Ella (Corazón de Pantera nº 5) 26 #2
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—No hará falta, Pilar, tranquila —dijo recuperando la sonrisa.

Marta apareció de repente junto a ellas, se sentó y cruzó los brazos. Lucía supo de inmediato que no estaba de buen humor, algo que, a esas alturas, había dejado de sorprenderle.

—¿Ya ha terminado Turno de oficio? —quiso saber Lucía.

—Sí. Pensaba que te gustaba y que lo verías conmigo.

—Marta, te he dicho varias veces que es una reposición y que ya vi esa serie hace tiempo.

—Bueno, pues me la perdí en su momento, así que es nueva para mí.

—Pero no para mí, lo siento. Y puede que la vuelva a ver en otra ocasión, pero hoy prefería estar aquí al fresco con mis amigas.

—Con tus amigas. ¿Y yo qué?

—Venga, no discutáis —rogó Pilar mientras Lucía se limitaba a bufar con hastío.

—Además —continuó Marta—, estaba escuchando algo de lo que hablabais y no entiendo por qué tus amigas saben lo de tu problema y a mí nunca me has dicho nada.

—Marta, tengamos la fiesta en paz —pidió Lucía elevando el tono—. El dolor me está haciendo rabiar y lo último que necesito es un ataque de celos por tu parte.

—Creo que me voy a dormir —dijo Lola, que prefería retirarse antes de intervenir y empeorar las cosas.

—Vamos, cariño —la secundó Pilar—. Ahora te traigo un calmante —añadió mirando a Lucía.

Celeste también abandonó la terraza, se acercó al sofá-cama en el que dormía y trasteó entre sus cosas.

Lucía pudo ver que, una noche más, encendía la radio, se liaba un cigarrillo de cannabis y hacía como que se relajaba, aparentando ser la persona más feliz del mundo.

Había perdido la cuenta de las veces que le había aconsejado que lo dejara, pero Celeste la espantaba con serenidad y una gran sonrisa, recordándole que ya era bastante mayor para saber lo que se hacía.

Aprovechando que las demás se habían esfumado, Marta se sentó junto a Lucía y le acarició con suavidad el abdomen.

—Siento haberme enfadado. Es que me molesta ser el último mono para ti.

—No sigas con eso, Marta, por favor. No tengo ganas de discusiones.

—Está bien. Lo siento.

Pilar regresó con un vaso de agua y un comprimido y se acuclilló al lado de Lucía.

—¿Qué es? —preguntó esta.

—Voltaren.

—¿No es un poco fuerte?

—Justo lo que necesitas —sentenció Pilar mirando de reojo a Marta antes de marcharse.

Lucía se tomó el medicamento y se retrepó dejando que la vista se le perdiera entre las estrellas.

—Así que quieres tener un hijo —rompió el silencio Marta un instante después.

—Sí —se limitó a asentir.

—Yo nunca me lo había planteado. Supongo que porque se da por sentado que una lesbiana no puede.

—Pues ya has escuchado que podría haber fórmulas, aunque no están hechas para mí —se lamentó.

—Creo que… no sé… Me gusta mi vida sin ese tipo de responsabilidades. Pero si tuviera futuro contigo, quizá me lo pensaría.

—Marta, tener hijos es algo serio.

—Lo sé.

—Si algo aprendí en el pasado —dijo recordando a Gloria— es que nadie debería adaptar su vida a la de otra persona sin convencimiento. Un hijo debe ser algo deseado, no un sacrificio o una concesión.

—Tienes razón. Admito que para mí lo sería y que te tendría que querer mucho para asumir ese sacrificio.

—Bueno, está claro que no somos el tipo de pareja que ha de tomar esa decisión. Ni siquiera somos una pareja como tal.

—Eso es discutible. Pero solo digo que, en caso de que tú y yo deriváramos en otra cosa… quizá podrías tener tu oportunidad. Ya sabes que mi familia tiene recursos para conseguir lo que otras no pueden —dejó caer en voz baja.

—Marta, no sé si estoy entendiendo lo que me estás queriendo decir o si te estoy malinterpretando. Pero vamos a dejar esta conversación porque me está pareciendo entender que sugieres que yo avance contigo a cambio de que me compres un hijo.

—Dicho así…

—Mira, me voy a la cama. A ver si hace efecto la pastilla y puedo descansar —anunció incorporándose.

—Pero, Lucía…

—Buenas noches.

Aceleró el paso hasta llegar a la habitación, consciente de que Marta no tardaría en ir junto a ella.

Se tumbó en la cama sintiendo que una tormenta le malhería el vientre.

Trató de darse calor con las manos y cerró los ojos.

Entonces, en efecto, notó el peso del cuerpo de Marta ocupando su lado del colchón.

La abrazó como si nada hubiera pasado y Lucía no encontró las fuerzas para rechazar su cercanía.

En medio del silencio, se detuvo a pensar que Marta era una buena distracción a ratos y una adecuada compañera de cama cuando no olvidaba que eran dos.

Pero, definitivamente, nunca iba a ser la mujer de su vida y mucho menos la persona que podría haber criado a sus hijos junto a ella.

Cada vez tenía más claro que le sobraba, que su tiempo se había acabado y decidió que la dejaría marchar cuando las vacaciones terminaran y comenzara una nueva etapa.

Lo que no consiguió entender fue por qué al tratar de imaginar esa nueva etapa, a su mente solo acudió la imagen sonriente de Tina.

***

Lucía se acomodó en una tumbona y se acarició la piel, tostada y cubierta de arena y sal.

Al hacerlo, echó de menos la pulsera que Tina y Sandra le habían regalado y que dejaba cada mañana en el apartamento para evitar perderla en el mar.

Después, cuando regresaba por la tarde, se duchaba, se ponía el pijama y volvía a prenderla a su muñeca. Una sonrisa se le escapaba cada vez.

Se colocó las gafas de sol y miró divertida cómo Lola trataba de hacerle una ahogadilla a Pilar.

Celeste, sentada cerca de ella sobre una toalla, rio contemplando la misma escena, aunque no tardó en adoptar un rictus más triste que serio.

Lucía se percató y, aprovechando que Marta había ido un momento a la avenida en busca de una cabina, decidió ahondar.

—¿Vamos a dar un paseo, enana? —le propuso viendo por el rabillo del ojo cómo Marta regresaba.

Celeste cabeceó afirmativamente y se levantó para ir tras ella.

—¿Esto de caminar por la orilla de la playa no es de señoras mayores? —planteó provocando la risa de Lucía.

—No digas eso delante de Lola o te dejará de hablar. Ya sabes que se está tomando muy mal lo de ir cumpliendo años.

—Igual cuando tengamos su edad nos pasa lo mismo.

—No te imagino de mayor. —Lucía se detuvo a mirarla después de colocarse las gafas a modo de diadema—. Para mí siempre serás la niña de catorce años que se presentó un día en mi casa.

Celeste se abrazó a su cintura y dejó que la brisa le revolviera el cabello. Lucía era la hermana mayor que la vida le había negado.

—Me he dado cuenta de que te dabas prisa en alejarte cuando has visto llegar a Marta. ¿No estás bien con ella?

—¿Tú qué crees?

—Me da pena que cada vez discutáis más. ¿Te compensa?

—No, Celeste. La verdad es que no. Pero estamos de vacaciones y no es momento de tomar decisiones. Ahora solo quiero disfrutar del verano y de vosotras, dejar pasar el tiempo que nos queda aquí y después… ya veremos.

—Marta no es mala persona —opinó con su habitual benevolencia.

—Claro que no. A veces no es cuestión de ser buena o mala sino, simplemente, de encajar. Y nosotras cada vez chocamos más y encajamos menos. Pero no creas que te he pedido pasear por huir de ella. Es solo que quería hablar contigo a solas.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

—Tendrás que concretar —sugirió con sonrisa traviesa.

—Sabes que hace mucho tiempo que intento que te abras conmigo y me cuentes lo que te hace sentir mal.

—Lucía, me canso de tener la misma conversación una y otra vez. Siempre que pienso que ya te has olvidado, vuelves con ello.

—¿Y no será porque me preocupo?

—Es que no tienes ningún motivo.

—Sí que lo tengo, enana. Sé que estás en tu derecho de mandarme a la mierda, pero no soporto ver cómo de repente te pones triste o cómo te refugias en tus malditos porros.

—No seas antigua —replicó riendo.

—No, en serio, Celeste. Sé que no estás bien, por mucho que intentes disimularlo. Y sé que lo que te pasa tiene que ver con Natalia.

La chica reaccionó retirando su mano de la cintura de Lucía. En su rostro ya solo había seriedad.

—¿Por qué crees que me pasa algo con Natalia? —preguntó poniéndose a la defensiva.