Ella (Corazón de Pantera nº 5) 26 #3
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—Porque está claro que ella marca tu estado de ánimo desde hace años.

Os hicisteis muy amigas y tú estabas como en una nube.

Cuando se arregló con su novio y dejó de verse tanto contigo, comenzaste a acusarlo.

No me lo puedes negar, Celeste. Tengo ojos y demasiado cariño por ti como para mirar para otro lado.

Respeto tu intimidad, pero te quiero y necesito que sepas que estoy para ti.

—Lo sé. Sé que puedo confiar en ti y hasta agradezco que seas tan pesada a veces, pero le das más importancia al asunto de la que realmente tiene.

—¿Acaso me vas a negar que no estás bien con ella?

—Estoy bien con Natalia. Es solo que antes teníamos más trato y ahora menos.

—Y te afecta —dio por sentado.

—Pues igual la echo un poco de menos, pero ya está, Lucía. No es para que montes un drama.

—¿Ha sido decisión de ella?

—¿El qué?

—Que no os veáis tanto.

—Sí, pero es normal. Tiene su vida.

—Mira, Celeste —dijo tras coger aire—. Me vas a dejar que te suelte lo que pienso, aun a riesgo de que te enfades. Pero llevo demasiado tiempo callando y no puedo más. Después no volveré a hablar nunca más contigo de Natalia si no quieres.

La joven volvió a detenerse y paseó la vista de la arena al mar y del mar al infinito. No se atrevía a mirar a Lucía porque sabía que no le iba a gustar lo que le iba a decir.

—Sabes que me pareció bien que os hicierais amigas porque debías tener vida más allá de nosotras, otras experiencias, otras perspectivas.

Eras muy joven y alternar con gente forma parte del proceso de madurez.

El modo en que se enganchó de ti ya no me gustó tanto porque estaba claro que pasaba por una fase de indecisiones y que te iba a acabar mareando.

—Todo el mundo tiene derecho a dudar. No sé por qué culpas a Natalia de eso.

—Sí, todos tenemos nuestras fases oscuras y es normal refugiarse en otras personas.

—¿Y entonces? —preguntó cruzándose de brazos.

—Celeste, en este caso… Me temo que lo que hizo no fue refugiarse en ti sino utilizarte —cuestionó Lucía con temor.

—No me puedo creer que digas eso. Ni siquiera la conoces.

—No. Tienes razón.

—¿Por qué la juzgas entonces?

—Porque a ti sí que te conozco, enana —dijo con cariño sujetándole la cara—. Pese a tu timidez, siempre has sido alegre como unas castañuelas y dejaste de serlo de un día para otro. Actúas como si lo fueras, pero tienes los ojos apagados.

Celeste se dejó acariciar, pero no dijo nada. A pesar de todo, no estaba enfadada.

—Empezaste a tener unas reacciones extrañas y fue cuando supimos que ya no teníais tanta relación —continuó Lucía—. Yo sé cómo eres, cariño, y también sé cómo te entregas, le das todo tu corazón a las personas a las que quieres. Y a Natalia la quieres de una forma que nunca me vas a admitir.

—Solo es una amiga —aseguró y Lucía supo que mentía.

—Las dos sabemos lo que has sentido… o sientes.

Y ella también. Eso es lo que me da rabia, Celeste, que se aprovechó de ti durante sus horas bajas y te apartó cuando ya no te necesitaba.

Perdóname, cariño mío, pero no es justo y no quiero verte sufrir por alguien que no vale la pena.

Es que… fíjate. Cuando niegas tu desánimo, lo haces solo para protegerla, para no tener que asumir que se ha portado mal contigo.

Prefieres defenderla y justificarla a toda costa.

—Quizá tienes tu parte de razón —reconoció mirándola por fin a los ojos—. En el fondo, a veces también me pregunto por qué cambió tanto de repente y por qué me ha ido arrinconando si antes decía que yo era muy importante para ella. Pero de vez en cuando vuelve a acercarse y a mí me alegra.

—No me digas que cuando te busca es porque tiene problemas con su novio.

Celeste no contestó, pero su silencio y la tristeza de su mirada conformaron una respuesta esclarecedora.

—Supongo que ya no me ve como a una gran amiga, pero yo lo quiero seguir siendo para ella —afirmó tras un instante—. No le voy a negar mi apoyo cuando me lo pida.

—No se lo merece, enana. Ni tú te mereces que te usen a conveniencia. Menos aún cuando te hace daño.

—La amistad tiene su parte de sacrificio y a mí no me importa si con ello la ayudo.

—Eso no es amistad, Celeste.

—Por mi parte sí. No espero nada a cambio.

—Eres demasiado generosa. Demasiado buena.

Celeste se limitó a encogerse de hombros.

—No lo sé. No sé ser de otra manera —dijo y Lucía no pudo hacer otra cosa que sonreír con ternura antes de abrazarla.

—Al menos prométeme que contarás conmigo si lo necesitas —le pidió sin dejar de mecerla.

—Claro, Lucía. Eres mi mejor amiga y lo serás siempre.

—Vale, pero que sepas que me quedo preocupada.

—No lo estés, de verdad. No es tan grave y, además, quiero que te quede claro que Natalia solo es una amiga. Nunca he querido otra cosa con ella. No pienses que hay sentimientos… ya sabes. Que antes me has dicho… pero no.

Lucía deshizo el abrazo y la miró fijamente. Sabía que Celeste, una vez más, le mentía, pero ya la había apretado bastante y decidió respetar su decisión.

—Bueno, enana, ¿volvemos con las chicas? Marta no para de echarnos miraditas. Vamos antes de que se enfade. Vayamos paseando por la orilla como dos señoras mayores —bromeó.

Celeste rio y entonces, como si nunca hubiera dejado de ser una niña feliz, gritó «carrera» y echó a correr dando saltos por la arena. Lucía la siguió con una media sonrisa y pensando que ojalá también en la vida fuera tan fácil dejarla ganar.