Ella (Corazón de Pantera nº 5) 25
58%

25

No. No estaba dispuesta a pasar tres meses sin verla.

Lucía llevaba unos días desorientada entre viajes y preparativos.

Acababa de regresar de Altea, donde había agotado las pocas energías que le quedaban persiguiendo a quinceañeros ávidos de vivencias y con pocas ganas de respetar su autoridad.

Y casi sin tiempo para reponerse, había comenzado a preparar el equipaje para irse de vacaciones.

Pero antes necesitaba hablar con Tina, por lo que la había citado en su piso.

Nada más entrar, la chica rio observando el desorden del salón.

—¿Ha caído una bomba y no me he enterado?

—No me seas guasona, que menudo lío llevo.

—Supongo que todo esto es lo que te llevas a Villaluz.

—Sí, ¿y sabes una cosa?

—¿Qué?

—Que empiezo a darle la razón a Celeste cuando considera que seis semanas de veraneo son excesivas. Pero Lola se empeña y nos acaba enredando a las demás. El año que viene ya veremos. Anda, siéntate donde puedas. Voy a traerte un refresco.

Tina obedeció y se acomodó en un extremo del sofá.

Lucía regresó con dos bebidas, apartó bártulos y se hizo un hueco a su lado.

La miró un momento y sonrió sin que se diera cuenta.

Hacía solo doce días desde que se habían despedido en el instituto y sentía que a su vida le faltaba fuelle.

También echaba de menos a Sandra, pero la necesidad de estar con Tina era algo que no conseguía entender.

En pocos días, Lucía se marcharía a Villaluz y se había concienciado de que allí sería diferente, de que el mar, las risas en el apartamento y los continuos planes la mantendrían distraída y, quizá, conseguiría no morir de nostalgia.

—¿Cómo han empezado tus vacaciones? —preguntó.

—Un poco aburridas —bufó Tina—. A veces es mejor un par de suspensos para tener algo que hacer.

—¿Estás tonta? —protestó y las dos rieron.

—¿Y tú qué tal con los de primero? ¿Fue bien el viaje?

—Una tortura. Yo que pensaba disfrutar de las playas de Altea…

—Bueno, ya te queda poco para tostarte al sol, aunque no sea en Altea. ¿Qué día os vais?

—Mañana.

—¿Mañana? Si aún quedan varios días para julio.

—Por eso quería que vinieras, para explicártelo. Supongo que irás otra vez a la hora libre del Pantera —planteó y pudo notar cómo ambas se tensaban al recordar el momento en que se habían conocido casi un año atrás.

—Sí, Ángel me quiere acompañar esta vez.

—Qué bien, Tina. Me das una alegría enorme.

Durante un instante se miraron sin hablar. La chica parecía contrariada y a ella se le había instalado un remolino en el vientre sin saber por qué.

—El caso —continuó— es que me habría encantado coincidir contigo en el pub, pero no voy a estar.

Dentro de dos días hay un macroconcierto no demasiado lejos de Villaluz.

Son un montón de horas de música, de artistas que nos encantan.

Lola y Pilar se enteraron ayer y compraron las entradas a la desesperada antes de que se agotaran.

Va a ser toda una aventura porque ni siquiera tenemos alojamiento.

—Ya. Y supongo que desde allí os iréis directamente a Villaluz, sin regresar aquí.

—Sí, es lo más sensato. Lola está tratando de negociar con el dueño del apartamento de siempre para que nos deje entrar unos días antes de lo previsto. Creo que no lo va a conseguir y que acabaremos en un camping, pero seguro que será divertido también.

—Eso es lo importante, que vayáis con buen espíritu a lo que surja.

—Sí, cada verano es una locura diferente con mis amigas. ¿Entonces no tienes planes?

—No. Ya sabes. En mi casa es lo de siempre. Me distraeré haciendo fotos.

—¿Y no ibas a quedar con Maribel?

—Es probable. También es probable que te cruces tú con ella sin saberlo. Recuerda que vive en Villaluz.

—Cierto. Qué casualidad. ¿Y qué hay de Raquel?

—Está en Roma.

—Lo sé. Pero habréis quedado para cuando vuelva, ¿no?

—Supongo que nos veremos. Aunque estaba muy motivada con su nueva etapa en la empresa de su familia y no la quiero molestar.

—Espero que saque tiempo para ti —deseó con la boca pequeña—. No me gusta que te sientas sola.

—Qué va, Lucía. Si sabes que nunca había tenido amigas y que así estaba en mi salsa.

—Ya, pero has cambiado —alegó sonriendo.

—Por tu culpa. Y por la de Sandra, que se acaba de ir a Santander también.

—Intenta disfrutar del verano, bicho. Cuando te pones tan seria me preocupas.

—Tranquila, estoy bien. ¿Sabes que el otro día ayudé a mi padre a hacer una boda?

—¿En serio?

—Sí. Aún no he podido ver las fotos, pero fue una experiencia interesante.

—Vas a ser una gran fotógrafa. Pero antes termina con los estudios. Y antes de eso, disfruta de las vacaciones, que te lo has ganado.

—Lo intentaré. Bueno, debería marcharme.

—¿Ya?

—Sí, que veo que tienes tarea por delante —dijo señalando a su alrededor.

—No te preocupes, lo tengo casi todo controlado. Anda, tómate ese refresco tranquila —le sugirió sin pararse a pensar que lo hacía para retenerla un minuto más a su lado.

—Vale, pues me quedo un rato aquí contigo.

Tina esbozó una encantadora sonrisa mientras le hablaba y Lucía se sintió más en casa que nunca.

Cuando se separaron unos minutos después, algo invisible le presionó el pecho, pero necesitaba centrarse en la ilusión de las semanas que estaban por venir y tratar de dejar atrás la tristeza por su ausencia.

Además, aún tenía algo que hacer esa misma tarde relacionado con Tina.

Sonrió pensando en ello y continuó preparando las maletas.

***

Lucía abandonó satisfecha Discópolis, su tienda de música de confianza.

Bajo el brazo llevaba una bolsa llena de discos, sus preferidos, los que más le habían hecho vibrar durante años.

Caminó a paso vivo ignorando las altas temperaturas de finales de junio y entró en una papelería donde adquirió una bonita caja cuadrada y plana, así como papel de regalo.

Después, se dirigió a su casa, colocó con mimo los discos en la caja y se sentó a escribir una nota:

«Me habría gustado poder felicitarte en persona, pero sabes que estaré lejos.

Aun así, quería estar presente de alguna manera porque sé que para ti es un día importante en esa carrera que has emprendido hacia la madurez.

Te he recopilado los discos que más me han hecho disfrutar y sentir en toda mi vida.

Por favor, dales una oportunidad. Me encantaría que encontráramos coincidencias, que también la música nos hiciera conectar.

Podría haberte regalado mil cosas, pero no hay nada tan mío y sincero como esto.

Feliz cumpleaños, bicho. Un beso. Tu amiga Lucía».

Puso el papel sobre los discos, cerró la caja y la envolvió con gusto. La guardó en una bolsa de tela y regresó al calor vespertino de la calle. Unos minutos después, abría la puerta de Foto Lozano donde Ángel la recibió con tanta sorpresa como ilusión.

—Cuánto tiempo, Lucía.

—Sí, hacía por lo menos tres meses que no venía a molestarte.

—Sabes de sobra que tú nunca molestas. Espero que a tu madre le gustaran las ampliaciones.

—Sí, se enamoró de esas fotos de Madrid cuando se las enseñé. Tu hija es una artista.

—Va camino de serlo. Precisamente la quería llamar para que viniera a ver el resultado de su trabajo. El otro día me ayudó a hacer una boda.

—Sí, eso me ha dicho.

—Ah, ¿os habéis visto?

—Sí, esta mañana. Quería explicarle que no estaré en la hora libre del Pantera, aunque me ha contado que tú sí.

—Sí, debería haberlo hecho el año pasado, pero dejé que se ocupara Ana, la coordinadora de Shomos.

—Sé quién es. La gente del colectivo la quiere mucho.

—Es muy maja y ha ayudado mucho a Tina. Entonces, ¿no nos veremos en el Pantera?

—Sintiéndolo mucho, no. Estaré fuera a partir de mañana.

—Lástima, sé que a Tina le habría encantado tomarse algo contigo y quizá hasta ponerte en apuros.

—No, por Dios. Ahora que se han acabado los dramas entre nosotras, solo faltaría que me tomara el pelo en ese sentido.

Ángel rio divertido ante su agobio.

—Me alegro de que todo esté más tranquilo —dijo retomando la seriedad—. Bueno, ¿y qué puedo hacer por ti?

—Pues… nada de fotografía. En realidad, lo que necesito es que me hagas de mensajero.

—Eso me lo vas a tener que explicar —pidió volviendo a sonreír mientras se atusaba la barba.

—Como te decía, me marcho mañana y no voy a poder verla el día de su cumpleaños —dijo poniendo sobre el mostrador la bolsa.

—¿Es un regalo?

—Sí. Te agradecería que se lo entregaras de mi parte.

—Claro. Lo haré encantado. Sé que se va a alegrar mucho de recibirlo.

—Gracias, Ángel.

—Creo que me lo llevaré detrás cuando vayamos a eso del Pantera. Si salimos después de las doce, ya será su cumpleaños. Diecisiete. Es increíble cómo pasa el tiempo, ya es casi una mujer.

—Aún le queda, mal que le pese —repuso con ironía—. Pero es verdad que va madurando. Tu hija es una persona muy especial.

Ángel asintió con la cabeza. En su rostro podía leerse el amor y el orgullo de padre.

—Mucho. Una de las cosas que más lamento es haberme perdido la mitad de su vida.

—¿Qué edad tenía cuando te casaste con Paz?

—Nueve años. No te imaginas lo áspera que era Tina. No te hubiera gustado conocerla entonces —aseguró riendo.

—Pero tú la has convertido en una persona mejor. Si hubieras llegado antes a su vida… a saber cómo sería.

—Pues igual sería una chica normal e insulsa. En el fondo, tiene una mezcla maravillosa, me gusta cómo es.

Lucía sonrió con él.

—Sí, pero no habría estado mal que se ahorrara ciertas situaciones.

—En eso te doy la razón. Bueno, ¿me cuentas lo que es? —preguntó Ángel abriendo la bolsa y cogiendo con cuidado el paquete.

—Un regalo para Tina.

—¡No me digas! —exageró haciendo que Lucía riera—. Me lo puedes desvelar, no le voy a decir nada. Ni siquiera sabrá que existe hasta que se lo ponga delante.

—Está bien. Es una colección de discos. De mis discos favoritos. Ya sé que Tina no es precisamente una enamorada de la música, pero quería compartir algo personal con ella y no hay nada para mí más personal que mi música.

—Qué bonito detalle. Seguro que le gustarán.

—La mayoría son discos que ya tienen sus años, son canciones que me han acompañado durante toda mi vida. Ojalá sea capaz de valorarlo.

—Estoy convencido de que será así. Ella toma muy en serio todo lo que tiene que ver contigo. Te quiere y te admira. Eres un referente para ella.

—Bueno, yo me siento muy honrada de ser su amiga, Ángel. Me gusta aprender de ella y también mostrarle otras perspectivas. Esto de la música parece una tontería, pero pienso que ayuda a abrir la mente.

—Vuelvo a estar de acuerdo contigo. Y, ¿sabes?

Creo que cuando se hace la rebelde negándose a escuchar música es porque aún arrastra esa necesidad de esconder sus sentimientos.

Parece que solo se sienta cómoda escuchando canciones ligeras de Hombres G y similares.

O canciones con ritmo en inglés de las que no entiende la letra.

Si se para a prestar atención a lo que cuenta una canción con mensaje, entonces es cuando reacciona huyendo.

Lucía se detuvo a reflexionar un instante y se dio cuenta de que Ángel tenía razón.

Quizá por eso también prefería ver películas de humor absurdo, de terror, de aventuras…

cualquiera menos una romántica o un drama de los que te dejan el corazón compungido.

Tina estaba cambiando poco a poco, se había permitido querer a personas y comenzaba a relajarse, a dejar de ser impermeable a las emociones.

Pero aún le quedaba un largo trecho para desprenderse totalmente de la coraza.

Lucía estaba dispuesta a ayudarla y a arrancársela a tirones si era necesario.

Se lo apuntó como cuenta pendiente para cuando se reencontraran después del verano.

Antes tenía que disfrutar de sus vacaciones y dejar que la vida y la música le fueran abriendo camino.