tan bien. Había una intimidad muy bonita entre las dos y solo te preguntaba si querías contarme algo al respecto.

Lucía caminó por la cocina algo nerviosa, con la horchata en la mano y la atención dividida entre la paciente Pilar y la exasperada Marta.

—Ahora ya no hay nada que contar, jefa. Tengo que hablar con Marta —anunció dejando el vaso vacío en el fregadero—. Dile a Lola que le doy permiso para que os cuente todo lo relativo a Tina.

—Así que había algo…

—Sí, pero no lo que piensas.