27
Lanzó un profundo suspiro al aire y Lola se giró para mirarla.
—¿A dónde ha ido a parar?
Lucía sonrió y no contestó.
—¿No os parece raro ver a Marta y Celeste jugando juntas a la pelota? —preguntó.
—Raro de cojones —le dio la razón Lola adornando sus palabras con un significativo gesto.
—Es que Celeste es puro amor, solo ve lo bueno de cada persona —intervino Pilar—. Y Marta parece más tranquila desde el encontronazo de la otra noche —añadió mirando a Lucía.
—Sí, supongo que se ha dado cuenta de que se pasó y de que últimamente ha estado un poco insoportable.
—Bueno, pues a ver si razona, cambia y empieza a darte lo que necesitas —confió Lola.
—¿Y qué piensas que necesito? —inquirió arrugando las cejas.
—Pues un mejor trato, que en lo de la cama ya vas cumplida.
—No te creas. Hace días que no nos tocamos.
—¿Y eso? —quiso saber Pilar.
—Pues imagino que ella no se atreve porque me nota fría y a mí no me apetece.
—Pues es extraño que se la vea mejor que nunca justo ahora que estáis peor que nunca —apuntó Pilar.
—Eso es que está tratando de volver a conquistarla, cariño.
—¿Tú crees?
—Claro, está desplegando sus encantos para que Lucía vuelva a caer en sus redes.
—Esta vez lo va a tener difícil —aseguró Lucía—. Hay demasiadas cosas de ella que no me gustan y otras que antes toleraba y que empiezo a no soportar.
—Nadie te obliga a estar con alguien a disgusto —dijo Pilar.
—Lo sé, pero estamos lejos de casa. Solo quiero vivir en paz los días que nos quedan, divertirme y dejar que más adelante pase lo que tenga que pasar.
—Vale, pero, Lucía, no seas tonta. La chica está buena de cojones. Aprovecha en estos días para echarle unos cuantos polvos de despedida.
—Qué bruta eres, tita —dijo Lucía riendo mientras Pilar cabeceaba con resignación.
—Solo te recomiendo que disfrutes de los placeres de la vida —arguyó abriéndose de brazos—. Luego vienen meses de obligaciones y de solo poder divertirte a ratos.
—En eso te doy la razón. Necesito llegar a septiembre con las pilas cargadas y no sé si va a suceder porque llevo semanas sin poder dormir bien.
—¿Por qué? ¿Te ocurre algo? —preguntó Lola dejándose de bromas.
—Nada en concreto. La situación con Marta, la preocupación por Celeste, el calor…
Lucía pensó también en lo mucho que echaba de menos a sus seres queridos de Albaceda.
La cuestión era que los años anteriores también había estado lejos de ellos sin que le supusiera un trauma.
Y, sobre todo, que la que le removía el corazón, la que le hacía morir de nostalgia era Tina.
Por mucho que intentara olvidarla, era así.
Pero no iba a confesarlo y menos aún ante Lola.
¿Cómo iba a hacerlo si ni ella misma lo entendía?
—Para dormir bien necesitas cansarte más —dijo Lola—. Anda, vamos a darnos otro chapuzón.
Lucía claudicó y, tras refrescarse con un breve baño, acabaron las cinco jugando como crías a la pelota.
Hasta que Lola decidió hacer un alto para descansar, se sentó en el balón de plástico y lo reventó.
Todas rieron por la forma cómica en que cayó de espaldas y solo su mujer fue a ayudarla a levantarse.
Las risas concluyeron con una guerra de arena y con el intento de enterramiento de la propia Lola.
Era media tarde y decidieron recoger sus cosas e irse al apartamento.
Aún le dolía la mandíbula por las carcajadas cuando Lucía se quedó parada viendo una figura caminar a duras penas hacia su posición, con pantalón corto, una camiseta que le resultaba familiar y unas zapatillas deportivas que se estaban llenando de arena.
Tenía aspecto cansado y daba la sensación de llevar horas castigada por el sol.
A primera vista le había parecido Tina y casi se le había parado el corazón.
Evidentemente, no podía ser. Pero, unos segundos después, cuando esa figura dejó de ser algo lejano y pudo reconocer su rostro risueño y nervioso, una explosión de alegría invadió hasta su última célula.
—¿Tina? No me lo puedo creer. ¿Qué haces aquí? —preguntó antes de darle un beso, sin tener en cuenta que sus amigas, y especialmente Marta, estaban a su lado.
—He venido a visitar a Maribel, pero no estaba.
La respuesta de la chica le escoció. Había pensado en Maribel algunas veces en aquellos días e incluso había temido encontrarse con la imagen que había visto en aquella foto convertida en carne y hueso.
Saber que el motivo del viaje de Tina a Villaluz había sido ver a su amiga y no a ella le causó una sensación incómoda.
En aquel momento tuvo que hacer un esfuerzo tan grande por esconder su decepción como por contener las ganas de abrazar a Tina.
—¡Qué fastidio! ¿No la habías avisado? —se interesó intentando mostrar naturalidad.
—No. Quería darle una sorpresa, pero me la he llevado yo —se lamentó Tina.
—Siento que hayas venido para nada. La próxima vez, olvídate de sorpresas y queda con ella antes.
—Sí, eso haré.
Durante unos segundos se miraron en silencio. Lucía sonrió volviendo a contemplar el brillo ámbar de los ojos de Tina mientras ella parecía querer navegar en el azul de su mirada.
—Perdona, con la sorpresa no te he presentado. Estas son mis amigas, Celeste, Pilar, Lola y Marta —las fue nombrando a la vez que las señalaba—. Ella es Tina.
—Tú fuiste a Madrid con Lucía, ¿verdad? —preguntó Celeste tras darle dos besos con su habitual simpatía—. Me alegro mucho de conocerte.
—Yo a ti también.
—Encantada. Soy Pilar —volvió a presentarse de manera mecánica.
Lucía recibió la mirada rápida y desconcertada de su amiga pues no conocía la existencia de Tina.
Sabía de sobra que la profesora había pasado un fin de semana en Madrid con dos alumnas, pero, a diferencia de Celeste, no se había interesado por saber sus nombres.
Tampoco entendía por qué Lucía se había emocionado tanto al verla.
En cambio, Lola sí sabía perfectamente quién era Tina y, cuando la saludó con cierta frialdad, Lucía temió que la versión más protectora de su querida tita se hubiera puesto en alerta.
Pero mucho peor fue el miedo a la reacción de Marta.
Se preguntó si la habría reconocido, si había sido capaz de relacionar la imagen algo desastrada que presentaba Tina en esos momentos con la de la chica coqueta y arreglada por la que Marta se había puesto tan celosa aquella noche en el Pantera.
Deseó que no fuera así, pero al verla saludarla con cara de pocos amigos y sin esconder que lo hacía por obligación, supo que se avecinaba tormenta, aunque, al menos, agradeció que mantuviera la compostura y no le montara una escena.
En cualquier caso, Lucía se dio cuenta de que Tina se encontraba incómoda porque Marta no le había dedicado el mejor recibimiento y Lola no paraba de fusilarla con la mirada, por lo que decidió intervenir y acabar con la tensión que se mascaba en torno a la chica.
—¿Damos un paseo? —le propuso tomándola por el codo y comenzando a andar.
—Claro, aunque no me puedo entretener demasiado, tengo que coger el tren de las ocho.
—Quedan más de dos horas para eso. No te preocupes, yo te llevaré en el coche.
Tina aceptó regalándole esa encantadora sonrisa que tanto echaba de menos.
—Qué casualidad que nos hayamos encontrado, ¿eh? —dijo Lucía con retintín cuando ya se habían apartado unos metros de las demás.
—Bueno… ya que he tenido la mala suerte de que Maribel no estaba, he pensado que igual podría encontrarte por aquí —explicó Tina—. Ya que estaba en Villaluz y hasta la tarde no tenía el tren de vuelta… En algo me tenía que entretener.
—Así que en eso me he convertido para ti, en una distracción alternativa, en un segundo plato… —murmuró haciéndose la ofendida.
—Rechazaste la oportunidad de ser la estrella de la película. Ahora acepta que tienes que conformarte con ser la actriz secundaria —argumentó siguiéndole la broma.
Como respuesta, Lucía le propinó un suave empujón que provocó que Tina cayera a plomo sobre la arena. Entre risas, las dos acabaron sentadas juntas y solas, mirando al mar, panorama tan distinto al que habían vivido día a día durante meses.
—Muchas gracias por los discos que me regalaste.
—De nada, bicho. Sé que no eres muy amante de la música, pero me hacía ilusión compartirlos contigo. ¿Te ha gustado aunque sea una sola canción?
—Me han gustado muchas. Fiume azzurro, ¿se dice así?
—Sí —confirmó Lucía sonriendo.
—Es de esa cantante que escuchamos en el coche camino de Madrid, ¿verdad?
—Exacto. Es Mina, la cantante preferida de mi madre y también una de las mías.
—De Abba me han gustado varias y una sé que es la canción favorita de Sandra.
—¿En serio?
—Sí. Una vez me dijo que la que más le gusta es The winner… —se detuvo dudando.
—The winner takes it all. Muy bonita. ¿Y en español no te ha gustado ninguna?
—Sí, también. Hay una que me gusta, pero me da coraje.
—¿Cuál?
—Solo pienso en ti, de Víctor Manuel. Nunca me había parado a escucharla de verdad. Pensaba que solo era una canción ñoña de amor. Pero la historia que cuenta…
—Es dura, pero a la vez preciosa y esperanzadora. Pero ¿por qué te da coraje?
—Porque me hace llorar —admitió mirando para otro lado.
A Lucía le enterneció su confesión y ratificó las impresiones compartidas con Ángel sobre el miedo atroz de Tina a dejarse llevar por las emociones.
—Es mágico cuando la música te provoca un sentimiento. Es lo bonito del arte en general. Pasa igual con tus fotos.
—Hablando de fotos, ¿sabes que no salieron mal las que hice en la boda?
—Eres una artista, bicho, y estoy muy orgullosa de ti. Tanto como lo está Ángel —afirmó acariciándole la espalda y consiguiendo que se ruborizara.
—¿Y cómo os fue en ese concierto al que fuisteis?
—Una locura, Tina. No te imaginas la de gente que había. Pero lo disfrutamos muchísimo. Fue un buen aperitivo para las vacaciones. Pero, cuéntame, ¿qué tal en el Pantera?
—Bien. Ya sabes que Ángel me acompañó y estuve a gusto con él y con Ana, la de Shomos. Dicho sea de paso, los vi muy compenetrados —dejó caer con sonrisa traviesa.
—No me digas. ¿Tú crees…?