27 #2
—No sé. Ya se conocían de antes, pero nunca los había visto tan conectados. Viéndolos de lejos, parecían una parejita.
—¿Viéndolos de lejos? ¿No estabas con ellos?
—Al principio sí. Luego llegó Raquel y nos desmarcamos.
—Ah, estuviste con ella… —comentó sin entender por qué sus entrañas se habían retorcido al saberlo.
—Sí. Esa noche eligió dejar de ligar para estar conmigo. Lo pasamos bien.
—Cuánto me alegro —dijo, aunque, en el fondo, no lo sentía—. ¿Y todo bien con tu madre? —decidió cambiar de tema.
—Bien, sí. Está en una de esas fases en que me deja vivir en paz.
—Perdonad que os interrumpa —dijo Pilar apareciendo junto a ellas—. Nos vamos a casa, ¿te parece bien? —preguntó a Lucía.
—Claro, yo iré más tarde. Tengo que llevar a Tina a la estación.
—Nos vemos después entonces. Buen viaje, Tina.
La chica le dio las gracias con un gesto y su adorable sonrisa mientras que Lucía se giraba en busca de Marta y recibía una mirada hostil por su parte. Resopló presintiendo lo que le esperaba, pero prefirió ignorarlo y limitarse a disfrutar de la compañía de Tina.
Tras una hora de charla en la playa, de complicidad y de cariño, llegó el momento de la despedida.
Se dirigieron hasta el coche de Lucía y esta condujo hasta la estación con la sensación de que gran parte de su alegría se marcharía en ese tren.
Pero con lo que no contaban era con el caos que encontrarían a su llegada a la terminal.
Y es que un desprendimiento de tierra y piedras había bloqueado las vías y obligado a cancelar varios trayectos, entre ellos el que tenía Albaceda como destino.
Tina debería pasar la noche en Villaluz, pues hasta la mañana siguiente no se esperaba que se hubieran restablecido las conexiones ferroviarias.
Ante tal situación, Lucía tuvo claro cómo actuar: Tina dormiría con la pandilla en el apartamento.
Mientras se dirigían al encuentro con sus amigas, reflexionó sobre la conveniencia de que Tina pernoctara con ellas.
Sabía que Marta estaba de uñas y tampoco confiaba en que Lola la fuera a recibir con entusiasmo.
Pero ¿qué podía hacer? ¿Mandarla sola a un hotel?
Su único interés era protegerla. Ya intentaría que Lola no la hiciera sentir fuera de lugar y pondría todo de su parte en controlar la situación respecto a Marta.
No iba a consentir que las dudas la hicieran cambiar de opinión ni tampoco que Tina sufriera el menor riesgo pasando la noche sola.
Pese al temor que sentía, miró a Tina de reojo y se preguntó por qué se sentía tan feliz.
***
Mientras giraba la llave para abrir la puerta del apartamento, Lucía se dio cuenta de que Tina se encontraba nerviosa, aunque trataba de disimularlo aparentando seguridad y madurez. La empujó con suavidad hacia el interior del piso y las cuatro mujeres las miraron sorprendidas.
—No me digas que ha perdido el tren —temió Pilar, que se paró en seco con un cubo de ropa en la mano.
—No. Ha habido un desprendimiento sobre las vías y se ha cancelado el viaje —explicó Lucía—. Tina pasará la noche aquí.
—Por supuesto. Deberías cambiarte y darme eso que llevas puesto. Voy a poner la lavadora. Así te lo llevas mañana limpio —le propuso Pilar.
—Pues te lo agradecería porque ha sido un día largo. Pero no tengo nada más que ponerme. Iba a ser un viaje de ida y vuelta en el mismo día.
—Ven, que yo te presto un pijama —dijo Celeste ofreciéndole un vaso de Coca-cola—. Pero antes bebe y refréscate.
—Gracias —aceptó Tina sonriendo ante el candor de la joven.
—Vamos y te digo dónde está la ducha. Tengo un gel que huele a fresa. Dan ganas de bebérselo —continuó Celeste haciendo reír a Tina.
—Espero que no os moleste —dijo Lucía cuando las dos habían desaparecido por el pasillo—. No era cosa de dejarla sola dadas las circunstancias.
—No tienes ni que decirlo. Donde caben cinco caben seis —afirmó Pilar.
Lucía buscó con la mirada la aprobación de Lola, pero continuaba callada y sin molestarse en esconder sus evidentes reservas.
A quien no quiso mirar fue a Marta. No le apetecía ver su cara de pocos amigos ni recibir ningún tipo de reproche, por lo que decidió ignorarla sin contemplaciones.
Salió un momento a la terraza a tender su toalla y Lola la siguió.
—La famosa Tina —deslizó por fin.
Lucía se limitó a mirarla en silencio durante unos segundos hasta que se decidió a hablar después de asegurarse de que nadie la podía escuchar.
—Sí, la famosa Tina. ¿Se puede saber por qué la tratas como a un perro? —le preguntó susurrando.
—No seas exagerada. He sido correcta.
—Pues no merece ese tipo de corrección. Es un encanto de chica.
—Lucía, esa niña amenazó con romperte y no quiero otra Alicia en tu vida.
—Pero ¿qué dices? Ella nunca ha sido un peligro. Al menos no intencionadamente.
—¿Tú quieres que te recuerde…?
—No, tita, no quiero que me recuerdes nada. Pero acuérdate tú de que hace meses que las cosas están claras entre nosotras y que ahora suspira por otra. Así que no se lo pongas tan difícil.
—¿A ti te parece normal que haya venido hasta aquí para buscarte?
—No me buscaba a mí. ¿Acaso no la has escuchado?
Lola reaccionó sonriendo con sorna.
—En cualquier caso —continuó Lucía—, te agradecería que la trataras bien y no dieras lugar a sospechas. No sé cómo va a reaccionar Marta. Y, por favor, ayúdame a no estar a solas con ella. No tengo ganas de discutir.
—¿Con Marta?
—Sí.
—¿Acaso conoce a Tina?
—No estoy segura. La noche que la vi por primera vez, Marta estaba a mi lado, fue testigo del tonteo y se puso muy celosa. Pero no sé si sabe que Tina es aquella chica.
—Ahora que lo dices, no es que haya sido muy simpática con ella.
—No, pero no puedo saber si es porque la ha reconocido o porque, ya por defecto, no soporta que nadie se acerque a mí.
La conversación terminó cuando Tina, ya duchada y con un pijama que le quedaba un poco largo, regresó del baño.
Lucía se dispuso a preparar la cena junto a Pilar mientras que Celeste encendía la radio en busca de información del incidente ferroviario y Marta ponía la mesa antes de enclaustrarse en su habitación, algo que Lucía agradeció.
—¿Os ayudo? —se prestó Tina.
—No hace falta, bicho.
—¿Por qué no vienes a hacerme compañía? —le pidió Lola desde la terraza.
Tanto Tina como Lucía reaccionaron con idéntico desconcierto.
La primera porque solo había recibido frialdad por su parte y la segunda por temor a que le tendiera una trampa a Tina para recriminarle cosas del pasado.
Lola guiñó un ojo a Lucía sin que Tina pudiera verlo y solo entonces la profesora continuó cocinando tranquila.
Durante unos minutos, con Marta desaparecida, en el apartamento reinó el buen clima.
En la cocina se sucedían las bromas y en la terraza todo parecía estar en orden.
Lucía echaba un vistazo de vez en cuando para comprobar que Lola y Tina conversaban sin acritud.
De repente, aquella noche le estaba resultando una delicia.
Cuando la cena estuvo lista, Lucía reclamó la presencia de todas y se sentó a la mesa.
Celeste acaparó a Tina y la colocó a su lado, justo enfrente de Lucía.
Las dos se sonrieron con cariño hasta que Marta reapareció, se acomodó al lado de la profesora y la besó sin mediar palabra.
Lucía se quedó quieta. No la rechazó, pero tampoco le devolvió el beso.
Intentó aparentar tranquilidad mientras en su cabeza se activaba la centrifugadora de pensamientos y temores.
No le había gustado el arrumaco de Marta.
No era una cuestión de piel ni de enfado.
Simplemente, sabía que no había sido un gesto espontáneo sino calculado, con el único fin de marcar terreno ante la recién llegada.
Era su forma de pregonar que Lucía era suya y que solo ella podía besarla.
Lucía la conocía lo suficiente como para saber que esa había sido su intención.
En el brillo de los ojos de Marta había toneladas de orgullosa posesión y ni un gramo de ternura.
Por otro lado, temió que a Tina pudiera dolerle haber sido espectadora de lujo de la escena.
La noche en que se habían conocido, ya había visto cómo Marta la besaba, pero las circunstancias eran muy distintas.
En aquella primera ocasión en el Pantera, Tina había huido para no seguir mirando.
Esa noche, con meses de amistad a la espalda, con infinidad de momentos compartidos y rodeada de amigas…
¿cuál iba a ser su reacción? Tina ya no estaba enamorada de ella, era cierto, pero…
¿y si se le volvía a despertar un sentimiento?
¿Y si los rescoldos de lo que aún pudiera quedar en su corazón le reavivaban la obsesión?
De manera inesperada, aquella situación iba a ser una perfecta piedra de toque para salir de dudas definitivamente.
Y lo que hizo Tina fue… nada. Como si en vez de un beso, se hubiera tratado de un manotazo a una mosca. No prestó atención. No dijo nada. Ni una simple mueca. Solo expresó el hambre que tenía y se puso a comer disfrutando de la compañía de las demás.
Aquello, que había sucedido en apenas unos pocos segundos, supondría una transformación en su percepción sobre Tina.
Le quedó claro que sus sentimientos habían cambiado, que ya no bebía los vientos por ella ni era la causante de sus desvelos.
Dudas resueltas por fin. Pero lo que debería conllevar solo alivio y serenidad, también iba acompañado de un escozor que no era lógico ni bienvenido.
Lucía solo quería vivir en paz y, al menos en lo relativo a Tina, todo se había puesto de cara para ello.
No debía hacer otra cosa que celebrarlo y no dar pábulo a nada más.