Ella (Corazón de Pantera nº 5) 26
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Como cada año, la llegada al apartamento de Villaluz estuvo salpicado de risas.

Tal y como temían, el casero no les había permitido acceder al piso antes de tiempo, por lo que habían pasado cuatro días apiñadas en una tienda de campaña que habían tenido que comprar y que habían dejado abandonada en el camping donde se habían refugiado.

Esperaban el ascensor recordando anécdotas que las llevaban de carcajada en carcajada. Todas reían menos Marta, a quien le había parecido humillante tener que dormir en un espacio tan reducido con otras cuatro personas.

—Madre mía, los vecinos estarán diciendo que ya están aquí las locas de todos los años —dijo Pilar sin dejar de abanicarse.

—Venga, vamos a repartirnos, que todas no cabemos —trató de organizarlas Lola.

La pareja subió primero junto a Celeste y mil bártulos. Lucía volvió a reír ayudándolas a cerrar la puerta. Un segundo después, la sonrisa desapareció al cruzarse con el rostro austero de Marta.

—¿Aún estás de mal humor?

—¿Acaso te extraña?

—Marta, ¿qué podíamos hacer? ¿Dormir bajo un puente? Habían llegado miles de personas para ver ese concierto y los hoteles estaban saturados.

—Ya.

—Bastante suerte tuvimos con encontrar hueco en ese camping.

—Lucía, quizá a ti te ha parecido divertido dormir como sardinas en lata.

—¿A ti no?

—Eso es divertido cuando tienes doce años, no a nuestra edad.

—¿Y qué podíamos hacer? —insistió.

—Planificar mejor las cosas.

—Ya está bien, Marta. Sabes cómo surgió todo y eras consciente de a lo que nos arriesgábamos. Si no estabas dispuesta, no haber venido.

—¿Eso querías? ¿Librarte de mí?

—Yo no he dicho eso. No tergiverses. Solo digo que, si no querías ir en plan aventurero, hubieras esperado a venir directamente aquí.

—Pues, sí, eso debería haber hecho.

—Bueno, ya no tiene remedio, así que intenta alegrar esa cara. Llevas cuatro días así.

—Es que ni siquiera he tenido un segundo a solas contigo en ese tiempo.

—Es lo que tiene viajar en grupo —dijo sin esconder el tedio que le causaban los continuos desencuentros con ella.

—No digas tonterías, Lucía. Esperaba poder al menos dormir a solas con mi… contigo.

—Eso podrás hacerlo a partir de hoy. ¿No te vale? ¿Por qué no te olvidas de lo que ya es solo pasado? Joder, Marta, he venido a divertirme, no a que me amargues las vacaciones.

El ascensor regresó vacío y Lucía se apresuró en meter su equipaje. Marta hizo lo propio en silencio. No volvió a hablar, aunque el semblante se le dulcificó al llegar al apartamento y ver la habitación que compartiría con Lucía, la misma del año anterior.

—Chicas, ¿bajamos ya a comer? Me muero de hambre —propuso Celeste.

—Deberíamos sacar antes la ropa de la maleta —opinó Pilar.

—¿Para qué? Lleva días arrugada y recalentada —dijo riendo la chica.

—Coño, es que mira que hacía calor en esa tienda de campaña —recordó Lola—. A mí comer me da lo mismo, pero secundo a Celeste para poder tomarme una cerveza bien fría. Vámonos, cervatillo, y que nos siga la que quiera.

Nada más abrir la puerta, Lucía, Marta y Pilar dejaron lo que estaban haciendo y fueron tras ellas. Comieron en un restaurante modesto del paseo marítimo y dieron un pequeño paseo mientras tomaban un helado. Estaban llegando de nuevo al apartamento cuando Celeste sacó su Polaroid del bolso.

—Vamos a hacernos la foto del antes sin después —pidió con una gran sonrisa.

—¿Ahora? —protestó Lola.

—Sí, que si no nos olvidaremos y no habrá foto ni del antes ni del después.

Cinco años atrás, cuando habían veraneado por primera vez juntas, Celeste les había sugerido hacerse una foto del primer día y otra del último para comprobar la diferencia del tostado de sus pieles.

Se habían tomado la primera, pero, con las prisas, regresaron a Albaceda sin hacerse la segunda.

Al año siguiente volvió a ocurrir lo mismo y Celeste acabó adoptando la tradición de hacerse la foto del antes sin después.

En su casa podía verse un panel de corcho donde las iba colocando y a todas les divertía volver a verse, siempre sonrosadas y nunca morenas.

El verano anterior se había sumado Marta.

Lo que no podían saber es que la foto nunca se repetiría.

***

A Lucía le encantaba regresar cada tarde al apartamento y verse envuelta en las mismas rutinas: la disputa por pasar por la ducha, la decisión de si cenar en casa o fuera, los piques, las bromas, el olor a Nivea y a after sun…

Quizá era que ese ajetreo le recordaba a cuando era niña y viajaba, apenas unos pocos días, a la misma playa de Almería con sus padres y su hermana.

Aquel año, especialmente, necesitaba entregarse a esa nostalgia del pasado para no caer en la que le producía tener a Tina lejos.

Hacía tres semanas desde que se habían despedido y a veces sentía que le faltaba algo y que su vida ya solo podía ser perfecta si la tenía merodeando a su alrededor.

Aun así, en aquellos días se había divertido y se había saciado de la energía del mar. Sus amigas eran un caudal inagotable de risas y en Marta, aunque a trompicones, trataba de encontrar la chispa de la piel.

Aquel día de mediados de julio, tras cenar, salió a la terraza para dejarse abrazar por el fresco de la noche.

Dejó que la mirada se le perdiera en la negrura del horizonte y su respiración pareció querer acompasarse con el ritmo de las olas que morían en la arena, justo delante del apartamento.

Lola no tardó en aparecer y tras ella lo hicieron Celeste y Pilar.

Marta se había quedado sentada frente a la televisión.

—A veces me dan ganas de quedarme aquí para siempre —aseguró Pilar disfrutando de la brisa marina.

—¿Y qué harías conmigo? —cuestionó Lola.

—No dejaría que te marcharas sin mí.

Se miraron tiernamente antes de darse un beso y Celeste rio con la inocencia infantil que nunca había llegado a perder.

—¿Estás bien, Lucía? —se interesó Pilar—. Te noto un poco ausente y esta tarde ni te has querido bañar.

—Es que me ha bajado la regla y estoy un poco dolorida.

—Vaya faena —resopló Lola.

—Lucía, ¿fuiste al médico? —preguntó Pilar con semblante serio, temiendo la respuesta.

—No, pero lo haré cuando volvamos.

—Hace meses que deberías haber ido.

—No me regañes, jefa. Sé que lo tengo pendiente, pero no siempre es fácil encontrar el momento.

—Lucía, no hay nada más importante que tu salud y ya lo estás retrasando demasiado.

—Lo sé y te repito que iré cuando regresemos a Albaceda.

—Luego me dirás que no puedes, que estás ocupada con la preparación del nuevo curso.

—No te enfades. Te prometo que no lo dejaré.

—¿Qué me he perdido? —preguntó Celeste mirando a una y otra.

—Nada, enana. Solo es lo de ese problema en el útero y mis reglas dolorosas.

—¿Tienes un problema? ¿Y cómo es que nunca nos lo habías dicho? Bueno, me lo habías dicho porque está claro que Pilar ya lo sabía. Y si Pilar lo sabía, Lola también —intuyó sonriendo.

—¿Me estás llamando chivata? —le recriminó Pilar dándole un suave tirón de pelo.

—Toda persona que duerme con otra es una chivata —se justificó ampliando la sonrisa.

A Lucía le hizo gracia el comentario. Ella también sabía que Pilar se lo había contado a Lola, pero era lo normal en una pareja si se trataba de algo no demasiado indiscreto. En cambio, estaba convencida de que Lola no le había dicho nada a su mujer sobre Tina.

—Celeste, sí que te lo he comentado alguna vez —le recordó Lucía.

—Lo de los dolores sí, pero no que se debieran a un problema diagnosticado.

—No me gusta hablar de ello, enana.

—¿Y por qué? Son cosas naturales, de mujeres, y somos tus amigas.

—Lo sé. Pero ese problema siempre me recuerda que va asociado a mi infertilidad y es algo que me duele demasiado. No es que no hable, es que ni siquiera me detengo a pensar en ello.

—¿Quieres tener hijos? —preguntó Celeste sin mostrar excesiva sorpresa.

—Sí, eso quería.

—Pues ojalá encuentres la forma porque serías una madre maravillosa.

—Gracias —dijo emocionada.

—Te he visto tratar con niños y el cervatillo tiene razón: serás una fantástica madre —afirmó Lola.

—¿Seré? —dudó.

—Serás —insistió dando un manotazo en la mesa alrededor de la que se habían sentado.

—Yo… no puedo. Mi cuerpo no puede.

—Habrá otras opciones —confió Celeste.

—Es que… incluso sin la endometriosis, ¿cómo iba a tenerlo? ¿Habría sido capaz de acostarme con un hombre para conseguirlo?

—Me temo que habrías tenido que hacerlo unas cuantas veces —replicó Lola torciendo el gesto—. Y sin garantías de éxito.

—Chicas. La ciencia avanza y ahora ya se hacen inseminaciones artificiales —dijo Pilar—. En este caso —añadió cogiendo con cariño la mano de Lucía— no nos sirve. Pero ya hay mujeres con ciertos problemas que pueden ser madres.

—A un precio desorbitado y solo si hay un marido —matizó Lola.

—¿Entonces una mujer soltera o lesbiana…? —preguntó Celeste.

—Me temo que se puede olvidar, a no ser que le sobre el dinero y pueda pagar la ilegalidad y la discreción.

—¿Y qué hay de la adopción? —sugirió la más joven de la pandilla.

—Estamos en las mismas, Celeste. Solo pueden adoptar matrimonios —respondió con tristeza Pilar.

—Pues te vas a tener que casar —bromeó Lola mirando a Lucía—. Quizá uno de tus amigos madrileños…

—Calla, tita, no los metería en un lío así. Y mira que sé que si se lo pido a cualquiera de los dos…

Lucía se quedó pensativa. Había caído en la trampa de hablar del tema que siempre trataba de evitar, pero hacerlo con sus amigas le restaba dramatismo. Su calidez e incluso sus bromas hacían que lo afrontara sin caer en el llanto, como cuando se tragaba la decepción en soledad.

—Escucha, Lucía, sé que ahora lo tienes todo en contra —dijo Pilar acariciándole la mano que aún le sostenía—, pero todo va progresando con el paso del tiempo y tu oportunidad surgirá. De una manera u otra, vas a ser madre.

—Gracias, jefa. Me hace mucho bien hablar con vosotras —afirmó y no pudo evitar que los ojos se le humedecieran.

—Pero lo de las reglas dolorosas se tiene que acabar. Si hace falta, te llevo al médico a rastras.